Capítulo V

 

V CAPITULO

 

 

PIEROLA TOMA EL PODER

 

 

 

Ø      Prado confirma a La Cotera

Ø      Captura de la torpedera “Alay

Ø      El “Blanco Encalada” en Paita

Ø      Cambio de prefectos

Ø      El viaje de Prado

Ø      Prado en Nueva York

Ø      La rebelión del coronel Arguedas

Ø      Piérola se autoproclama

Ø      Ejército del Sur acepta los hechos

Ø      La deposición de Daza

Ø      Actividad judicial en Piura

Ø      Fusilamiento del grumete Roca

Ø      Nuevos impuestos y la inflación

Ø      Piérola abandona al Ejército del Sur

Ø      Montero protesta

Ø      Nueva campaña del Ejército Chileno

Ø      Las hazañas de la corbeta "Unión"

 

 

 

Prado confirma a La Cotera

ARRIBA

 

            El general Mariano Ignacio Prado, llegó a Lima el 28 de noviembre de 1879 procedente de Arica y de inmediato se hizo cargo del mando supremo.  Los que no querían al general La Puerta y a Quimper se alegraron.  El 2 de diciembre se efectuó en forma oficial la reinstalación del general Prado en Palacio.  El mismo día el general Gonzáles  La  Cotera presentaba la renuncia del Gabinete, para dejar en libertad a Prado de que buscara sus colaboradores.

 

            Durante el corto tiempo que La Cotera se había desempeñado como ministro casi había sido el verdadero dueño del poder y actuado dictatorialmente. Se trataba de lograr una nueva y poderosa  escuadra y de levantar un ejército numeroso y bien armado.  El ministro Quimper lo secundaba en el proyecto y se encargaba de buscar el dinero.   

 

            Prado volvió a invitar a su gran enemigo Nicolás de Piérola, para que presidiera al nuevo Gabinete.  Esa invitación la hizo el 1º de diciembre, es decir antes de reasumir el cargo.  Una vez más Piérola se negó, no obstante que lo dejaban en libertad de escoger a los ministros que quisiera.  Es que ahora el caudillo conspirador, lo que deseaba era el poder supremo y absoluto como dictador.  Así lo dejó entreve en una aclaración que publicó en el periódico “La  Patria”.

 

            Se pensó entonces en el senador por Arequipa don Francisco García Calderón, pero tampoco se concretó nada.

 

            La noticia de la victoria de Tarapacá, había reanimado al presidente Prado y el fervor patriótico.

 

            Fue llamado don Manuel Irigoyen al cual se daba el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Presidencia del Consejo de Ministros.  Lo acompañarían Aurelio Denegri, Ramón Ribeyro, el doctor M. Alvarez y el coronel Enrique Lara como ministro de Guerra.  Era Ribeyro el que piloteaba al grupo,  y entre sus exigencias estaba la de prescindir del general La Cotera para todo, y el nombramiento de Lara.

 

            Era este un oscuro militar, al cual se iba a poner como jefe de generales y de almirantes, lo que era inconcebible en esos momentos.  Además, se planteaba que los asuntos militares no se resolvieran sólo en el Ministerio de Guerra, sino en sesión de Consejo de Ministros, planteamiento que antes La Cotera había rechazado.

 

            Otros planteamientos eran, dejar sin efecto todas las  disposiciones hacendarias dadas por Quimper; convocar al Congreso a una nueva Legislatura Extraordinaria y llevar a los tribunales militares a jefes y a oficiales que en alguna forma pudieran resultar responsables de las derrotas en el sur.  También debía de convocarse a elecciones generales en  enero de 1880.

 

            Prado decidió no someterse a tamañas exigencias.  Mientras tanto habían pasado varios días de la renuncia del Gabinete La Cotera sin habérsele dado respuesta.

 

            Prado confirmó al Gabinete del general La  Cotera renovándole su confianza.

 

 

Armas para el Perú

ARRIBA

            Quimper había llegado a importantes acuerdos con la Casa Grace para lograr armas para el Perú.  Esa era una tarea que había embargado la atención del general  La Cotera y lo hizo en mayor reserva, enfrentando las críticas de los que no conocían estas gestiones y suponían que el gabinete nada hacía.

 

            En Panamá estaban listas para ser remitidas  al Perú, un cargamento de armas llegadas en el vapor  Crescent City” al puerto atlántico de Colón.  Eran 5 000 rifles Peabody, 6 ametralladoras, 1 200 carabinas Winchester, 2 000 000 de cartuchos para los rifles, 500 000 cartuchos para las carabinas destinadas a la caballería, 40  largavistas, equipos de comunicaciones y 5 000 000 de casquillos para fabricar balas.

 

            En Nueva York habían, 25 ametralladoras Gatling, 6 000 rifles Peabody, 3 000 carabinas Winchester, 5 000 sables y 1 000 000 de cartuchos.

 

            Se tomó también la decisión de que don Julio Pflucker viajara a Estados Unidos y Europa con parte del producto de la colecta que ascendiera a seis millones de soles.  Posteriormente se intentaría de acusar al general Prado de que se llevó ese dinero y que no lo utilizó ni lo devolvió.  La historia ha probado que ese cargo fue enteramente falso y calumnioso.  Pflucker llevaba 375   kilos de plata en lingotes, 15 kilos de oro, joyas, piedras preciosas y 130 000 libras esterlinas.  Además muchas letras completamente saneadas.

 

 

Captura de la torpedera “Alay

ARRIBA

 

            El crucero chileno “Amazonas” mantenía el bloqueo de la costa de Piura.  Su patrullaje lo hacía desde Sechura, hasta Tumbes, pero también andaba al acecho de los barcos que traían  armas desde Panamá, para lo cual patrullaba en mar abierto la zona de Ecuador y Colombia.

 

            El Perú había adquirido tres lanchas torpederas que se llamaban “Alianza”, “República” y “Alay”.  Habían llegado al puerto de Colón en el Atlántico y mediante el ferrocarril transoceánico que atravesaba el istmo, llegaron al puerto de Panamá listas para partir con destino al Perú aún por sus propios medios.  Eso sucedía el 21 de octubre de 1880.

 

            De las tres lanchas torpederas la “Alay” era la mayor pues medía 21 metros  y hacía 18 nudos por hora, es una velocidad imposible de ser alcanzada por los barcos chilenos. Fatalmente, llegó con la maquinaria oxidada, no se sabe si por falta de un correcto engarzamiento o por causa de la lluvia.

 

            La torpedera había sido comprada en Inglaterra, gracias a un préstamo particular del señor Goyeneche en París, habiendo corrido la gestión por cuenta del coronel  Enrique Lara, el que había sido propuesto como ministro.

 

            Las otras dos torpederas que eran más pequeñas, fueron transportadas de Panamá al Perú a bordo del vapor peruano “Talismán”, sin mayor novedad.

            La  Alay” fue llevada a la isla Flamengo, en donde el teniente José Vidal y dos mecánicos trataron durante cuarenta días de ponerla en condiciones de navegar por sus propios medios.

 

            La lancha no aparecía como destinada al Perú sino a la firma de  La Torre y Cía. con destino en Guayaquil.  Sin embargo, el cónsul de Chile en Panamá protestó y telegrafió a su Gobierno ese hecho.

 

            La lancha partió de Panamá el 29 de octubre bajo el mando del teniente 2º  M. La Barrera.

 

            El crucero “Amazonas” fue alertado, para que tratase de capturar a  la lancha en alguno de los puertos ecuatorianos en donde debía llegar para aprovisionarse.  En efecto, así fue.

            El  23 de diciembre la lancha llegó al puerto de Ballenitas en Ecuador para cargar carbón y el teniente La Barrera estaba en tierra cuando el crucero “Amazonas” entró a la bahía y procedió a la captura de la lancha en medio de las protestas de las  autoridades portuarias.  La lancha estaba con muchos desperfectos.

 

            La Barrera se trasladó a Paita con varios de los tripulantes, y con gran sorpresa al igual que todos los paiteños, vieron como el crucero “Amazonas” ingresaba a la bahía con la “Alay” al remolque.

 

            El Gobierno de Ecuador protestó ante Chile por violación de sus aguas territoriales y demandó la devolución de la torpedera, pero los chilenos esperaron a tener información y datos para contestar.  Tras de 68 días respondieron diciendo que estaban reuniendo la documentación necesaria para determinar la situación legal de la embarcación, pero terminó la guerra y los chilenos no dieron ninguna satisfacción al Ecuador.

 

            En Lima, desde el primer momento en que se tuvo conocimiento de los desperfectos que tenía la “Alay”, el almirante de la Haza y el ministro de Guerra La Cotera se preocuparon de enviar personal técnico par arreglar los desperfectos.  Al conocer su captura en Lima, casi no hubo reacción de ninguna naturaleza porque la atención estaba concentrada en la situación imperante en la capital en donde Piérola se había apoderado del gobierno, tras del viaje  de Prado al exterior.  Al Perú le costó 100 000 libras esterlinas la “Alay” sin que le hubiera prestado la menor utilidad.  Los chilenos la arreglaron y le pusieron por nombre “Guacolda” y la destinaron a cooperar al bloqueo del Callao.  Con esa lancha eran tres los barcos peruanos que formaban parte de la escuadra chilena, los otros dos eran el monitor "Huáscar" y la corbeta “Pilcomayo”.

 

           

Llegada del “Blanco Encalada” a Paita

ARRIBA

 

            No sólo el crucero “Amazonas” mantenía el bloqueo de la costa norte del Perú sino también lo hacía nada menos que el poderoso blindado “Blanco Encalada”.

 

            Para los paiteños fue una sorpresa, cuando en pleno día se presentó la potente nave a tiro de cañón.

 

            Una gran cantidad de gente se volcó a las playas y al muelle en donde se encontraba el capitán de puerto.

 

            Algunos en estado de completa ebriedad, exigían a gritos que se izara el pabellón nacional, al mismo  tiempo que lanzaban improperios contra Chile.

 

            No se trataba en el fondo de patriotismo ni de orgullo, porque es bien sabido que las turbas son siempre emotivas y patrioteras y que luego al menor asomo de peligro huyen.  El capitán de puerto trataba inútilmente hacerse oír y calmar los ánimos manifestando que había que evitar todo acto que pudiera ser tomado como una provocación.  En efecto, al “Blanco Encalada” le hubiera bastado lanzar sobre el puerto unos cuantos cañonazos para hacer grave daño sin exponer nada.

                       

            En esas circunstancias fue avisado el subprefecto Miguel Manzanares que se encontraba descansando en su domicilio.  Este se dirigió de inmediato al cuartel, en donde el jefe militar de la provincia, ya tenía formada la tropa disponible que era apenas de 20 soldados.

 

            Con esa fuerza, la autoridad política se dirigió al muelle en donde en primer término tuvo que imponer orden, no sin antes tener que arrestar a los más bochincheros.  Hay que advertir sin  embargo que en su mayor parte, la población  observó cordura y tranquilidad.

 

            El “Blanco Encalada” no realizó ninguna acción hostil, y parece que se limitó a observar la bahía y luego proseguir al norte.  El día 20 el barco había estado en Pacasmayo y durante 24 horas navegó para arribar a Paita el 21 de diciembre de 1880.

 

            Como en la rada no encontró a la presa que sin duda estaba buscando, no se preocupó de nada más, ignorando los apuros que pasaba el  puerto.

 

            Demás está decir que con los 20 hombres armados sólo de rifles, absolutamente nada podía hacerse si se hubiera intentado un desembarco.

 

 

Cambio de prefectos

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            El prefecto Mariano Durán estuvo en el cargo hasta el 21 de noviembre, en que fue reemplazado por don Manuel Cazorla llegado de Lima.

 

            El nuevo prefecto se juramentó ante el presidente de la Corte Superior don Manuel María Morales.  Tenía residencia en Lima y estaba destinado a durar muy poco tiempo en la Prefectura.  En la resolución suprema expedida el 20 de noviembre por el general La Puerta, encargado de la presidencia, decía que Cazorla retenía el cargo de médico de la policía que tenía en Lima.

 

            Otro nombramiento hecho mediante decreto  supremo por intermedio del ministro de Guerra, general Manuel Gonzáles de la Cotera, fue el que designaba a partir del 2 de noviembre al coronel Manuel Frías Lastra, comandante general del departamento de Piura.

 

            En octubre, había muerto el ayudante de la prefectura don Arturo Acha.  El 3 de diciembre es nombrado mediante resolución suprema, ayudante de la prefectura de Piura el teniente Guillermo Ugarte, que se hace cargo del puesto el día 15.

 

            Considerando la conveniencia de reunir bajo un solo mando, el poder político y militar, el nuevo jefe supremo don Nicolás de Piérola, expide el 31 de diciembre, decreto por el cual nombra prefecto del departamento de Piura al coronel Manuel Frías con retención de su cargo militar.  Cazorla viaja de inmediato a Lima para reasumir su cargo de médico.

 

            Piura había tenido cuatro prefectos en ese año.

 

            Las fuerzas que había en Piura eran de la Guardia Nacional y de la Gendarmería.

 

                Cuando Frías asumió el mando militar de estas fuerzas, las encontró Ilustraciócarentes de vestuario y de armamento.  Pidió también que la gendarmería quedase a sus órdenes.

 

            Desde Lima se le contestó ofreciendo las armas y uniformes pedidos, pero se le hizo conocer que la gendarmería encargada de cuidar el orden interno estaba bajo el control del Prefecto.

 

            El ministro de Guerra, La Cotera, había dispuesto la movilización general y en Piura se acató la orden.  Pero los  soldados reclutados no tenían uniformes, ni armas y lo que era peor aún, no había recursos para enviarlos a Lima.  Mientras tanto, todos los días, los piuranos contemplaban los entrenamientos que hacían los soldados sin armamento.  Era Presidente del Consejo Departamental de Piura don Vicente Eguiguren que solicitó a Lima el envío de 10 000 soles para poder embarcar a esos soldados.  Pasaría medio año para lograrlo.

 

El viaje de Prado

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            En Lima, el presidente general Mariano  Ignacio Prado, se entera de los proyectos del primer ministro general La Cotera y del ministro de Hacienda Quimper, de armar a un ejército de 45 000 hombres con modernos fusiles y adquirir una flota de potentes barcos para rescatar el dominio marítimo.

            Con Alemania había tratos para adquirir dos  blindados de 6 000 toneladas cada uno, con velocidad de 14 nudos por hora, 9  pulgadas de blindaje, 4 cañones de 10 toneladas cada un y otros dos de siete mil toneladas..

 

 

            De Turquía se pensaba adquirir un flamante acorazado, el “Telhz Bolend” muy potente y de Estados Unidos  el “Stevens Battery” de 6 000 toneladas, 16 millas de andar y cañones de 1 000 libras.  Este barco pertenecía a un particular y estaba anclado frente a Nueva York.  El  gobierno norteamericano se  había negado a adquirirlo porque lo consideraba como una nave apta para acciones defensivas, pero no para atacar.  Es decir que al igual que el “Manco Cápac” y el “Atahualpa” no pasaban de ser potentes baterías flotantes.  En efecto, un año más tarde, en setiembre de 1880 fue rematado en  55 000 dólares como chatarra después de haber sido desmantelado.  Al Perú le habían pedido una suma en verdad muy elevada.  También en Alemania se pensaba adquirir 6  barcos más entre cruceros y torpederas, es decir una escuadra que hubiera podido hacer frente a la chilena y destruirla con relativa facilidad.

 

            Sin duda alguna, que cualquier precio que hubiera sido necesario pagar por esas naves y los sacrificios que hubieran sido necesarios afrontar, siempre hubieran sido enormemente menores, que perder la guerra.

 

            Prado entusiasmado con estos proyectos, comunicó a sus ministros su decisión de viajar a Europa para acelerar las adquisiciones.  Quimper se opuso decididamente haciendo conocer que Piérola conspiraba y que aprovecharía la oportunidad para intentar apoderarse del gobierno.

 

            Era el 16 de diciembre de 1879, y en tales discusiones se encontraban los ministros con el presidente, cuando a éste le fue anunciada la visita de 9 personas que representaban al Club Literario que presidía el doctor Juan Antonio Ribeyro, Presidente de la Corte Suprema, el mismo que pretendió extorsionar a Prado para formar el Gabinete.  También eran del grupo el obispo Pedro José Tordoya presidente de la Junta de Donativos y dos piuranos don José Ignacio Távara y  Manuel Seminario y Váscones.

 

            Tras ofrecer al presidente su apoyo, pasaron a plantearle demandas.  Primero pedían el castigo para los jefes militares responsables de los desastres del sur.  Luego, solicitaban una acción enérgica para ganar la guerra, y ofrecían sus personas y bienes para tal fin.  Al final pedían,  vista la manifiesta ineptitud  del gabinete  y la resistencia que tenía en todos los círculos, su cambio. Prado agradeció y manifestó que ya  se habían dictado disposiciones para someter a juicio a los jefes que pudieran resultar responsables de las derrotas.  En cuanto al rumbo de la guerra les manifestó que ya se estaban haciendo importantes gestiones, que no podía revelar por su carácter militar.  Sobre el cambio del Gabinete,  Prado hizo recordar los esfuerzos que había hecho para conformar un gabinete que pudiera satisfacer a la opinión pública pero que no había encontrado colaboración.  Que por otra parte no consideraba digno para el Club Literario, ni decoroso para él como presidente de la República, que se le tratara de imponer un nuevo gabinete.

            El día 18, Prado dio un decreto expresando que debiendo viajar al extranjero por asuntos muy importantes y urgentes, encargaba del poder al vice-presidente general La Puerta.  Para gastos de viaje recibió 3 000 libras esterlinas y nada más.  Iba con sólo tres ayudantes y fue despedido por un grupo reducido de sus ministros  y altos  jefes militares.  Entre ellos La Cotera y de la Haza.  En la tarde del mismo 18, tomaba Prado el vapor “Paita” de la compañía inglesa, que hacía su primera escala en Guayaquil.

 

 

            Un periodista del diario “El Comercio” se dio cuenta de la partida de Prado y la comunicó a su periódico.  En la edición de la tarde, el diario dio la sensacional noticia y hacía parecer el viaje como una deserción.  El editorial del 19  fue peor.

 

            Turbas azuzadas por gente interesada principiaron a recorrer las calles, a los gritos de ¡Prado traidor!  Nadie hizo caso de la proclama que el presidente había dejado  y que sólo unos cuantos  diarios, de los siete que tenía Lima, la publicaron.  El general La Cotera actuó con energía y valor para controlar la situación, asumiendo personalmente las operaciones, pero el domingo 21 el coronel Pablo  Arguedas se sublevó.

 

 

Prado en Nueva York

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            El 22 de diciembre de 1879 el presidente Prado llegaba a bordo del vapor “Paita” a Guayaquil y en ese puerto toma conocimiento de los desórdenes callejeros en Lima, a los cuales no les  dio la real importancia que ellos tenían.  Envió entonces una carta, que el diario “El Comercio” publicó.  En ella justificaba su conducta, y aseguraba que su presencia en el extranjero era más importante que en Lima, porque no se debía de omitir esfuerzo alguno, ni  sacrificio para conseguir los elementos bélicos que se necesitaban.  La reserva de su viaje fue ante el temor de caer en manos  de los enemigos que merodeaban con sus barcos en la costa y para evitar discusiones y que opiniones en contrario, pudieran contrariar su viaje.

 

            Es posible que también Prado soñara con glorias personales, al venir al frente de una poderosa escuadra, a destruir el poder marítimo de Chile.

 

            Una cosa era cierta:  bien pudo equiparse un poderoso Ejército, y adquirir una nueva y potente escuadra,  si los grupos de poder económico no hubieran hecho tanta oposición a Quimper en la aprobación de los nuevos impuestos y cargas de guerra, y si por otro lado Piérola, llevado siempre por su desenfrenada ambición, no hubiera seguido conspirando hasta lograr la dictadura.

 

            Prado continuó su viaje a Nueva York, y sólo al desembarcar supo por los periódicos de ese puerto que ya no era el presidente del Perú.  No obstante su presencia en la ciudad de los rascacielos suscitó interés y William Grace ya entonces un potentado que debía su fortuna al Perú, y los estaba ayudando denodadamente en armar a nuestra patria contra Chile, tuvo la nobleza de recibir al mandatario caído con toda cortesía y cordialidad.

 

            En efecto, pasó como Prado lo había anunciado.  No pasó mucho tiempo, para que Piérola investido por el poder supremo decretara la clausura definitiva del diario.

 

            A partir de esa fecha, Prado se eclipsa y sólo se hace presente seis meses más tarde para defenderse de cargos de su eterno enemigo:  Piérola.

 

 

La rebelión del coronel Arguedas

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            Durante el  tiempo que el general La Cotera fue ministro, fue virtualmente el presidente de la  República.  Poseedor de gran valor personal, insensible a la fatiga, y leal a los principios constitucionalistas, fue prácticamente el único jefe que en todo momento enfrentó con gran entereza la revolución que se venía primero por las turbas desenfrenadas y por los periódicos que las azuzaban, y luego ante los políticos y militares ambiciosos que estaban al acecho y esperando la ocasión  propicia.

 

            El coronel Arguedas, un militar indisciplinado que en tiempo de Castilla desalojó brutalmente a los parlamentarios del local del Congreso,  fue el nuevo autor del golpe militar.  Para colmo de males, el prefecto de Lima coronel Enrique Lara había renunciado.  Era éste, el hombre que los civilistas habían propuesto como ministro de Guerra a Prado.  Por lo tanto el ministro de Gobierno Buenaventura Elguera tuvo que salir a las calles a disolver las turbas que empezaban a iniciar saqueos, pero los gendarmes que estaban a su cargo se veían impotentes para dominar la situación.  Los revoltosos se apoderaron de las torres de la catedral y tocaron a rebato.  El pueblo afluyó a la plaza de armas de Lima.  La Cotera  al frente de la Guarnición de Palacio restableció la situación, su sola presencia imponía respeto a la multitud.  En Lima había 6 000 soldados.  Otros miles más se encontraban en la Magdalena y  en  Ancón.  Fatalmente algunos de los jefes de los regimientos como el caso del coronel Lorenzo  Iglesias eran consumados  pierolistas.

           

            El sábado 20 parecía dominada la situación.  Tras de 30 horas de actividad, la Cotera pudo retirarse a dormir.  Al amanecer del domingo, se tuvo conocimiento de que el coronel Arguedas había sublevado al Batallón Ica en el Cuartel de la Inquisición.  Los civilistas se movieron en apoyo de rebeldes que proclamaron  su adhesión  a Piérola, mientras éste sin pronunciarse todavía, se ponía al frente de su batallón.  A las 5 de la tarde La Cotera inicia el ataque con tres batallones y  4  cañones, pero las posiciones defensivas de los rebeldes eran muy buenas.  A las 7 de la noche la oscuridad invade el ambiente y los soldados del “Huarochirí” inician la deserción   Luego otras tropas se pliegan a los rebeldes o se dispersan. Es en esos momentos que Piérola  decide entrar en acción movilizando el batallón a sus órdenes de la Guardia Peruana Nº 8 que había trasladado del Callao a Lima y con el cual se dirigió a Palacio de Gobierno, a donde se había retirado La Cotera.  Las fuerzas de Piérola sumaban 500 soldados, contaba también con la ayuda del Batallón Cajamarca al mando del cajamarquino coronel Miguel Iglesias, que igualmente se encontraba en el Callao y podía aparecer en escena de un momento a otro.  Tras una hora de combate Piérola se tiene que retirar  de la plaza de armas y reunirse con los soldados de Arguedas, con el Batallón Cajamarca y otros en el Parque de la Exposición.  Son en total 1 200 hombres, pero no se siente con ánimos de reiniciar el ataque contra Palacio, por lo cual decide retirarse al Callao a fin de unirse al resto de la División que mandan los hermanos Miguel y Lorenzo  Iglesias.

 

            En esos momentos, La Cotera envía un telegrama a su codepartamentano almirante de la Haza que estaba en el Callao, haciéndole conocer que el ataque a Palacio había sido rechazado.      

 

            La Haza se retira de la recepción que le ofrecían los marinos italianos del crucero “Garibaldi” y toma rápidas medidas.  Las tropas fieles como  la Columna Constitución las concentra en los Castillos del Callao y al Batallón Cajamarca Nº 11, lo aísla en el Arsenal. También se hace desembarcar a la marinería.

 

            Las fuerzas de Piérola van llegando a Bellavista al amanecer del lunes 23 de diciembre.  Una vanguardia de 150 hombres iba comandada por el Coronel Arguedas, que es sorprendida por el coronel Pastor que con 20 hombres logra su rendición aprisionando a Arguedas y conduciéndolo a los  castillos del Callao.  En la fortaleza había una gran concentración de tropas leales y se contaban además con los cañones de la escuadra.  Nada podría hacer Piérola y los Iglesias contra esos formidables castillos, pero el almirante de la Haza decidió convocar a una junta de jefes y oficiales.  Fue allí en donde contra todo lo supuesto, se pronunciaron en el sentido de evitar una guerra civil y no luchar entre peruanos.  Los militares que comandaban unidades del ejército deciden entonces plegarse a Piérola y suscribir un acta.  El almirante de la Haza y los jefes de la marina se retiran al transporte “Rímac” en donde conferencian y deciden permanecer fieles al Gobierno legalmente constituido.

 

            En el Callao, Piérola era ahora jefe de tres mil hombres.  Además, las armas que el Gobierno había traído  para fortalecer al Ejército del Sur, o sea 1 200 rifles Peabody y dos ametralladoras Gatling, parte de un envío, fueron tomadas por el caudillo revolucionario para armar a su gente.  Nombró al capitán de navío  Manuel Villar como comandante general de Marina, pero los jefes de la escuadra no lo reconocieron.

 

            En esos momentos  La Cotera nombraba como prefecto de Lima al general Beingolea y recibía a un grupo de notables, que le pedían el cese de la lucha fraticida.  El primer ministro les manifestó que tal pedido debían hacérselo al revolucionario y no a él que estaba defendiendo el orden constitucional.  Ante la insistencia de los miembros de la Comisión para que intercediera ante el presidente La Puerta; les contestó La Cotera que jamás sería portador de semejante propuesta y les solicitó se retirasen.

 

            A poco recibió una comunicación  del general Osma jefe de Estado Mayor en la que hacía conocer que habían decidido no hacer armas contra el pueblo peruano ni contra las fuerzas del Callao que obedecían a Piérola.  Noticias muy alarmante de Ica daban a conocer que los colonos de las haciendas se habían sublevado dando vivas a Piérola, habían matado a muchos hacendados  y quemado cultivos  y viviendas.  El Cabildo de Lima, se reunió de urgencia para discutir el momento político y una gran multitud llenó la plaza de armas en espera de lo que se resolviera.

 

            El Municipio de Lima asume facultades, que correspondían al pueblo entero del Perú y por acuerdo “Resuelve, elevar a la Suprema Magistratura de la Nación con facultades omnímodas al ciudadano don Nicolás de Piérola”.

 

            El general Osma acude a Palacio a comunicar personalmente la decisión del Ejército y tras de un violento diálogo, con el general La Cotera, éste decide ir a comunicar los hechos al presidente La Puerta y recibir órdenes.  Con sólo dos centinelas  atraviesa a pie la plaza de armas y los manifestantes ante la audacia de este soldado, le abren paso.  La Cotera demostraba así un valor personal a toda prueba.  El general La Puerta en sólo tres minutos, autoriza  a La Cotera entregar el mando.  Retorna el ministro a Palacio de Gobierno en donde  lo esperan los generales Osma y Beingolea a los que hace conocer la decisión del encargado de la presidencia.  Dice al momento de salir:  Nada tengo que llevarme de aquí, de modo que con su permiso me retiro.  Hagan del Perú lo que crean conveniente.  Buena suerte”.

 

 

Piérola se autoproclama

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            El 23 de diciembre de 1879, Nicolás de Piérola da un decreto supremo invistiéndose a sí mismo con todos los poderes.

 

            Aseguraba en el decreto “que los pueblos de Lima y del Callao me han investido espontáneamente, en sus respectivas actas, de la autoridad suprema de Estado con facultades omnímodas”.  También decía que el Ejército y la Marina de ambas ciudades se le  habían adherido y que se hallaba confirmado por el Ejército del Sur.  Por lo tanto decretaba que bajo la denominación de jefe supremo de la República, aceptaba el carácter y las facultades que se le habían investido.

 

            Así con un solo plumazo barría con el obstruccionista Congreso que tanto problema había creado a Prado y a La Puerta así como al esfuerzo de guerra.

 

            Piérola mentía al afirmar que lo seguía la Marina y el Ejército del Sur.

 

            En lugar de ministros, eligió secretarios que fueron el coronel Miguel Iglesias, el capitán de navío Manuel Villar, Nemesio Orbegoso, el doctor Federico Panizo, el doctor Manuel Barinaga y Manuel Mariano Echegaray.

 

            Al coronel  Iglesias se le asignó todos los asuntos de la guerra.

 

 

El Ejército del Sur acepta los hechos consumados

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            El almirante de la Haza, comunicó en forma inmediata al Ejército del Sur que estaba al mando de su codepartamentano almirante Lizardo Montero todo lo que había pasado en Lima.

 

            Por su parte Piérola envió la siguiente comunicación:  Señor Contralmirante don Lizardo Montero.- Arica.-  Por voto espontáneo de los pueblos de Lima y Callao y con la adhesión completa del ejército, he sido proclamado jefe supremo de la República.  Me congratulo en comunicarlo a Ud. y le estrecha la mano su afectísimo Piérola”.

 

            Piérola había tenido en los piuranos La Cotera y Montero a sus más acérrimos enemigos políticos.  Eran los hombres que antes habían cortado sus ambiciones por llegar al poder.  Era Montero uno de los hombres de más prestigio y se voceaba su nombre como el posible sucesor del presidente Prado en las elecciones  que debían efectuarse en 1880.

 

            Piérola se cuidó mucho en mencionar a la Marina, como adherente.  Tampoco decía que había asumido facultades omnímodas.

            El Ejército del Sur que había visto los desvelos del general Prado, y que tenía en él como combatientes a sus hijos y  a un hermano que era coronel, era fiel al presidente y había aprobado su viaje a Europa para traer barcos y armas.  La forma como se miraba el porvenir en el sur, era muy diferente que en Lima. .

            El contralmirante Montero reunió una junta de jefes antes los que se leyó el telegrama.  Su texto causó gran desagrado, pero para no causar mayores males al país y a pesar de que Piérola no gozaba de la menor  simpatía en el Ejército del Sur, se decidió aceptar los hechos consumados y el acuerdo fue en el sentido que así se le cursara respuesta.

 

            El mismo día 23 a las 10 de la noche se daba la siguiente contestación:

 

            Excelentísimo Señor Don Nicolás de Piérola.

            Este departamento y el ejército seguirán llenando su deber y aceptan  el hecho a que     se refiere V.E.- Montero.

 

            Como se puede apreciar, tampoco se le daba el tratamiento de Jefe Supremo ni de Presidente, pero a Piérola le bastaba que lo aceptaran aún cuando fuera a regañadientes.

 

           

Ataques a la libertad de prensa

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            Uno de los primeros actos del Gobierno de Piérola, fue el dictar un Estatuto Provisorio de 12 artículos.  En uno de ellos se reconocía la libertad de prensa, pero se proscribía el anónimo en las informaciones.  Esto obligaba a que todos los artículos indicaran el nombre del autor. El 30 de diciembre fueron allanados cinco periódicos, clausurados temporalmente y sus directores detenidos, bajo la insólita acusación de que en los editoriales no se indicaba el nombre del autor.  Varios días pasaron en la cárcel de Guadalupe, José Antonio Miró Quesada y Luis Carranza, directores de “El Comercio”, Césareo Chacaltana  de “El Nacional”, A. Aramburú de “La Opinión Nacional”, Pedro A. Del Solar de “La Patria” y Eduardo Villena de “El Independiente”.

 

            El general Prado había encomendado a los señores Rosas y Goyeneche que efectuaran negociaciones  financieras sobre ventas de guano y salitre con el consorcio europeo Credit. Industrial.  Al subir al poder Piérola, no canceló a tiempo los poderes de estos comisionados, que continuaron sus gestiones con notable éxito.

 

            Pero Piérola tenía pensado negociar con sus antiguos  amigos los banqueros Dreyffus, los cuales no gozaban en Lima de simpatías.

 

            Durante el Gobierno de Balta, cuando Piérola fue ministro de Hacienda encumbró a los Dreyffus que eran sólo unos modestos comerciantes de ropa en la calle Correo de Lima.  Al poco tiempo se convirtieron en los directores de una de las firmas más potentes de Europa.

 

            Hasta 1879, los Dreyfus habían estado reclamando una suma de dinero que decían el Perú les debía.  Se asegura que habían aceptado hacer sobre el monto que reclamaban una rebaja del 60%.  Fue en esos momentos que Piérola tomó el poder.

 

            “El Comercio” tuvo por aviso de su antiguo enemigo político, el ex–ministro Quiroga, de que Piérola iba nuevamente a tratar con los Dreyffus, y que le iba a reconocer la totalidad de la acreencia por 4 008 000 libras esterlinas.

 

            Miró Quesada había estado preso hasta el 7 de enero y el 10 salía el sensacional editorial del diario decano, desenmascarando la  transacción de Piérola con Dreyffus, al mismo tiempo que daba cuenta de que antes, en Europa los comisionados peruanos habían llegado a un acuerdo con Credit Industrial, lo cual prácticamente dejaba en el aire el contrato con Dreyffus.

 

            El editorial causó conmoción en Lima y enfurecido Piérola, ordenó el allanamiento y la clausura a perpetuidad de la publicación del diario y de cualquier otro periódico en la misma imprenta.  La arbitraria medida se dictó el 16 de enero de 1880, con lo cual lo que  había declarado Prado en Nueva York, resultaron palabras proféticas.

 

            Entre los peruanos quedó la certidumbre, de que en medio de la mayor pobreza y de la más grande necesidad en que estaba el Perú, el dictador regalaba a los judíos Dreyffus una cuantiosa suma.

 

            El diario, continuó clausurado durante toda la  época de la ocupación y se volvió a publicar a partir del 22  de octubre de 1883.

 

            Días más tarde el ministro de Hacienda del anterior Gobierno, el doctor Quimper, era reducido a prisión, sometido a juicio criminal y embargados todos sus bienes, bajo la acusación de haber falsificado la firma del ex–encargado de la  Presidencia de la República, general La Puerta.  La Corte Suprema lo declaró inocente y ordenó su libertad el 15  de marzo de 1880.

 

Deposición de Daza

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            El general Daza, presidente de Bolivia tenía su cuartel general en Tacna, mientras que el contralmirante Montero que había quedado al mando del Ejército del Sur se encontraba en Arica.

 

            El día 26, Montero  solicita la presencia de Daza en Arica para discutir los planes  de una futura ofensiva.  Se pensaba que las fuerzas peruanas atacarían por Tarapacá de frente, mientras que las  bolivianas bajarían del Altiplano sobre el desierto de Atacama para atacar a los chilenos por la retaguardia.

 

            En otra circunstancia, el plan hubiera sido considerado bueno, pero ni Montero ni los mismos  jefes bolivianos confiaban en Daza.  Se pensaba que el presidente boliviano sólo pretendía, llevar las fuerzas de retorno a su patria para sustraerse a la guerra y afianzarse en el Gobierno.  Para la oficialidad boliviana, tal proceder era indigno y desdoroso.

 

            El día 26  los chilenos pusieron bloqueo total a Arica.  Los peruanos pasaron por el duro trance de ver entre los barcos  enemigos al "Huáscar" ya con pabellón enemigo, y completamente reparado y con pronto andar.   Había que reconocer que los chilenos habían actuado con  rapidez y eficiencia  en arreglarlo.

           

            Mientras Daza estaba en Arica, el coronel Eleodoro Camacho se pronunció en su contra, con los soldados bolivianos acantonados en Tacna.  El famoso regimiento de los  Colorados adictos a Daza, nada pudieron hacer porque estaban en el  río bañándose.  El día 28 de diciembre, otro movimiento  estallaba en  La Paz y nombraba una Junta de Gobierno.  El dictador   optó por dirigirse a Arequipa y de allí  a    Europa.  El 14 de enero nuevos disturbios  se produjeron en La Paz y como consecuencia de ellos asumió   la presidencia  el general Narciso Campero.

 

 

La actividad judicial en Piura

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            En 1879 era presidente de la Corte Superior de Piura el doctor Manuel María Morales. Como  existían ocho abogados, ya la defensa estaba cautiva.  El primer abogado recibido  como  tal por examen rendido ante la Corte, fue el Dr. Nicanor Rodríguez.

 

            La Corte de Piura había perdido al doctor Francisco Villagarcía.  En abril habían también viajado a  Lima los doctores Ricardo Wenceslao Espinosa y José Gervasio Arbulú para estar presentes en el Congreso Extraordinario, convocado a raíz de la declaratoria de la guerra.

 

            Ricardo W. Espinosa era diputado por Huancabamba, pero Arbulú no representaba a ninguna provincia de Piura.  Por lo tanto posiblemente era diputado por otro departamento.

 

            El presidente de la Corte, Dr. Manuel María Morales, hizo conocer al Ministerio de Justicia las dificultades que tenía por la falta de vocales.

 

            Recién el 5 de mayo se producen diversos nombramientos.

 

            Como vocal, fue nombrado el Dr. Manuel Caballero, que recién se juramentó el 3 de julio.  Su permanencia en Piura fue muy breve, pues en agosto pasa a otra colocación y en su lugar se nombra al Dr. Germán Leguía y Martínez, que recién se juramenta el 5 de noviembre.  Al Dr.  Leguía y Martínez, más que como magistrado se recuerda en Piura como escritor, historiador y periodista.  Tuvo además destacada  actuación en la política nacional.

 

            También en mayo, fue nombrado como secretario de Cámara el Dr. Pedro Castro Araujo, en lugar del Dr. Luis  Arca que había sido trasladado como juez de 1ra. Instancia de la provincia de Pomobamba en Ancash.  Araujo sólo sirvió hasta el 17 de diciembre,  en que es reemplazado por el Dr. José Eusebio  Esteves.

 

            El tercer magistrado nombrado en mayo, fue el  agente fiscal Dr. Belisario León que reemplazó al Dr. Nicanor Herrera.  Parece que este último, simplemente se ausentó de Piura sin haber hecho ninguna comunicación  oficial a la Corte, pues se le abrió proceso por abandono de cargo.  Sin embargo, ante la posibilidad de que el mencionado magistrado hubiera presentado renuncia ante el Ministerio de Justicia, se solicitó información a dicho portafolio.

 

            El 14 de julio presenta renuncia el juez de 1ra. Instancia de la provincia de Tumbes, y el 5 de diciembre es reemplazado por el Dr. Andrés Llontop.

 

            Al 30 de julio, aún no se habían nombrado los reemplazantes de los doctores Arbulú y Espinosa.   El Dr. Morales, presidente de la Corte, una vez más insiste ante el Ministerio  de Justicia, manifestando que en el caso del Dr. Arbulú, el nuevo vocal debe ser nombrado en forma titular, situación diferente a la del Dr. Ricardo Wenceslao Espinosa para quien se solicitaba un reemplazante interino.  En efecto, en 1882 era Espinosa su nuevo presidente.

 

 

Fusilamiento del grumete Roca

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            Al iniciarse el año 1880, un trágico suceso conmovió al pueblo del Callao.

 

            Es bien conocido que el Código del Mar es muy severo, y se exige una estricta disciplina.

 

            Gregorio Roca era un joven tumbesino, que al hacer su servicio militar, ingresó  como marinero al servicio de la capitanía de puerto.  Como era muy indisciplinado, la familia gestionó para que fuera enviado a la Escuela Naval del Callao, como grumete.  Su aprendizaje lo hizo en la corbeta "Unión" comandada por el capitán de navío Manuel Villavicencio.

 

            Roca no se compuso, y por diversas faltas al reglamento, el contramaestre lo condenó a la pena de azotes.

 

            Eso se hizo en varias oportunidades, hasta que irritado Roca y llevado por su carácter pendenciero, mató al contramaestre.

 

            Se le instauró juicio de guerra y se le condenó a ser fusilado.  Para escarmiento, la sentencia se cumplió a bordo de la corbeta, en forma pública.  Al teniente 1º Larrea le cupo la misión de darle el tiro de gracia.

 

 

Nombran a general  Fermín Del Castillo

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            Cuando el presidente Ignacio Prado, permitió a Nicolás de Piérola formar y jefaturar el Batallón La Guardia Peruana, lo integró a la división del Ejército que tenía por jefe al general Fermín Del Castillo.  El primer encuentro de este ilustre jefe con el caudillo revolucionario, fue en la revista que el general Del Castillo pasó al batallón.

 

            Cuando Piérola asumió el poder, nombró al general Del Castillo, general en jefe del Ejército del Centro.

 

            Se sobreentendía que era un importante cuerpo de Ejército por formar, y así  lo entendió Del Castillo al aceptar el cargo, poniéndose de inmediato a formular un plan y  el cuadro de oficiales, todo lo cual remitió al dictador, que como si fuera militar de carrera se había dado de lleno a la tarea para lograr “la mejor organización, ceñida a los adelantos del siglo en el arte de la guerra”.  Por toda respuesta se le hizo conocer que se le llamaría por esquela.  Mientras tanto en los diarios aparecían diversas órdenes generales, ninguna de las cuales le llegaba al general Del Castillo en forma oficial, lo cual no dejó de llamarle la atención, motivo por el cual buscó y logró una entrevista con Piérola.

 

            El general dijo al dictador que si no había intención de entregarle el Ejército del Centro para su organización y disciplina ¿para qué se le había nombrado general en jefe  A lo que respondió Piérola en forma desabrida:  “Una cosa es nombrar y otra cosa es dar”.  Ante esa respuesta, el general presentó de inmediato su dimisión  que Piérola rechazó diciendo:  Le es vedado hacerlo porque estamos en campaña y al frente puede decirse de los enemigos”.

 

            Dos años más tarde, cuando Del Castillo refería este  episodio, decía que en ese momento pudo comprender que días muy funestos le estaban reservados a la Patria.

 

 

Nuevos impuestos.- La inflación

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            Los primeros actos administrativos de Piérola, estuvieron destinados a buscar nuevos recursos.

 

            El 8 de enero de 1880 dio un decreto refundiendo varios impuestos en un impuesto personal que debían de pagar todos los habitantes del Perú, incluyendo los extranjeros.  Una propuesta igual del primer Gabinete de Quimper había motivado largos debates en el Congreso, sin llegar al final a nada positivo.  Los impuestos a la renta, patente, predios, y otros eran reemplazados por el 3% sobre la renta total a partir de los 600 soles de renta anual.

 

            Los servidores de la administración pública, que sólo dependían de su sueldo, quedaban exonerados de este tributo.

 

            Los hombres mayores de 21 años, aún cuando no tuvieran renta, debían de abonar 3 soles al año en la costa y 2 en la sierra.  Estas cuotas se elevaban al doble mientras durase la guerra y los prefectos quedaron encargados de hacer la cobranza.

 

            Este impuesto afectó a muchas personas que antes no tributaban.  El coronel Frías  en Piura, de inmediato hizo conocer a los gobernadores las obligaciones que tenían los ciudadanos de contribuir con el  erario nacional.

 

            Los piuranos que habían tomado con calma los acontecimientos políticos, no obstante que eran protagonistas muchos codepartamentanos, recién se dieron cuenta de que la guerra sólo iba a significar la erogación de cuotas voluntarias como  en 1879, sino el pago obligado de nuevos impuestos.

 

            El 14 de enero se adoptó como moneda legal provisoriamente, la libra esterlina declarándose el oro como medio legal circulante.  Pero en el Perú por ese entonces no existían libras esterlinas sino el depreciado billete de papel.  El valor del sol se fijó en doce peniques.

 

            El encarecimiento de la vida que ya había tomado graves características en 1879 y que tenía sus raíces desde los Gobiernos de Balta y Pardo; se acentuó y la inflación se dejó sentir en toda su tremenda magnitud.

 

            Sería sobre este pueblo empobrecido que caerían en breve los chilenos como buitres, imponiendo elevados cupos a la par que destruían todos los medios de producción, incendiando, depredando y robando.

 

 

Piérola abandona al Ejército del Sur

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            Cuando Prado dejó Arica para retornar a Lima, dejó al mando del Ejército del Sur en campaña al contralmirante Montero.

 

            El Ejército Peruano estaba constituido por las fuerzas que aún no habían entrado en acción y que eran pocas y los restos del ejército que hizo la retirada de Tarapacá.

 

            Eran unos pocos miles, mal armados y sin el debido entrenamiento, que debían enfrentar la próxima ofensiva de fuerzas chilenas muy superiores en número, con moderno armamento y alentadas por las victorias.

 

            Piérola que había sido enemigo de los dos jefes piuranos, Montero y La Cotera, se formó el propósito de desatender al Ejército del Sur y dedicar todas sus energías y esfuerzos en el Ejército de Lima.  Además el dictador  desconfiaba de Montero, a pesar de la generosa actitud de éste de reconocerlo.  Era criterio generalizado en Lima, de que si Montero lograba una gran victoria en el sur, Piérola caería por su propio peso.  Pero todo se hizo como si estuviera dirigido a que tal victoria no se produjera.

 

            El otro gran enemigo de Piérola, el general La Cotera, había quedado sin poder,  no obstante lo cual utilizó la prensa para hacer enérgicas declaraciones al dictador.  En el pasado, La Cotera había infligido tremendas derrotas a Piérola en las únicas acciones militares que el caudillo revolucionario provocó en el sur.  La Cotera se vio precisado a emigrar a Guayaquil.

 

            Piérola no se atrevió a efectuar cambios de jefes en las fuerzas de Montero, pero sí lo hizo con las acantonadas en Arequipa y otros lugares, teniendo en cuenta más la adhesión a su persona que la competencia militar.  En eso se veía el dictador secundado plenamente por su secretario de Guerra, el coronel-hacendado Miguel Iglesias que hasta llegó a dirigirse en forma descomedida al contralmirante, por cuyo motivo Montero prescindió de tener toda comunicación con él, y hacer conocer a Piérola su extrañeza por este comportamiento.  Para muchos, lo que se buscaba era la renuncia del contralmirante.  Este sin embargo comprendió que estando tan cerca el enemigo, hubiera sido muy peligroso y hasta anti-patriótico ceder al amor propio al orgullo y dejar el mando del Ejército.

           

            El 8 de enero de 1880, el coronel Julio César Chocano, encargado de la defensa del valle de Moquegua, le enviaba a Montero un apremiante telegrama pidiéndole armas y municiones, haciendo conocer que en la estación del Tambo había todo un arsenal, pero que el prefecto de Arequipa, muy adicto a Piérola, se negaba entregar.  Con clara visión de lo que podía suceder y en efecto sucedió, decía el coronel Chocano, que hasta ese momento no tenía conocimiento de que fuerzas chilenas hubieran desembarcado  en Pacocha, pero que se preparaba a recibirlas y que si sucumbía sería por falta de armas y municiones y no por la decisión de la gente que tenía a sus órdenes y que manifestaban  ferviente patriotismo.  Al final decía que respondía de rechazar al enemigo si se le daban armas.

 

            Pero Montero nada podía hacer frente al prefecto Zapata, por cuanto no tenía autoridad política, y además porque ese funcionario estaba bien aleccionado por Iglesias.

 

            El 27 de enero de 1880, Montero enviaba el siguiente telegrama:  Señor Prefecto, repetidas veces he pedido a Ud. el escuadrón.  Su reincorporación a este ejército es indispensable.  Mándelo Ud.  El enemigo amaga por el sur.- Montero.

            El pedido desesperado de Montero era porque no tenía caballería y siguió insistiendo en vano.

 

            Los historiadores Vargas Ugarte y Mariano Felipe Paz Soldán, están de acuerdo en afirmar que Piérola intencionalmente dejó en abandono al Ejército del Sur.

 

            Hay que advertir a todo esto, que el 30 de diciembre de 1879, se presentó en Pacocha  el transporte chileno “Copiapó” con el regimiento Lautaro de 550  soldados y   tomando el tren se dirigió a Moquegua en donde era prefecto el coronel Julio César Chocano que tenía a su disposición 450 hombres armados, pero no intentó  resistencia alguna, y más bien huyó al cerro Los Ángeles.  Los chilenos se retiraron de la ciudad el 1ro. de enero de 1880, después de haber incursionado con la pequeña fuerza del Lautaro, como si fuera  su propio territorio.  Por lo visto se le estaba perdiendo el respeto    al Perú, y muchos jefes militares justificaron con su cobarde actitud, ese criterio del enemigo.

 

 

Montero protesta

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            Cuando el general Prado dejó Arica, encomendó al contralmirante Montero el mando político y militar de todos los departamentos del Sur, a fin de que pudiera llevar adelante la conducción de la guerra  sin tropiezos.

 

            Piérola, trató por todos los medios de reducir al mínimo el poder de Montero porque recelaba de él, y dispuso una serie de medidas con tal fin.

 

            El dictador organizó la defensa nacional en 4 ejércitos.  El 1ro. en el norte, el 2do. en el centro y  dos en el sur denominados Primer Ejército del Sur, que estaba en Tacna al mando  directo de Montero; y el Segundo Ejército del Sur con bases en Moquegua y Arequipa.  Esta disposición se dio el 31 de  enero.

 

            Montero quedó reducido al mando militar del 1er. Ejército del Sur.  Eso iba a resultar muy favorable a los planes chilenos de guerra.

 

            El 24 de febrero de 1880, Montero enviaba de su puño y letra un oficio al secretario (ministro) de Guerra, coronel Miguel Iglesias.

 

            Le decía que recién el día anterior o sea el 23, había llegado a su poder (el de Montero), las disposiciones dadas el 31 de enero.  Manifestaba el contralmirante que si ánimo a dejar de cumplir con las órdenes dadas, debía de hacer notar que la forma como se habían organizado las fuerzas del sur, comprometía la estabilidad del 1er. Ejército del Sur a su mando.

           

            Decía Montero, que el decreto de organización es tan “funestamente peligroso”, que agradecería al jefe supremo Piérola, que en atención a “mi desprendimiento militar e interés patriótico que me domina y a los servicios que vengo prestando con escasa resignación desde que se declaró la guerra, se me librase de una responsabilidad tan inmensa ante el país”.

 

            Como en el decreto se reemplazaba a muchos jefes del ejército a órdenes de Montero, éste solicitaba que se dejara sin efecto la disposición que los relevaba del mando, invocando para ello la competencia y patriotismo de esos jefes y los sacrificios que habían pasado, muchos de ellos que hasta habían conquistado renombre en gloriosas acciones de armas.  También se oponía Montero a la refundición de batallones y regimientos y el cambio de nombres, tan gratos a los soldados, unas porque eran los nombres de sus pueblos de origen y en otros casos porque les recordaban acciones de armas en que habían tomado parte.

 

            Se oponía igualmente Montero a que se dotara a su Ejército de armamento de diversas marcas, que dificultaran su municionamiento..

 

            En Arequipa existía desde enero una fuerza militar que habría preparado el coronel Francisco  Luna por orden de Montero.  En Moquegua había otras fuerzas más todas las cuales habían estado bajo el comando del contralmirante.  En conjunto estas fuerzas formaban la Décima División a cuyo frente  puso Montero al coronel Manuel Velarde.  Ocurrió sin embargo, que el día 6 de febrero llegó a Arequipa el anciano coronel Andrés Gamarra, con documentos expedidos por Piérola, nombrándolo jefe de lo que se  llamaba 2do. Ejército del Sur.  Como Velarde no había recibido comunicación alguna de su jefe inmediato superior, Montero se negó a entregar el mando.  Recién el 27 de febrero Velarde entregó el mando a Gamarra.  Este tenía 70 años y hacía 20 años que se había retirado a la vida privada.

 

 

Nueva campaña del Ejército Chileno

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            Entre los días 17 y 24 de febrero, 14 800 soldados chilenos que estaban concentrados en Pisagua, con 16 piezas de artillería y buena caballería se embarcaron en 18  buques, rumbo al puerto de Pacocha, para ingresar por ese lugar y cortar la retirada al Ejército del Sur al mando de Montero.

 

            Los hechos se desarrollaban velozmente.  En esos momentos Piérola, que había creado el desconcierto en el Ejército del Sur, prestó a los chilenos el mejor servicio que éstos pudieron desear.

 

            Para distraer la atención de Montero, la división naval chilena compuesta por el "Huáscar" y la “Magallanes” que bloqueaban el puerto de Arica, iniciaron el 27 de febrero el bombardeo de la plaza.  Contestaron las baterías de tierra y el monitor “Manco Cápac”.  Los potentes disparos de éste, causaron graves daños en los barcos atacantes, les mataron a varios tripulantes y también al nuevo comandante del "Huáscar", capitán de fragata Manuel Thompson.  Al “Magallanes” lo comandaba el capitán de fragata Carlos Condell de la Haza emparentado con varios marinos paiteños de la Haza.

 

            A la muerte de Thompson, el "Huáscar" pasó a ser comandado por Condell.

 

            El día 26 de marzo, los chilenos desembarcaron en Pacocha con toda tranquilidad como si  estuvieran en su patria.  No hubo allí la heroica resistencia de Pisagua y  el Segundo Ejército del Sur, completamente desorganizado con las desatinadas medidas de Piérola, no dio señales de vida.

 

            El ministro de Guerra de Chile, Sotomayor, que viajaba con los expedicionarios, obligó al general en jefe de las fuerzas enemigas que enviase una división de 2 125 hombres sobre Mollendo e Islay a las órdenes del coronel Barboza, para distraer las fuerzas peruanas acantonadas en Arequipa, e impedir que se unieran a las de Tacna, cuya destrucción era el principal objetivo.

 

            Tampoco en Mollendo hubo resistencia al invasor, los cuales cometieron tremendas atrocidades, como pillaje, violaciones de mujeres y por último incendiaron  a la pequeña población.  Los mismos escritores e historiadores chilenos tienen frases de condenación contra los soldados invasores, que se dedicaron a destruir todo lo que podían hasta el 12 de marzo, fecha en que se embarcaron.

 

            El mismo día 12, partía de Pacocha, cómodamente por tren el general Baquedano, con rumbo a Moquegua con cuatro batallones, una batería de cañones Krupp de montaña y un escuadrón de Cazadores de a Caballo.  De inmediato le siguieron una compañía del Regimiento Buin, otra batería de montaña, una batería Krupp de campaña y 600 hombres de caballería, totalizando esta fuerza de vanguardia, 5 000 hombres.  Los chilenos viajaron tranquilamente en tren que los peruanos no habían inutilizado.

 

            El día 11 de marzo, recién el dictador Piérola enviaba al general Manuel Beingolea y un cuadro de oficiales, con valioso cargamento de rifles a hacerse cargo de las fuerzas del 2do. Ejército, pero los chilenos se les habían adelantado.

 

Las hazañas de la corbeta “Unión”

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            El 11 de marzo había partido del Callao, el “Talismán” al mando del capitán de navío Carrasco y la corbeta "Unión"  por el comandante Manuel Villavicencio.

 

            En el “Talismán”,  iba el general Beingolea, que debía desembarcar en Quilca.

 

            La corbeta, resolvió adelantarse, aprovechando su mayor velocidad.  El 14 de marzo llegó el “Talismán” a las afueras del puerto por la noche, pero vio en la bahía luces de un barco que supuso enemigo, por cuyo motivo regresó a Pisco en donde desembarcó.  Beingolea tardó mes y medio en llegar a Arequipa, sólo para ser testigo de la destrucción del Ejército Peruano.

 

            La Unión” debía de conducir pertrechos de guerra a Arica, pero el puerto estaba bloqueado por el "Huáscar" y por el “Matías Causiño”.  Estos dos barcos al caer cada noche, se retiraban un poco de la bahía ante el temor  de ser sorprendidos por los potentes cañones del monitor “Atahualpa” que guarnecía al puerto.

            “La Unión” burló la vigilancia del "Huáscar" y del “Matías Causiño” y penetró a la bahía colocándose al costado del “Manco Cápac”.  Al amanecer del día  siguiente los barcos enemigos retornaron a la bahía para seguir el bloqueo y  se encontraron  con la sorpresa de ver a “La Unión” tranquilamente descargando.  De inmediato el “Matías Causiño” salió a dar cuenta al blindado “Cochrane” y al crucero “Amazonas” que estaban próximos.  Los cuatro barcos enemigos empezaron un combate contra los dos buques peruanos y las baterías de tierra, pero como nada se logró resolvieron  suspender el fuego y a las 5 y 15 de la tarde se ubicaron  en forma tal que bloqueaban la bahía haciendo imposible todo intento de escapatoria de la corbeta peruana.  Fue entonces cuando se reunieron en el “Cochrane” los comandantes de los barcos chilenos para acordar la acción, a desarrollar contra “La Unión” por la noche.

El capitán Condell, el almirante La Torre y otros jefes se encontraban conferenciando, cuando se les avisó  que el barco peruano a toda velocidad y pegado a la  isla  “Alacrán” había emprendido la fuga, burlando a cuatro barcos que intentaban  impedírselo.  Se dispuso que tres buques enemigos salieran en persecución de “La Unión” pero no la alcanzaron.

 

            En Chile, hubo mucho enojo, por esta humillación que se había infligido a la escuadra, y sobre todo el almirante La Torre vencedor en Angamos y a Condell que en Iquique enfrentó a la “Independencia” que encalló.

 

            Era jefe de la plaza de Arica por ese entonces, el capitán de navío paiteño Camilo Carrillo. 

 

            Todo el mérito de la hazaña de “La Unión”, se debe a su segundo comandante, el capitán de corbeta Arístides  Aljovín Lama, piurano, que maniobró el barco con  arrojo, pericia e inteligencia.   Aljovín murió trágicamente en Lima en 1894.  En este combate tuvo destacada actuación, el cabo artillero paiteño Miguel Perleche.

                       

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