Capítulo II

CAPITULO II

 

LA GUERRA DE GRAU CONTRA CHILE

 

 

Ø            La escuadra parte al Sur

Ø            El combate de Iquique

Ø            El hundimiento de la Independencia

Ø            Lo que pudo haber sido

Ø            La carta de Grau a la viuda de Prat

Ø            El bombardeo de Antofagasta

Ø            Nuevo encuentro con el Blanco Encalada

Ø            El  regreso victorioso del "Huáscar"

Ø            La partida de Grau

Ø            El bombardeo de Iquique

Ø            La captura del Rímac

Ø            Un plan audaz

Ø            Nuevo intento contra la escuadra chilena

Ø            El combate naval de Antofagasta

Ø            Grau ascendido a Contralmirante

Ø            Chile proyecta campaña terrestre

Ø            La escuadra chilena frente a Arica

Ø            A la caza del "Huáscar"

Ø            La muerte de Grau

Ø            Elías Aguirre

Ø            Palacios-Santillana-Távara

Ø            Francois Mazé

Ø            Melitón Rodríguez

Ø            Pedro Garezón

Ø            El heroísmo de Enrique Palacios

Ø            El final

Ø            Honor y gloria a los vencidos

 

 

Parte la escuadra al Sur

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            El general Juan Buendía había sido nombrado general en jefe de los Ejércitos del Sur.  Se trataba de un buen militar, pero no era un organizador, ni tenía la energía suficiente para imponer disciplina y obediencia en un Ejército que actuaba en las difíciles condiciones en que estaba el peruano.

 

            Ante el descontento que ese  nombramiento causó, el presidente  Prado decidió cambiarlo por  el enérgico general Fermín del Castillo, pero como este militar había intervenido en política, tenía muchos enemigos, por lo cual el nombramiento quedó en nada.  Eso lo íbamos a pagar caro, con el correr del tiempo.

 

            El día 10 de mayo, el presidente Prado y su junta de guerra habían decidido dividir la escuadra en tres agrupamientos.  El primero, a órdenes del capitán de navío Miguel Grau, estaría integrado por el “"Huáscar", la “Independencia” y el transporte “Chalaco”.El segundo agrupamiento bajo comando del capitán de navío Aurelio García y García, lo constituirían la corbeta "La Unión", la cañonera “Pilcomayo” y el transporte “Oroya”.  El tercero, estaría formado por los blindados “Manco Cápac” y “Atahualpa” y el transporte “Limeña”, bajo las  órdenes del capitán de navío paiteño Camilo  Carrillo.

 

            La tripulación era bisoña, y los pertenecientes a la fragata “Independencia” no habían efectuado un solo ejercicio de tiro con cañón.  Faltaba un general adiestramiento y no se contaba con las granadas Palliser, de acero  pedidas urgentemente por Grau.

 

            El 15 de mayo en la madrugada partieron los barcos al sur llevando a bordo de “La Oroya” al presidente Mariano  Ignacio Prado.  A la altura de la isla de San Lorenzo, las calderas de los monitores blindados empezaron a fallar por cuyo motivo se tuvo que detener la marcha, mientras que el “Manco Cápac” y su gemelo retornaban al Callao.  El resto de la escuadra continuó su viaje y llegó a Arica sin novedad el 20 de mayo.  La "Unión"  y la “Pilcomayo” también quedaron en el Callao.

 

            Williams Rebolledo comprendió que nada hacía bloqueando Iquique y decidió ir a buscar a la escuadra peruana a su fondeadero del Callao.  Partió entonces el 17 de mayo, sin dar a conocer sus planes a su Gobierno.  Sólo dejó en el puerto a la “Esmeralda” y a la “Covadonga” para sostener el bloqueo.

            La escuadra enemiga se cruzó en alta mar con la peruana sin avistarse y el 20 llegó al Callao, 21 días después que Prado arribaba a Arica.

 

            El contralmirante chileno había proyectado un intrincado plan, según el cual el transporte “Abtao” al mando del capitán Thompson, debía de penetrar a toda velocidad en la rada del Callao en medio de los barcos peruanos, disparando sus cañones para luego ser incendiado y hecho estallar sembrando la sorpresa, al mismo tiempo que los dos blindados “Cochrane” y “Blanco Encalada” atacarían a los barcos peruanos, y las corbetas de “Chacabuco” y “O’Higgins” con la cañonera “Magallanes” y el transporte “Matías Causiño” apoyarían el ataque y simultáneamente bombardearían a la población.

 

            Williams Rebolledo se dispuso al ataque al amanecer del día 22, pero se dieron cuenta no sólo que la escuadra peruana no estaba en el Callao, sino que además las baterías habían sido alertadas y que ya no cabría el factor sorpresa.   Para remate el “Matías Causiño” con toda la dotación de carbón se había atrasado y no se tenían noticias de él, de tal manera que se tuvo que retornar a las tres horas, y frente a las playas de Ica, todo el carbón que tenían las bodegas  de las corbetas  O’Higgins”yChacabuco” pasaron a los blindados, viéndose precisadas las dos corbetas de navegar a vela.

 

            La “Chacabuco” estaba al mando del capitán de fragata Oscar Viel Toro, casado con una hermana de la esposa de Grau.

 

           

Combate de Iquique

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            La “Esmeralda” y la “Covadonga” se habían quedado en Iquique manteniendo el bloque.  El capitán Arturo Prat dispuso que la planta de destilación de agua potable fuera bombardeada con el fin de rendir al puerto por la sed.  Se tuvo que hacer el racionamiento del agua, labor en la que intervinieron el prefecto, coronel Justo Pastor Dávila; el joven Alfonso Ugarte,  futuro héroe de Arica y el diputado suplente  Guillermo Billinghurst, que después sería presidente del Perú,

 

            Tan pronto como el “Huáscar” y la “Independencia” dejaron al presidente Prado en Arica, prosiguieron navegando al sur y en Pisagua tuvieron noticias de que la escuadra chilena había partido rumbo al norte y que en Iquique sólo se encontraban dos barcos.  Hacia ellos partieron las naves peruanas, llegando a la rada de Iquique el 21 de mayo, habiendo el transporte chileno “La Mar” izado bandera norteamericana y huido rumbo al sur.

 

            El "Huáscar" empezó a cañonear a la “Covadonga” y la “Independencia” a la “Esmeralda”, la que se acomodó pegándose a la playa para que los tiros errados de la fragata peruana fueran a dar a la población.  En esta acción se probó la pésima puntería de los artilleros peruanos, que pudieron haber terminado a cañonazos con los buques chilenos,  mientras que estos acertaban en sus disparos, no obstante ser menos potentes.

 

            En medio de la acción, se acercó al "Huáscar" una lancha de la capitanía con el capitán de puerto don Salomé Porras, para advertir que el puerto estaba sembrado de torpedos chilenos..  El "Huáscar" paró entonces y realizó  una serie de movimientos, lo cual fue aprovechado por la “Covadonga” para escapar, no obstante que Prat había dado órdenes de permanecer en la bahía y enfrentar la situación.

            Grau encomendó esa presa a la “Independencia”, que estaba al mando del capitán de navío Juan More.

            La “Esmeralda” valiéndose de su poco calado se pegó a la playa, lo cual fue aprovechado por las tropas de tierra para abrirle nutrido fuego de fusilería y causarle bajas.  Decidió entonces Prat  salir de esa posición y  abandonó la zona supuestamente protegida por torpedos, lo cual aprovechó el “Huáscar  para intentar espolonearla ya que los disparos de cañón no  resultaban efectivos.  El espolón resbaló por la proa del barco enemigo sin causarle daño, pero los dos barcos quedaron juntos, lo que  aprovecharon los chilenos para abrir nutrido fuego, mientras su comandante Arturo Prat Chacón en una acción desesperada, se lanzó al abordaje siendo sólo seguido por el sargento Juan de Dios Aldea.  Ambos fueron ultimados por la tripulación del "Huáscar". Al conocer  Grau este hecho, dispuso que se pusiera en lugar especial al cadáver.                        

                                                                                  

            El  "Huáscar" volvió a la carga, y en un segundo espolonazo se repitió la situación de quedar juntos los barcos, lo cual permitió al teniente chileno Serrano y a 12  tripulantes, saltar sobre la cubierta del barco peruano para iniciar allí la lucha, pero fueron ultimados, perdiendo el Perú al joven teniente Jorge Velarde, muy estimado por Grau. El abordaje fue posible por que la borda de “La Esmeralda” era mal alta que la del  Huáscar”.

 

           El tercer intento de hundir a la “Esmeralda” con el espolón surtió efecto porque lo tomó por la mitad, empezando rápidamente a hundirse.  Grau dispuso que de inmediato los náufragos enemigos fueran socorridos lo que estuvo a cargo del oficial Elías Aguirre.

 

 En total 63 náufragos chilenos fueron salvados por orden de Grau.  Por tal motivo, el teniente Luis Uribe, segundo comandante del barco hundido  al llegar a la cubierta del “Huáscar”, exclamó:  ¡Viva el Perú generoso! . Uribe llegó a vice-almirante. El médico del monitor peruano doctor Santiago Távara, atendió a los heridos.  Los peruanos tuvieron un muerto que fue el oficial Velarde y 7 heridos.  Eran las 12:30  del medio día y las acciones se habían iniciado a las 8:20 de la mañana.

 

 

 

           

 

ESCENAS DEL COMBATE DE IQUIQUE

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Hundimiento de la “Independencia”

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            Mientras tanto la fragata peruana perseguía a la cañonera “Covadonga” que estaba al mando del capitán de corbeta Carlos Condell.  El barco chileno en su huída se pegaba a la costa, lo que posible por ser muy liviano.  La poca puntería de los artilleros de la “Independencia” no hacía ningún efecto no obstante que la persecución duraba tres horas.  Los chilenos en su fuga disparaban con buen efecto.

 

                                                                          Entonces el capitán Juan More decidió utilizar el espolón e intentó acercarse al barco chileno, maniobra que era peligrosa por el mayor calado de la fragata peruana.  Por dos veces intentó espolonearlo pero fracasó y a la tercera, el pesado barco peruano encalló, y luego se incrustó en un banco de rocas que estaban bajo el agua.  Allí quedó atrapado y ladeado, mientras que por un gran forado que se produjo en su  casco el agua empezó a penetrar en gran cantidad.

 

            La “Covadonga” que huía, empezó a acomodarse, se acercó y sobre seguro empezó a cañonear al barco que se hundía.  Fue necesario arriar botes para salvar  a la tripulación, pero los chilenos disparaban sobre los botes peruanos salvavidas, y para mayor desgracia, los botes al llegar a la playa eran estrellados por el mar contra las rompientes, destrozándolos, por lo que no pudieron regresar por más náufragos.  Una gran cantidad de peruanos, se lanzó desesperadamente al mar, y los marineros chilenos afilaban puntería sobre ellos y disparaban matándolos.  El comandante More, dispuso que en el último bote, fuera el 2do. comandante Toribio Raygada para organizar a los hombres que estaban en tierra.  Hasta el último momento estuvo More a bordo, con 20 oficiales y marinos, entre ellos el teniente primero graduado Pedro Garezón, que más tarde sería el último comandante del "Huáscar", Melchor Ulloa del mismo grado, el teniente segundo Alfredo de la Haza  de Paita, el alférez de fragata Ricardo Herrera, el maquinista Tomás Wilkins, el guardia marina Arturo de la Haza que estaba herido y otros.

 

            Terminados de salvar los náufragos de la “Esmeralda”, el   "Huáscar" se dirigió a la búsqueda de la “Independencia” y la encontró en el grave apuro que hemos narrado.

 

            La “Covadonga” como un chacal que se aleja cuando ve la presencia del león, de inmediato emprendió la huída.  Grau empezó la persecución de la cañonera chilena pero como ya había sacado ventaja, regresó para socorrer a los náufragos, dándose recién cuenta  que el barco estaba perdido.  La operación de socorro la encomendó Grau a su segundo, el comandante Ezequiel Gonzáles Otoya, natural de Paita.  Entre los muertos estaba el  alférez Alfredo García y García.                                                          

 

 

Carlos Condell de la Haza,  era hijo de inglés y de madre paiteña.  Los de la Haza habían dado toda una generación de brillantes marinos al Perú.  Precisamente, en la “Independencia” que a mansalva atacó Condell había  dos de la Haza que eran sus primos. El contralmirante Antonio de la Haza, comandante general de la Marina del Perú, paiteño también, era su tío.

 

            La media hora que Grau empleó en salvar a los náufragos de la “Esmeralda” bien pudo ahorrar muchas vidas de la “Independencia”, de haber llegado a Punta Gruesa, treinta minutos antes.  Pero así era Grau de generoso.

 

            La carrera de marino había terminado para More.  Se formaría un Consejo de Guerra para juzgarlo en Arica, pero mientras esperaba el veredicto, se produjo la batalla de Arica  y allí rindió su vida heroicamente.                          

 

MORE

 
            Los resultados del combate de Iquique que dieron gloria a Grau, resultaron desastrosos para el Perú.  La Primera División Naval, de la que la “Independencia” era la nave más poderosa, quedó deshecha.  En realidad, el 21 de mayo, el Perú empezaba ya a perder la guerra.

 

            Grau rindió honores al capitán Prat, muerto por el marino Portales sobre la cubierta del "Huáscar".

 

 

 

 

Lo que pudo haber sido

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            Mientras la escuadra chilena abandonaba el bloqueo de Iquique y se dirigía al Callao, los chilenos enviaban en los transportes “Itata” y “Rímac”, 3200 soldados a unirse a las fuerzas que se estaban concentrando en Antofagasta.  Iban también cañones Krupp, 4000 fusiles Comblain recién adquiridos, 10 ametralladoras, que era una arma nueva, tres millones y medio de cartuchos y varios cañones Armstrong.

                                                            

            Los chilenos no imaginaban que la escuadra peruana estuviera merodeando por las cercanías.  De haberlo sabido, no se hubieran arriesgado.  Sólo la buena suerte y la falta de información hicieron que Grau se entretuviera en tratar de hundir a la “Esmeralda” y la “Covadonga” que bloqueaban Iquique.

 

            Si los dos barcos peruanos hubieran seguido de largo, hubieran dado caza  o hundido a los barcos chilenos cargados de tropas y de material de guerra.  Pudo haber sido el fin de la guerra para Chile.

 

            Pero la suerte nos fue esquiva, y al final de cuentas salimos disminuidos al  perder a la “Independencia”, el barco más potente de la armada peruana.

 

 

Carta de Grau a la viuda de Prat

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            Días más tarde, Grau escribía a la viuda de su rival la siguiente conmovedora carta:

                       

Monitor Huáscar, Pisagua Junio 2 de 1879.

 Señora Carmela Carvajal de Prat.

           

Dignísima señora:

           

Un sagrado deber me autoriza a dirigirme a Ud. y siento profundamente que esta carta, por las luchas que va a rememorar, contribuya a aumentar el dolor que hoy justamente debe dominarla.

 

En el combate naval del 21 próximo pasado, que tuvo lugar en las aguas de Iquique, entre las naves peruanas y chilenas, su digno y valeroso esposo, el Capitán de Fragata don Arturo Prat, comandante de la Esmeralda, fue como Ud. no lo ignorará ya, víctima de su temerario arrojo en defensa y gloria de la bandera de su patria.  Deplorando sinceramente tan infausto acontecimiento y acompañándola en su duelo, cumplo con el penoso y triste deber de enviarle las para Ud. inestimables prendas que se encontraron en su poder, y que son las que figuran en la lista adjunta.  Ellas le servirán indudablemente de algún  consuelo en medio de su desgracia, y por eso me he anticipado en remitírselas.

 

Reitérole mis sentimientos de condolencia, logro señora la oportunidad para  ofrecerle mis servicios, consideraciones y respetos, con que me suscribo de Usted, señora, muy afectísimo seguro                                servidor.  Miguel Grau.

 

            A la viuda de Prat se le remitió la espada sin vaina y con su correaje.  Su anillo de matrimonio. Gemelos para los puños y dos botones para pechera de camisa de nácar.  Una fotografía de la señora Prat y de sus dos hijos. Una medalla del Sagrado Corazón de Jesús, otra de la Purísima y un escapulario de la Virgen del Carmen. Un par de guantes de cuero.  Un pañuelo blanco.  Una libreta de  apuntes.  Una carta con el sobre cerrado, para dirigir al señor Lassero, para entregar a Lorenzo  Paredes, en la Gobernación marítima de Valparaíso.

 

            La carta de condolencia de Grau, a la viuda de Prat, fue contestada por ésta con la siguiente comunicación:

 

Valparaíso, Agosto 1º de 1879.                                                           

Señor Miguel Grau.- Distinguido Señor.

 

Recibí su fina y estimada carta fechada a bordo del Monitor  "Huáscar" en 2 de junio del corriente año.  En ella, con la hidalguía  del caballero antiguo, se digna Ud. acompañarme en mi dolor, deplorando sinceramente la muerte de mi esposo; y tiene la generosidad de enviarme las queridas prendas que se encontraron sobre la persona de mi Arturo; prendas para mi de un valor inestimable por ser, o consagradas por su afecto como los retratos de mi familia, o consagradas por su martirio, como la espada que llevaba su adorado nombre.

 

Al proferir la palabra martirio, no crea Ud. señor que sea mi intento inculpar al Jefe del "Huáscar" la muerte de mi esposo.  Por el contrario, tengo la conciencia de que el distinguido jefe que, arrostrando el furor de las innobles pasiones sobreexcitadas por la guerra,  tiene hoy  el valor, cuando aún palpitan  los recuerdos de Iquique, de asociarse a mi duelo y de poner muy alto el nombre y la conducta de mi esposo en esa jornada y tiene aún el más raro valor de desprenderse de un valioso trofeo, poniendo en mis manos una espada  que ha cobrado un precio extraordinario por el hecho mismo de no haber sido jamás rendida;  un jefe semejante, un corazón tan noble, se habría estoy cierta, interpuesto de haberlo podido, entre el matador y su víctima, y habría ahorrado un sacrificio tan estéril para su patria como desastroso para mi corazón.

 

A este propósito, no puedo menos de expresar a Usted, que es altamente consolador, en medio de las calamidades que origina la guerra, presenciar el grandioso despliegue de sentimientos magnánimos y luchas  inmortales, que hacen revivir en esta América, las escenas y los hombres de la epopeya antigua.

 

Profundamente reconocida por la caballerosidad de su procedimiento hacia mi persona y por las nobles palabras con que se digna honrar la memoria de mi esposo, me ofrezco muy respetuosamente de usted atenta y afectísima s.s. Carmela Carvajal de Prat.

 

 

Bombardeo de Antofagasta

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            Muchas dificultades tuvo el comandante Raygada, para organizar a los náufragos de la “Independencia” que en botes habían logrado ganar la playa en Punta Gruesa.

 

            Llegaron a Iquique casi al mismo tiempo que el "Huáscar" entraba en el puerto con su carga de heridos sobrevivientes de la fragata y prisioneros de la “Esmeralda”.  Bien pronto se conoció el  resultado del combate y mientras por una parte se ensalzaba a Grau, de otro lado se acumulaban contra el infortunado More toda clase de acusaciones, inclusive las de traidor.

 

            Algunos jefes como el coronel Belisario  Suárez estaban exasperados.  En un momento de ofuscación dispuso el fusilamiento del comandante Raygada, pero el coronel Andrés Avelino Cáceres se lo impidió.

 

 Ni el prefecto, coronel Pastor Dávila, ni el general Buendía querían tener a los 63 sobrevivientes de la “Esmeralda” en Iquique.  Grau tuvo que imponerse.   Luego  en el vapor “Chalaco” fueron  enviados el comandante More y los integrantes de su tripulación a  Arica en donde estaba el presidente Prado y el general Montero.  Un total de 200 ex-tripulantes de la “Independencia” tanto marineros como integrantes de la infantería de

 Marina formada por soldados del Batallón Ayacucho, siguieron fieles en todo momento a su comandante en desgracia.  En Arica se les abrió juicio y en eso estaban cuando ocurrió el asalto de Arica por los chilenos, en donde rindieron su vida More y muchos de los sobrevivientes de la “Independencia”.

 

            En el amanecer del 25 de mayo, el "Huáscar" puso proa al Sur.  Al pasar por Mejillones –puerto boliviano en poder de los chilenos- destruyó las embarcaciones  que había en la bahía y podían ser útiles a los enemigos.  Previamente anunció la acción.

 

            Luego siguió rumbo a Antofagasta en donde se había concentrado el ejército chileno con 10 000  hombres.  Grau en un acto de temeridad, ingresó a la rada.  El vapor transporte

chileno “Rímac”, tan pronto lo avistó se dio a la fuga aprovechando su mayor velocidad.  En esos momentos, se iba a celebrar en el campamento de Antofagasta una ceremonia en homenaje al capitán Condell, por su participación en el hundimiento de la “Independencia”.  La “Covadonga” estaba anclada en la bahía.

 

            La presencia del "Huáscar", causó sorpresa y pasmo.  La ceremonia se suspendió y los soldados corrieron presurosos a sus parapetos.   La “Covadonga” se cubrió tras los barcos mercantes extranjeros que estaban en la rada y las  tres baterías de tierra entraron en actividad.

 

            El "Huáscar" disparó contra las máquinas condensadoras de agua.  La “Covadonga”  desde su segura protección también disparaba.  A las 7:15 de la noche y tras de dos horas de cambiar disparos, el "Huáscar" abandonó la bahía.  Los cañones chilenos habían silenciado antes su fuego.

 

            Al amanecer del día siguiente, es decir el 27 de mayo, volvió el  "Huáscar" a Antofagasta, dedicándose a buscar el cable a Valparaíso, al cual logró cortar.  A las 9 de la noche se retiró del puerto sin ser molestado.  Todo esto frente a todo el Ejército enemigo, que nada podía hacer contra el monitor.  Puso rumbo al norte y en Cobija destruyó embarcaciones.  Continuó  navegando y encontró la goleta “Coqueta” que había sido apresada por los chilenos.  La volvió a capturar y envió a Arica. Luego avistó la  barca “Emilia” cargada de metales, la  apresó y envió  al Callao.  Ingresó al puerto de Tocopilla en poder de los chilenos y no encontrando nada que hacer siguió su viaje al norte.

 

            El 29 de mayo, estaba nuevamente Grau en Iquique.

 

 

El  general Prado en Iquique

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            Cuando Grau llegó a  Iquique recibió  la visita del presidente Prado a bordo, que no creyó prudente que Grau dejara el buque.  Allí le dio instrucciones al contralmirante de retornar al norte.

 

            Prado había llegado en el “Chalaco” y había traído también a fuerzas bolivianas de refuerzo.                                                   

 

            En la capital de Tarapacá, se dedicó a reorganizar el mando militar.

 

            El coronel Justo Pastor Dávila, dejaba la prefectura para asumir el comando de la división que tenía a su cargo el coronel Manuel Gonzáles  La Coteraayabaquino- el que pasaba a Lima a cumplir funciones políticas, pues en la capital había muchos problemas.

 

            La prefectura de Tarapacá quedaba encargada al general Ramón López Lavalle, ex -  prefecto de Piura.

 

            La jefatura de Estado Mayor, la asumía el coronel Belisario Suárez por enfermedad del general Pedro Bustamante y al coronel  Andrés A. Cáceres  se le entregaba la segunda división que había comandado Suárez.

 

            Al coronel  Bolognesi se le ponía al frente de la tercera división.

 

            Se adoptaron medidas contra la gran cantidad de espías que había  en Iquique, pero no se llegó a descubrir a la más peligrosa de todas:  Leonora Latorre, que había logrado convertirse en amante del viejo  general Buendía y por lo tanto tenía acceso  a importante información que transmitía a sus connacionales.  Esta mujer hizo  tremendo daño al Perú con los datos que pasaba supo darse maña para seguir actuando hasta la toma de Lima por los chilenos.

 

 

Nuevo encuentro con el “Blanco Encalada”

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            El 30 de mayo, cuando el "Huáscar" estaba mar afuera de Iquique, vio acercársele dos barcos:  eran el “Blanco Encalada” y la “Magallanes”.  Durante siete horas los barcos chilenos persiguieron al monitor, pero abandonaron la tarea por no tener carbón suficiente.  El "Huáscar" siguió al norte y en el camino se encontró con el “Matías Causiño” que llevaba una presa a remolque.  Grau se aprestó a capturarlo, pero esta vez fue el chileno el que se salvo por su mejor navegar, tras dejar la presa.  El 31 estaba Grau en Ilo, y tomó carbón.  Ya con las carboneras llenas retornó al sur y el 1º de junio estaba frente a Arica, el 2 llegaba a Pisagua, pasó frente a Iquique y seguía hacia Antofagasta pues sabía que en sus proximidades se encontraban en alta mar paralizadas las corbetas “Chacabuco” y “O’Higgins” por falta de carbón.  El día 3 de junio en la madrugada a la altura de Huanillos,  cerca  a Cobija, el "Huáscar"  se encontró nuevamente con el “Blanco Encalada” y la “Magallanes” que iban en auxilio de los dos barcos chilenos.   En esta oportunidad, los barcos chilenos estaban condiciones de perseguir sin descanso al monitor.  A las 11:30   de la mañana cuando la distancia era sólo de tres millas, el “Blanco” inició el combate, y el "Huáscar" se aprestó a la lucha contestando, pero sin dejar de acelerar sus máquinas para escapar al poderoso enemigo.  Cada vez que el “Blanco” disparaba perdía velocidad.  A media noche y tras de casi doce horas de persecución, otra vez se les escapaba el enemigo.  El "Huáscar" siguió al norte.  El 7  de junio llegaba  al Callao.

 

 

“Si el "Huáscar" no regresa victorioso, yo tampoco regresaré”

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            Una enorme multitud recibió al "Huáscar" y a Grau al entrar al Callao el 7 de junio.

 

            Uno de los primero en llegar el comandante Camilo Carrillo, paiteño, que era comandante del monitor “Manco Cápac” apontonado en el Callao.

 

            Grau solicitó que de inmediato se procediera a reparar los desperfectos que tenía el "Huáscar" y limpiaron sus fondos.  Pero todo se hacía en medio de la mayor lentitud, ante la desesperación del contralmirante.

 

            Mientras tanto en  Iquique, el presidente Prado marcha por tierra y por la noche hacia el norte y en Pisagua toma un bote para viajar hasta Arica, burlando a la escuadra chilena que está a su acecho.  El general Daza y la división boliviana Villamil se encuentran en Arica en donde se les dota de modernos rifles   Remington llegados del Callao en la Pilcomayo.

 

            Gabriel René Moreno,  el enviado secreto del ministro chileno Domingo Santa María, llegó para entrevistarse con Daza, premunido de una credencial y con las     bases de lo que podía ser un acuerdo de paz entre Chile y Bolivia.

 

            De siete puntos se componía el acuerdo, que se sometía a la consideración del presidente de Bolivia.  El primer punto daba por terminado el estado de guerra entre los dos países y dejaba paso a una alianza para continuar la guerra contra  el Perú.  En el punto Nº 2, Chile se asegura a la posesión de todo el litoral boliviano comprendido entre los paralelos23º y 24º que era lo que pretendía desde 1866.  En el punto Nº 3 Chile se compromete a que  Bolivia pueda adquirir una parte sur del territorio peruano.  En el punto  4º Chile  se comprometía a suministrar equipo y armas en la guerra contra el Perú.  El punto 5º era el compromiso de que ni Chile ni Bolivia podrían celebrar por separado un tratado de paz con el Perú, pero que Chile apoyaría  a Bolivia en las demandas territoriales    que planteara.  El último punto, o sea el 6º establecía que Chile conservaría el departamento peruano de Tarapacá como garantía de que el Perú pagase  las reparaciones de guerra.

 

            Como se puede apreciar, Chile por este acuerdo se quedaba con el litoral boliviano y además el departamento de Tarapacá, lo que significaba que se trataba de desmembrar al Perú, entregando a Bolivia, Tacna, Arica y posiblemente Moquegua.

 

            Dos días  duraron las reuniones de Daza con Moreno, y al final, le manifestó el presidente boliviano que por el momento no podía aceptar el plan porque sería arrastrado por las calles, pero que había que esperar una ocasión más propicia, pues tenía mucho  interés en el asunto.

 

            Moreno regresó a Chile con la creencia de que era cuestión de tiempo que Daza se pronunciara a favor de Chile, y si bien no llevó documento alguno del estatuto general boliviano, hizo  conocer a Santa  María que  Daza estaba resuelto a abandonar al  Perú.

 

            Lo que no llegó a saber Moreno, era  que tan pronto como viajó a Chile, el general  Daza se presentó ante el presidente Prado y le mostró toda la documentación, profiriendo  denuestos contra Chile y reafirmando su lealtad al Perú.

 

            Prado leyó calmadamente los documentos y luego se levantó, agradeció y abrazó a Daza, pero le quedó la duda de que en el futuro el presidente boliviano podría verse tentado de traicionarlo.  Por eso, de inmediato llamó a Montero y enterándolo de todo, le dijo que de inmediato dispusiera el envío a Tarapacá de las divisiones bolivianas de Villamil y de Villegas.    La División Villegas partió a Pisagua por tierra y la de Villamil se embarcó en el Transporte “Oroya”.  Eran en  total 4 300 hombres.

 

            Mientras tanto, Santa María dio por hecho el rompimiento de la alianza de Perú y  Bolivia, y así se lo comunicó al presidente Aníbal Pinto, lo que mismo   que a los jefes de la escuadra  y del Ejército Expedicionario  de Chile.

 

            Mientras tanto, el presidente Prado  empezó a apremiar  a Grau  para que de inmediato regresara  con el "Huáscar" al sur.  En  Lima, el contralmirante tuvo oportunidad de hacer un poco de vida de hogar, al mismo tiempo que recibía  múltiples homenajes.

 

            En el banquete que le fue ofrecido en el Club Nacional, Grau a la hora de agradecer y hacer el brindis final dijo:  Brindo por la victoria y os puedo decir  que si el "Huáscar"  no regresa victorioso yo tampoco he de regresar.

 

 

La partida de Grau

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            Grau no sabía algunas veces que hacer ante tanto halago.  Por eso en cierta oportunidad se limitó a decir que sólo era un marino que trataba de cumplir con su deber.  Definitivamente, no dispondría de las  bombas Palliser y con su artillería casi nada podría hacer contra las naves enemigas.

 

            Contrataron artilleros ingleses, pero su gran amigo el capitán de fragata paiteño, Ezequiel Gonzáles Otoya, ya no integraría el cuadro de oficiales del monitor porque había ido al mando de otro barco.  En su lugar nombran a Elías Aguirre.

 

            El "Huáscar" embarcó en sus carboneras, excelente carbón inglés, de Cardiff, lo  que permitiría una mayor presión y por lo tanto más velocidad.

 

            Mientras tanto en el sur, la pequeña cañonera peruana la “Pilcomayo”, con sólo 600 toneladas y 4 millas por hora de velocidad, al mando del comandante Carlos Ferreyros, se convierte en nuevo motivo de preocupación para los chilenos, pues rompe el bloqueo repetidas veces, cañonea lanchas y hace presas.  En una de esas operaciones  se topó con el blindado “Blanco Encalada” y tras una larga persecución y no obstante su lentitud, burló al barco chileno y llegó sin novedad a Arica el 8 de julio.

 

 

 

            El 6 de julio, en Lima, en la calle Lescano Nº 22, Grau se despedía de su esposa Dolores Cabero, a la que dejaba una carta cerrada con la indicación que sólo fuera abierta en caso de morir.  Luego se despidió de sus hijos:  Miguel de nueve meses, Victoria de dos años, Rafael de tres, Carlos de cinco, María Luisa de seis, Ricardo de siete, Oscar de ocho y Enrique de once años.  En  1917 Rafael fue asesinado en la sierra sur  del Perú, y en ese año era prefecto de Piura, Oscar Grau, el cual renunció como protesta porque consideraba que el presidente  José Pardo no ponía empeño en esclarecer el crimen. 

 

            Miguel Grau ya no volvería a ver a su familia.

 

            Durante el mes que Grau estuvo con el "Huáscar" en el Callao y Lima, en el sur actuaban los pequeños barcos peruanos “Chalaco”, “Pilcomayo” y “La  Oroya”.  Los barcos transportaban tropas y armas, haciendo al mismo tiempo acciones de hostigamiento, rompían el bloqueo, y  capturaban o hundían barcos menores. Nada menos que 25 viajes hizo  La Oroya” a las costas de Tarapacá patrulladas por la escuadra enemiga.

 

            En Chile había gran indignación contra el general Arteaga, jefe del Ejército Expedicionario de Antofagasta y contra el jefe de la escuadra Williams  Rebolledo, a los que se acusaba de ineptos.  En los primeros días de julio, el presidente Pinto resolvió nombrar a Domingo Santa María como supervisor del Ejército en campaña y a Rafael Sotomayor,  comisario general del Gobierno, con amplios poderes.  Para los militares constituía una verdadera afrenta depender de dos civiles.

 

PERSONAJES CHILENOS

 

            El 8 de julio el "Huáscar" estaba llegando a Arica.  Allí el general presidente, le dio la orden a Grau, de dirigirse a  Iquique y echar a pique al “Abtao” que todas las noches quedaba solo en la bahía, pues al caer la noche, el resto de la escuadra chilena por temor a los torpedos de tierra, salía mar afuera.

 

            Grau decidió dar un ataque por sorpresa, para lo cual se comunicó con las autoridades de Iquique por medio del telégrafo para que el 9 a media noche se apagaran todas las luces del puerto, pues el navío ingresaría también sin ninguna luz y en medio del mayor silencio, como un verdadero barco fantasma.  La operación implicaba mucha audacia por lo que fuera de la bahía estaba la escuadra chilena.  La “Abtao” había estado inmovilizada  por desperfectos en sus máquinas, pero en ese día había logrado repararlas.  Su capitán se extrañó que  las luces se apagaran en su totalidad en el puerto y temiendo un golpe de mano de parte de los iquiqueños, salió de la bahía.

 

 

 

 

 Cuando Grau entro a la bahía en medio del mayor sigilo, se extraño de no encontrar a la corbeta y por eso con mucho cuidado recorrió la bahía, topándose casi a su salida con el carbonero “Matías Causiño”.  Los chilenos se dieron cuenta de que casi encima y dispuesto a espolonearlo se le iba el "Huáscar".  Al primer disparo del monitor, el capitán del “Matías Causiño”, pide que no le disparen y que el barco se rendía.  Grau usando un altavoz le responde:  “¡Comandante, arríe botes y salve a su gente  que vamos a hundir el barco.  Tiene un minuto”. Mientras, Grau disponía que botes peruanos ayudaran a la operación, el barco  chileno trató de escapar. Un nuevo disparo del monitor atravesó el casco sobre la línea de flotación.  El comandante Juan José La Torre que estaba cerca con la corbeta “Magallanes”, se dirigió rápidamente  al lugar de la acción. Grau seguía empeñado en salvar a los tripulantes chilenos del “Matías Causiño” y pierde minutos preciosos.  Se produce entonces, un breve cañoneo entre los dos barcos y luego hace su aparición el “Cochrane” y la “Abtao”.

 

            Nuevamente Grau hace apagar las  luces del "Huáscar", y aprovechando de la gran niebla del amanecer, avanza temerariamente entre los barcos enemigos y escapa.  Los chilenos se dieron cuenta demasiado tarde de la maniobra y entre asombrados y coléricos, tuvieron que resignarse a dejar una vez más escapar al enemigo que tanto escarnio hacía de ellos.

 

            El 1º de agosto, pocos días más tarde de su cumpleaños, el 27 de julio, el comandante del "Huáscar" recibe del capitán del “Matías Causiño” una caja con champaña y una gentil nota en la que con  cortesía inglesa, Castleton, le agradece su noble acción de la noche del 10 de julio al tratar de salvar a la tripulación de su barco antes de cañonearlo.

 

            Grau que en ningún momento dejaba de guardar los finos modales contestó la nota de la siguiente forma:

 

Mi querido Capitán:

 

Tengo el gusto de acusar a Ud. recibo de su estimable carta en que, tanto a nombre de Ud. como de su tripulación, me dan las gracias por mi conducta en la noche del 10 de Julio, fuera de la rada de Iquique.

 

Conociendo perfectamente que el buque que Ud. comandaba era un transporte chileno mi deber era destruirlo.  Por consiguiente, mi conducta para con Ud. y su tripulación en esa ocasión me fue inspirada por un simple sentimiento de humanidad, la misma que emplearé siempre  con todo buque al cual me quepa atacar en un caso semejante, no mereciendo por ello ninguna expresión de gratitud.

 

He recibido el cajón de vino que Ud. tuvo la bondad de enviarme con Mr. A. Stewart, primer ingeniero del “ILO” y no dejaré de beber a su salud, como Ud. me lo pide.

 

Deseando a Ud. prosperidad, me suscribo su affmo. S.S. Miguel Grau.

 

            Como se puede apreciar, Grau, hacía la guerra a su manera, imponiendo normas de conducta que eran un reflejo de su grandeza de alma.  Si los chilenos hubieran tenido la nobleza de imitarlo, hubieran contribuido a humanizar la lucha.

 

 

Bombardeo de Iquique

ARRIBA

 

            “El Comercio” de Iquique informó ampliamente  sobre la acción nocturna y también las noticias llegaron a Valparaíso y a Santiago.  Se produjeron manifestaciones de protesta contra el jefe de la escuadra, contralmirante Williams y también contra el general Arteaga comandante general de las fuerzas de tierra. Se pedía  que el comandante del “Magallanes” capitán La Torre asumiera el comando de uno  de los blindados.  Se decía que el “Cochrane” al mando de Simpson no podría hacer nada porque siempre estaba embriagado.  Los diarios se unieron al coro de protestas y el general Arteaga, lesionado en su amor propio y ya afrentado por el nombramiento de los dos civiles, presentó renuncia a su cargo.

            Pero Williams no renunciaba.  Estaba tratando de dar paso a su venganza y pensaba hacerlo con innobles acciones.  Al bordo del “Blanco Encalada” y con la división naval a sus órdenes, se presentó en línea de batalla ante Iquique el 15 de julio a las 4 de la tarde.  Los otros barcos eran el “Magallanes”, la “Abtao” y el “Limari”.

 

            Los chilenos aseguran que no tenían intención de bombardear Iquique sino de bloquearlo, pero que fueron atacados con torpedos  Lay.  La posterior protesta del cuerpo consular demuestra que no fue así, sino que Williams despechado por las correrías del "Huáscar" llegó a la rada de Iquique con el premeditado propósito de atacar a la ciudad.

 

            El bombardeo se inició a las 7 de  la noche.  La ciudad de Iquique fue incendiada y arrasada, la población despavorida huyo a la frígida pampa, no obstante los esfuerzos del prefecto López  Lavalle por poner orden.  El coronel Belisario Suárez apostó a sus soldados para impedir la posibilidad de un desembarco.  En la ciudad quedaron muchos muertos y heridos.

 

            Cuando el puerto de Iquique era bombardeado, el "Huáscar" se encontraba en la bahía de Arica.  En ese puerto y en Tacna los generales Prado y Daza  celebraban al igual que el pueblo, las acciones de Grau.  El 17 se ofreció una recepción en honor de Bolivia que celebraba la fiesta de su aniversario nacional.  En medio de la actuación, Prado recibió la información del bombardeo de Iquique.

 

            Prado llamó a Grau y le ordenó que de inmediato  partiese hacia el sur y lo mismo dispuso con la corbeta "La Unión" al mando del capitán de fragata Aurelio García.  La consigna era bombardear puertos chilenos y hundir mercantes, sin dejar paso a los actos humanitarios de Grau.  Desde ese momento el destino del "Huáscar" y de la  “Unión” se juntaban.

            El mismo 17 por la noche el "Huáscar" que se había adelantado a la "La Unión" entró en Pisagua en momentos en que los fugitivos de  Iquique estaban llegando por tierra.  Prosiguió viaje el monitor y al amanecer del 18 de julio se unió con  "La Unión" frente a Mejillones, caleta boliviana ocupada por Chile.

 

Una división de la escuadra chilena estaba bloqueando Iquique y la otra en alta mar.   Grau siguió de frente y avanzó hasta las proximidades de Antofagasta en donde estaba acampando todo el Ejército Chileno.  Momentos antes, los chilenos habían tenido noticias de que el "Huáscar" intentaría  atacar el puerto, gracias a una comunicación de la espía  chilena Leonora enviada con un marinero del mercante inglés “Colombia”.

 

            El monitor peruano capturó fuera del puerto a la fragata “Adelaida” cargada de carbón, enviándola al Callao, mientras que “La Unión“ apresaba un bergatín cargado con cobre frente a Charanal y también lo remitía al Callao.  Posteriormente, el "Huáscar" entra a Charanal y la población huye a los cerros, pero Grau envía un mensajero para calmar a los habitantes y ofrecerles que no  atacará a la población y solo echará a pique las lanchas.  Mientras tanto, “La Unión” ingresa a la bahía del puerto fortificado de Caldera y dispara el primer cañonazo para anunciar el inicio del combate conforme a las normas navales, pero como los cañones de tierra no contestan, se retira.

 

            En esta oportunidad los barcos peruanos llegaron en su incursión hasta el puerto de Huasco a poca distancia de Valparaíso.  Como siempre, respetaron a la población y hundieron lanchas.  El Gobierno de Santiago ante el temor de una incursión de Grau sobre Valparaíso, ordenó  que de noche apagaran las luces.

 

           

Captura del “Rímac

ARRIBA

 

            El 20 de julio al medio día, había salido de Valparaíso el transporte chileno “Rímac” conduciendo un regimiento de caballería a Antofagasta.  Era un cuerpo de élite formado por soldados de elevada estatura, considerados los mejores jinetes de Chile y a su mando estaba el coronel Manuel Bulnes al que acompañaba su hermano Wenceslao, hijo del que fuera general Manuel Bulnes, vencedor de Yungay.

 Eran también primos  del presidente Pinto.  Otra parte de ese regimiento se embarcó en el “Paquete Maule”, pero navegaron separados.  En días anteriores el ministro chileno, Santa María, había enviado telegramas desde Antofagasta ordenando que todavía no salieran los barcos con las  tropas, pero el 19, creyendo que ya los barcos peruanos estaban lejos, y que con los buques de guerra chilenos podían dar protección, envió otro telegrama que decía: “Salgan mañana”.  Cuando ya el barco chileno había partido, llegó otro telegrama que decía:  El "Huáscar" y la "La Unión" están frente a Caldera esperando”. Pero ya nada podían hacer las autoridades de Valparaíso.

 

            Grau tuvo conocimiento de la salida de los barcos chileno por la noticia que aparecía en el diario “Constituyente” de Copiapó, que tomó de un barco inglés que hacía la ruta.  Se dispuso a atacar, colocando de avanzada a la "La Unión" y él se puso audazmente cerca a Antofagasta, el puerto donde estaba todo el Ejército Chileno.

 

            Desde Valparaíso el ministro Santa María, recibió en Antofagasta un aviso de que el “Paquete Maule” estaba regresando pero el “Rímac” que  iba lejos de la costa por cuyo motivo, pedían que saliera el “Cochrane” a darle protección.  Fatalmente, este barco estaba en Tocopilla, por lo cual envió al “Itata” al mando de Patricio Lynch para avisarle del peligro.  Esta misión se cumplió y el blindado apareció pronto en Antofagasta.  Pero en esos momentos de confusión, Santa María recibió un telegrama de Valparaíso en el que decía  que los transportes habían regresado, por lo cual dispuso que no saliera el “Cochrane” a dar la protección que hubiera requerido el “Rímac”.

 

            Al amanecer del 25 de julio, la "La Unión" avista al “Rímac” y dispara un cañonazo para que se detenga.  El transporte trató de escapar hacia  Antofagasta que estaba cerca, pero apareció el "Huáscar" interceptándolo.  El “Rímac” detuvo sus máquinas.  Los carabineros chilenos por orden de Bulnes arrojaron al mar sus armas y luego se rindieron.  Toda la operación de la captura del “Rímac” se efectuó a la vista del barco francés “Marsella” que llevó la noticia a Valparaíso el 29 de julio.  Antes de caer el transporte, disparó dos cañonazos de a 32, pero nada podía hacer ante los disparos  de 300 libras del "Huáscar".

 

            Fue el capitán de fragata chileno Ignacio Díaz  Ghana, el que se trasladó a la "La Unión" para ofrecer la rendición.

 

            El capitán Melitón Carvajal y el teniente Enrique Palacios se posesionaron del barco y el capitán alemán Pedro Lantrup, fue trasladado al "Huáscar".  En el “Rímac”, se rindieron 300, de los que 245 eran jinetes del Regimiento Yungay.

 

 

Consecuencias de la captura del “Rímac

ARRIBA

 

            En Chile, la captura del “Rímac” hizo el efecto de un terremoto.  Al amanecer del 29 de julio, entraba al puerto de Valparaíso el vapor francés “Marsella” y contó con lujo de detalles como casi en las proximidades de Antofagasta, el "Huáscar" y  "La Unión" en una acción de tremenda audacia habían capturado al “Rímac”.  Todos los periódicos en grandes titulares dieron la noticia en Santiago y Valparaíso, culpando a los almirantes, a los generales y a los políticos que dirigían la guerra.  Las casas de muchos altos funcionarios públicos y de jefes del Ejército fueron apedreadas y una vociferante multitud congregada ante los balcones de Palacio pedía al presidente Pinto, la destitución del jefe de la flota y de los generales.

 

            Pinto escribía a Sotomayor que estaba en Antofagasta lo siguiente:  “La noticia de la captura del “Rímac”,  dio lugar aquí a escenas parecidas a las   de Noviembre cuando   vino Bilbao.  La misma chusma movida por los mismos agentes.  Imposible imaginar estupidez igual.  La interpelación del Senado a las escenas vergonzosas acaecidas con motivo de la  pérdida del “Rímac”, me han dejado la convicción de que nunca debimos comprometernos en la guerra”.

 

            Hasta esos momentos Grau le estaba ganando la guerra  a Chile y el  mismo presidente de la nación enemiga se mostraba pesaroso de haber iniciado el conflicto.  Si Grau hubiera contado con mejores naves y mejores recursos, indudablemente que le hubiera dado el triunfo total al Perú, y ganado él solo la guerra a Chile.

            En las  calles de Santiago, el ministro de Guerra, general Basilio Urrutia fue vejado, insultado, le escupieron, le lanzaron piedras y le echaron basura encima.

 

            Los guardias de Palacio, que vieron eso, no intervinieron ni le dieron protección y el viejo general que había dado antes a Chile días de gloria, tuvo que correr para huir de la turba, refugiándose en el Senado.

 

            Pinto, salió de Palacio y se dirigió entonces al Senado.  La turba gritaba: ¡¡Abajo Pinto!!

 

            En el Senado, el general Urrutia, demudado y cubierto de heridas y con restos de la basura que le habían echado encima, presentó su renuncia al presidente, la que éste no quiso aceptar.  De todos modos, el gabinete en pleno renunció y también el comandante general de la Marina, señor Altamirano.             Desde Antofagasta el almirante Williams, exigía al presidente autorización para  dejar el bloqueo de Iquique, que tenía amarrada a toda la escuadra de Chile, dejando a Grau el mar completamente libre.

 

            En esos momentos, el ministro Santa María tuvo conocimiento de que el "Huáscar" y “La Unión“ navegaban frente a Mejillones por cuyo motivo le envió a Williams un cablegrama urgente en donde le decía que dejase el bloqueo y que de inmediato persiguiera a las naves peruanas.  Terminaba así:  Debemos perseguir al "Huáscar" a todo trance, sin descanso, hasta hundirlo”.

 

            Al mismo tiempo, recibía otra comunicación del presidente Pinto, en donde le decía que era imposible levantar el bloqueo.

 

            Williams colérico, no sabía a quien obedecer.  Había una falta de coordinación total.

 

 

Un plan audaz

ARRIBA

 

            En el “Rímac”, fue tomada correspondencia militar de gran valor que no llegaron los chilenos a destruir ni  echar al mar.  Allí daban a conocer a los  señores Santa María y Sotomayor que estaba en Antofagasta, la gran cantidad de armamento que Chile iba a recibir pronto todo lo que venía en tres barcos, cuyos nombres eran “Gleneleg”, “New Castle” y “Genovese”.  Al arribo de Grau a Arica fue el 25 de julio y Prado  de inmediato dispuso que "La Unión" que era más rápida saliera al estrecho de Magallanes interceptar al “Gleneleg” que llegaba primero.  La salida de “La Unión” fue el 31 de julio.

 

            Grau pasó su último cumpleaños en Arica.  Lo hizo en medio de su modestia y frugalidad características.

 

            El día 1º de agosto, salía en misión rumbo al sur, ahora el “Rímac” lo acompañaba enarbolando bandera peruana.  El presidente Prado había tenido conocimiento de que el acorazado chileno “Cochrane” tenían las máquinas malogradas y había entrado a remolque a Caldera.

 

            Grau proyectaba penetrar en Caldera y echar al agua dos lanchas-torpedo que había subido a bordeo para hacer volar el “Cochrane” que se suponía inmovilizado.

 

            Luego iría a Iquique, y en coordinación con los torpedistas norteamericanos que estaban en tierra, lanzarían contra el “Blanco Encalada”, los torpedos  Lay, para luego ingresar el "Huáscar" a la bahía y rematar con el espolón al averiado blindado.

 

            En la madrugada del 31 de julio, el "Huáscar" ingresaba sigilosamente a la bahía de Caldera, pero su sorpresa fue grande cuando sólo encontró allí al transporte “La Mar”. Lo que había sucedido era que en realidad el “Cochrane” no tenía las máquinas malogradas, sino que falto de carbón tuvo que ingresar  al puerto al arrastre, pero luego de abastecido, salió por sus propios medios.

 

            El ataque al “Blanco Encalada” en Iquique estaba coordinado para el 2 de agosto, a la hora del atardecer.  Pero una tempestad sorprendió al "Huáscar" y lo hizo desviar de rumbo.  Enmendarlo lo hizo perder un precioso tiempo.

 

 

            Sostenían  el bloqueo de Iquique además del acorazado, los barcos chilenos “Abtao” y el “Magallanes”.  El almirante Williams, estaba furioso por el estado de inmovilidad a que lo habían condenado, y sin saber nada del “Cochrane”.  Convocó a una reunión de jefes y se enteró que los barcos sólo tenían víveres para 8 días.  Se tomó entonces el acuerdo de levantar el bloqueo el día 8.  Pero sucedió que por un accidente, a las 4 de la tarde se produjo una explosión en la sala de máquinas de la “Abtao”.  Se ordenó entonces que de inmediato fuera remolcado por el “Limari” para evitar que los torpedearon desde la playa.  Debía ser llevado hasta Antofagasta.  Después Williams tomó una resolución:  levantar de inmediato el bloqueo, dirigirse a Antofagasta y presentar su renuncia.

 

            A las 6 de la tarde, los torpedistas que estaban en tierra, vieron como la flota chilena se alejaba del puerto una hora antes del ataque proyectado.  A avanzadas horas de la noche, en alta mar el "Huáscar" vio las luces de la escuadra chilena que navegaba en sentido contrario.  Grau retrasado por la tempestad llegaba tarde a la cita, y se dio cuenta que otra oportunidad se había perdido.

 

            Mientras tanto,  la  “Unión" comandada por Aurelio  García y García, llegaba al estrecho de Magallanes el 13 de agosto.  En Punta Arenas tuvo conocimiento de  que los dos barcos con armas, hacía ya casi una semana habían pasado escoltados por el “Loa” y que en estos momentos estarían ya en Valparaíso.

 

            Los dos proyectos esbozados por el presidente Prado y en los que tantas esperanzas se habían puesto quedaron reducidos a la nada.  La corbeta "La Unión" retornó a Arica.

 

 

Nuevo intento contra la escuadra chilena

ARRIBA

 

            El general Prado dio nuevas instrucciones a Grau.  Partiría hacia Iquique y recogería a los cuatro torpedos Lay y con las lanchas-torpedo que ya tenía a bordo se dirigiría a Antofagasta, destruiría al acorazado chileno que estuviera más cerca y luego se arrastraría al pesado monitor “Manco Cápac” que estaba anclado en Arica, hasta Antofagasta,  el que con sus pesados cañones y los del  "Huáscar" intimarían rendición a todo el ejército chileno concentrado en ese puerto, y en caso de no rendirse someterían al puerto y al campamento a un bombardeo intensivo, destruyendo sus depósitos de agua y víveres.  En Arica, el "Huáscar" había tomado artilleros ingleses.

 

            El 24 de agosto por la noche, el "Huáscar" y el transporte “Oroya” ingresaron audazmente en la bahía de  Antofagasta.  Pero, el día anterior, el “Blanco Encalada”   y el “Magallanes” habían partido rumbo al norte.  Anclados estaban la “Abtao” y el transporte artillado “Limari”.

 

            En  Iquique, el “Blanco Encalada” capturó una lancha  torpedista y a dos técnicos extranjeros, que fueron cruelmente maltratados a bordo y se amenazó con fusilarlos.  Conociendo las intenciones de Grau, el comandante del “Blanco Encalada” ordenó la inmediata vuelta a Antofagasta.

 

            La corbeta “Magallanes” estaba encargada de hacer patrullaje frente a la bahía, pero Grau, penetró en un momento en que el barco chileno pensando que todo estaba normal, se inmovilizaba.  Pero grande fue el desencanto del jefe peruano cuando pudo constatar que dentro de la bahía no había ningún acorazado.  Se decidió entonces torpedear a la “Abtao” primero y luego a la “Magallanes”, pero los técnicos extranjeros no pudieron hacer funcionar en debida forma los torpedos cuando estos fueron lanzados al agua y más bien hubo el peligro de hundir el "Huáscar".

 

            Mientras tanto, los chilenos se habían dado cuenta de la presencia del barco peruano en la bahía y todo el campamento militar de Antofagasta se puso en febril movimiento.  Los toques de corneta, las carreras  los aprestos bélicos galvanizaron al puerto que antes  estaba completamente quieto. En la corbeta “Magallanes” el comandante La Torre uno de los mejores marinos chilenos miraba estupefacto e incrédulo la lejana silueta del monitor peruano.  La audacia del almirante peruano lo inmovilizó.

 

            Grau pasó por verdaderos momentos de angustia con los torpedos y tras de anular el que estaba en el  agua e izarlo a bordo, partió de la bahía en la forma como entró.

 

            Grau estaba sumamente enojado por su fracaso.  Su cólera la descargó contra una gran cantidad de puertos chilenos a los que destruyó sus instalaciones, lanchas y pontones.  Taltal, Caleta del Cobre, Chanaral y otros, fueron bombardeados.  Los informes de los ataques del "Huáscar" iban llegando por telégrafo a Antofagasta y mientras tanto del “Blanco Encalada” no  se sabía nada.  Al fin, el ministro Sotomayor pudo desde Antofagasta localizar al blindado chileno y ordenarle que persiguiera al "Huáscar" que en el sur causaba destrozos.  Hacia allá se dirigió el blindado, pero ya el barco peruano estaba de retorno hacia el norte.

 

 

Combate naval de Antofagasta

ARRIBA

 

            El 28 de agosto a la una de la tarde, el "Huáscar" se presentó de nuevo y en forma sorpresiva en el puerto de Antofagasta, cuando se le creía en el sur perseguido por el “Blanco Encalada”.  Estaba ya sin los torpedos que los había trasladado a la “Oroya”.  Ahora sí estaba en condiciones de combatir a cañonazos.

 

            Era un desafío al ejército y a la escuadra enemiga. Dice el escritor chileno Jorge Inostrosa: Las  autoridades chilenas se mordieron los puños de rabia ante aquel irritante desafío.  El ministro Sotomayor comentó: “el almirante Grau sabe perfectamente que el “Blanco Encalada” navega hacia el sur”.

 

            Sin embargo, no quisieron iniciar el combate las baterías de tierra por temor a que Grau destruyera las instalaciones de agua.  Pero fue el “Abtao”, el que disparó sin acertar.  La “Magallanes” se sumó pronto al combate.

 

            El "Huáscar" como fiera vomitó fuego por todas partes.  Hundió lanchas, bombardeó los fuertes  y se trabó en duelo con los barcos chilenos.

 

            Los fuertes de tierra se vieron precisados a intervenir y el "Huáscar" les contestó con certera puntería, pero no tocó las instalaciones de agua.  Esas generosidades de Grau, eran completamente extrañas a la forma de guerra que hacía Chile.

 

            El cañón de 300 libras emplazado en la playa de Antofagasta, se desmontó e inutilizó, y casi mata al jefe de esa batería Patricio Lynch.  Así se salvó el hombre que más tarde tanto daño hiciera al Perú.  El “Abtao” fue tocado varias veces con elevado saldo de muertos, heridos y daños materiales.  La “Magallanes” en constante movimiento se protegía tras los barcos mercantes.  Un cañón se desmontó en el monitor peruano matando al teniente 2do. Carlos de los Heros.  Fue la única víctima.  El “Abtao  hizo 42 disparos y no acertó ninguno, 7 la “Magallanes” y cerca de 60  las baterías de tierra y el "Huáscar" no fue alcanzado.

            El ministro Santa María había logrado localizar telegráficamente en Taltal al “Blanco Encalada” y le ordenó que a toda máquina se presentara en Antofagasta.  Siendo un poco antes de las  6 de la tarde y calculando que el blindado chileno podía ya estar cerca, el "Huáscar" abandonó la bahía, pero sólo avanzó tres millas al norte de Antofagasta y en Caleta More no pernoctó arreglando el timón.  El “Blanco Encalada” llegó demasiado tarde a Antofagasta y no imaginó que su enemigo sólo estaba un poco más al n

 

            Dice el historiador Inostrosa:  “La    audaz y despectiva incursión del "Huáscar" en Antofagasta y la triste actuación del “Blanco Encalada”, despertaron una feroz reacción en tierra chilena y como el resorte que salta más fuertemente mientras más se le oprime, la fiereza del alma del pueblo se manifestó robustecida por la indignación y el orgullo herido.  Por calles y plazas volvió a resonar el grito ¡A la guerra!  ¡A la guerra! y el gobierno empequeñecido en su prudencia que contrastaba con la grandeza con que la multitud exigía marchar pronto  al sacrificio, tuvo que contagiarse con el frenesí general.  Si la campaña marítima fracasaba, era indispensable ir al momento al ataque por tierra”.

 

            El “Cochrane”, la “O’Higgins” y la “Chacabuco” estaban en Valparaíso en reparaciones y por lo tanto casi por un mes la escuadra chilena en su mayor parte no estaba operativa.  En cambio, el Ejército se había visto favorecido con el armamento moderno llegado en el vapor “Gleneg”.

 

 

Grau es ascendido a contralmirante

ARRIBA

 

            Después del combate de Antofagasta, Grau retornó a Arica pasando antes por Iquique en donde se supo que había  sido ascendido a contralmirante.

 

            Al arribar a Arica, lo esperaba su co departamentano Montero para darle la bienvenida  y congratularlo.  Los presidentes Prado y Daza y todo el pueblo se unió jubiloso a las demostraciones de alegría, tanto por las hazañas  que acaba de acometer, como por la promoción en su carrera de marino.

 

            La iniciativa la había tomado el senador por Piura, Pablo Seminario Echandía, que presentó el pedido en el Congreso, mereciendo su inmediata aprobación, en la forma siguiente:

 

            Artículo 1º.- El Congreso declara digno de ser elevado a la alta clase de Contralmirante de la Escuadra Nacional, al Capitán de Navío D. Miguel Grau y recomienda al Ejecutivo, para que lo proponga conforme a la Constitución.

 

            Artículo 2º.- Recomienda igualmente a los demás jefes, oficiales  y tripulantes del monitor "Huáscar" para que los premie conforme a sus atribuciones y en vista de los partes que ha debido elevar el comandante de esa nave sobre los hechos gloriosos del 21 de mayo y 10 de julio.

 

            Por estar el presidente Prado en campaña, en Lima estaba encargado de los asuntos del Poder Ejecutivo el vice-presidente  general La Puerta.

 

            El mencionado general  La Puerta contestó de inmediato:

 

 

            “El  Gobierno ha recibido la recomendación que le ha dirigido el Congreso a favor del Capitán de Navío Don Miguel Grau, para que se le proponga de Contralmirante de la Armada Nacional.

 

            Como dicha recomendación la cree atendible el Gobierno, por cuanto el referido jefe es acreedor del ascenso, no he trepidado en hacer la propuesta complaciendo así a la Representación Nacional en un asunto bajo todos conceptos justo”.

 

            Luego continuaba La Puerta en su extensa comunicación, manifestando que siempre había sido opuesto a dar ascensos con facilidad en el Ejército y hacía recordar los pocos casos en que había accedido a ello.

 

            El general Manuel de Mendiburu, ministro de Guerra y Marina, remitió al   Congreso la meritoria foja de servicios de Grau.

 

            En el viaje anterior a Arica, Grau se enteró por los periódicos de Lima que el senador piurano Pablo Seminario había hecho la propuesta.

 

            El 18 de agosto le escribía al paisano, la siguiente carta:

 

            Querido amigo:

 

            Por los periódicos de la Capital, en el registro de las sesiones de la Cámara de Senadores, me he informado de la proposición que  Ud. y varios amigos de la Cámara, se han dignado presentar para que el Congreso me eleve a la alta clase de Contralmirante y se conceda a los jefes y oficiales y tripulación de este buque una Medalla de Honor por los hechos de armas del 21 y 29 de Mayo y 9 de Julio últimos.  Los términos en que está concebida la parte considerativa de esta proposición sobre manera honorífica para mí, son por sí solos, prescindiendo del valor de la recompensa, una prueba bien determinada de la estimación que Ud. me profesa, toda vez que no creo haber hecho todavía lo suficiente para merecerlos.

 

            Don Carlos M. Elías, era diputado y amigo de Grau y con motivo del ascenso, le envió dos cartas de felicitación, que Grau contestó emocionado y lleno de sinceridad.  Entre otras cosas le decía:  “Si algo pueden halagar en este mundo los honores militares, ciertamente yo debía estar muy satisfecho, como en efecto lo estoy, por haber obtenido un ascenso por unanimidad en ambas cámaras, y sin embargo de esto me he visto obligado a renunciar, no el contralmirantazgo, que no se puede, pero sí los goces y uso de las insignias, por muchas razones que reservadamente te voy a referir.

 

            Primera Razón.- Mientras el "Huáscar" tremolaba un simple gallardete de comandante, nada de particular tenía que yo huyera (conforme a órdenes) a la vista de un blindado, pero ya con la insignia de contralmirante, sería para mí muy vergonzoso, tener que correr con ella izada.

 

            Segunda Razón.- Yo abrigo la vanidad de creer que ninguno maneja el "Huáscar" como yo, y en este concepto, no encuentro otro que me reemplace, que conozca las cualidades y defectos de este buque, circunstancia que influye particularmente en el éxito de un combate.  Como  Almirante en Jefe no me sería posible que yo  dirigiese el buque y en el caso de tener comandante, habría necesidad de estarle diciendo, colóquese Ud. en tal o cual situación, vaya para  atrás o para adelante, etc. etc. lo que no es posible mandar en un combate y con un solo buque.

 

            Tercera Razón.- Prado con su vanidad cree saber ya más de marina que cuales quiera de nuestros jefes y da órdenes, y discute de asuntos profesionales con un aplomo asombroso.  Aparte del sistema que tiene ya arraigado de entenderse con los inferiores, sin consultar con los superiores, dando esto lugar a ponerlos en ridículo.

 

            Cuarta Razón.- Se me quiere imponer un comandante  que a mí no me conviene, porque no lo creo competente.

 

            Todos estos fundamentos han obrado en mi ánimo (y otros muchos que el apuro no me permite consignar) para decidirme a solicitar se me deje como simple comandante del "Huáscar" y se me excuse del uso de la insignia”.

 

            Tal lo expresado por Grau,   en una de sus últimas cartas.  Es posible que la primera razón haya pesado mucho en su ánimo, y se diera cuenta de que ya no podía evitar el enfrentarse con los blindados chilenos y que se pagara cara su muerte.

 

            Cuando salió de Arica en el que sería su último viaje, dejó en el puerto todas  sus pertenencias con la recomendación de que fueran enviadas a su hogar.  Es que posiblemente ya preveía su cercano fin y que  el destino le había planteado un reto que su orgullo de contralmirante no le permitía rehuir.

 

            El 27 de setiembre escribía también a su esposa, Dolores Cavero, y le hacía conocer, pero que guardara reserva y sólo se comunicara a su hermana Dolores (Grau), que se quedaría de simple comandante del "Huáscar".  También dice que lo normal hubiera sido que el Gobierno le enviara también sus despachos de  comandante general de la escuadra y no  que lo dejara de jefe de división.

 

            También se refiere a una noticia que en carta anterior le había dado su esposa  de que se voceaba su nombre para candidato a la Presidencia de la República para el período que debía de comenzar en agosto de 1880.  Sobre eso, le dice:  “Había resuelto no contestarte nada respecto al asunto de la Presidencia, por que francamente me parecía una broma, pero al ver que me lo repites nuevamente con cierta seriedad, debo decirte que no  pienso en tal  cosa por lo menos ahora que aún conservo mi razón”.

 

            Por esa época, el nombre que se voceaba como candidato a la presidencia era el del almirante Montero, que ya tenía bastante experiencia en asuntos políticos.

 

            En realidad, Grau había sido toda su vida marino y sólo en dos oportunidades interrumpió esa actividad.  Una de ellas fue cuando Paita lo eligió diputado y la otra, cuando se le confirió un alto cargo administrativo en la Marina.

 

 

La muerte del teniente de los Heros

ARRIBA

 

            La satisfacción de encontrarse nuevamente en Arica, y de recibir junto con su ascenso un nuevo homenaje del pueblo, se vio nublada para el sensible corazón de Grau, por la obligación que tenía de comunicar a los padres del teniente Carlos de los Heros, la muerte del joven en la acción de Antofagasta.

 

            Se asegura que el curtido marino, lloró cuando contempló el cadáver del joven teniente.

 

            Les decía a los atribulados padres:  Si al recordar este acontecimiento y cumplir tan penoso deber, sólo tuviese en mira dar testimonio de haber visto sucumbir a un valiente, pronto estaría satisfecho mi propósito, pero me mueve además y me aflige sobre manera, recordar sin esperanza de volverle a ver, a uno de los oficiales más distinguidos que he tenido bajo mis órdenes: su ejemplar modestia,  su pundonoroso comportamiento, su caballeresco porte y cuantas dotes personales  pueden adornar a un oficial, estaban reunidas en él y se notaban con sin igual naturalidad”.

 

            Luego decía: “Honor y gloria son los legados que hemos recogido los que lo vimos  en su último momento y como un sagrado deber que, si bien no puede enjugar  el justo duelo de sus padres, puede llevarles un consuelo  que mitigue sus dolores, transmítoles  este precioso legado, que formará el orgullo de su familia y uno de los timbres de nuestra historia”.

 

 

Se proyecta iniciar la campaña terrestre

ARRIBA

 

            El Gobierno de Chile decidió acelerar las acciones de guerra, para iniciar  cuanto antes la campaña terrestre, aún sin haber terminado la campaña marítima.

 

            El 12 de setiembre el blindado “Cochrane” estaba totalmente reparado, con nuevas piezas de artillería montadas y en condiciones de hacer doce millas y media por hora, superando en este sentido al  "Huáscar" que sólo podía hacer 10 millas.  Por lo tanto la caza del monitor peruano, se tornaba relativamente fácil.

 

            El 18 de setiembre, Chile dispuso que 5 000 hombres de su reserva reforzaran a los 11 000 soldados de línea que se encontraban en Antofagasta.

 

            El 21  al medio día zarparon esos soldados de Valparaíso.  Eran los batallones Esmeraldas, Santiago y Lautaro, fuerzas de artillería, granaderos y navales.  La flota la  formaban el “Amazonas”, “Loa”,  Limari”, “Matías Causiño”, “Huanay”, “Paquete de Maule”, “Santa Lucía” y “Toltén” escoltados por el blindado “Cochrane” y la corbeta “O’Higgins”.

 

            El viaje a Antofagasta se hizo sin novedad.  En esos momentos el "Huáscar" el tenaz enemigo de Chile se encontraba muy lejos.  El ministro de Guerra, Sotomayor, dispuso que la invasión al territorio peruano de Tarapacá se iniciara entre el 10 y 12 de octubre.

 

            También se había acordado que toda  la  escuadra chilena se dirigiera hacia Arica en busca del "Huáscar" y de todo el resto de la escuadra peruana a la que debía destruir, pero si el monitor peruano y  "La Unión" estaban en el Callao, no debían ir allá, sino retornar al sur para apoyar la invasión.

 

            Los chilenos habían tenido noticias de que el "Huáscar" se encontraba en Arica y “La Unión” estaba viajando rumbo al Callao para trasladar a Arica cinco potentes lanchas torpedo que navegaban a 18 millas por hora.   Pero las cosas no eran así: ambos barcos peruanos estaban en Arica.

 

            Grau deseaba ir al Callao para limpiar los fondos del monitor y que este recuperase su velocidad de doce millas, dar protección blindada a la ametralladora  y proveerse de proyectiles Palliser que ya habían llegado a Panamá, y con los cuales podían perforar la coraza de los blindados chilenos.  No deseaba por lo tanto volver a incursionar hacia el sur, y a eso lo obligó el presidente Prado. Esa es la versión de la mayoría de los historiadores peruanos, hecho que el general Prado negó rotundamente cuando meses después estuvo en Nueva York.  El ex–mandatario aseguró que fue el mismo almirante Grau el que solicitó en forma repetida esa comisión, a la que al fin se vio obligado a acceder.  Los historiadores chilenos son también del mismo criterio.

 

 

La escuadra chilena en Arica

ARRIBA

 

            Grau se proponía a atacar a los convoyes repletos de tropas en caso de que intentaran desembarcar en Tarapacá.  Su plan era meterse en medio de los transportes y crear la confusión desordenándolos y cañoneándolos con la seguridad de que los barcos de guerra de protección que los chilenos pudieran tener, no podían intentar nada con riesgo de hundir sus propios barcos.

 

            La escuadra chilena conformada por los dos blindados, “O’Higgins” y la “Covadonga”, el “Loa” y el “Matías Causiño”, se dirigieron hacia Arica en busca del "Huáscar" y de la escuadra peruana.  El 1º de  octubre salieron de Mejillones y el 5 estaban frente a Arica.  Con los dos barcos peruanos se cruzaron el alta mar sin verse.

 

            Los chilenos se dieron cuenta de que su enemigo no estaba en Arica.  El presidente Prado y el almirante Montero dispusieron las defensas, para rechazar cualquier ataque.   El general Daza, presidente de Bolivia, se encontraba en el puerto y la cañonera peruana “Pilcomayo” en acto de confraternidad, izó el pabellón boliviano y salió de la bahía para retar a la escuadra chilena, pues el “Loa” se había adelantado. La corbeta “O’Higgins” le salió al encuentro y se trabó en un cañoneo entre los dos barcos, pese a la gran superioridad del barco chileno, no llegó a hacerle daño alguno, y la escuadra optó por retirarse.

 

            Mientras tanto, Grau avanzó profundamente en territorio chileno buscando a los barcos enemigos.  Pasó por Mejillones, Coquimbo, Tongoy  y se aventuró hasta la caleta de Los Vilos muy cerca de Valparaíso.  Por todas partes donde pasó, las autoridades portuarias comunicaban a Valparaíso y a Antofagasta la presencia del monitor de tal manera que los chilenos iban conociendo la ruta del "Huáscar" que al llegar a Los Vilos retornó al norte.

 

            Por su parte, el comodoro de la escuadra chilena, Galvarino Riveros, se decidió a dar caza al "Huáscar" en el viaje de regreso de éste.

 

 

A la caza  del "Huáscar"

ARRIBA

 

            El ministro Sotomayor, desde Antofagasta estaba al tanto de todos los movimientos del "Huáscar" y de  "La Unión".

 

            El 7 de octubre envió este telegrama al  comodoro Riveros: “Blanco” y “Covadonga” deben venirse inmediatamente a ésta con “Matías  Causiño”, sino no se necesitase carbón de éste, para los demás buques.- “Cochrane”, “O’Higgins” y “Loa” deben estar listos hoy para salir donde se les diga, sin esperar el día de mañana.  Usted debe al venirse hoy con el “Blanco” y la “Covadonga” pasar fuera des la costa para observar si buques enemigos regresan al norte”.

 

            Sotomayor se había propuesto atrapar al "Huáscar".  Con el “Cochrane  y sus barcos de escolta tendería una cortina que haría imposible que el "Huáscar", que viajaba de sur a norte, pudiera pasarla.   Con el “Blanco” protegía Antofagasta para el caso probable de un ataque del monitor peruano y además este blindado empujaría al navío de Grau, hacia el norte para entramparlo con el resto de la escuadra.

 

            En realidad, Grau se proponía atacar en Antofagasta los transportes de tropas chilenas.

 

            El comandante La Torre que estaba ahora al mando del “Cochrane” recibió más tarde instrucciones precisas del ministro Sotomayor.

 

            El día 7 a la una de la madrugada el "Huáscar" volvió a penetrar osadamente a la rada de Antofagasta.  Tenía la esperanza de encontrar allí a un blindado chileno desprevenido para atacarlo con el espolón.  En tierra parecía tranquilo todo. Había quietud y silencio.  Sin embargo, la calma era aparente, los 16 000 soldados chilenos estaban despiertos y vigilantes.

 

            Como nada se encontró en la bahía, Grau decidió salir a mar afuera y continuar   su viaje rumbo al norte.  En las afueras de la rada se volvió a unir con “La Unión” que lo esperaba.  Más allá también estaban a la expectativa el “Blanco” y sus dos barcos escolta.

 

            Desde Punta Tetas, el blindado chileno se lanzó sobre el "Huáscar" pero sus vigías habían avistado a los barcos chilenos.  Grau ordenó acelerar las máquinas y navegar hacia el oeste a mar abierto.  Eso parecía a simple vista suicida, ya que necesariamente tendría que acercarlo más a los enemigos, pero el monitor describiendo una amplia curva pasó frente a los chilenos y se  internó en el mar.  Cuando los hubo dejado atrás, viró nuevamente hacia el norte.  Durante cinco horas el “Blanco” y los dos barcos enemigos navegaron a la caza del "Huáscar".

 

            A las 6 de la mañana, los chilenos habían quedado a diez kilómetros de distancia.  Estaban ya cerca de Mejillones y parecía que el peligro había pasado.

 

            De pronto los vigías gritaron:  ¡Tres humos al norte!

 

            Grau se dio  cuenta de quiénes eran y dio órdenes de zafarrancho.  El contralmirante, sus oficiales y tripulantes se dieron de inmediato cuenta de que la situación era sumamente comprometida.

 

            Había dos alternativas.  O virar hacia mar abierto y perderse en el océano o pegarse a la costa.  Lo primero era imposible porque no disponía del carbón suficiente.  Lo segundo era muy riesgoso, pero lo único que quedaba hacer.  Buscaba paso entre el “Cochrane” y la costa.  El comandante La Torre desde el “Cochrane” se dio cuenta de la maniobra, y ordenó acercarse al monitor, pues tenía ahora el blindado mayor velocidad que el "Huáscar" y no se le iba a escapar.

 

La muerte de Grau

ARRIBA

 

            Clareaba el día 8 de octubre y el "Huáscar" estaba sólo 2 900 metros de distancia del “Cochrane” que se acercaba a toda máquina.  Eran las 9 de la mañana y el contralmirante ordena a García y García, que ponga a salvo a “La Unión”.  En el pequeño barco se celebra una junta de jefes.  Se deseaba compartir la suerte del monitor, pero prima la disciplina y obedecen.  La “O’Higgins” y “Loa” tratan de atraparla, pero inútilmente.

 

-

A las 9 y 25 Grau ordena hacer el primer disparo.  Los cañones de la torre giratoria, lanzan sus proyectiles pesados de 300 libras, bajo el comando del teniente Melitón Rodríguez y servidos por los artilleros ingleses.  El proyectil pasa raspando la chimenea del “Cochrane” y  cae por la aleta de estribor.  La segunda andanada da en el barco enemigo, en el pescante del ancla del acorazado.  Una tercera andanada dio de lleno en el “Cochrane” y lo hizo bandear visiblemente.  Una nube de vapor salió de las salas de máquinas y se pensó que las habían destrozado.

 

            El capitán de fragata Melitón Carbajal, que fue conducido herido como prisionero a San Bernardo (Chile), escribía el 16 de octubre un parte oficial al contralmirante, comandante general de la batería y fuerzas de la plaza de Arica, don  Lizardo Montero.  En tal parte, narraba los hechos desde el 30 de setiembre cuando a las 5:50 de la madrugada zarparon de Arica hacia el sur, hasta el 8 de octubre.

 

            Los momentos cruciales de la batalla cuando se produce la muerte de Grau, los informa del siguiente modo:  “El “Cochrane” no contestó a nuestros disparos inmediatamente, sino que fue estrechando su distancia merced a que traía mayor andar que nosotros, de manera que sólo cuando estuvo a 200 metros por babor, hizo sus primeros disparos.  Uno de ellos perforó el blindaje del casco de la sección de la  torre, a un pie de la línea de agua y el  proyectil estalló dentro de esta sección, sacando a doce hombres de combate, otro de ellos cortó el guardín de babor de la rueda de combate y nos obligó a gobernar con aparejos.  Como diez minutos después de haber sufrido  estas averías, sufrimos otra de mayor consideración, un proyectil chocó en la torre del comandante, la perforó y estallando dentro, hizo volar al contralmirante señor Grau, que tenía el mando del buque y dejó moribundo al teniente 1º don Diego Ferré que le servía de ayudante.  Tomó entonces el mando del buque el 2do. comandante, capitán de corbeta don Elías Aguirre y bajo sus órdenes se continuó el combate, cada vez más tenaz y sostenido”.

 

EL COMBATE DE ANGAMOS

 

 

            El 12 de octubre y desde Antofagasta, el corresponsal del diario “El Mercurio” de Valparaíso, que desde un barco chileno presenció el combate, narra estos instantes de la siguiente manera:

 

            “A las 9.20 de la mañana disparó el Huáscar con dos o tres segundos de intervalo y a unos 2,800 a 3,000 metros de distancia, sus dos cañones de 300 contra el Cochrane.  En seguida viró hacia el norte y emprendió como antes una desesperada fuga.  Los ingenieros del monitor peruano aseguran que en esos momentos elevaron tanto la presión, que pusieron los calderos en eminente peligro.  La máquina dio más revoluciones que en la prueba, pero a pesar de eso el Cochrane  ganaba siempre terreno haciendo prodigios de celeridad.  El blindado chileno colocado entonces al sur del Huáscar y directamente por su popa, avanzaba  más y más sin hacer ningún disparo, aún que estaba ya a unos mil metros de distancia del enemigo.  El Huáscar,  cinco minutos más tarde viró un poco al Oeste para dar campo de tiro a sus cañones y lanzó otras  dos balas de 300 a su perseguidor.  Los proyectiles peruanos habían pasado por alto lo mismo que los anteriores.  El Cochrane avanzaba  siempre sin disparar, estrechando cada vez más la distancia que lo separaba del enemigo.  Aquella majestuosa mole, que avanzaba  inflexible en medio de aterrador silencio, infundía pavor aún a los simples espectadores de aquella inolvidable escena”.

 

            “Al fin, a las 9.27 de la mañana, encontrándose a unos 500 metros del enemigo, disparó el Cochrane sus cañones de proa.  Una de las balas pasó por alto, yendo a rebotar a gran distancia del monitor peruano, y la otra dio en el castillo de proa”.

 

            “Por el alcance de los cañones pudo verse ya que el Huáscar era buque perdido y que no podría escapar en ninguna dirección antes de ser destrozado por los cañones del Cochrane”.

 

            “A las 9.30  habiéndose estrechado aún más la distancia, disparó el Cochrane un nuevo cañonazo.  El proyectil dio de lleno en la proa del enemigo, entrando por el lado de la cubierta y al estallar levantó una humareda de color gris o ferruginoso como el del moho, que abarcó toda esa parte del Huáscar.”

 

            “A las 9.32 disparó del nuevo el Huáscar sus dos cañones de 300 y se notó que una de las balas había levantado un enorme penacho de agua junto al costado de estribor de nuestro blindado.  Efectivamente, dio en el centro de la parte superior del reductor, removiendo toda esa plancha de blindaje y dejando en ella estampada su forma y sus cascos  al estallar.  Por fortuna no perforó la plancha, ni causó ninguna desgracia personal.  Esta avería fue inmediatamente  vengada”.

 

            “No bien habían transcurrido dos o tres segundos, lanzó el Cochrane dos afortunados tiros a su enemigo y sus terribles efectos fueron visibles para todos los  que absortos y anhelantes contemplaban aquel imponente espectáculo.  Uno  de ellos dando de lleno en el torreón, lo perforó de parte a parte, destrozó la guardera y rompió el muñón del cañón de la derecha e hizo explosión matando a diez artilleros.  De los doce hombres que había en el torreón sólo quedó uno sin recibir heridas graves.  El otro, que era uno de los cabos de cañón, salió gravemente herido y no pudo continuar prestando sus servicios.  El cañón de la derecha quedó desde entonces inutilizado para seguir funcionando”.

 

            “Los efectos de otro proyectil fueron todavía más terribles.  Dando de lleno en el lado de estribor de la torre de combate del comandante, hizo en ella un gran agujero y fue a azotar contra la pared del lado opuesto.  Allí hizo explosión derribándola por completo sobre la cubierta y barriendo con cuanto encontró dentro de la torre.  Al comandante Grau que en esos momentos estaba adentro, lo destrozó instantáneamente.  Todo lo que quedó de él fue el pie derecho y una parte de la pierna, algunos dientes incrustados en el maderamen interior, y menudos trozos confundidos con los hacinados restos de la torre.  Los cascos de la granada hirieron también a uno de los ayudantes del comandante, encargado de transmitir las órdenes al timón”.

 

TORRE DESTRUIDA DEL HUÁSCAR

 

            En la obra de Guillermo Thorndike, “1879”, se narra así la muerte de Grau:

 

            ¡Tres mil yardas! gritó Palacios, todavía sentado encima de la torre -¿Podrás pegarle al puente?- el comandante Elías Aguirre asoma por una tronera junto al cañón  de la derecha.  No vale la pena golpear su blindaje (del Cochrane) a esta distancia.

            ¡Difícil! murmuró Santillana a cargo de la pieza.  Casi han agotado sus proyectiles de segmento.  Pronto tendrán que usar los sólidos.   Al  otro lado de un tabique acorazado, el Tnte.  1º José Melitón Rodríguez, dirige el otro cañón de 300 servido por Diez Canseco, dos  condestables ingleses y diez   artilleros de preferencia.  Al Teniente 2º  Santillana, se le secaba la garganta ¿Distancia?

            ¡Dos mil ochocientas yardas!- Palacios no se movía de su observatorio.  -¡Batallón Ayacucho a estribor!- gritó el mayor Ugarteche dominando el redoble del tambor.  ¡El Constitución, a babor!  ¡Cubrirse bien!

            -No puedo hacer puntería por elevación, comandante, tendrá que ser tipo directo dijo Santillana.

 

            El Almirante contempla llegar a su enemigo con las  baterías en silencio.   Tal vez crean que ha decidido estrellarse, contra la roca de Angamos.  Dio un vistazo a la “Unión”, que seguía escapando, ahora perseguido por la “O’Higgins” y el “Loa”.  Nada más vivió para llegar a este día y a este lugar en el puente de mando del "Huáscar".  Rendirse todavía, o seguir derecho a naufragar contra los escollos que se acercan.  Dentro de su cráneo rebotan visiones.  No importan sus deseos de vivir o sus tristezas, ahora sus hombres son el Perú.  Doscientos cuatro harapientos, desesperados sin desayunar, ni afeitar.  Zambos y oficiales e inmigrantes y cholos de toda la costa:  he aquí la Patria.  Muchos sucumbirán sin haber recibido el nuevo pedido urgente par de zapatos por quintuplicado siempre, o sin cobrar alcances o socorros por toda la maldita guerra.  ¡Cuántos meses perdidos en escribir  solicitudes que no fueron atendidas!

 

            -¡Dos mil trescientas yardas!

            -¡Quince a babor!- ordenó el Comandante.  ¡Fuego!

            Las  9 y 25 de la mañana.

            Fracasó el disparo. No importa.  Grau espera que a su vez guiñe el Cochrane para cañonearlo en andanada, abriendo así la última oportunidad de zafar hacia el norte.  Pero el acorazado chileno mantuvo su rumbo inalterable.

 

            -¡Todo a estribor!

            -¡Mil quinientas yardas!

            -¡Presión, 30 libras! –leyó MacMahon.  El "Huáscar" evoluciona a 10 y ¾ millas por hora, estorbado por lapas, caramujos y piojos de  mar, que forman una costra bajo su casco. Tom...vuelco a cubierta, hazte  cargo.

            -¡Mil yardas!- Palacios veía crecer el alto blindaje del Cochrane -¡Apunten bien, no desperdicien granadas!

            -Le entraremos al espolón- el almirante parecía morderse a sí mismo.  -¡Todo a babor,  mantenga fuerza al máximo!  ¿Distancia de la otra  División?

            -El Blanco Encalada a cuatro millas, dijo Ferré.

 

            -¡Quinientas yardas!

            -¡Todo a cubierto! –gritó Grau, empujando a Ferré a la torre de mando.

            El blindado giró en redondo para embestir al enemigo.  El “Cochrane” descargó dos cañonazos antes de esquivar al monitor.

            -¡Baja de ahí, Enrique!- gritó Aguirre.

            -¡Cuatrocientos setenta y cinco yardas!

            -¡Baja te digo! ¿Quieres hacerte matar?

            -¡Trescientas yardas!- ahora Palacios se zambulló en el cubichete. -¿Cuál es mi sitio?

            -A la plataforma de servicio- ordenó el segundo jefe Santillana- a la plataforma inferior.

            -Sí, mi comandante.

            -Blanco Encalada a tres millas.

 

            Tizón barrió la cubierta chilena y le contestaron las (ametralladoras) Nordenfeldt.  Un calor se esparce por el cuerpo del aspirante, mientras todos los colores se transforman en intensidades de gris.

            -¡Viva el Perú, muera Chile!- gritó el sargento 2º Retes, cuando las balas del “Cochrane” astillaron la cubierta.  Se irguió en todilla -¡Fuego! ¡Fuego a discreción!

 

            La atrevida maniobra de Grau para hundir su espolón en la obra muertas del blindado fracasó, cuando el “Cochrane” pareció clavarse en el océano y girar sobre  sí mismo usando la ventaja que le daban sus dos hélices, para virar 60º a babor.

 

            A doscientas yardas, Melitón  Rodríguez ensayó un tiro directo -¡Fuego!

            El proyectil rebotó en la coraza del “Cochrane”.

            De nuevo al espolón.                                                         

            Dos explosiones sacudieron el "Huáscar".

 

            -¡Estamos sin gobierno!- Se oyó gritar a Carvajal desde la rueda de combate.

            Una granada deshizo el guardín de babor, rompiendo por ese lado la conexión entre la rueda y el timón.  Otro proyectil abrió  el blindaje a proa y estalló en el sollado.

            -¡Aparejos, rápido!- replicó el Almirante.  Conoce las mañas del monitor.  Ahora girarán sin pausa a estribor.

 

 

 

 

Carvajal resbalaba sobre charcos de sangre en la cámara de Oficiales.  Los cirujanos cosían o atontaban con narcóticos a los heridos.  Cocinero, calafate, carpintero, grumetes, bocafragua, siguieron al Secretario de Estado Mayor a la popa.  Por allí empezaron a anudar expertamente un aparejo de emergencia, que moviera el timón a fuerza de brazos.

 

-¡Mejor nos diesen piedras!- borbotó  Rentería exasperado porque sus balas rebotaban en el blindaje de las cofas enemigas.  Las malditas Nordenfeldt tiroteaban a la ametralladora  peruana.  A diferencia de los chilenos, Rentería no puede protegerse tras de una coraza.  A su costado se chorreó mugiendo el soldado Talavera.  De las piernas de Santos Beltrán brincó un surtidor de sangre.  -¿Está Ud. bien señor Tizón?- Rentería recuperaba su tamaño.

            ¡Hazles  torniquetes, zambo! ¡Apúrate! ¡Munición, pronto!

 

            Carvajal inspeccionó el aparejo de poleas.  Dos filas de hombres tiraban de los cabos.   Corrió hacia el puente.

            -¡Listo el timón!

            Los tiros chilenos habían desgarrado la bandera del "Huáscar".

            Izen  el pabellón y al ataque!- Grau calcula una doble maniobra para sorprender al acorazado con su espolón.  Sacaba medio cuerpo de la torre de mando.  Prefiere combatir a pecho descubierto, de acuerdo a la tradición de Nelson.

 

            Ferré corrió hacia el mástil

            -¡Máquina a toda fuerza!- Se le respondió  ¡A toda fuerza!

            Subió la bandera.  ¡A estribor! Se le obedeció ¡Estribor!

            -¡Viva el Perú!- gritó Ferré con la gorra en la mano.

 

            El Cochrane volvió a descargar sus gruesos cañones.  Las 9 y 55 de la mañana.  Ojos puestos sobre la esmaltada superficie azul, vitalicios recuerdos, pulsante querella de cuanto se obstinaba en combatir, huesos fusibles, partes en asamblea, sus jugos en reunión reconocieron la magnitud del estampido.  He aquí el puntual empedernido proyectil.  Se fue eslabonando en gotas, disgustado por la súbita anarquía de sus dientes que chirriaba al incrustarse en el blindaje.  Antes de que lo impermeable trasvenara su sangre y que olores oceánicos sustituyeran el hedor de su carne propia abrasada, antes de que los escarbaran esquirlas y a borbollones se descoagularan gasificándose, antes de que la granada Palliser demoliera la blindada torre de mando desintegrando  su tronco y su cabeza, y sus dos brazos y una pierna para espolvorearlo sobre las aguas de Angamos, el Almirante ordenó entrar al espolón.

 

            Un cuerpo intacto cayó de la torre y el entre puente se llenó de escombros y de humo. (Diego Ferré).

            -¡Hagan funcionar esas cigüeñas!- rugió el comandante Elías Aguirre, en la atascada torre de combate.   Forcejeaban  con cañones que pesaban doce toneladas. Nadie vio desaparecer al Almirante.

 

            De la roda al codaste sufrió el "Huáscar".  Escapes de vapor gemían en la chimenea. Dueñas miró desconcertado en derredor suyo.  El monitor se quejaba.  Aquella voz  entre gruesa y lastimada llamaba al Almirante.  Deshechos los guardines, el buque navega sin gobierno.   Regresó sobre sus aguas describiendo círculos cada vez más cerrados, como si el espolón husmeara el rastro del señor Grau.  Tensaban poleas y cabos sin que la fuerza de muchos hombres consiguiera contrariar los movimientos del blindado.  Exactamente siete años y once meses ha sido su jefe.  Balazos chilenos perforaron la chimenea y tubos modificando el gemido del vapor que exhalaban las calderas, como por una tráquea.  Su ululación oprimió el ánimo de los guardianes.  ¿Qué ha sucedido?  ¿Por qué se lamenta el "Huáscar"?

 

            -¡Señor Carvajal!- ¡Mi comandante!- el mayordomo se abrió paso a popa apartando heridos.  ¡Ha muerto el Almirante, señor Carvajal!

 

            El historiador chileno Jorge Inostrosa, narra así la muerte de Grau:

 

            Pronto el "Huáscar" estaba envuelto en un concierto  horripilante de estampidos.  Los gruesos cañones de su torre blindada y sus baterías de popa respondían incansablemente el fuego enemigo, mientras los ingenieros luchaban por reponer la cadena del timón.

 

            Recortado contra el cielo, el almirante Grau alzaba su rostro digno hacia lo  alto.  ¿Pensaba en los suyos, en su Dolores, en sus hijos, en aquel tibio hogar de Lima, al que había soñado volver?  ¿Meditaba quizás en que había llegado la hora postrera de su resplandeciente ruta de marino?  ¿Recordaba acaso los años de su mocedad en que navegó en pequeños champanes por los mares de la China?

 

            Durante largos minutos los tripulantes que estaban dentro del piso inferior de la torre, lo observaron con  supersticiosa reverencia.

 

            El teniente Ferré que regresaba después de promover el arreglo del timón, lo contemplaba desde abajo.  El Almirante estaba parado sobre un enrejado de hierro y a través de los barrotes se veían las suelas de sus botines.

 

            -¡Ya está reparado el guardín del timón!- le comunicó el teniente  con voz trémula ¿Volvemos a pegarnos de la costa?

            -No, ayudante- le respondió la voz lejana del Jefe, impregnada ahora de una profunda melancolía y de un fuerte fatalismo.  –Seguimos a toda máquina hacia el norte.  Allá está nuestra patria.  Allá nos esperan...

 

            En aquellos mismos instantes, los tres cañones de estribor del Cochrane, se enfocaban siniestramente sobre un mismo punto:  la  torre de mando del "Huáscar".

            Como adivinándolo, el almirante Grau se inclinó de pronto hacia la reja sobre la cual asentaba sus pies y llamó al teniente Ferré con tono paternal.

            -Ayudante, ¿está Ud. allí?

            -Sí señor Almirante; le respondió el muchacho emocionado.

            -Empínese en la punta de los pies y deme su mano Diego.

            El jefe del "Huáscar" se agachaba para meter su mano por entre los barrotes y estrechar la de su ayudante, que estiraba la suya hacia lo alto, cuando sobrevino el terrible impacto, de los tres proyectiles del Cochrane.  Uno entró de lleno en la torre de mando y con espantoso ruido de hierros destrozados y de esquirlas que chocaban contra la cubierta y contra los mástiles, salió por la otra banda del barco.   El almirante Grau alcanzado por la mitad del cuerpo, reventó pulverizado.  El teniente Ferré sacudido por la terrible conmoción que provocó el estallido del proyectil, quedó muerto instantáneamente en el sitio.

 

            El impresionante alarido en el que se mezclaban las voces de los heridos, conmovió el barco.   El capitán  Elías Aguirre trepó a la carrera a la torre de mando y se quedó alelado.  Dentro de ella no quedaba ni rastros del   Almirante; sólo una enorme mancha de sangre.

 

            Pero de pronto, desde cubierta se alzó un grito desgarrador.   El teniente Palacios se inclinaba espantado sobre un cuerpo caído, hacia el lado de estribor.  Era un pie, sólo un pie calzado por un botín negro.  Y en aquel mismo momento, el capitán Aguirre hacía otro descubrimiento pavoroso.

 

            -¡Miren, miren!- exclamaba estremecido, indicando con una mano un trozo de tabique que estaba detrás de la torre de mando.  Frente a sus dedos se extendía una gran mancha de sangre y en medio de ella, rodeados por trozos de masa encefálica, estaban clavados los dientes del almirante Grau.  Así, en el puente de mando del "Huáscar" en donde se le vio siempre solitario y victorioso, verdadero señor del mar, había caído para siempre el almirante Grau, fiel al cumplimiento del deber hacia su Patria.  El mar recibió en su seno, los restos de su cuerpo pulverizado, como si el destino hubiera querido guardarlo entre las olas.

 

            Tal lo que escribe un chileno.

 

 

Elías Aguirre

ARRIBA

 

            El “Mercurio” de Valparaíso continuando con el relato del combate de Angamos, decía:

 

            A las 9.35 el Huáscar disparó su cañón de popa y habiendo acudido nueva gente a la torre, hizo otro disparo con el cañón de 300 que había quedado servible.  La puntería sin embargo pasaba por alto, a pesar de la proximidad de los combatientes.

 

            A las 9.36 hizo   el Cochrane dos nuevos disparos al Huáscar, que le penetraron  por la popa, causando grandes destrozos al interior del buque.  Uno de ellos después de atravesar la cámara de los oficiales, sembrándolas de escombros y de cadáveres al hacer explosión en ellas, cortó los guardines del timón, dejando al buque sin gobierno.  La otra, penetrando por la misma parte a poca distancia de la anterior,  voló la cabeza  al segundo comandante del buque capitán de corbeta don Elías  Aguirre, que había tomado el mando al morir el comandante Grau y que acababa de ser trasladado (Aguirre), a la cámara gravemente herido en el brazo y la pierna derecha por los proyectiles de las ametralladoras del Cochrane.

 

            El blindado chileno estrechaba al mismo tiempo la distancia que lo separaba del enemigo ya los trescientos metros, había roto un nutrido fuego con su ametralladora de proa, útilmente colocada.

 

            El escritor chileno Inostrosa narra los breves minutos de mando de Aguirre, del siguiente modo:

 

            Sobre la cubierta del primero de los blindados (Cochrane), se procedía con la disciplina de un día de maniobras.  La voz del comandante La Torre resonaba tan clara y potente, que hasta el capitán Elías Aguirre, nuevo comandante del Monitor podía oírla cuando ordenaba:

            ¡Artilleros, sobre las baterías y sobre la rueda de gobierno, apunten...fuegooo!

           

            Los seis cañones de 250 libras del Cochrane se descargaban en sucesivas andanadas y barrían la cubierta enemiga.  El capitán Elías Aguirre fue tronchado en dos por uno de esos proyectiles y quedó convertido en una masa sangrienta junto a la torre de combate.

 

            El historiador Guillermo Thorndike, narra así los minutos en que Elías Aguirre comandó el "Huáscar":

 

            El Oficial de Estado Mayor Carvajal, entregaba el mando de guerra, al segundo jefe (Aguirre) en la cadena del gobierno del barco.

 

            Las 10 y 05 de la mañana.

 

            El comandante Elías Aguirre es el nuevo primer comandante del "Huáscar".

            A dos millas de distancia, las cornetas del Blanco Encalada tocaban ataque.  Solos en este océano, comandante Aguirre.  La suerte de doscientos peruanos  depende ahora de Ud.  Mandingas crecidos en el Callao, oscuros sechuranos, esbeltos mangaches criados en las playas de Paita, cholos macizos del Batallón Ayacucho, también ingleses y norteamericanos de cabezas amarillas y rostros de color jamón, artilleros  griegos, mozos de París, filipinos de corta estatura, un batallón políglota cierra filas detrás de estas planchas de hierro, atentos a la decisión que brota de la garganta de Aguirre.

 

            -¡Al espolón! ¡Villavicencio, Sotomayor!- llamó a los aspirantes.  Tendrán que correr el buque transmitiendo sus órdenes.  ¡Que cierren caña a estribor! ¡Toda la fuerza!

            ............................................

            Aguirre crecía subiéndose por la torre de combate para observar al enemigo. 

            -¡Cinco a babor!- vio al buque chileno a 300 yardas de su proa y gruñó: ¡Lo tenemos, casi lo tenemos!

 

            -¡Mantengan rumbo!- vocifera Garezón, a cargo de los aparejos de gobierno.

            Viéndose embestido, el Jefe del Cochrane ordenó a su vez entrar al espolón.    Los dos blindados se acometían con todo el poder de sus hélices.  ¡Cien yardas!

 

            Las 10 y 08 de la mañana.  ¡Cúbranse! Aguirre salta dentro de la batería -¡Vamos muevan esos cañones!  ¡Treinta y dos libras de presión!- leyó Mc Mahon en la indemne sala de máquinas.  Cuarenta  tripulantes tensan los cables del timón.

 

 

            ¡Ahora disparen!

            Los blindados se cruzaron casi raspando sus cascos.  A boca de jarro primero cañoneó el Cochrane.

            El proyectil de acero enfriado horada el blindaje de la torre y estalla contra los muñones y el comprensor del cañón de la derecha.  La conmoción mató a los artilleros  Dunnet y Varnieh. El teniente Santillana subía de la plataforma interior cuando un golpazo de aire endurecido lo aventó de espaldas hasta el entre puente.  A ratos parece que fuera a derrumbarse un trozo del blindado.   Planchas de diez centímetros de espesor, soportan el choque de granadas que llegan a 5 000 yardas por segundo.  Suena el casco como si lo aplastara un martillo poderoso, rechinando la coraza a medida que los proyectiles la rompen  y atraviesan para  estallar contra los mamparos interiores.  Avanzan sacudidos, siseando.  Un caldo de sangre y de agua  de mar, se mueve a impulsos del balance por estrechos pasillos.  Santillana se levantó por la oscuridad pestilente a hombre achicharrado y tanteó el regreso a la batería.  También se incorpora el comandante Carvajal, sintiendo sus ojos vaciados por el impacto: tropezó con el cadáver del artillero Caloyeras y se fue de bruces.   Santillana lo arrastró hacia el entre puente.

 

            Las 10 y10.

 

 

Palacios, Santillana, Távara

ARRIBA

 

 

            El teniente segundo, Santillana, sentía los tímpanos aplastados.   Una esquirla cortó su oreja y sien izquierda y la sangre le empapaba el cuello.  No recuerda otra cosa que el estampido y al señor Carvajal delante de él, soportando lo peor de la explosión.  Le había servido de biombo.  Dos tripulantes depositaron sobre el piso a otro oficial cerca de Santillana -¿Quién eres?- Palacios se retorcía sostenniendo su quijada  con las manos.  A  borbotones la sangre, a hilachas la lengua, a pedazos el paladar.  ¡Maldita la guerra! Un pañuelo, quién tiene un pañuelo, alfileres, algo que sirva para cerrar  esta mandíbula y seguir combatiendo.

 

            Muerto el artillero Perry, señor.  Muerto Avenell.  Muerto Felippe y siete heridos graves mi comandante.           

 

            -¡Fuego!

 

            El cañón izquierdo  manejado por Rodríguez, despachó su última granada de segmento contra la popa del   Cochrane”.  Se abrió paso por la aleta de estribor, arrasó el camarote del primer jefe, deshizo un tubo cohetero, el botiquín y un pañol.  Salió a popa de la batería, dejando un reguero de siete heridos.

 

            -¿Dónde estamos?- jadeó Carvajal palpando el aire.   Encontró a Santillana. - No veo nada teniente,  estoy ciego.

            -¡Grumete!- Santillana sostuvo la cabeza del comandante. -¡Tranquilícese señor!

            Los grumetes se acercaron tropezando con escombros y mutilaciones humanas.  Siguen atascadas las cigüeñas.  Piden más brazos para maniobrar los aparejos del timón.

            -¡Lleven al comandante a la enfermería!- dijo Santillana. –Y traigan agua para refrescar al señor Palacios. Rápido, rápido.

            -¿Ha muerto el Almirante?- Rodríguez observa los destrozos causados por las granadas  enemigas.

            -Descansa un rato, dijo Santillana a Palacios que por señas rehúsa ir al hospital.

            Las 10 y 12.  

            El “Blanco Encalada” cañonea la popa del "Huáscar".  ¡Otra vez deshechos los aparejos!

            El grumete Medina anudaba un pañuelo, reuniendo la quijada con el rostro de Palacios.  Después le mojó el rostro.

 

            Sacaban  a los heridos de la batería cuando Santillana subió al entrepuente.

            -¿Y su cañón no podía hacer ningún disparo?- pregunta Aguirre al teniente 1º Rodríguez.  A su vez Rodríguez interroga a Santillana -¡Compañero! ¿Qué es de su gente?. Trate de poner su cañón en batería.

            -¡Guardián Ríos!- llama Garezón saliendo de los escombros de popa para tender nuevos aparejos de timón.

            -Ha muerto, mi teniente, se le responde.

            -¡Noguera!

            -Muertos, todos muertos- el maestre de víveres Mejía sacude su cabeza gris.

 

            Ahora Távara amputaba y cosía en el departamento de máquinas.  Las explosiones a popa deshicieron  la cámara de oficiales.  Hasta el cadáver de Ferré fue arrasado por los tiros.  Aquí están más o menos seguros.  Tendrán que pegarle bajo al Monitor, casi encima de la línea de flotación, para que las granadas del enemigo estallen en la sala de máquinas.  Dos cañonazos deshicieron  la lumbrera y el cubichete.  Otra granada entró desde popa, arrastrando una estela de astillas y esquirlas. Távara aceptó unos sorbos de agua a Wilkins cuando  estribor reventó.  No sabe si han pasado minutos o tal vez una hora.  El cirujano mayor quiso incorporarse y creyó que se derramaban sus tripas.  Con experta mano se tocó el vientre y suspiró aliviado al saberse entero. Luego persiguió focos de dolor, adivinando la magnitud de sus heridas.  El esfuerzo por alcanzar su piel inmediata, hizo que cayera al costado. A oscuras, bajo el blindaje, supo que yacía entre cuerpos mutilados.  Se le adhirieron coágulos ajenos.  Alguien chapoteó sobre la sangre.  El viento que entraba por el  agujero abierto en el blindaje, alivió momentáneamente a los sofocados maquinistas.  Pronto se ventiló el denso humo de los incendios bajo cubierta.  Távara pudo ver trozos de mar grisáceo subiendo y bajando casi a su mismo nivel.  Mc. Mahon ayudó a Wilkins a levantarse.  Ambos examinaron el boquete dejado por la granada.  La máquina del Monitor está cubierta por pedazos de mobiliario.  Sin embargo no sufrió daños.

            -¡Doctor! ¿Está Ud. vivo doctor?

            Távara contestó con un quejido.

            -¡Lleven al doctor al pañol de la máquina!- ordenó Wilkins a los fogoneros que llegaban a auxiliar.  Se inclinó sobre el cirujano mayor.   –Ahí estará bien, doctor. El comandante Carvajal le hará compañía.

 

            Tizón comprimió su pañuelo sobre el pecho herido  de Rentería.   –Ya me fregué señor Tizón- dijo el herido.  –¡Calla zambo, ojalá no te dé fiebre!-  ¿Y cómo se sabe, señor?- Bueno zambo, dicen que se siente mucha sed, mejor no hables.

            “Real Felipe” blanqueó los ojos luego de observarse el balazo.  La verdad, la lengua se le atascaba de sed.  Tres veces se quiso parar a seguir disparando la ametralladora y tres veces cayó.  Agotadas las balas, el adolescente encargado de la  Gatling” asistía inerme al combate.  Miró al “Cochrane” y al “Blanco Encalada”, estrechándolos tanto, que debieron suspender los chilenos sus fuegos, para no herirse entre sí.

 

            La “O’Higgins” y el “Loa” persiguen a  "La Unión" por el horizonte.  Pronto quedará sólo la corbeta para combatir por el Perú.

 

            Las 10 y 20.

 

Francois Mazé

ARRIBA

 

 

            -El cañón esta listo señor- dijo Rodríguez a Aguirre.

            Por señas Palacios explica que quiere pelear.

            Contempla el comandante Aguirre su deshecho Monitor.  Casi espera la maciza aparición del Almirante por el puente frotando la solapa del paletó antes de ordenar todo a babor y al espolón.  En lugar de Grau se quema el teak que sostenía la coraza.  Pañuelo y alfileres componen el rostro del apuesto, desenfadado perfil del teniente 2º  Palacios.  Sobre el cañón derecho se apiñan muertos.  Humeaba el castillo y también la toldilla.  Hay incendio cerca de las máquinas.  En la cofa enmudece la Gatling con sus servidores mal heridos.  A ratos el monitor se vuelve loco.  Su imprevista marcha a toda hélice, aparta a los chilenos.  Le han demolido el timón.

 

            El súbito enmudecimiento de los fuegos enemigos hizo que Rodríguez buscara el pabellón con la mirada.

            -¡Nos creen rendidos!- gritó.  -¡Estamos sin bandera!  ¡Un valiente que la ponga en su lugar!

            Francois  Mazé, brincó fuera de la batería y corrió a popa.  De la cofa goteaba sangre.  Tan pronto los largavistas chilenos descubrieron al joven artillero francés izando al pabellón, el “Blanco Encalada” y el “Cochrane” se movieron a la carga.  Ráfagas de las Nordenfeldt no impidieron que los colores del Perú llegaran a su destino.

            Por las ruinas de la popa se oyeron hurras.

            -¡Traigan balas!- grita el capitán Arellano.

            -¡Apure Mazé!

            -¡A babor!- el comandante Aguirre, apenas oye su propia voz apagada por el aullido de las bombas que cruzan sobre el "Huáscar".  Sacó la cabeza por el cubichete de la torre de combate para usar el Rochón.

 

            Diez y veintitrés.

 

            Oscura amatista moteada de blanco, este mar frío parece rechazar al sol de primavera que brilla sobre el combate.  Costa boliviana a la vista.  Sobre las explosiones reman elegantes  pelícanos: sus defecciones despertaron la codicia internacional.

            El comandante Aguirre empezó a cantar la distancia que los separa del “Cochrane”.

            -¡Ochocientas!

            Rodríguez se dispone a disparar a seiscientas yardas.

            -¡Setecientas!

            Otra vez gimieron los proyectiles, ahora casi chisporroteando contra el blindaje superior de la torre.  El teniente se volvió cuando escuchó derrumbarse a su superior.

            ¡Comandante!  ¿Está Ud. bien señor Aguirre?- calcula que hay seiscientas yardas.

            -¡Fuego!

            Pero Aguirre no se levantó.  Parecía boca abajo con la cabeza hundida entre los hombros.  No existe cabeza pegada al cuerpo que sacudió José Melitón Rodríguez.

 

            Las diez y veinticinco.

            -¿Comandante Aguirre?- el alférez Ricardo Herrera acaba de reponer los aparejos.

            -¡Yo estoy al mando, alférez!- grita Rodríguez.  Respiró profundamente -¡Haremos un último intento de entrar al eespolón, quiero que funcione ese timón!

 

 

Melitón Rodríguez

ARRIBA

 

            Continúa Guillermo Thorndike, narrando los últimos momentos del "Huáscar".

 

            -¡Sí, mi teniente!

            Al mayor Ugarteche lo tumbó una granada.  Al capitán  Bustamante también lo derribaron.  El capitán Arellano, jefe de la columna “Constitución”, asumió el mando de la infantería.

            -¡Retes! ¿Dónde está Retes?

            -¡En la enfermería, señor!

 

            La última  explosión a popa trituró a tres soldados.  ¡Maldita guerra! Hace rato que al capitán se le acabaron las balas.

            -¡Traigan munición!- Arellano se enfurecía.  El monitor erraba en círculos a estribor mientras el enemigo hacía puntería calmadamente.   Ni hay artilleros que hagan funcionar la batería, ni dispara la Gatling, ni se oye el traquido de sus rifles agotados.

            Todos los que bajaron por balas, cayeron en el camino de regreso.

            -¡A babor! ¿Qué pasa con el timón?- Rodríguez pegó el rostro a una tronera de la batería en el momento que reventaba una granada de 250.

 

            Setenta proyectiles Palliser, dieciséis de segmento, doce de shrapnell, fuego de ametralladoras y rifles, siete intentos de cortarlo en dos con el arriete; y el "Huáscar" sigue moviéndose a toda hélice, aunque sin rumbo.  Humo en el arrasado puente de mando.  Se incendia popa.  Destruidos los pescantes de anclas y bitBaos de la torre rotos.  Descuajadas veinte planchas de blindaje. Cabrestantes demolidos, pañoles de timoneles evaporados, falcas retorcidas, y el monitor no se detiene.  Sus cañones de 300 han retumbado hasta que las granadas enemigas atascaron ejes y cigüeñas de la colisa.  Su Gatling había cortado a tiros toda la maniobra de babor del “Cochrane”, trizado vidrios del cubichete, a ratos forzado a desaparecer a los soldados en las blindadas cofas enemigas, herido a tres chilenos y acribillado a tres lanchas.  Ahora callaba con sus tambores exhaustos. Pero el "Huáscar" continuaba zigzagueando o virando a estribor.  Los blindados a ratos fuerzan máquinas para no despegársele, como si temieran que un inesperado aliento pudiera empujar a su adversario hasta el horizonte.  De no haber encontrado hoy al Monitor, la invasión a Tarapacá habría comenzado dentro de una semana, convirtiendo al “Blanco Encalada” y al “Cochrane” en forzudos buques de escolta.  Malaria y disentería postraban a la tropa expedicionaria, luego de su largo acantonamiento en Antofagasta y a todo lo largo de Chile se agita el pueblo, descontento por el curso de una guerra tan cuidadosamente preparada.  La invasión tenía que comenzar aunque el "Huáscar" atacase por retaguardia.  El blindado peruano ya no tiene mar libre en ninguna dirección.

 

            Por segunda vez una explosión aventó a Santillana hasta el entrepuente.  Cerca de él se desangraba Palacios.

            -¡Arriba!- gruñó tercamente.

            -¡Murió el teniente Rodríguez, señor!- gritó un artillero.

            Palacios siguió a Santillana hasta la torre.  Registraron cadáveres.  Por sus insignias  reconocieron a los de Aguirre y Rodríguez.  Ambos estaban decapitados.

 

 

El teniente 1º Pedro Garezón

ARRIBA

 

 

            En el parte del combate que redactó el capitán Manuel Melitón Carbajal, el 16 de octubre de 1879 desde su prisión en San Bernardo, Chile; da como inmediato sucesor de Aguirre al teniente Pedro Garezón y en eso está de acuerdo la mayor parte de los escritores tanto peruanos como chilenos.  Es decir  que Rodríguez no puede ejercer el mando por haber muerto casi de inmediato.  El mismo Manuel Melitón Carbajal por estar seriamente herido, no pudo asumir el mando y al respecto dice:

            El parte adjunto del teniente 1º don Pedro Garezón, en quien recayó por ordenanza el mando del buque a consecuencia de la muerte del 2º comandante Aguirre y del estado en que se encontraba el que suscribe, dará a Uds. los detalles de la manera como llegó a su fin este reñido y desigual combate.

 

            El "Huáscar" cayó en poder del enemigo, cuando no le fue posible ya continuar su resistencia, inutilizados sus cañones, roto el timón, y diezmada su tripulación.

 

            El parte del propio teniente Garezón que eleva a su superior jerárquico capitán de fragata Carbajal, que narra los hechos ocurridos, dice:

 

            Después de la lamentable pérdida del contralmirante don Miguel Grau, de haber caído Ud. herido, y muerto el 2º comandante, capitán de corbeta don Elías Aguirre, el oficial de detalle Diego Ferré teniente 1º y el de igual clase don José Melitón Rodríguez.

 

            En estos momentos el  "Huáscar"  se encontraba  sin gobierno por tercera vez, pues las bombas enemigas penetrando por la bovedilla, habían roto los aparejos y cáncamos de la caña, lo mismo que los guardianes de combate y varones de cadena del timón.  Estas bombas al estallar, ocasionaron por tres veces incendios en la cámara del comandante y oficiales, destruyéndolas completamente.  Otra bomba había penetrado en la sección de las máquinas, por los camarotes de los maquinistas, produciendo un nuevo incendio y arrojando los mamparos sobre los caballos, que pudieron continuar en movimiento, por haberse aclarado con la debida actividad, los destrozos que cayeron sobre ellos.  También tuvimos otros dos incendios, uno bajo la torre del comandante y el otro en el sollado de la proa.

 

            En este estado, se me dio parte de que una bomba había roto la driza de nuestro pabellón, pasé entonces a popa y ayudado por el artillero, de referencia Julio Pablo, la izé personalmente, entre las vivas entusiastas de la gente.

 

            Los blindados hacían entonces fuego nutrido de artillería y ametralladora, el uno a veinte metros de distancia por la aleta de estribor, el otro por la cuadra de babor y la “Covadonga”, por popa, más o menos a igual distancia.

 

            La torre se encontraba ya completamente inutilizada por las bombas Palliser que atravesaron su blindaje, sacaron fuera de combate al cañón de la derecha, destruyendo uno de los muñones e inutilizando el compresor.  Un casco de bomba penetró en las ruedas y planchas de la torre, destrozando dos cigüeñas y dejándola completamente sin movimiento.

 

            Otras dos bombas penetraron por las portas y dieron muerte a todos los sirvientes de los cañones, quedando sólo el marinero Manuel Proaño que acababa de reemplazar a los sirvientes puestos fuera de combate, por los proyectiles recibidos anteriormente.

 

            Guillermo Thorndike, narra esta parte del combate del siguiente modo:

 

            Muerto el contramaestre Nicolás Dueñas, muerto el condestable José Selendón, muerto el primer guardián Tiburcio Ríos, muerto el primer guardián Federico  Noguera, muerto el mayordomo Manuel Pineda, muerto el cocinero José Salas, muertos ocho artilleros, muertos dos grumetes, muerto Isidro Alcibar.  Sobre muertos, pedazos de organismos, sanguaza y vísceras, camina el teniente Santillana arrimando escombros para llegar a popa.  Quedan tres oficiales de guerra ilesos.  El teniente 1º Pedro Garezón es el nuevo comandante del "Huáscar".  Santillana su segundo.  Dejó a Palacios protegido detrás de la torre y se escurrió por una tronera a dar la noticia.  Todos los aspirantes están heridos. Y los carpinteros, calafates, herrero, bocafragua y grumetes.  Hasta el farmacéutico parece fulminado por una bomba. En medio de tan espantosa confusión tropezó con el alférez  Herrera.

 

            -¡Necesito más gente para atender el aparejo! ¿Cómo están arriba?

            Santillana se pasó el índice por la garganta.  -A diez nudos y sin gobierno.

            Apareció Gárezon.

            -¡Hay que mover ese timón! ¿Qué pasa con la batería? ¿Por qué no disparan? Santillana contempló el rostro magullado de su superior.

            -Estás al mando del buque, los demás han muerto.

            Otra vez los sacudían a cañonazos.

            -¿Todos?

            -Rodríguez, Ferré, Aguirre,  el Almirante. Y el resto en el hospital.  Palacios sigue en cubierta. Le deshicieron la mandíbula.

            -¡A la torre!- Garezón escucha el griterío interior de su buque, lamentaciones y órdenes que ya nadie puede cumplir.

            Se inundó el pañol de popa, inutilizando las municiones.  No hay armas con que seguir peleando.  Sólo la máquina se ha salvado de la destrucción. -¡Herrera, ven con nosotros!

 

            El historiador chileno Jorge Inostrosa, dice que al morir el capitán Aguirre, por sucesión tomó el mando el capitán más antiguo Melitón Carbajal, quien comenzó  a dirigir la defensa desde cubierta, junto a la entrada de la cámara de los oficiales.

 

            Carbajal –según Inostrosa- llamó por intermedio del teniente Palacios al teniente Pedro Garezón.  El aludido cumplió su misión y le informó que Carbajal había tomado el mando y que si también caía, él, Gárezon debería seguir defendiendo al "Huáscar".

 

            Luego, sigue diciendo el historiador chileno que Garezón se dolía de que en la tripulación había ingleses mercenarios, a los que no les importaba la honra del Perú, ni se les podía pedir que rindieran la vida en defensa de la bandera peruana.

 

            Se produjeron nuevas andanadas de los barcos chilenos.  Una arrancó  de cuajo los mamparos de las cámaras de oficiales en donde estaba el capitán Carbajal. Los dos oficiales corrieron alocadamente sobre cubierta.  El capitán Carbajal fue encontrado caído manando sangre, por una ancha herida abierta en el costado.  Palacios y Garezón se arrodillaron a su lado y con gran esfuerzo, se dirigió a Garezón y le dijo:  “Tome Ud. el mando Teniente....no rinda el barco...no lo rinda”.  Palacios lo reconfortó diciéndole:  “El "Huáscar" tiene una tradición gloriosa y no admite rendición” y Garezón repitió:  Descanse Ud. tranquilo capitán.

 

 

El heroísmo de Enrique Palacios

ARRIBA

 

            El teniente Gárezon siguió dirigiendo la defensa del monitor con estoicismo impresionante.  Moviéndose de un extremo a otro del barco,  alentaba a los artilleros a contestar el fuego, pero mientras mayores daños causaban los proyectiles chilenos, más inminente era la deserción de los tripulantes ingleses.  Para colmo de males, repentinamente el barco, como si se rebelara contra sus conductores, se cargó de golpe sobre estribor y se cruzó sobre el rumbo que traía el “Cochrane”.  El comandante La Torre del blindado chileno se extrañó de la maniobra pero trató de aprovechar la oportunidad y ordenó acelerar para tomar el monitor por la mitad; pero el teniente Gárezon que se había  lanzado sobre el timón,  con la ayuda de varios marinos consiguió cambiar ligeramente el rumbo y el “Cochrane” pasó rozando a la nave peruana sobre la que descargó toda su artillería a quemarropa.  La mortandad en el "Huáscar" fue grande.  Fue entonces que los ingleses  -según Inostrosa- se  sublevaron, agrupándose en el centro y dejando los cañones sin servicio. -¡No seguir peleando!- decían en mal castellano.  El  teniente Palacios los enfrentó revólver en mano.  Rendirse, rendirse!- decían.  La respuesta del peruano fue -¡Nadie se rinde en este barco!  En ese momento una descarga del Cochrane lo alcanzó de lleno y lo lanzó mal herido sobre cubierta.  Los ingleses se abalanzaron sobre el mástil y empezaron a desenredar la driza para arriar el pabellón peruano.  Como un pájaro fulminado en mitad de vuelo, la bandera bicolor del Perú cayó en pliegues desordenados sobre la todilla de popa.  Palacios balbuceaba:  Nadie arríe nuestra bandera ....déjenla en lo alto...

 

            En los barcos chilenos un griterío de triunfo saludó lo que suponían la rendición del "Huáscar".  Pero súbitamente una figura tambaleante se alzó en la cubierta del "Huáscar" y marchó dificultosamente hacia el palo de la mesana.  Era el teniente Palacios que haciendo un esfuerzo sobrehumano, vencía su debilidad y acudía a izar nuevamente   la bandera en su barco.  Cuando la vio flameando de nuevo y anudado la driza, se abrazó  al palo  de mesana y resbaló por él hasta el suelo, vomitando sangre.

 

            Tal el relato del escritor chileno.

 

 

El final

ARRIBA

 

            Sigue el historiador  Inostrosa diciendo:

 

            Desde la toldilla del “Cochrane”, el comandante  La Torre observó la escena con el seño fruncido.  Luego se sumió la gorra hasta las cejas con un ademán brusco y ordenó al teniente Simpson, roncamente y con cierta tristeza:

 

            -Dispare todas las baterías contra el casco del monitor. El "Huáscar" merece hundirse honrosamente con su bandera al tope.

 

            El “Blanco” había abierto también sus fuegos y las balas se cruzaban destructoramente sobre la nave fugitiva.  El desenlace no podía demorar.  Los blindados daban alcance en forma visible a su perseguida y disparaban sobre seguro.

 

            Pero inesperadamente el monitor, una vez más realizó la extraña maniobra que había desconcertado a La Torre hacía un momento:  se cargó sobre estribor y se cruzó ante la proa del “Cochrane”.

 

            -¡Caramba! –exclamó el comandante chileno.  –Segunda vez que lo hacen y no lo entiendo.

            -¡Al espolón mi comandante!- gritó el segundo Gaona.

            -¡Cierto capitán!- aprobó La Torre.  -¡Adelante la máquina, a todo vapor!

            El “Cochrane” se abalanzó recto como una saeta hacia el monitor, pero cuando estaba apenas a doscientos metros, inexplicablemente el “Blanco Encalada” que corría a parejas, desvió su rumbo y se vino encima de su compañero de persecución.

            -¡Cuidado, mi comandante La Torre!- alcanzó a decir uno de los vigías.  -¡El “Blanco” se nos viene encima!

            -¡Timonel, cierra a estribor!- vociferó el comandante y se aferró al pasamanos de la toldilla, con los ojos fijos en el “Blanco” que caía escorado sobre el “Cochrane”.

            Afortunadamente, el  blindado obedeció al instante al timón y se hizo a un lado esquivando el choque con  el “Blanco.

 

            Pasado el peligro, los dos blindados reanudaron el fuego con mayor intensidad que antes.  Abrumado por aquel doble cañoneo, el "Huáscar" llegaba al término de su carrera.  Eran las 10.55 de la mañana y su situación no podía ser ya más insostenible.  Su casco estaba perforado en seis partes, la chimenea parecía una criba, sobre su cubierta rodaban sacudidos por el balanceo sesenta y nueve cadáveres.  El teniente Palacios caído junto al palo de mesana, había recibido 19 heridas.  La desmoralización introducida por los tripulantes extranjeros llegó a su culminación en aquella hora.  Saltando sorpresivamente sobre la driza, varios ingleses se apresuraron a arriarla y rindieron el barco.  Nadie pudo oponerse.  El teniente Palacios que tenía el alma de héroe estaba caído y apenas logró gritar hacia la sala de máquinas una última orden: -“¡Abrir las válvulas...abrir las válvulas y hundir la nave!”.

 

            Retorciéndose de dolor y encharcado en su propia sangre, seguía repitiendo con los ojos llenos de lágrimas de desesperación e impotencia:  “¡Abrir las válvulas...morir con honra!”.

 

            Minutos más tarde, el "Huáscar" terminó su fulgurante carrera de Señor de los Mares.  Arriada la bandera, abandonadas las armas, alineados los ciento cuarenta y cuatro sobrevivientes sobre la cubierta, el barco fue abordado por una lancha mandada por el teniente 1º Juan Simpson, acompañado de ingenieros, médicos y guarnición armada.

 

            Mientras los tripulantes ingleses lo rodeaban implorando que no los degollasen, pues habían oído decir que los chilenos asesinaban a sus prisioneros, el teniente Palacios volvió a hacer un último esfuerzo para honrar la memoria del Almirante Grau, hundiendo su barco.  Arrastrándose por una escotilla bajó a la Santabárbara y le aplicó una mecha encendida. Cuando los ingenieros chilenos bajaron a cerrar las válvulas que estaban inundando la cala, lo encontraron tumbado en un pasillo y un hombre lo llevó a cubierta, dejándolo sentado, con el dorso apoyado en un tabique.  Al verlo desangrarse, el teniente Simpson, preguntó a uno de los astilleros ingleses:

            -¿Quién es ese oficial herido?

            -El teniente Enrique Palacios, señor- le respondió el mercenario- el mismo  que ordenó abrir las válvulas y hundir el barco.

            -Y el mismo que ha puesto una mecha en la santabárbara- agregó el aludido, irguiendo la cabeza en un penoso esfuerzo, y riendo amargamente por creer segura su victoria, su propia victoria.

            -¡Vamos a volar por los aires!- exclamaron aterrados los artilleros.  -¡A los botes, a los botes!

            Pero el teniente Simpson hizo una señal a sus hombres y los fusiles chilenos rodearon a los que intentaban huir.  -¡Quietos todos! – gritó Simpson.  -¡Nadie baja a los botes!- y permaneció con las piernas abiertas, tenso, esperando la explosión.

 

            El teniente Palacios esperaba también con los puños crispados, los ojos cerrados y la nuca apretada contra el tabique que le servía de respaldo.  Diez segundo...veinte segundos...treinta...esperaron todos en el más impresionante  silencio...y la explosión no se produjo.  El teniente Palacios dobló la cabeza sobre el pecho y comenzó a llorar, comprendiendo que había fracasado en su último intento de hundir al "Huáscar".   –Se apagó la mecha- murmuraba desesperado.  -¡Mala suerte, mala suerte!  ¡Perdón Almirante Grau!

 

            El teniente Simpson se  acercó hacia él e inclinándose a su lado le dijo caballerosamente:  -Parece  Ud. mal herido teniente.  Voy a hacerlo trasbordar a mi barco para que lo atiendan allí.

 

 

 

            Segundos más tarde, dos marineros lo recogían en una camilla y lo embarcaban en la lancha de ordenanza del “Cochrane”.

 

            Tal la versión del historiador chileno  Inostrosa.  Con respecto a ella debemos de aclarar que no hubo tal rebelión de los marinos ingleses que valientemente compartieron con los peruanos la suerte del barco hasta el fin. Nadie arrió la bandera  fueron las balas chilenas las que abatieron al pabellón peruano y fue el teniente  Garezón y no el teniente Palacios –muy valiente sin duda alguna- el que ordenó abrir las válvulas y hundir el barco.

 

            El parte oficial del propio Garezón dice lo  siguiente:

 

            En este estado, y siendo de todo punto imposible ofender al enemigo, resolví de acuerdo con los tres oficiales de guerra que quedaban en combate, sumergir el buque antes de que fuera presa del enemigo y con tal intento mandé al alférez de fragata Ricardo Herrera para que en persona comunicara al primer maquinista la orden de abrir las válvulas, lo cual fue ejecutado en el acto, habiendo sido para ello indispensable parar la máquina, según el informe que acompaño de dicho maquinista.

 

            Eran las 11 y 10 minutos de la mañana, cuando se suspendieron los fuegos del enemigo.  El buque principiaba ya a hundirse por popa y habríamos conseguido su completa sumersión, si  la circunstancia de haberse detenido el movimiento de la máquina no hubiera dado lugar a que llegaran al costado las embarcaciones arriadas por los buques enemigos, a cuya tripulación no nos fue posible rechazar por haber sido inutilizadas  todas  las armas que teníamos disponibles.  Una vez a bordo, los oficiales que la conducían, obligaron a los maquinistas, revólver en mano, a cerrar las válvulas cuando ya teníamos cuatro pies de agua en la setina y esperábamos hundirnos de un momento a otro.  Procedieron activamente a apagar varios incendios que   aún continuaban y nos obligaron a pasar a bordo de los blindados junto con los heridos.

 

            Debo expresar igualmente que cuando los oficiales y tripulación de los botes subieron a la cubierta del buque, encontraron el pico caído por haberse roto la driza de  cadena que lo sostenía, de manera que el pabellón que pendía de él y que había sido izado por segunda vez, se encontraba en cubierta, cuya circunstancia hice notar al teniente 1º señor Toro, del “Cochrane” y a otros oficiales cuyo nombre no recuerdo.

 

            En “1879”, de Thordnike, al relatar la junta de guerra convocada por Garezón, dice:

 

            Por el entrepuente se refugiaron en la torre para celebrar junta.  Ni siquiera saben cuántos han perecido...La capitana del Perú está en sus manos y ninguno cuenta con más de treinta años de edad.

            -No tenemos como continuar el combate-  resumió Garezón .  -...Así que hay dos posibilidades:  rendirnos o hundir el barco...quiero escuchar sus opiniones.

            -¡Yo no me rindo!- rabió el alférez Herrera.

            -Mandémoslo al  fondo- dijo Santillana.

            -También es mi decisión...¡Cuidado!  Reventó una granada del “Blanco Encalada” contra la torre.  Garezón tosió.  –Casi lo despedazan- Santillana sacó la nariz por una tronera a tomar aire y vio pasar un acorazado a veinticinco metros del monitor.  Los tenientes se miraron.

 

            -Hay que apurarse compañero.

            -Mc Mahon es de confianza y Wilkins también- dijo Garezón.  –Que ellos mismos abran las válvulas.

            -Que se encargue Herrera- dijo Santillana.  –Yo iré a la proa y tú encárgate de popa.

            -Está bien.

            -¿Subimos los heridos a cubierta?

            -Que los maquinistas calculen cuanto tiempo queda.  Hay que asegurar el timón para alejarnos en línea  recta.  -¿Es posible arreglarlo aunque sea por diez minutos?

            -Si nos dejan los chilenos- murmuró Herrera.

            -Bien, en marcha.

            -Buena suerte.  Se dieron la diestra.

 

            El “Blanco Encalada” y el “Cochrane” no han cesado de cañonear  al monitor.  Ahora llegaban la “Covadonga” y “Matías Causiño”.  Con la espada en la mano, Palacios comanda a un puñado de heridos aspirantes y marineros que esquivan los tiros chilenos arrimados al castillo.  A las  diez y treintiocho de esa mañana, Santillana volvió a usar una tronera para salir a cubierta.  En ese instante retumbó una granada estallando contra el cabestrante.

 

            -¡Enrique!- el oficial vio a Palacios derribado por la explosión.

            Gemían los heridos en la carbonera de proa.   Hollín y humo mortificaban al comandante Carbajal y Távara tendidos en el pañol de la máquina.  Se arrastró el cirujano mayor a pedir que lo sacaran de allí.  Entonces descubrió al alférez Herrera hablando con Wilkins y Mc Mahon.  Távara adivinó.

 

            Casi de memoria encontró Wilkins las válvulas en medio del humo que quemaba sus ojos.  La chimenea acabó demolida a cañonazos.  Pero aún a ciegas, el ingeniero puede manejar la planta propulsora del blindado.  En vano intentó Mc Mahon descifrar los indicadores de vapor de agua de las calderas.  ¡Saquen a los heridos de abajo!  ¡Fuera todo el mundo!  Dio un manotazo a esa máquina que había armado y desarmado muchas veces.  Como una marca naval, el nombre de su infortunado arquitecto Cowper Coles acompañará al monitor al fondo del Océano Pacífico.  Tropezó con Wilkins.  -¿Listo? Sí, en veinte minutos entrará el agua en esos boquetes abiertos por las granadas y el blindado se irá a pique de golpe.  ¡Llévense a todos los heridos, el buque se hunde!  Mc Mahon tosió.  Esperarán un rato antes de parar la máquina y abrir las puertas de la condensadora.

 

            Un cañonazo trajo abajo  el pico que enarbolaba la bandera.  Santillana recogió el tafetán y lo fondeó con un proyectil de 40.  Un rato titubeó la escuadra chilena suponiendo la rendición del "Huáscar".  A medias compuesto el aparejo del timón, el blindado arrancó al Oeste.  Como si el espíritu del Almirante inspirara su treta favorita para despegarse del enemigo, el monitor puso después proa hacia el norte.  Pero esta vez escapa sin esperanza. Las dos terceras partes de sus oficiales de guerra muertos o heridos.  La mitad de sus oficiales de mar, artilleros y marinos, fuera de combate, igual que la tercera parte de los grumetes y rifleros de la Columna Constitución y la mitad de los infantes de marina del Batallón Ayacucho.  ¡Maldita guerra!

 

            Depositaron a Távara sobre cubierta al lado del mayordomo Félix que mojaba con agua fresca las heridas de Palacios.  Vio subir el mar, trepar aguas a cubierta.  De nuevo se cargaban a estribor pegándose a Punta Angamos.  No tuvo fuerzas para llamar a Santillana y pedir que lo cuidara cuando el monitor incline el espolón para embestir el fondo.  Wilkins y Mc Mahon detuvieron la máquina a las 10 y 55 de la mañana.  Forcejearon con las puertas de la condensadora.  Cinco minutos y todo habrá terminado.  Se precipitará agua a la sala de máquinas por las tomas de las bombas.  Será mejor que la gente se aleje a nado o aferrada a salvavidas y a trozos de mobiliario o la succión del naufragio arrastrará a todos a la muerte submarina.

 

            Frente a la roca Angamos, las lanchas de asalto del “Cochrane” cortaban el agua rumbo al monitor.

            -¡Guarnición!- se oyó  al capitán Arellano.

            -No hay balas señor, contestó un soldado.

            Cubierta, ventiladores, sollados, escalas, torre, toldilla: todo está salpicado de sangre, todo apesta a muerte.

            -Llegan los chilenos, niño- al mayordomo Félix se le ha mojado la mirada.

            En algún lugar cercano a las rompientes de Angamos  aulló un enorme lobo marino.

 

            Tal la versión de Thorndike, la cual cuando menos en lo que se refiere a la bandera fondeada, no está de acuerdo con el informe oficial de Garezón.

 

            El diario “El Mercurio” de Valparaíso dice que al momento del abordaje, estaban todos los oficiales peruanos sobre cubierta, pero ninguno de ellos entregó su espada porque momentos antes las habían arrojado al agua.  Algunos de ellos entre los cuales se cuenta el oficial de la guarnición, gritaban: -¡Los peruanos no se rinden!

 

            El capitán Peña, chileno, que iba animado de la intención de dejarlos en posesión de sus espadas, pues bien lo merecía aquella porfiada resistencia, les dijo en tono seco: -Tienen Uds.  cinco minutos para embarcarse en el bote.

 

            Por la noche, el telégrafo comunicó a Arica la trágica noticia.  Cuando el presidente Prado tomó el telegrama y se enteró de la muerte de Grau y de la pérdida del "Huáscar" , se desplomó víctima de un ataque cerebral.

 

 

Honor y gloria para los vencidos

ARRIBA

 

            El historiador chileno Inostrosa dice que el comandante del “Blanco Encalada”, capitán de corbeta Guillermo Peña tomó posesión del barco en nombre del comodoro Riveros.

 

            Luego dice:

            “Enterado de la muerte del almirante Grau por el teniente Garezón, le pidió lo llevara hasta el sitio en el que el bravo marino sucumbiera.  Llegado al sitio manchado de la sangre del jefe de la escuadra peruana, se volvió hacia su corneta de órdenes y hacia sus acompañantes y les  ordenó:  ¡Atención  ... firm!  ¡Presenten... arm! Mientras los marinos chilenos respetuosamente rígidos, rendían honores al héroe caído y la corneta tocaba el son de funerala, el comandante Pena se descubrió y dispuso:

 

            -Los restos del Señor Almirante Grau, serán llevados en el que fue su barco hasta Mejillones con el respeto que se mereció por sus  virtudes de marino, de patriota y de caballeroso guerrero.

 

            El monitor "Huáscar" vencido al fin, entró aquella tarde del 8 de Octubre de 1879 a la rada de Mejillones escoltado por los blindados de la escuadra chilena.

 

            Al día siguiente, en el cementerio de aquel puerto, tan pobre y desolado como el cementerio de Iquique en donde fueron sepultados los héroes de la “Esmeralda”, fueron enterrados los tres jefes del "Huáscar".  Les rindieron honores los Oficiales de toda la escuadra chilena; el Ministro de Guerra don Rafael Sotomayor, el general en jefe del ejército general Erasmo Escala; y los batallones “Zapadores” y “Chacabuco” que guarnecían Mejillones.

 

            Sobre la tumba del Almirante peruano se inclinaron el Comodoro Riveros y el Ministro Sotomayor.

 

            Dijo el primero:

 

            -La muerte del Almirante Peruano Don Miguel Grau,  ha sido muy sentida en esta escuadra, cuyos jefes y oficiales hacen amplia justicia al patriotismo y al valor del que fuera notable marino.  ¡Descansad en paz, almirante Grau!

 

            Y agregó el Señor Sotomayor:

 

            -Vengo de recibir un telegrama del Gobierno de Chile, suscrito por todos los Ministros del Gabinete, en el que se me pide que guarde celosamente los restos del gran marino almirante Miguel Grau, para devolverlos a su patria, cuando llegue el momento en que su pueblo lo reclame.  ¡Almirante Grau, descansad en tierra chilena,  con la seguridad de que se respetarán vuestros restos y nadie osará  empañar vuestra destacada memoria”.

 

            Posteriormente fueron llevados al mausoleo de la familia Viel en Santiago.

 

 

La situación de la corbeta “Unión”

ARRIBA

 

            Al amanecer del 8 de octubre, el "Huáscar" iba en compañía de la corbeta “Unión”, barco de madera de rápido andar, que estaba al mando de Aurelio García y García.

 

            Tanto éste, como el contralmirante Grau, habían recibido órdenes estrictas de no empeñar combate en inferioridad de condiciones.

 

            Cuando los dos barcos peruanos fueron sorprendidos por la división naval chilena en la que estaba el blindado “Blanco Encalada”; la corbeta “Unión" realizó maniobras de distracción, para permitir la huída del "Huáscar", lo que se logró hasta que apareció por el norte cerrándoles paso la segunda división naval chilena con el blindado “Cochrane”.  Tanto García como Grau se dieron cuenta de lo delicadísimo de la situación.  Habían caído en una trampa de la cual sería muy difícil escapar, y menos en el caso del "Huáscar" de lento andar.

 

            Ante esa situación García y García situó a su barco cerca al monitor en espera de órdenes del contralmirante Grau, que variasen las superiores que habían recibido ambos, pero tal cosa no se produjo, por lo cual había  que atenerse a las disposiciones originales.

 

            García y García celebró una junta de jefes, y se resolvió trabar combate sólo en caso de que se estrecharan tanto las distancias con las naves enemigas, que éstas pudieran ofenderla con su fuego.

 

            A las 3:45 de la mañana, la "Unión" trató de romper el cerco enemigo.  Se dispuso de parte del enemigo que la persiguieran el “Loa” y la “O Higgins” pero no lograron alcanzarla.  En la opinión pública se consideró un acto de cobardía que la "Unión" no se sacrificara junto al "Huáscar".  Entonces García y García solicitó ser sometido a proceso, del que salió absuelto.

 

 

Tripulación del "Huáscar" el 8 de octubre de 1879

ARRIBA

 

Miguel Grau Seminario (m)contralmirante, comandante general 1ra. división naval Manuel Carbajal  (h), capitán de fragata, secretario de Estado Mayor.

José M. Ugarteche (h), sargento mayor, comandante de las guarniciones.

 

Oficiales de guerra

Capitán de Corbeta Elías Aguirre (m); 2do. Comandante

Teniente 1ro. Diego Ferré (m)

Teniente 1ro. Pedro Garezón

Teniente 1ro. José Rodríguez (m)

Teniente 2do. Enrique Palacios (m)

Teniente 2do. Gervasio Santillana (h)

Teniente 2do. Fermín Diez Canseco (h)

Alférez de Fragata Ricardo Herrera (h)

Capitán graduado Infantería Mariano Bustamante (h)

Capitán Manuel Arellano (piurano) de la Columna Constitución .

 

Oficiales mayores

Cirujano mayor Santiago Távara (piurano) (h)

Cirujano de 1ra. clase Felipe Rotadle

Contador Juan Alfaro

Practicante de medicina José Canales (h)

 

Aspirantes

Carlos  Tizón                                                  Manuel Villar (h)

Grimaldo Villavicencio (h)                               Federico Sotomayor

Manuel Elías Bonnemaison                              Domingo Valle Riestra (h)

 

Maquinistas

1er.  maquinista  Tomás Juan Wilkins               1er. maquinista  Samuel Mc. Mahon

2do. maquinista Tomas  W. Hughes                 3er. maquinista Ricardo Teneman

4to. maquinista  Henry Lewer                          4to. maquinista Ernesto Molina

4to. maquinista Augusto Mac Callum               Ayudante Augusto Matheus

 

Oficiales de mar

1er.  Contram.. Nicolás Dueñas (m)                1er.  Condestable. Williams Mc. Carthy

1er. Condestable Williams Leonard (h)            2do. Condestable José Celedón (m)

Buzo José Hilario Morales                               1er. guardián Tiburcio Ríos (m)

1er. guardián Federico Noguera (m)                1er. guardián Andrés Román (permiso)

1er. carpintero Luis Lenda (h) (paiteño)           2do. carpintero Chese Leves (h)

Herrero Williams Michel (h)                            Almacenero Manuel Mejía

Despensero Rafael Hurtado                             Cocinero 2da. Cámara José Salas (m)

Cocinero equipaje Eduardo Ford (h)               Mayordomo Manuel Pineda (m)

Boca fragua Ramón Tejeda                             Cabo de luces Andrés Riglos

 

Artilleros de preferencia contratados

James Anderson (h)                                        George Mathison

Atanasio Bayosopolos (h)                               Manuel Gorgiades (h)

Roberto Rundle                                               Williams Burns

Francisco  Mazé (h)                                        John Grand (m)

Eduardo Perry (h)                                           Manuel Panay (h)

Michel Murphy (h)                                          Eduardo Pryce

Henry Otto (h)                                                George Harris (h)

John Backer                                                    Alberto Avenell (m)

Alfred Strand                                                  Daniel Mc. Carthy

John Devine (h)                                               George Smith (h)

James Dobines                                                Charles Bex

 

 

John Dunnet (m)                                              Alberto Huerta

Federico Meiggs (m)                                       Samuel M. Vamisch

 

Artilleros de preferencia

Atanasio Cayoleras (m)                                   Tomás Proaño

Francisco Spiel                                               José Gómez

John Price                                                       John Lumly (h)

José Hernández                                               Julio Felipe (m)

Julio Pablo                                                      John Herry Hill

Enrique Vergnesse (m)

 

Artilleros ordinarios

Elodoro Dávila                                                Faustino Colán (paiteño) (h)

Tomás Salazar                                                Angel Quesquén

Henry Smith                                                    Juan Chunga

 

Marineros

Aniseto Rivas                                                  Tomás Esteves

Pedro Unánue (m)                                           José Velásquez (h)

Máximo Rentería (piurano)                              Mariano Portales

Nicolás Bonilla                                                Aparicio Robles (m)

José Suárez                                                     Juan Manuel Cruz

Santos Beltrán                                                 Mercedes Carrasco

Andrés Araujo Morán (tumbesino)                  José Félix Torres (h)

Jacinto Medina                                                Pedro Rodríguez (h)

Manuel Maldonado

 

Grumetes

Francisco Aguilar                                            Manuel Franco

Dámaso León                                                 William Norris

Arturo Masías (h)                                            Saturnino Mejía (m)

José Mantilla (m)                                             Alberto Medina

Miguel Valcárcel (h)                                        José Contreras

Basilio Roncarado                                           Juan Sifuentes

Enrique Ramírez

 

Cabos fogoneros

John Johson                                                    Adolfo Meyer

James Mc. Carthy                                  

 

Fogoneros

Alexander Monroe                                          Gregorio Alzamora

Manuel Verdesoto                                          John Danovaro

Edward Graham                                              Ramón Galicia

Joseph Chambers                                            John Boom

Carmen Vásquez                                             Bruno Gómez

Apolinario Salazar                                           Lino Urías

Tomás Furton                                                 John Kaley

Andrés Mc. Call                                             Isidro Alcibás (m)

Manuel Balbino                                               José Antonio Guerra

 

Carboneros

Alexander Herton                                            Juan Dávila (h)

José Morales                                                  Nieves Espinoza

Toribio Astudillo                                             Cipriano Gómez

Williams Martin                                               Gavino Noé

José Vallesillas

 

Soldados de la columna “Constitución”

Segundo Calderón                                          José Menchola (m)

Basilio Chávez                                                Quiterio Gallardo

José Cortez                                                     Clemente Luna

Juan Chunga                                                   José Estrada

Juan Villarreal (m)                                           José Rivera

Darío Sanjinez                                                 Vicente Jiménez (m)

Modesto Ruidías   Llamosa (h) (paiteño)         Isidro Orue (h)

Manuel Aguila

 

Batallón Ayacucho Nº 3

Sgto. 1ro. Francisco Retes (h)                         Sgto. 2do. Miguel Salazar (h)

Sgto. 2do. Apolinario Galiano                         Cabo 1ro. Justo Paiva (sechurano)

Sgto. 2do. Silverio Chiquicinza                         Cabo 1ro. Manuel López

Cabo 2do. Anacleto Alarcón (h)                     Cabo 2do. Fidel Calvo (h)

Cabo 2do. José María Esteban  V.R.              Corneta José Vargas

Tambor  Agustín Salas

 

Soldados del batallón Ayacucho

Faustino Falconí                                              Mariano Zegarra (h)

Mariano Unga                                                 Manuel Borja (h)

Pablo Soto (h)                                                 Benito Beltrán

Fidel Távara (h)                                              Víctor Vargas (h)

Mariano Vilcashuamán                                    Guillermo Barrios (h)

Pedro Zevallos                                                Ambrosio Fernández (h)

José Calderón                                                 Celestino Valdivia (h)

Narciso Castillo                                              Francisco Gutiérrez (h)

Hipólito Beltrán                                               Tomás Flores

 

            En resumen, el total de muertos en el combate llegó a 26 en la forma siguiente: 5 oficiales, 18 tripulantes y tres soldados.  Los heridos fueron 49 lo que representa un total de 75 bajas.  Tripulaban al "Huáscar" 199 personas.

 

            De 13 oficiales de Estado Mayor o de Guerra, sólo dos salieron ilesos.  Algunos murieron después como resultado de sus heridas.  Otros sucumbieron heroicamente en las batallas de San Juan y Miraflores.

 

            Una gran cantidad de maquinistas y fogoneros eran ingleses.

 

            Además del gran almirante don Miguel Grau, en el "Huáscar" había otros muchos piuranos y tumbesinos en la memorable jornada del 8 de octubre.

 

            Fatalmente sólo de unos cuantos de los antes nombrados podemos asegurar que son de nuestra región.  De otros más que sospechamos sean también codepartamentanos no podemos probarlo.

 

            El capitán Manuel Arellano Barbosa, jefe de la Columna “Constitución”, había nacido en Paita y sus padres habían sido don Francisco Arellano y doña Mercedes Barbosa.

 

            El 17 de setiembre de 1866 se casó en la iglesia de San Francisco de Paita con Petronila León García, hija de Manuel León Seminario.  Estudió jurisprudencia y se radicó en el Callao.  Cuando estalló la guerra con Chile, se enroló en la columna Constitución. Una sección de ella fue asignada al "Huáscar" donde él pasó como capitán.  El 8 de octubre, cayó prisionero y los chilenos lo enviaron a San Bernardo.  Prado lo hizo capitán efectivo el 21 de octubre de 1879.  Más tarde el dictador Piérola disolvió la Columna Constitución y sobre sus restos formó el 10 de enero de 1880 el Batallón Guarnición de Marina.  Cuando retornó de Chile se volvió a reincorporar al Ejército, y estuvo en la batalla de Miraflores defendiendo el Reducto Nº 2 que fue uno de los que llevó el mayor peso en esa batalla, resultando pocos sobrevivientes.  Allí murió heroicamente Manuel Arellano Barbosa, olvidado hasta por sus propios paisanos.

 

            El médico mayor del "Huáscar" Santiago Távara Renovales, no era propiamente piurano de nacimiento sino limeño.  Por ancestro lo podemos considerar como codepartamentano.  Su padre fue el piurano Juan Ignacio Távara Andrade.  Con el gran almirante Grau se trataban de paisanos.  En el combate de Angamos resultó herido y remitido a un hospital de Valparaíso como prisionero de guerra.  Logró su libertad por un canje de prisioneros.  Se reincorporó al servicio y fue nombrado cirujano jefe de las baterías del Callao, donde lo sorprendió el final de la guerra.  Se expatrió a Panamá y retornó al concluir la guerra.   Murió de pulmonía el 22 de agosto de 1897.

 

            Ignacio Martínez, nació en 1833 en Paita y siguió como  su padre el oficio de carpintero.  La misma ocupación tuvo en el "Huáscar" cuando hizo su servicio naval.  En la relación no figura como herido, pero una esquirla le lesionó el pie izquierdo.  Fue trasladado al Cochrane en donde recibió las primeras  curaciones de los médicos chilenos, pero quedó cojo el resto de su vida.  Fue ascendido a 2do. carpintero en 1886 y se le asignó una pensión de S/.41.66 mensuales.  Murió a avanzada edad, de arteriosclerosis el 25  de octubre de 1908 en el hospital  Guadalupe del Callao.

 

            Modesto Ruidias Llamosa, soldado de la columna  Constitución.  Nació en Paita el año 1845, siendo sus padres Santos Ruidias y Asunción Llamosa.  En 1878 estaba radicado en el Callao, cuando estalló la guerra.  Se enroló siendo  asignado a la sección de su paisano el capitán Manuel Arellano en el "Huáscar".  Resultó herido en el combate de Angamos y hecho prisionero.  Murió el 23 de agosto de 1920 por derrame cerebral.

 

            Andrés Araujo Morán, tumbesino.  Nació el 17 de diciembre de 1839 en el pueblecito de San Juan de la Virgen.  Sirvió durante la guerra con Chile primero como artillero en la fragata “Independencia” y luego como marinero en el "Huáscar".  Desde 1872 se había incorporado a la Marina del Perú con otros 13 tumbesinos.  Después del 8 de octubre es enviado prisionero a Chile.  Retornó al Perú en diciembre de 1879 y luego de participar en otras acciones de guerra regresó a Tumbes en donde se casó con Felipa Narváez  y al enviudar, lo hizo con Laura Panta.  Fue muerto de un balazo por el agricultor Isaías Villa el 8 de noviembre de 1892.

 

            Del artillero Faustino Colán sólo  se sabe que fue paiteño, resultó herido y fue atendido en el acorazado chileno “Cochrane”.  Después fue enviado prisionero a Chile y pocos meses más tarde recibió la libertad.

 

            El cabo Justo Paiva y el sargento Juan Chunga fueron sechuranos.  Ellos al igual que la gente de Paita cumplía su servicio militar en las unidades navales.  Eso desde los tiempos que el Perú tuvo sus primeros barcos de guerra.

 

            Máximo Rentería, marinero robusto, negro de color, salió ileso del combate de Angamos.  Llevado prisionero a Chile, recuperó pronto su libertad, volviendo a enrolarse en el Ejército.  Murió heroicamente en la batalla de Miraflores.

 

 

La placa de la estatua de la Libertad

ARRIBA

 

            En la placa de mármol que hay en la estatua de la Libertad ubicada en la plaza de armas de Piura, hay una leyenda con una relación de piuranos muertos en Angamos.

 

            La relación es la siguiente:

 

Miguel Grau                                Manuel Gutiérrez

Miguel Alméstar                          Juan Guerrero

Felipe Castro y Zagalla                José Guzmán

Emilio de los Ríos                        Luis Hidalgo

Teodoro García Paz                    Nemesio Medina

Gerónimo García

Tomás Gonzáles Otoya

 

            Al otro lado hay otra placa con otra relación de piuranos muertos en otras acciones de la guerra con Chile.

 

José María Meléndez                   Valiente Sáenz

Sixto Meléndez                            Ignacio Seminario

Daniel Merino                              Toribio Seminario

Carlos More                                Alberto Seminario

Nicolás Palacios                          Ponciano  Valdivieso

Enrique Rivera                             Pedro Varillas

                                                   Enrique Vásquez

 

            En la primera relación sólo queda ubicado el gran almirante don Miguel Grau.  Los demás no se han logrado ubicar en el "Huáscar" el día 8 de Octubre de 1879.. Salvo el caso de Nemesio Medina.

 

            En la segunda relación los hermanos Meléndez murieron heroicamente en la batalla de Tarapacá.  El teniente Daniel Merino, era ayudante mayor del Batallón Piura y cayó luchando en San Juan.  Pedro Varillas, fue subteniente abanderado del Batallón Piura y el subteniente Enrique Vásquez fue el jefe de la tercera compañía del Batallón Piura.ignacio Seminario murió en a defensa de Lima.

 

            Lo que se ha podido establecer con  relación a Miguel Alméstar, es que peleó en el combate del Dos de Mayo, pero no murió en él. No se sabe  que haya tomado parte en alguna acción de guerra en el conflicto de 1879.

 

EL  HUÁSCAR

 

 

 

El interior del barco  estaba dividido en 5 secciones estancos, con puertas herméticas, de tal forma que si una sección se inundaba no afectaba al resto.

La torre giratoria tenía dos cañones de 250 libras y podía girar 360º en 15 minutos con ayuda de 12 hombres.

El sollado era dormitorio por la noche y comedor en el día

La torre de mando era el lugar desde donde Grau dirigía las operaciones.

La chimenea telescópica, podía bajarse cuando se usaban velas.

En la cofa estaba el vigía y disponía de una ametralladora Gatling.

El barco contaba con 5 botes salvavidas.

Las cámaras de los oficiales y de Grau estaban en la popa.

En la parte inferior del casco estaban las bodegas  donde se encontraban los víveres, agua dulce, ropa, municiones, pólvora, repuestos etc. También estaban las calderas y la sala de máquinas.

 

 

 

 

 

 

 

EL HÉROE INMORTAL

 

 

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