Capítulo III

III  CAPITULO

 

 

LA GUERRA EN TARAPACA

 

           

 

 

Ø      Se prepara la invasión

Ø      La captura de Piragua

Ø      La batalla de San Francisco

Ø      La traición de Daza

Ø      La pérdida de la “Pilcomayo”

Ø      El Ejército llega a Tarapacá

Ø      Los hermanos Meléndez

Ø      Enjuiciamiento de jefes

Ø      La Legislatura Extraordinaria

 

 

Se prepara la invasión

ARRIBA

            La muerte de Grau y la pérdida del "Huáscar" anonadó a los peruanos.  Muchos en un exceso de patriotismo y de optimismo habían creído que el  almirante era casi inmortal y el monitor imbatible.

 

            Se  sabía ya que la guerra la había principiado a perder el Perú y tal cosa también lo comprendió plenamente Chile.

 

            Los conductores de la guerra en el bando enemigo, habían decidido antes del 8 de octubre, que esa iba a ser la última acción de la escuadra chilena contra el "Huáscar", cualquiera que fuera el resultado de la misma, pues se había decidido utilizar a los barcos para proteger el convoy, que debía salir de Antofagasta con las tropas enemigas rumbo al Perú para traernos la guerra al propio territorio.

 

            Si no hubiera sucedido el combate de Angamos, Grau y el "Huáscar" hubieran podido meterse dentro  del convoy chileno y hacer sin duda terribles destrozos. Pero el destino dispuso otra cosa.

 

            En Piura, las primeras noticias del combate de Angamos que se recibieron algunos días más tarde, venían equivocadas.  Se hablaba de un gran triunfo de Grau sobre la escuadra enemiga y la gente se volcó a las calles delirante.  Al día siguiente, cuando se supo la verdad, fue como si un gigantesco martillo nos hubiera golpeado.

 

            Los chilenos habían acumulado en Antofagasta 13 000 hombres, que Grau tenía inmovilizados desde abril.  Para evitar la desmoralización de esas tropas en un desierto los mantenían constantemente distraídos y haciendo ejercicios, pero la disentería y los males venéreos cundían.  Por otra parte, mantener esas tropas ociosas costaba mucho dinero a Chile.

 

            Inicialmente, no se había decidido por donde se iniciaría la invasión al territorio peruano.  Se planteaban los siguientes lugares: a) por el Callao y Lima; b) por Arica y c) por Tarapacá.

 

            La invasión por Lima tenía la ventaja de que estaba casi desguarnecida porque todo el Ejército se encontraba en el sur.  Tomando la capital, la guerra se abreviaba y se obligaría a la inmediata firma del tratado de paz, pero eso daría ocasión a la intervención de las potencias extranjeras y entonces Chile no iba a lograr las ventajas territoriales que se había propuesto.

 

            Atacar por Arica, tenía la ventaja de dejar aislado en Tarapacá al Ejército aliado peruano-boliviano, pero Arica había sido fuertemente artillado, y en la rada estaba anclado apontonado como verdadera batería flotante el monitor “Atahualpa” con dos poderosos cañones de a 500 capaces de destruir al mismo “Cochrane”.  Por lo tanto un ataque a Arica por mar era suicida.

 

            La tercera opción era la del desembarco en Tarapacá.  Muchos políticos chilenos habían aconsejado tomar primero la prenda, y después de eso recién buscar la paz sin soltar el territorio conquistado.  Ese fue el criterio que prevaleció y sólo faltaba decidir por que lugar  de la extensa costa de Tarapacá había que empezar la invasión.

 

            El puerto elegido para el desembarco, debía de disponer de abastecimiento de agua cercano, pues las plantas condensadoras habían sido destruidas con los bombardeos de los chilenos.  Había tres puertos de los cuales partían ferrocarriles hacia lugares en donde había agua.  Eran estos: el puerto de Iquique, cuyo ferrocarril de 44 millas llegaba a Pozo Almonte; Pisagua, con ferrocarril hacia Agua Santa distante 30 millas y la caleta de Patillos con un ferrocarril hacia Lagunas, distante 100 millas.

 

            Se eligió a Pisagua, pequeño puerto ubicado al norte de Tarapacá, que sólo disponía de una pequeña guarnición,  y que además permitía con el ferrocarril una fácil penetración en el territorio, lo cual dejaría aislado y como una gigantesca trampa al Ejército aliado.

 

            De acuerdo a informes de los mismos chilenos, el ejército aliado estaba conformado por 6 333 peruanos y 4 600 bolivianos.  Estos últimos habían llegado sin vestuarios y sin armas, tomados a la fuerza en grandes e improvisadas levas.  Hubo que vestirlos y armarlos.  En la región elegida para la invasión, sólo había 2 874 soldados desperdigados en 12 guarniciones.

 

            En Antofagasta había (según los chilenos) 14 500 hombres, de los cuales se embarcarían para la invasión 9 500.  Contaban para eso, con el factor sorpresa, la artillería de la escuadra que era poderosísima y sobre todo esa masa de gente armada iba a golpear en un sitio desguarnecido.

 

La captura de Pisagua

ARRIBA

            El día primero se embarcaron los 9 500 chilenos en una gran flota compuesta por blindados, cruceros, corbetas y transportes.

 

            Esos barcos eran los siguientes:  “Cochrane”, “Abtao”, “Magallanes”, “Covadonga”, “Angamos”, “Amazonas”, “Loa”, “O’Higgins”, “Matías Causiño”, “Itata”, “Copiapó”, “Elvira”, “Alvarez”, “Limari”, “La  Mar”, “Santa Lucía”, “Toltén”, “Huamay”, “Paquete de Maule” y “Toro”.

 

            Pisagua era una pequeña población, muy pobre, que casi había sido reducida a escombros por los continuos bombardeos de la escuadra chilena.

 

            En el puerto había 200 soldados de la Guardia Nacional y 45 bolivianos al mando del coronel Isaac Recavarren.  Más al interior, en la localidad de Hospicio acampaba la Segunda División boliviana al mando del general Pedro Villamil, que estaba sólo integrada por 498 soldados del Batallón Victoria y 397 del Batallón Independencia. En total 1140 hombres par enfrentar a 9 500 soldados chilenos y a los cañones y ametralladoras  de 20 barcos.

 

            Sólo dos cañones Parrot de a 100 defendían al puerto.  Uno ubicado al norte, se llamaba pomposamente fortín “18 de Abril” y el otro al sur se denominaba “Dos de Mayo”, ambos protegidos por parapetos de sacos de arena.

 

            El cañón norte, recién iba a ser inaugurado el día 2 por el propio general en jefe de los ejércitos  aliados, Juan Buendía, quien había llegado a Pisagua el día 1º de noviembre.  Había sido montado precipitadamente y los carriles resultaban cortos, por cuyo motivo todo hacía suponer que al primer disparo –y así sucedió- quedaría fuera de  acción.

 

            Entre los jefes peruanos y el mismo general-presidente Ignacio Prado había mucha intranquilidad con  relación al ejército boliviano.  Se aseguraba que muchos oficiales del altiplano no veían con simpatía, el defender territorio peruano, sin tener en cuenta que se estaban jugando los intereses de su propia patria.  Se aseguraba que sobre todo en la 2da. División al mando de Villamil, el descontento era grande y que los soldados sólo esperaban la oportunidad para desertar.

 

            Ese fue el motivo del viaje del general en jefe Buendía a Pisagua, en donde se vio envuelto en la primera acción de guerra.

 

            La escuadra chilena esperaba atacar por sorpresa a las 4 de la madrugada, pero por error, pasaron de largo y al retroceder perdieron dos horas, siendo avistados por los defensores, que se aprestaron a rechazar el desembarco.  Era  el 2 de noviembre de 1879.

 

            La “Covadonga” se acercó a la playa para batir al fuerte norte.  Al primer disparo el cañón se desmontó, de tal manera que el barco enemigo se dedicó al tiro al blanco hasta demoler el fuerte, cuyos defensores no tuvieron más recurso  que abandonarlo y dirigirse al fuerte sur.  Este enfrentó el terrible bombardeo del “Cochrane” y de la “O’Higgins”.  El fuerte estaba ubicado en una posición muy expuesta al fuego enemigo por cuyo motivo murieron muchos artilleros.  Sólo 7 disparos pudo hacer este cañón antes de ser destruido.

 

            Acallados los dos cañones, se aprestaron al desembarco para lo cual contaban con 48 lanchas al mando del capitán de navío Enrique Simpson.

 

            El desembarco se verificó por dos sitios.  Directamente por la parte norte de Pisagua, y por una pequeña caleta al sur, llamada de Junín.

            La acción se había iniciado a las 6:55   rompiendo los fuegos el “Cochrane” y terminó a las  9  de  la mañana es decir que con todo, el duelo de artillería duró dos horas. Durante ese tiempo, los barcos chilenos también bombardearon a la población, sobre todo los lugares donde se suponía estaban atrincherados los defensores, en una clara acción de ablandamiento.  Durante este tiempo, Villamil envió para reforzar la defensa tres compañías.

 

            Se inició entonces el desembarco con  todos los elementos disponibles. Cuando las lanchas enemigas estuvieron a 800 metros de tierra,    los defensores rompieron el fuego con muy buena puntería, pues echaron a pique dos lanchas, y en otros  hicieron gran cantidad de muertos y heridos.  Entonces, los invasores retornaron a sus barcos.  Un segundo intento corrió igual suerte.   Ante esta situación, se ordenó  reforzar la dotación de oficiales en los botes, los que revólver en mano obligaron a los tripulantes, a no retroceder en el tercer intento que se realizó en una playa un tanto desierta, ubicada al norte.  Establecida esta cabecera de playa, los defensores tenían enemigos por tierra y el mar.  Además en desembarco  en la desguarnecida caleta de  Junín se había realizado con  bastante  facilidad.

 

            El general Villamil envió entonces el resto de la Segunda División al combate y cuando desde la escuadra se vio la llegada de estos refuerzos se reinició el bombardeo tanto de sus emplazamientos, como de la población en donde estaban el  resto de defensores.  

 

            Cincuenta mil quintales de salitre ardieron tornando sofocante el ambiente.  Los pocos habitantes que había en Pisagua huyeron hacia el interior a pie pues los maquinistas y personal del ferrocarril lo había abandonado.  En la bahía tres barcos ingleses y un francés eran testigos de lo que pasaba.

 

 

            Protegidos por la escuadra, lograron reunir los chilenos 4 000 hombres en la playa, según parte del coronel Isaac Recavarren, el cual informó que a la 1 de la tarde pudo observar que las fuerzas bolivianas iniciaban la retirada.  Los peruanos de la Guardia Nacional reducidos a un puñado de hombres, continuó resistiendo durante media hora más, hasta que abrumados por el número se retiraron hacia Hospicio y de allí a San Roberto.  Se había luchado durante siete horas.

 

            El general Buendía había ordenado la destrucción de las locomotoras y de la vía férrea, pero se hizo caso omiso.  Eso tendría tremendas consecuencias porque los chilenos habilitaron el tren y pudieron llevar pronto su artillería y abastecimientos a Hospicio.  Luego utilizarían ese mismo tren para avanzar sobre el desierto en pos de los vitales pozos de agua.

 

            Los primeros en llegar a Pisagua fueron los hombres del “Buin” tropas chilenas de élite y también el Regimiento Atacama, constituido por los ex-mineros de la región que habían sido expulsados por los peruanos.  Estaban sedientos de venganza, y fueron los que iniciaron la guerra sin cuartel, ultimando a los heridos y a los prisioneros con el cuchillo llamado corvo.  Justificaban su sanguinaria conducta, diciendo que no podían  juntar a todos los prisioneros.

 

            En Pisagua luchó el capitán de fragata piurano Amaro Gonzáles Tizón Seminario que después combatió en Tarapacá.

 

Principian las deserciones bolivianas

ARRIBA

 

            El general Buendía con el resto de los combatientes de Pisagua, se retiró al pozo de Agua Santa, en donde pasó revista a sus tropas.  Allí pudo darse cuenta de la magnitud del desbande de los bolivianos.  De los 895 soldados que componían la Segunda División de Villamil, sólo estaban presentes 230 soldados y 45 oficiales y aún suponiendo en 200 los muertos, heridos, prisioneros y rezagados, era incuestionable que la mitad es decir más de 400 habían desertado.  Así era en efecto, esos soldados se dirigían hacia Bolivia atravesando el desierto, y cometiendo  toda clase de tropelías por los pequeños pueblos peruanos por donde pasaban, en forma tal que fue necesario enviar tropas a esas localidades para evitar saqueos, violaciones y estupros.

 

            Buendía pretendía que el coronel Belisario Suárez con todas las  tropas que se encontraban en La Noria y sus proximidades fueran a unírseles para atacar a los chilenos en Pisagua antes de que completaran  el desembarco de sus efectivos y artillería.  Pero Suárez no pudo movilizar a sus 3 000 soldados a través de 25 leguas de desierto.  Se perdió así una nueva oportunidad de asestar terrible golpe a los chilenos.

 

Batalla de San Francisco a Dolores

ARRIBA

 

            Los chilenos aprovecharon del ferrocarril de Pisagua a Dolores, para enviar tropas a este último lugar posesionándose de pozos de agua vitales para su Ejército de desembarco.  Unos 4 500 soldados, que otros hacen  llegar a 6 000, se posesionaron de la planicie de Dolores, mientras que 5 500 quedaban entre Pisagua y Hospicio, y 3 000 eran enviados apresuradamente a Jazpampa, para detener cualquier avance de tropas peruanas por el norte.

 

            El coronel Belisario Suárez, jefe de Estado Mayor del Ejército del Sur,  acantonado en los alrededores de Iquique, resolvió dejar este puerto,  al  sólo cuidado de los Guardias Nacionales que integraban la Quinta División  al mando del coronel José Ríos; y concentrar las fuerzas peruanas y bolivianas en  Pozo Almonte, un poco más al norte de La Noria.

 

            El objetivo era doble: por una parte se buscaba evitar que el ejército peruano quedara atrapado en una ratonera, mientras  que por otra parte se buscaba dar un rudo golpe a las fuerzas chilenas acantonadas en Dolores.  Contaba para esto con 4 100 soldados peruanos, y con 3 800  soldados bolivianos, es decir 7 900.  Además se esperaba a la división del general Campero, de 3 000 hombres procedentes de Bolivia, y los soldados que al mando del presidente de Bolivia general Daza, habían salido de Arica.     El plan era magnífico y de haberse cumplido hubieran arrollado a los chilenos de Dolores, acorralando a los de Pisagua.

 

            Además, quedaban los restos de las tropas peruanas de Pisagua y los poquísimos bolivianos que no habían  desertado.

 

            Juan Buendía retomó en Pozo Almonte el comando del Ejército aliado y decidió marchar sobre Dolores  el día 12 de noviembre de 1879.  Esto se hizo no sin graves discusiones promovidas por el jefe de la División “Vanguardia”, el díscolo e indisciplinado coronel Justo Pastor Dávila.

 

            La marcha de Pozo Almonte hacia Dolores fue toda una odisea.  El desierto era sofocante y los soldados estaban casi descalzos y prácticamente desnudos pues no se les había renovado el uniforme desde que comenzó la guerra.  Las provisiones de boca de los soldados eran muy escasas y las bestias de carga muy deficientes.  Este era un Ejército con jefes en discordia.  Seis  días duró la penosa marcha y el día 18 llegaron los aliados exhaustos a la planicie de Dolores.

 

            Los chilenos habían emplazado su artillería de 32 modernos cañones Krupp en las  alturas del cerro San Francisco que dominaba la planicie.  Tropas de caballería y de infantería bien parapetadas esperaban refuerzos de Pisagua y de Hospicio.

 

            A las 9 de la mañana del día 19, llegó al campamento un apresurado y jadeante jinete peruano.  Era el comandante Prada que llevaba a Buendía la mala noticia de que la división del general Daza, regresaba a Arica desde Camarones.  La noticia  se conoció pronto, entre el Ejército y oficiales bolivianos  y el desaliento cundió.

 

            El presidente Prado, director general de la guerra, al conocer en Tacna, la decisión de Daza de regresar, envió a Buendía un telegrama urgente ordenándole atacar a los chilenos de inmediato.

 

            Prado optó por el mal menor.  Sabía que atacar a los chilenos en las  condiciones en que estaba Buendía era muy riesgoso, pero peor era que se iniciara antes de tiempo el desbande de las tropas bolivianas y que los soldados peruanos quedasen en una trampa a merced de los chilenos.  También había que impedir que el enemigo reconcentrase más sus fuerzas.

 

            Buendía decidió dar la batalla a las 3 de la tarde, pero luego hubo una contraorden, y los bolivianos se entregaron al descanso, menos una división de vanguardia que fue movilizada para ubicarse cerca del cerro San Francisco.  La componían soldados peruanos y bolivianos.

 

            A las 3 y 5 de la tarde, un sargento boliviano del “Illimani” disparó su rifle contra los chilenos y estos contestaron con tiros de cañón.  Los soldados bolivianos que estaban de avanzada replicaron a su vez y el tiroteo se generalizó, resultando estériles los esfuerzos de los oficiales  peruanos por contener la lucha que sin autorización superior y sin plan se había iniciado.  Los peruanos y bolivianos que estaban de avanzada se lanzaron a conquistar los cañones del cerro, y desafiando el fuego de la artillería y la fusilería enemiga, llegaron a tomar los primeros, pero no pudieron mantener la conquista por dos razones.  Primero,  porque dada la confusión, varios batallones, sobre todo bolivianos, dispararon a locas sobre el cerro matando a los soldados aliados que estaban escalando la cumbre y; en segundo lugar, porque los chilenos enviaron tropas de refresco a la reconquista de los cañones, lo que no hicieron los peruanos.  Por lo tanto, los aliados que llegaron a la cumbre fueron diezmados unos y  los restantes tuvieron que replegarse.

 

            Los chilenos sólo se defendieron y fueron los aliados los que habían tomado la ofensiva.  No fue en realidad una verdadera batalla.  Los muertos aliados fueron de 220, en su mayor parte causados por balas de sus mismos compañeros y los heridos  llegaron a 76.  Los chilenos declararon haber tenido 60 muertos y 148 heridos.

 

            La trascendencia de esta acción, no fue por el resultado militar de la lucha, sino sus consecuencias, pues las tropas bolivianas prácticamente se insubordinaron y desertaron en masa del campo a los gritos de:  A Oruro, a Oruro”.  Tres mil bolivianos entre soldados y oficiales se dirigieron por el desierto hacia su patria.

 

            Eso, unido a la deserción de Daza y a la paralización de la división de Campero, significaba casi la desaparición de la alianza militar.  El Perú forzado por Bolivia para entrar en la guerra, iba a quedar solo.

 

            Los chilenos después de la acción de San Francisco, no se atrevieron a pasar a la ofensiva no obstante los refuerzos  que recibieron.  Pensaban que sólo se trataba de una acción preliminar y que la verdadera  batalla se iba a dar al día siguiente.  Por eso grande fue su sorpresa cuando el 20 se encontraron con que ya no tenían enfrente al ejército aliado y encontraron  cañones destruidos, rifles Remington abandonados por los soldados bolivianos, y heridos en tiendas de campaña.

En San Francisco murió el Coronel  Ladislao Espinar, que comandaba el batallón Zepita y parte del Illimani.  Su deceso se produjo cuando arrojadamente pretendía capturar los cañones enemigos y estando escalando el cerro, una bala le destrozó la cabeza.

 

La traición de Daza

ARRIBA

 

            Al conocerse el desembarco de los chilenos en Pisagua, el presidente Prado proyectó encerrar y atacar a los invasores entre dos fuegos.  El Ejército  de Juan Buendía debía de marchar desde el sur, pues se encontraba entre La Noria e Iquique; mientras que desde Tacna, bajaría otra importante fuerza, que en un comienzo debió de mandar el mismo general Prado, pero que se desistió por haber estado muy enfermo, con el derrame cerebral que le produjo el conocimiento de la muerte de Grau.

 

            Se resolvió entonces  que fuera Daza el jefe del Ejército que debía marchar al sur.  En un principio se resolvió enviar más de 4 000 soldados de los que 3 000 serían bolivianos, pero Daza –que posiblemente ya maquinaba su plan-  sólo quiso salir con sus propias tropas  que le obedecerían ciegamente.

 

            En medio de grandes demostraciones de júbilo esta tropa salió de Tacna hacia Arica en donde se perdió innecesariamente tres días en borracheras.  Por fin el 11 se puso en marcha el ejército y las despedidas delirantes del pueblo se renovaron.

 

            Adelante iba el general Camacho en la marcha y mucho más atrás Daza.   El día 15 de noviembre de 1879 llegaron a la Quebrada de Camarones en donde Daza hizo  alto.

 

            El 16, Daza telegrafió a Prado diciéndole: “Desierto abruma, soldados se niegan pasar adelante”.  Luego hizo conocer a varios oficiales su decisión de no seguir adelante.  Algunos pocos aprobaron la medida, pero la mayoría lo consideraba como un acto de cobardía sobre todo el general Camacho.  El rumor también se esparció en la tropa y la élite formada por los famosos “Colorados”, pidieron avanzar contra los chilenos, pero Daza los engañó de que el presidente Prado, solicitaba su auxilio, para defender el morro de Sama que iba a ser atacado por los chilenos.  Esto apaciguó a la tropa.

 

            La cólera de Prado al conocer el telegrama de Daza fue enorme y para prevenir mayores daños le telegrafió que regresasen.  Al mismo tiempo ordenaba a Buendía que atacasen de inmediato y vino lo de San Francisco.

 

            Prado había resuelto salir al sur con tropas peruanas para obligar a retornar a los bolivianos y reiniciar la marcha al sur contra los chilenos, para lo cual nombró al almirante Montero, al cual había conferido el grado de general, en su reemplazo como Jefe Militar y Político del Sur.  Un nuevo derrame cerebral impidió a Prado viajar.

 

            Por presión del general Camacho, un regimiento de caballería boliviano con Daza  y el propio Camacho efectuaron una exploración hacia el sur, a la localidad de Tacna, mientras que el resto del ejército boliviano al mando del general Arguedas retornaba al norte y llegaba a Arica en donde las tropas fueron recibidas a los gritos de ¡traidores!.  Eso no se lo explicaban los “Colorados”, que cantando habían entrado a la ciudad, creyendo que llegaban a combatir en la defensa del morro de Sama.

 

            Montero dispuso que de inmediato tomaran el tren a Tacna, en donde un Consejo de Oficiales Generales los esperaba para juzgarles.

 

Pérdida de la “Pilcomayo”

ARRIBA

 

            Los reveses se sucedían a partir de Angamos, unos tras otros en tierra y en el mar.  El general Prado había ordenado que el 17 de noviembre salieran de Arica rumbo al Callao, la cañonera “Pilcomayo” al mando del comandante Carlos Ferreyros, la corbeta “Unión” y el transporte “Chalaco”.

 

            La salida fue a las 10 de la noche que partieron los barcos y a las 9.50 de la mañana del día siguiente, la "Unión" lanza un cañonazo de advertencia con sus banderas de señales da a conocer que había enemigo a la vista.  Se trataba del blindado “Blanco Encalada” que reparado y con mayor navegar, se lanzaba en persecución de la “Pilcomayo”.  El pequeño barco peruano trató de escapar disparando sus débiles cañones que nada podían hacer al blindado.  A las 3  de la tarde la distancia era sólo de 3 000 yardas y se ordenó hundir el barco procediéndose a  abrir las  válvulas.  También se regó con material inflamable la popa y se le puso fuego mientras se trababan los barcos en desigual combate.   Considerando que el barco estaba ya destinado a irse a pique irremediablemente, se dispuso que se bajaran los botes y a la tripulación, permaneciendo a bordo sólo Ferreyros con  algunos oficiales que se negaron a abandonar el barco.  A las 4:30 las lanchas del “Blanco” abordaron a la “Pilcomayo”, cerraron las válvulas y apagaron  el fuego.   La nave fue llevada a remolque hasta Pisagua en donde entró el día 20.  Tanto la “Pilcomayo” como el "Huáscar" con la bandera chilena y reparados fueron a engrosar la escuadra chilena.

 

El  Ejército llega a Tarapacá

ARRIBA

 

            Los restos del Ejército Peruano  iniciaron en la misma noche del 19 de noviembre una marcha hacia el norte a fin de  llegar a la quebrada de Tilivicha.

 

            No se disponía de mapas, ni de brújulas y el guía se aturdió ante los gritos e insultos del coronel  Pastor Dávila.  Fue así como estuvieron caminando en círculo y por seis veces repasaron la línea del tren.  Así estuvieron errando durante seis horas hasta que se resolvió hacer alto en espera de que clareara el día.

 

            Al amanecer del 20 se dieron cuenta de que no estaban muy distantes del campo enemigo, pero éste igualmente en forma inexplicable no hizo ninguna operación ofensiva. Entonces resolvieron dirigirse a la localidad de Tarapacá, que aún cuando era camino al sur, se encontraba más cerca y allí se podía descansar y tomar alimentos.   Al lugar de su destino llegaron el 22  a las  4 de la tarde.

 

            En el camino, de San Francisco a Tarapacá, habían quedado abandonados una gran cantidad de armamento que los  chilenos se dedicaron a recoger, eran 18 cañones, 400 rifles nuevos Remington que el Perú había entregado a los bolivianos, 230 chasepots  reformados, municiones y pólvora.  Al seguir los pasos de la dispersa División Villamil  que huía hacia Bolivia, los chilenos recogieron 300  rifles Remington.  Además los enemigos se vieron favorecidos por una caravana de lentos carretones  que llevaban víveres a los aliados, y que más bien encontraron chilenos.  Del Ejército Peruano en retirada, muchos heridos no pudieron resistir la terrible jornada del desierto y murieron, pero también muchos soldados de poca  edad del batallón de los “Cabitos” igualmente sucumbieron.

 

            Antes que los soldados peruanos llegaran a Tarapacá, habían pasado por allí en forma desordenada los desertores bolivianos, robando y saqueando.  Once mujeres fueron violadas y los prófugos gritaban  mueras al Perú.  El gobernador de Tarapacá solicitó urgente 25 soldados a Iquique, los que les fueron enviados, por el prefecto general López  Lavalle.

 

            Desde Tarapacá, se dio orden a la Quinta División acantonada en Iquique a que se uniera al Ejército de Tarapacá.

 

La pérdida de Iquique

ARRIBA

 

            Iquique la capital del departamento de Tarapacá, tenía como prefecto al general R. López Lavalle que en 1855 fuera gobernador de la provincia de Piura.

 

El 5 de noviembre la Quinta División al mando del coronel José Miguel de los Ríos acantonada en el puerto, tenía 1 182 hombres.  Cuando el 26 de  noviembre llegó a Tarapacá a las 4 de la tarde sólo tenía 813  soldados.  Muchos de sus contingentes habían sido enviados a guarnecer pequeños pueblos para defenderlos de los desertores bolivianos, otros murieron y se rezagaron en el desierto y también algunos desertaron.

 

            Desde días antes de la acción de San Francisco, el blindado  “Cochrane” había establecido el bloqueo de Iquique notificando a los barcos extranjeros para que en el  término de diez días dejaran la bahía  y comunicando al prefecto general López Lavalle de que cualquier acto hostil contra el barco, sería respondido con el bombardeo de la población.  El prefecto respondió con una breve nota de que quedaba enterado y que la guarnición militar cumpliría “con su deber como mejor convenga”.

 

            Entre el general prefecto y el coronel Ríos había una profunda rivalidad.  Se quejaba el primero  que a pesar de su mayor grado, todo lo decidía el jefe militar y que no se le tenía en cuenta para nada y ni  siquiera se le daban a conocer  las decisiones tomadas.  Cuando solicitó trasladar la sede de la prefectura a Tarapacá, el general Prado se lo denegó.

            Cuando Ríos recibió  la orden de trasladar su división a Tarapacá, los ajetreos se intensificaron y la población presa de pánico empezó  huir, unos hacia el interior y otros a los barcos neutrales surtos en la bahía.   El coronel Ríos decidió clavar los dos  cañones Vavasseur y los dos Parrot que defendían el puerto, medida que López Lavalle criticó, asegurando que pudieron  trasladarse a Tarapacá.

 

            En la Aduana y otros edificios había  prisioneros unos 100 chilenos, siendo 49 los sobrevivientes del “Esmeralda” y el resto Cazadores capturados.

 

            Las fuerzas de Iquique estaban formadas por los siguientes contingentes al momento de partir hacia La Noria:  El Batallón Iquique de 300 soldados mandados por   Alfonso Ugarte, que por haberlo formado y vestido, fue nombrado coronel.  Los navales en número de 150 al mando del piurano Sixto Meléndez con el grado  de coronel al cual acompañaba como oficial su hermano el abogado José María.

 

            Otros contingentes eran la Columna “Loa” compuesta por 228  bolivianos, 80 gendarmes y 140  guardias nacionales.

 

            Alfonso Ugarte era un próspero empresario, que había hecho muy importantes aportaciones de dinero para la defensa nacional.   Contaba entre sus más cercanos amigos a los hermanos Meléndez.

 

            Los soldados de Iquique no pudieron disponer del ferrocarril y tuvieron que hacer 90 kilómetros a pie en el abrasador desierto. El coronel Ríos se quedó en Iquique quemando papeles y disponiendo los últimos detalles.  Cuando quiso entrevistarse con el prefecto López Lavalle, se le informó   que se había embarcado en el vapor “Ilo” de bandera inglesa y pedido el correspondiente pasaporte al almirante La Torre comandante del blindado chileno “Cochrane”.  Es conducta se consideró indigna, y el general Prado dispuso que se le instruyera el correspondiente sumario por el abandono que ha hecho en presencia del enemigo, del puesto de prefecto, del departamento.

 

            El coronel Ríos, convocó entonces a los cónsules y representantes extranjeros y a ellos entregó la ciudad, ya bastante despoblada.  El día 22 la ciudad la pasó en tensión y se temía que las turbas enfurecidas mataran a los chilenos presos y saquearan establecimientos.   No pasó eso.

 

            Al amanecer del 23, los miembros del cuerpo consular se trasladaron al blindado “Cochrane” y acordaron con el almirante La Torre la entrega del puerto.

 

            Para el marino chileno eso fue una gran sorpresa pues se pretendía conquistar el puerto a sangre y fuego.  En efecto, por tierra y desde Pisagua había partido una  división de 2 000 hombres, con mucha caballería y por mar era enviado el Regimiento “Esmeraldas” para que previo bombardeo del “Cochrane” se intentara un desembarco.

 

            A las 10 de la mañana, 115 marineros desembarcaban en el puerto y desde ese momento en Iquique empezó a flamear hasta el día de hoy  la bandera estrellada.  La ciudad estaba casi despoblada.  En el vapor “Ilo”  se embarcaron rumbo al Callao 1 500 peruanos.  Todo lo dejaban en Iquique, patria y pertenencias.  Otras densas columnas de hombres, mujeres, niños y ancianos, se internaban en el desierto, huyendo del invasor.  Los 49   tripulantes del “Esmeraldas” liberados en Iquique, pasaron a  tripular al  "Huáscar" que con bandera chilena iba a combatir desde entonces contra el Perú.  El barco había sido reparado y re-equipado con cañones en   el dique de Valparaíso.   Las autoridades chilenas de Pisagua, se trasladaron a   Iquique.

           

Prado retorna a Lima

ARRIBA

 

            La toma de Pisagua y más tarde la de Iquique, el desastre de San Francisco que sin llegar a ser una batalla formal tuvo tan funestas consecuencias y la deserción de Daza y de los soldados bolivianos habían abatido el ánimo del presidente Prado que como director de la guerra se encontraba en Tacna..

 

            Por otra parte, las intrigas conspirativas de Piérola en Lima y el llamado que desde la capital le hacían varios amigos, decidieron al Presidente a dejar el sur y retornar a Lima en donde podía ser más útil a la causa de la guerra.  En efecto, en  Lima el general ayabaquino Gonzáles de la Cotera empeñosamente trataba de crear un nuevo Ejército, y buscaba la forma de adquirir armas modernas y en gran cantidad.  El Gobierno en Lima estaba en manos del anciano general vice-presidente La Puerta que no era persona apropiada para el cargo.

 

            El 26 de noviembre o sea la víspera de la batalla de Tarapacá, Prado toma en Arica el vapor “Lima” dejando otro ayabaquino, Lizardo Montero, al frente del Ejército del Sur.   Lo despidieron a bordo sus hijos Leoncio y Grocio, su hermano José María y su primo Manuel, todos oficiales del Ejército.

 

            A  Lima llegó el 28, siendo recibido por el general La Cotera y el ministro Quimper.  Una gran multitud le salió al paso en Lima, silenciosa  y respetuosa, que seguía viendo en él al héroe del Dos de mayo.  En el demacrado rostro del general Prado se veían los grandes padecimientos físicos y morales por los que había pasado, las tensiones tremendas y las noches de insomnio.

 

            En el sur, el general Prado había demostrado que no era el hombre que se necesitaba.  Carecía de firmeza y su ánimo contemporizador, lo llevó a extremas blanduras.  Estuvo equivocado en mantener al general La Puerta cuando La Cotera lo quiso reemplazar por el general Fermín  del Castillo, que era conocido por su decisión y firmeza.

 

La batalla de Tarapacá

ARRIBA

 

            Tras del descalabro de San Francisco y la pérdida del puerto de Iquique, los chilenos imaginaron que el resto del Ejército Peruano, no se encontraba en condiciones de combatir y que desmoralizados y desordenadamente estaban haciendo una retirada precipitada hacia  Arica.

 

            El coronel José Francisco Vergara con 398 hombres entre los cuales se contaban 116 de a caballo y dos piezas de artillería Krupp salió en misión exploratoria penetrando profundamente en el desierto, sufriendo las penalidades  que habían tenido también que enfrentar los peruanos en peores condiciones. Cuando lograron ubicar a los peruanos, ya no estaban en condiciones de regresar, de tal manera que solicitaron los urgentes refuerzos y les fue enviada una división al mando del coronel  Luis Arteaga, con 2 500  hombres que estaban conformados por el Regimiento 2º de Línea, y los batallones  Chacabuco, Cazadores y Artillería de Montaña. 

 

            Los peruanos que se encontraban en Tarapacá ascendían a unos 3 600 soldados incluyendo la Quinta División  de Iquique. La  División de Vanguardia al mando de Justo Pastor Dávila se ubicó en Pachica a unos 12kilómetros de distancia, contaba con unos 1 100 hombres.

 

            Los peruanos no contaban con una caballería, y los pocos cañones que tenían no podían competir con los Krupp chilenos.  La Quinta División de Iquique tuvo que enterrar los cañones porque no tenía como transportarlos.

 

            Los chilenos resolvieron atacar antes de las  6 de la mañana para contar con el factor sorpresa. Organizaron a su ejército en tres divisiones.

 

            La Primera División formada por el Regimiento 2º de Línea, dos piezas de artillería y el Batallón de Artillería de Montaña, con 25 hombres de caballería, debía de atacar por el sur desde el pueblo de Huarasina al mando del coronel Eleuterio Ramírez.

 

            La Segunda División al mando del propio coronel Arteaga compuesto por el batallón de Zapadores y Chacabuco y la Brigada de Artillería con dos cañones Krupp   y otros dos de bronce, le estaba encomendada atacar desde las alturas que dominan a Tarapacá y descender hacia ella.

 

            La Tercera División a cargo del coronel Santa Cruz debía de llegar a la aldea  de Quillaguasa, disponía de 4 cañones Krupp en dos secciones, dos compañías del 2º de Línea, un Escuadrón de Granaderos a Caballo  y Zapadores, éstos en número de 390.

 

            Para mala suerte de los chilenos, Santa Cruz se atrasó mucho en su movimiento y a las 8 de la mañana, recién estaba cruzando por las alturas de Tarapacá rumbo a su destino, que era Quillaguasa.  Fue entonces cuando unos arrieros los vieron y fueron corriendo a llevar el dato a los peruanos.

 

            En Tarapacá se encontraban los peruanos tomando el rancho correspondiente al desayuno.  El más próximo era el coronel Andrés A. Cáceres que a tres cuadras de la plaza de armas pasaba revista al rancho que iba a consumir su tropa.  Era esta la Segunda División compuesta por los batallones “Zepita” y “Dos de Mayo” formados por cusqueños y ayacuchanos.  Próximo se encontraba el Batallón “Iquique” que comandaba el coronel Alfonso Ugarte y tenía por segundo jefe al capitán José María Meléndez, natural de Piura.

 

            Cáceres tomó de inmediato la decisión de atacar con su división que tenía disponible, comunicando lo que hacía al jefe de Estado Mayor Belisario Suárez.  Al Batallón “Zepita” lo dividió en tres columnas que puso a las órdenes del comandante Juan B. Zubiaga, del mayor Pardo Figueroa y del mayor Arguedas, iniciaron la ascensión de los cerros desafiando a la artillería y fusilería enemiga.  El Batallón “Dos de Mayo” a las órdenes del coronel Manuel Suárez (hermano de Belisario) marchó tras del “Zepita”.

 

            Alfonso Ugarte de inmediato comunicó al jefe de la Quinta División, coronel de los Ríos que se puso de inmediato en situación de combatir, no obstante la tremenda extenuación de sus soldados.

 

            Belisario Suárez trazó inmediatamente un plan de ataque.  La Tercera División al mando del coronel Bolognesi, que estaba enfermo, debía enfrentar a las fuerzas chilenas mandadas por el coronel Eleuterio Ramírez que desde Huarasina, tenían un doble objetivo: atacar el pueblo de Tarapacá por el sur y posesionarse de las alturas que dominan a ese pueblo.

 

            Isidoro Suárez y Buendía, con la Quinta División, permanecerían en Tarapacá, para  defender  ese pueblo.

 

            Parte de las tropas chilenas de Ramírez logran posesionarse de la cuesta Visagra y el resto avanza sobre Tarapacá intentando posesionarse del cerro del mismo nombre.

 

 

            Mientras tanto, en el otro sector, Cáceres logra subir  a la cumbre, apoderarse de los cañones enemigos y rechazar a los soldados de Santa Cruz, lo que alcanza a costa de muy alto precio en cuanto a soldados y jefes.  Allí cayeron el coronel Manuel Suárez jefe del  Batallón “Dos de Mayo”, el comandante  Zubiaga y el mayor Pardo Figueroa jefes de las columnas de ataque del “Zepita”.  El capitán Juan Cáceres hermano del coronel Andrés, y otros valientes oficiales.

 

            A las 10 de la mañana las fuerzas de Santa Cruz se replegaban acosadas por las de Cáceres.  Los chilenos convergían hacia el sector de las tropas de Arteaga por cuyo motivo Cáceres ordenó detenerse y regresar en búsqueda de refuerzos y mejores posiciones.

 

            En el sector sur,  el coronel Bolognesi dispuso que el comandante Castañón desaloje a los chilenos de la cuesta de Visagra.  Allí tuvieron que hacer frente a los suaves chilenos y a la artillería.   Se lanzó entonces en su auxilio a la quinta división que estaba en el pueblo de Tarapacá, con el coronel Ríos a la cabeza.  En el ataque este jefe recibió un balazo en la cara y siguió peleando.  El Batallón “Iquique” que estaba al mando del coronel Bolognesi y tenía como segundo jefe al capitán José María Meléndez.  La Columna Naval la comandaba el coronel Sixto Meléndez.  También entran en la lucha los bolivianos de la Columna  “Loa”, los gendarmes y los guardias civiles que estaban antes acantonados en Iquique.

 

            La otra  columna del coronel Ramírez, se lanzó a la captura de la aldea de Tarapacá, pero Bolognesi escaló el cerro de ese nombre y lo atacó de flanco.  Parte de las tropas del Batallón 2º de Línea que se había infiltrado hasta las afueras del pueblo de Tarapacá fueron rechazados por el Batallón de Guardias de Arequipa y el soldado  Mariano de los Santos les arrebató el estandarte.  Los chilenos diezmados en este sector se parapetan en una construcción y para terminar con ellos es necesario prender fuego al local.  Más tarde los chilenos dirían  que ese lugar habían sólo heridos, que fueron ultimados.  La derrota chilena en este sector había sido total y entre los muertos estaba el propio coronel Ramírez.

 

            Los soldados chilenos de la segunda división, se repliegan en forma desordenada a sus originales posiciones en Huarasina y buscando el apoyo de las tropas de   Arteaga.  Bolognesi y la quinta división los persiguen.  En esos momentos el coronel Ríos se da cuenta  de que Cáceres necesita de ayuda, pues por uno de sus flancos se observa que Arteaga se apresta atacarlo.

 

            Eran 640 soldados del Regimiento Artillería de Marina, 600 del Batallón Chacabuco y 120 Granaderos a Caballo que iba a atacar de flanco a los soldados de la Segunda División de Cáceres, que quedarían envueltos, con los derrotados Zapadores al otro costado.

 

            La Quinta División de Iquique se interpuso como una cuña resistiendo a fuerzas muchas veces superiores.  El choque fue tremendo y los peruanos llegaban no sólo a enfrentar a la caballería enemiga, sino que hasta les  arrebataban las cabalgaduras.  El coronel Ríos recibió cuatro heridas más y fue evacuado del frente de lucha. Sixto Meléndez recibió un balazo al costado y quedó muerto mientras su hermano era gravemente herido. 

 

El coronel Alfonso Ugarte fue desmontado por un balazo que le rozó el cuero cabelludo, pero siguió luchando.  Cuarenta navales resultaron muertos o mal heridos en el choque.  Del “Loa” murieron 75 soldados limpiando con su sangre generosa la traición de Daza y la deserción de sus compatriotas  en San Francisco.  También el Batallón  Iquique con 300 plazas tuvo numerosas bajas, pero junto con los soldados de Cáceres que renovaron esfuerzos, pudieron sostener la acción hasta la 1 p.m. en que aparecieron los soldados de la primera división que estaba en Pachía.  Eran estos los Cazadores de la Guardia con 380 soldados al mando del coronel Herrera y 400 del Cazadores del Cuzco que tenía por jefe al  coronel Víctor Fajardo.  Los peruanos tuvieron que recurrir a frecuentes cargas de caballería para desalojar a los chilenos de sus posiciones y cuando estos las abandonaban se apoderaban de sus rifles  Comblain que eran superiores a los Chasepots que usaban los peruanos.  También en el otro extremo del campo de batalla  al coronel Castañón utilizaba los cañones Krupp capturados, contra los mismos chilenos.  A las 4 de la tarde la resistencia chilena había decrecido enormemente y por grupos principiaban a replegarse en forma precipitada.  En esos momentos  apareció  el Batallón Puno Nº 6 integrante de la División  Vanguardia que también estaba en Pachía.  En esa unidad venían los “Cabitos”, los que completaron la victoria.  Los peruanos persiguieron 8 kilómetros a los fugitivos chilenos, y por falta de caballería no pudieron destruir a ese ejército en fuga.

 

            En su parte de guerra, el general Buendía dice que  3 000 peruanos  lucharon  contra

5 000 chilenos.

 

            El historiador Jorge Basadre asegura que en el campamento de Tarapacá había 4270 hombres.  No dice si allí se incluyen a los que estaban en Pachía.  Con respecto a los chilenos da 2 500 de infantería seleccionados, 150 soldados de caballería y 150 de artillería, con 10 cañones.   En cuanto a las bajas da a los aliados 236 muertos, 261 heridos y 76 dispersos y para los chilenos 516 muertos, 176 heridos y 60 prisioneros.

 

            El padre Rubén Vargas Ugarte, expresa  que “las fuerzas peruanas que se acantonaron en Tarapacá ascendían a poco más o menos unos 3 600 hombres.  No da cifras sobre los contingentes chilenos.  En cuanto a las bajas, para los peruanos, unos 300 muertos y los heridos igualaron ese número”.  A los chilenos da 800 bajas y 61  prisioneros.

 

            Guillermo Thorndike,  asegura 3 900 soldados chilenos y en Tarapacá 3 046 soldados peruanos, sin contar a la  primera división y a la División Vanguardia acantonadas en Pachía.  En cuanto a las bajas, considera 236 peruanos muertos y 337 heridos, además de 76 desaparecidos, lo que da un total de 649 bajas.  A los chilenos considera 758   bajas.

           

            El historiador chileno Inostrosa, asegura  que el capitán Roque Sáenz Peña entregó al general Buendía un informe sobre las bajas peruanas.  Se consignaban 236 muertos y 261 heridos, lo que coincide con Basadre.  En cuanto a bajas, los chilenos siempre hablan de vengar a los mil muertos de Tarapacá.

 

 En forma fraccionada dan los siguientes datos:

 

Zapadores..................64 muertos                   26   heridos                 Total ...........    90

Artillería Marina  ...... 103                              sin datos                      Total........    103

El 2º de Línea ........... 334                             69                               Total .......    403         

                                   ____                    __                                                ___

 Totales                       501                      95                                                596

 

            Faltan los datos del Regimiento “Chacabuco” y de la caballería.

 

            En su huída por el desierto, el Ejército Chileno dejó 200 soldados heridos o impedidos de continuar que al día siguiente fueron rescatados por tropas  de caballería.

 

            Días más tarde cuando los peruanos iniciaron la programada marcha hacia  Arica, salían 3 488 soldados.  Si se consideran las bajas que da Thorndike ascendentes a 758, el total  del Ejército Peruano antes de la batalla llegaba a 4 246 lo que es verosímil.

 

Los hermanos Meléndez

ARRIBA

 

            Desde hacía mucho tiempo vivían en Iquique, los hermanos Sixto y José María Meléndez.  José María era un prestigioso abogado y Sixto un próspero comerciante, ambos tenidos en mucha estima.

 

            Cuando estalló la guerra con Chile, contribuyeron con sumas diversas al sostenimiento del esfuerzo bélico y cuando se trató de preparar la defensa de la ciudad acudieron al llamamiento que hiciera el coronel Ríos.

 

            José María pasó a ser segundo jefe del Batallón Iquique comandado por el coronel Alfonso Ugarte, mientras que Sixto, con el grado de coronel  fue el primer jefe de la Columna Naval.

 

            En la penosa marcha que tuvo que hacer la  Quinta División, desde Iquique hasta la localidad de Tarapacá para reunirse con el Ejército Peruano, sobresalieron por su espíritu de sacrificio.  Casi 200 hombres quedaron en el desierto, unos muertos y otros en la imposibilidad de regresar.  Un poco más de 800 soldados logró tras de 6 horas de caminar sin comer ni beber, llegar a la pequeña aldea de Molle, en donde saciaron su sed en un pozo de aguas verduscas que  le dieron fuertes dolores de estómago.  Pero habían vencido las arenas del terrible Tamarugal.

 

            De Iquique habían salido a las 4 de la tarde y eran las 10 de la noche.  Al día siguiente tomaron el tren que los llevó a la Noria, donde tomaron rancho y descansaron hasta las 5 de la tarde.  Iban rumbo a Tirana pero se perdieron y vagaron por el desierto toda la noche y recién a las 9 de la mañana llegaron a su destino.  Era el 24 de noviembre de 1879.  Al terminar la tarde reemprendieron la marcha en el desierto, los separaban 90 kilómetros de Tarapacá.  Recién al mediodía del día 25 avistaron la aldea de Huarasina, pero sólo pudieron llegar a ella a las 8 de la noche.  Allí  durmieron.  Nadie salió a recibirlos.  No comieron.  Al día siguiente recibieron de Tarapacá un sancochado de maíz, constituyendo el primer  alimento en tres días.

 

            Al mediodía estaban los soldados de la Quinta División en la aldea de Tarapacá pero tuvieron que esperar  hasta las  5 de la tarde para encontrar alojamiento.

 

            Al amanecer del día siguiente, estas cansadas  tropas estaban combatiendo ferozmente  contra los chilenos y lograban una gran victoria.

 

            El parte de guerra del  coronel Buendía decía lo siguiente: “Resultó herido su comandante general el  señor coronel  Ríos que se mantuvo sin embargo en su puesto hasta recibir la quinta herida; el señor coronel Ugarte con una herida en la cabeza, se negó a retirarse del campo y continuó alentando a sus soldados;  el teniente coronel Meléndez que recibió en el costado derecho una herida de suma gravedad; y el sargento mayor Perla de la columna Tarapacá que pereció en el combate”.

 

            El  coronel Belisario Suárez dice:  la columna Naval que debía  de poner poco momentos más tarde el sello del heroísmo sobre la sangre de su primer jefe el Comandante Meléndez y el sacrificio de gran parte de su distinguida oficialidad” (Parte de guerra del Estado Mayor del Ejército Peruano en Tarapacá).

 

            Los peruanos después de la batalla de Tarapacá, no podían llevar  a los heridos en su azaroso y duro repliegue hacia  Arica, por cuyo motivo los dejaron en la Iglesia de Tarapacá que improvisó como hospital, bajo la confianza de que los chilenos los respetarían de acuerdo a las leyes de guerra.

 

            El día 29, los chilenos  enviaron a una columna armada de 3 regimientos para recoger a sus heridos y enterrar a sus muertos y conociendo que los peruanos habían abandonado Tarapacá, hacia allá se dirigió el coronel  Pedro Urriola.  Entre los heridos en muy mal estado estaban el coronel Ríos y el capitán José María Meléndez.

            Urriola había perdido en la batalla del 27 un hijo que era oficial del Ejército Chileno y lleno de rencor trató de fusilar a los heridos peruanos, intención que le fue recriminada  y afeada por el coronel Ríos.  El día  29 murió como consecuencia de las  heridas  el capitán Meléndez y media hora antes sucedió lo mismo con Ríos.

 

            Los chilenos han tratado de adulterar la conducta del coronel Urriola, y aseguran que su hijo, el teniente Urriola presentaba después de muerto, dos heridas de bala en el muslo, otra en el pecho, una herida de bayoneta  penetrante en la cabeza y varias contusiones y eso les lleva a suponer que tras las heridas en las  piernas, quedó imposibilitado de combatir y que las otras heridas, se las hicieron estando caído, e indefenso.

 

            Esta aserción no es valedera.  El coronel Ríos con cinco heridas siguió combatiendo y el teniente Palacios en el "Huáscar", con 11 heridas y la mandíbula destrozada también siguió luchando y eso posiblemente sucedió con el teniente chileno que refugiado con sus demás compañeros, en una defensa natural del terreno seguían disparando hasta que una carga a la bayoneta los eliminó.

 

            El doctor Eck, médico norteamericano residente en Iquique, con un grupo de voluntarios, acudió con vendas y medicamentos  en socorro de los heridos  de Tarapacá.  Cuando ellos llegaron ya habían muerto 11 heridos entre chilenos y peruanos.  En el local de la Municipalidad había como 300 heridos   más de ambas naciones.  A  todos se les dio igual trato.

 

            En Tarapacá peleó el subteniente piurano Genaro Seminario el cual participó después en la batalla de Tacna donde fue herido.  También Maximiliano Frías, a las que órdenes del coronel Cáceres resultando herido por lo cual tuvo que ser evacuado a Lima donde más tarde se unió al Batallón Piura.  Era hijo del coronel Manuel Frías Lastra, en 1880 prefecto de Piura y jefe militar.  Aunque no confirmada se menciona también la participación de  los hermanos Manuel y Ciriaco Aguirre Condemarín, los famosos “Cuyuscos”.

 

Juicios por la acción  de San Francisco

ARRIBA

            El 23 de noviembre,  el general Prado dispuso en base de las primeras  informaciones que se abriera juicio contra el general  en jefe de operaciones en el Sur general Buendía.

 

            El día 27 del mismo mes y teniendo en cuenta las nuevas informaciones llegadas del sur, el contralmirante Montero, jefe superior político y militar de los departamentos del sur   de la República, disponía que el juicio se ampliara a los jefes de Estado Mayor, jefes de División y de Cuerpo, por las responsabilidades que pudieran resultarles.  Es decir que por una de esas ironías del destino, el mismo día del triunfo de Tarapacá quedaban igualmente involucrados en el juicio los coroneles Cáceres, Bolognesi, Belisario  Suárez, Recavarren y otros jefes que se distinguieron en esa acción de armas y también algunos que fallecieron.  En el informe del fiscal militar de fecha 28 de enero de 1880 se encontró con responsabilidad al general Buendía, al jefe de Estado Mayor Belisario Suárez, a los comandantes de división Pedro Bustamante y coronel Manuel Velarde, el coronel Castañón por abandonar la artillería, el coronel Rafael Ramírez por abandonar el campo de batalla, al coronel Prado por igual causa, quedando sin culpa los demás.

 

 

La legislatura extraordinaria

ARRIBA

 

         En vista del estado de la guerra, el Congreso inició en abril un período extraordinario de sesiones, continuando en actividad a fines de octubre.

 

            Dado el estado de tensión internacional que vivía el país, los marinos y militares que tenían una representación parlamentaria, volvieron a filas.

El 10 de febrero, se dispuso que el diputado por Paita, capitán de navío Miguel Grau, pasara revista como agregado al Ministerio de Marina.

 

            El almirante Montero, senador por Piura pasó igualmente  a servicio y el 10 de abril, salía en el “Talismán” rumbo a Arica, cuya  fortificación le había sido encomendada.

 

            El capitán de navío paiteño Camilo Carrillo, que diputado por Bajo Amazonas, pasó igualmente a servicio y el 15 de mayo, como jefe del tercer  grupo naval partía rumbo al sur al mismo tiempo que Miguel  Grau, nombrado jefe del primer grupo naval.

 

            Camilo  Carrillo era presidente de la Cámara de Diputados y vice-presidente era otro diputado piurano, el doctor Ricardo Wenceslao Espinosa, natural de Huancabamba.

 

            Paz  Soldán, en su Diccionario Biográfico de Peruanos Contemporáneos, dice de Espinosa Medina lo siguiente:

 

            “En 1878 fue elegido primer Vice-Presidente de la Cámara de Diputados, y el año 1879 presidió las sesiones,  por haberse hecho cargo el Presidente don Camilo Carrillo N. del mando de la plaza de Arica, con motivo de la guerra que en abril de ese año, declarara al Perú el Gobierno de Chile.  Contribuyó a que se diese al Gobierno  todos los recursos y todas las autorizaciones necesarias para  llevar a buen término la defensa nacional”.

 

            Sin que se tenga que culpar a Espinosa Medina, en realidad el Congreso dominado por el Partido Civil, fue una rémora para el esfuerzo bélico y en forma sistemática se opuso a todos los proyectos de los ministros de Hacienda, que presentaban, para lograr fondos.  Era notable el afán del Congreso en defender a los empresarios y terratenientes de las cargas tributarias, lo cual obligó a decir amargamente al ministro de Hacienda Quimper, que lo que ahora se negaban a dar al Perú como impuestos, lo tendrían que dar quintuplicado como cuota de guerra a los chilenos.  Por desgracia ese pronóstico se cumplió con  toda fidelidad.

 

            El padre Rubén Vargas Ugarte dice:  El Congreso Extraordinario del 79 clausuró sus sesiones el 27 de octubre y expidió un manifiesto, en el cual se aseveraba cínicamente, que se habían adoptado todas las disposiciones necesarias para asegurar el éxito  de la guerra”.  Continúa Vargas Ugarte:  los representantes de la nación habían  perdido el tiempo en discusiones bizantinas....las interpelaciones hechas a los ministros y por consiguiente al gobierno, eran críticas que de una manera franca o encubierta, contenían una censura a los procedimientos que se adoptaban”....”Fuera de los civilistas que dentro del país le hacían fuerte oposición, Prado tuvo que hacer frente a las insidias del revolucionario Nicolás de  Piérola”.

 

            Por eso resultaba difícil conseguir personas que aceptase el Ministerio de Hacienda en las críticas  circunstancias en que estaba el Perú.

 

            El 17 de diciembre de 1878 se juramentó un nuevo Gabinete que presidía Manuel  Irigoyen.   Cuando el presidente Prado viajó al sur y se encargó del  mando supremo el   vice-presidente general La Puerta, este Gabinete renunció y fue reemplazado el 19 de mayo de 1879 por el Gabinete presidido por el general Manuel de Mendiburu que tenía como ministro de Hacienda a don José Rafael  Izcué que renunció el 15 de julio por desavenencias con el Congreso, siendo reemplazado por el Dr. José María Quimper el cual  fue censurado por el Congreso el 29 de agosto, siendo reemplazado por el Dr. José María Quimper el cual fue censurado por el Congreso el 29 de agosto, siendo reemplazado por don Juan Francisco Pazos, siempre dentro del Gabinete de Mendiburu.  También Pazos renunció el 16 de octubre conjuntamente con el resto de ministros.  El nuevo Gabinete fue presidido por el general piurano Manuel Gonzáles  de La Cotera, pero los ministros para presionar al Gobierno renunciaron en masa pocos días más tarde siendo reemplazados el 1º de noviembre y regresando otra vez Quimper al Ministerio de Hacienda, cuando ya el Congreso no sesionaba

           

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