Capítulo VII

 

VII CAPÍTULO

 

 

LAS ACCIONES DE TACNA Y ARICA

 

 

                                  

Ø      Los chilenos se aprovisionan

Ø      Los dos ejércitos

Ø      Antes de la gran batalla

Ø      La gran batalla: Tacna

Ø      El comportamiento de Montero

Ø      El asalto de Arica

Ø      Incidente con el vapor “Pizarro”

Ø      Los alfereces Seminario Cortés

 

           

Los chilenos se aprovisionan

ARRIBA

 

            Tan pronto como los chilenos desembarcaron en las costas de Moquegua, el ministro de Guerra Rafael Sotomayor solicitó con el carácter de urgente, las siguientes provisiones:  300 000 raciones de charqui, igual cantidad de raciones de galletas y de harina tostada, 5 000 caramayolas para reponer las perdidas o que se habían destruido, 2 000 capotes de paño, 3 800 pantalones de paño,  3 800 pantalones de brin,  2 200 blusas de paño, 5 400 blusas de brin, 8 000 camisas,  5 000 calzoncillos, 1 300 pantalones de artillería, 125 polacas de caballería, 5 700 kepís de brin, 10 000 pares de zapatos, 8 lanchas planas con sus remos para nuevas acciones de desembarco, 210 cargas de odres para agua, varios depósitos de fierro para almacenar agua en el desierto, 24  cocinas portátiles, aparejos para mulas, arneses para el  arrastre de artillería, una despensa  surtida de sal, ají, grasa y frijoles, 500 caballos de repuesto, 500 mulas, 500 vacas en pie para alimentar al ejército en marcha.

 

            No solicitaban como se puede apreciar, municiones ni armas porque de eso estaban los invasores suficientemente abastecidos.

 

            No obstante que en el valle de Moquegua había  reses, los previsores jefes chilenos no querían correr ningún riesgo.  Tampoco gustaban de los caballos ni de las mulas peruanas que consideraban de inferior calidad.

 

            Los barcos chilenos estuvieron bien pronto desembarcando estos pertrechos y aún más, que en forma muy diligente atendió el gobierno  chileno.

 

            Esto contrastaba enormemente con la situación del Ejército Peruano al que el jefe supremo  tenía en el más completo abandono.

            Después de la acción de los Ángeles, el Ejército  Peruano bajo el mando del general Gamarra, hijo del ex –presidente mariscal Gamarra, y hombre de 70 años, emprendió una marcha disciplinada hacia Torata, luego a Omate y de allí se incorporó el 2do. Ejército del Sur con base en Arequipa.  De esa forma dejó el campo libre a los chilenos sin el temor de un sorpresivo ataque por retaguardia.  Bien pudo Gamarra haber tenido dos alternativas, una era la de permanecer en Torata amenazando la retaguardia  chilena y la otra unirse al Ejército aliado en Tacna.

 

            Los chilenos permanecieron un mes en Moquegua, pues dudaban entre esperar al ejército peruano en esa localidad o atacarlo en  Tacna.  Cuando se dieron cuenta que los aliados no se iban a mover de Tacna, decidieron ir en busca de ellos.  Allí se les presentó un nuevo  dilema.  Una alternativa era cruzar la zona desértica entre Moquegua y Tacna, pero los chilenos deseaban evitar el desierto al cual temían.  El planteamiento de ubicarse en Moquegua  era el que prefería el Gobierno Chileno en Santiago pero la otra alternativa era la preferida del ministro de Guerra Rafael Sotomayor que acompañaba al Ejército en campaña.  Tomando todas las precauciones, los chilenos iniciaron lentamente el cruce del desierto, pero enviaron a su artillería por mar, para que desembarcase en el pequeño puerto de Ite.

 

            Como consecuencia de las fatigas de la marcha, falleció en el campamento chileno su ministro de Guerra Sotomayor.

 

            En su marcha a Tacna, los chilenos fueron hostilizados por las guerrillas de los coroneles Gregorio Albarracín y Pedro Flores, que asestaron fuertes golpes a los invasores.       La acción de guerrillas que hasta en la actual guerra moderna tiene una función de desgaste, no fue usada en la primera fase de la guerra, lo  que indudablemente fue  un error.

 

Los dos ejércitos

ARRIBA

 

            Las fuerzas peruanas y bolivianas que ocupaban Tacna y las peruanas que estaban en Arica, eran todo lo que quedaba del Ejército del Sur, que al comienzo de la guerra fuera encargado de hacer frente al enemigo.  En total sumaban un poco más de 10 000 hombres.

 

            El Ejército Peruano era sobrio, y en todas las acciones de guerra demostró heroísmo, pero estaba mal armado, falto  de entrenamiento y en materia de vestuario, materialmente cubierto de harapos.  Con frecuencia sólo ingería una frugal comida al día.  Se encontraba además bajo el peso psicológico de haber sufrido varias derrotas y perdido el extenso y rico territorio de Tarapacá.  Los propios oficiales chilenos compartían uniformemente el criterio de que los oficiales peruanos eran competentes y valientes.

 

            En cambio, el Ejército  Chileno se encontraba bien armado, sobre todo con fusiles uniformes, todos de marca Comblain, que sus soldados conocían a la perfección.  Nunca tuvieron problemas por falta de municiones o porque un tipo de munición no servía para ciertos fusiles como sucedía con frecuencia entre los aliados.  El sistema logístico de los chilenos siempre funcionó bien, salvo en algunos casos en que no se tuvo a tiempo las dotaciones de agua para los soldados, lo que fue motivo de frecuentes actos  de indisciplina, porque los combatientes  enemigos a diferencia de los aliados no tenían resistencia ni estoicismo ante las torturas de la sed o del hambre.  El soldado chileno estaba convenientemente vestido y calzado y podía hacer frente a las bajas temperaturas que por entonces se dejaban sentir en el sur del Perú.  Su caballería era excelente y en cambio los aliados casi no tenían caballería.  La artillería estaba toda dotada por cañones Krupp último modelo, que eran los mejores del mundo y sus artilleros estaban muy bien ensayados.

 

            Los chilenos se encontraban a la ofensiva, alentados por frecuentes triunfos y su sangre araucana, los enardecía en el combate.

 

            Hay muchas opiniones  dispares  con relación  al número de combatientes de uno y otro bando.

 

            Según el historiador Mariano Paz Soldán, los aliados tenían entre Tacna y Arica sólo 9 030 soldados nominales y 8 500 efectivos armados con rifles Remington, Peabody y Chassepot.  Los cañones disponibles por esa fuerza eran de 16, de los cuales 6 eran Krupp de a 4,  8 Blakley de a 4 y 2 rayados de a 12.

 

            El contralmirante-general Montero, en su parte de batalla emitido el 29 de mayo desde Tarata, decía que los aliados tenían 8 000 hombres y los chilenos 20 000.

 

            El jefe de Estado Mayor boliviano coronel  José Aramayo, en su informe del 12 de junio elaborado en La Paz, manifestaba que el ejército contrario no bajaba de 20 000 hombres, con 60 cañones, y más de 1 000 soldados de caballería y que los aliados tenían menos de 9 000 hombres, diminuta artillería, y virtualmente no se podía decir que tuviera caballería apta para el combate.

 

            El doctor Jorge Basadre apunta que en los archivos de Piérola aparece que el Ejército Peruano en Tacna tenía 4 705 soldados y los bolivianos 4 225 lo que hacían un total de 8 930 combatientes con 8 piezas de artillería.

 

            El padre Rubén Vargas Ugarte establece que los aliados apenas llegaban a 9 000 hombres entre Tacna y Arica y los chilenos disponían de 22 000 en la región.

 

            El general chileno Vergara, en sus memorias asigna al ejército de su patria en la batalla de Tacna 20 915 hombres.  Bulnes asegura que su artillería se componía de 37 cañones, de los que eran 20 Krupp de campaña.

 

            El historiador peruano Gerardo Vargas, asegura que en la batalla de Tacna participaron 6 129 peruanos y 3 877 bolivianos, lo que hacen un total de 10 006.

 

Antes de la gran batalla

ARRIBA

 

            El día 14 de mayo de 1880, el  contralmirante-general Lizardo Montero pasó revista a su ejército en Tacna.

 

            En esa revista estuvo presente el subteniente de la Guardia Nacional, Eusebio Merino Vinces, sullanero que había combatido en el Dos de mayo, y que antes de la guerra con Chile había sido empleado civil de la sección de contabilidad del Ejército. Así lo da a conocer el informe y acta de la Junta Calificadora de Combatientes de las  guerras con Chile, Colombia y Ecuador, acta que con el Nº 130 fue suscrita el 20 de setiembre de 1963,  de acuerdo con lo dispuesto en el D.S. Nº 7 GM del 25 de junio de 1957.  No se sabe a ciencia cierta si Merino estuvo en la gran batalla del Alto de la Alianza, pero se comprobó su participación en la defensa de Arica y más tarde en la larga campaña de la Breña bajo el comando directo del glorioso coronel Cáceres.

 

            En marzo de ese año, todavía registrado como adjunto de la sección  Contabilidad del 1er. Ejército del Sur, había establecido una asignación de 5 pesos a su cargo, en la Caja Fiscal, abonables mensualmente a don Juan Román, a favor de la familia Merino.

 

            El 20 de mayo de 1880 a las 4:55 de la tarde falleció de un ataque de apoplejía, don Rafael  Sotomayor, ministro de Guerra de Chile, que ejercía su función en campaña.  Su cadáver fue embalsamado y colocado en un féretro de madera, cubierto en su interior de planchas metálicas herméticamente soldadas en donde también se puso su corazón, dentro de un recipiente de alcohol fenicado.  Una Junta de Guerra dispuso que las funciones del señor Sotomayor fueran ejercitadas por un triunvirato formado por el general en jefe Baquedano, el general de caballería José Francisco Vergara y el coronel Velásquez.

 

            En el campamento aliado por esa fecha, en que los chilenos perdían a su ministro había grandes problemas.

El general Narciso Campero hacía renuncia del mando del ejército aliado, por haber dejado de ser presidente de Bolivia.  Se necesitó de mucho tacto del almirante Montero, que era comandante general del Ejército Peruano, para que reconsiderase su decisión.  Otro problema que había causado profundo malestar, era la comunicación que había llegado de Piérola, disponiendo que el general Prado fuese borrado de los registros  del Ejército y se le cancelara la condición de ciudadano peruano.  Además había decretos dando de baja a varios jefes y oficiales, entre los cuales había tres que se encontraban en el Ejército de Montero.  Este resolvió no acatar la orden sino hasta después de la batalla.

 

            Campero colocó a sus fuerzas en una meseta situada a pocos kilómetros de Tacna que se llamaba Alto del Sur y que desde entonces se bautizó  como del Alto de la Alianza.  Allí esperaron a los chilenos que avanzaron hasta ubicarse a unos pocos kilómetros frente a ellos.  El  río Caplina que pasa por Tacna quedaba a espaldas de las posiciones aliadas que cubrieron un frente muy largo, sin la menor profundidad y por lo tanto fácil de romper.  Esto sucedía porque los peruano-bolivianos no tenían fuerzas   suficientes como para colocarlas  de reserva, como  si pudieron hacerlo los chilenos.

 

            Desde el día 20 estaba el ejército aliado en orden de batalla, cerrándole al paso del enemigo a Tacna, ciudad que distaba seis leguas del escenario.  Los chilenos ocupaban el paraje llamado Quebrada Honda, desde el cual lanzaron el día 22 una división de las tres armas, en operación de tanteo sobre el frente aliado.  El día 25 una patrulla de caballería del Húsares de Junín, una de las escasas fuerzas de caballería disponibles, capturó a una partida de 60 mulas chilenas que conducían odres de agua.  Como consecuencia del interrogatorio a que el general Campero sometió a los conductores de las mulas, concibió la idea de atacar a los chilenos por sorpresa y de noche en su campamento.  Pero en lugar de iniciar la operación a las 10 de la noche para hacerlo descansadamente, puso en movimiento a la masa de sus ejércitos a las 12 de la noche.  Los soldados se desplazaron en silencio y dentro del mayor orden, conservando su ubicación en la línea de batalla que se les había asignado, pero una densa neblina apareció a esa hora y los guías (al igual que al día siguiente de San Francisco) erraron el camino, por cuyo motivo tras de dos horas  de marcha inútil Campero dispuso el retorno a las posiciones originales.  De esa forma los soldados aliados quedaron  sin  dormir y se agotaron en la dura caminata.  La 5ta. División fue la única que tomó el camino verdadero, habiendo entrado en contacto con la retaguardia enemiga con la cual sostuvo un corto combate, pero al ver que no la seguía el resto del Ejército, decidió también replegarse, llegando a su emplazamiento a las 8 de la mañana, en momentos en que se hacían aprestos para iniciar la batalla.

 

            Los aliados extendieron sus líneas en tres secciones.

1º.- El Ala Derecha al mando del contralmirante Lizardo Montero.  Estaba integrada por los siguientes  cuerpos:

            Primera División al mando del coronel Justo Pastor Dávila, la formaban:

            Batallón Lima, al mando del coronel Remigio Morales Bermúdez

            Granaderos del Cuzco, comandado por el teniente coronel Valentín Quintanilla

            Batallón Rímac

            Batallón Provisional de Lima Nº 21

            Además se disponía de 6 cañones Krupp bolivianos y 2 ametralladoras

 

            2º.- El Centro, al mando del coronel boliviano Miguel Castro Pinto

 

            La División Severino Zapata, estaba conformada por

            Batallón Loa, al mando del coronel Raymundo Gonzáles Flor

            Batallón Grau, integrado   por   jóvenes de Cochabamba, al mando del coronel Lizardo Peñarrieta

            Batallón Charolque, antes batallón Belzú, comandado por el coronel Justo Villegas

            Batallón Padilla, con soldados de La   Paz, con el coronel Pedro Vargas

            Además dos ametralladoras y un cañón rayado.

 

            La 3ra. División al mando del coronel Belisario Suárez, con:

            Batallón Pisagua

            Batallón Arica, al mando del coronel Julio Mac Lean

           

            La 2da. División al mando del coronel Andrés A. Cáceres, con:

            Batallón Zepita, al mando del coronel Carlos Llosa

            Cazadores del Misti, con el coronel Sebastián Luna

           

            Como  fuerzas  de Reserva del  Centro, se tenían a:

            La 6ta. División, conformada por:

Batallón Ayacucho, con el comandante Nicanor  Somocurcio

            Guardias de Arequipa, con el coronel José Iraola

 

            La 5ta. División, integrada por:

            Batallón Lima (gremios), con el coronel César Canevaro

            Cazadores del Cuzco, con el coronel Víctor Fajardo

 

            3º.- El Ala Izquierda tenía las siguientes fuerzas, mandadas por el coronel boliviano Eleodoro Camacho,:

            La artillería, con 9 cañones y 2 ametralladoras al mando del coronel Arnaldo Panizo

 

            La 4ta. División al mando del coronel Jacinto Mendoza, la componían:

            Batallón Huáscar, con el comandante N. Godinez

            Batallón Victoria, con el comandante Barriga

 

            La División Acosta, boliviana, integrada por:

            Batallón Tarija

            Batallón Sucre, los amarillos del coronel Juan Bautista Ayorza

            Batallón Viedma, los verdes, del coronel Ramón Gonzáles

            Batallón Libres del Sur, con el comandante Julio Carrillo

            Vanguardia de Cochabamba, con el comandante Agustín Martínez

 

            Como tropa de Reserva, ubicada un poco más atrás de la 1ra. División  estaban::

            Los Colorados, tropa de élite de Bolivia

            El Aroma o  4º de Línea de Bolivia

            Los Gendarmes de Tacna, 700 hombres reunidos por el prefecto de Tacna Pedro A.

            del Solar que la comandaba con el teniente coronel Napoleón Vidal

            Restos del Regimiento Húsares de Junín, bajo el mando del coronel Andrés Salcedo

            Regimiento Guías

            Escuadrón Albarracín

           

            Los chilenos tenían formado su Ejército en profundidad.  Lo componían:

           

            La Primera  División al mando del coronel Santiago Amengual, integrada por:

            Regimiento Esmeralda, los “niños” de Santiago

            Batallón Valparaíso

            Batallón Naval

            Batallón Chillán

 

            La Segunda  División al mando del coronel Francisco Barceló, estaba integrada por

            las  siguientes unidades:

            El 2º de Línea

            Santiago

            Atacama

            Bulnes

 

            La Tercera División al mando del coronel Francisco Amunátegui, la conformaban:

            Batallón Coquimbo

            Artillería de Marina

            Chacabuco

 

            La  Cuarta  División al mando del coronel  Orozimbo Barbosa, se  componía  de las

            siguientes unidades:

            Regimiento Lautaro

            Cazadores del Desierto

            El 3º de Línea

 

            La  Quinta División,  al mando del  coronel Muñoz, la  integraban los batallones de

            reserva siguientes:     

            Buin o 1º de Línea

            El 4º  de Línea

            Regimiento  caballería de Cazadores

            Regimiento caballería Granaderos

            Regimiento caballería Coraceros

2        Regimientos de artillería con 30 cañones  Krupp

 

 

La gran batalla

ARRIBA

 

            La artillería peruana  al mando del coronel  Arnaldo Panizo, con 9 cañones había sido colocada en línea de batalla, en la parte izquierda del frente.  No se conoce quien dispuso esta ubicación, pero posiblemente fue el mismo general Campero.  El propio Panizo, Cáceres y Camacho  criticaron esta colocación porque podía la artillería ser  muy fácilmente flanqueada por el enemigo, ya que ni siquiera tenía ametralladoras.

            En cambio la artillería chilena, al mando del Mayor de la Cruz Salvo, estaba con una parte detrás de la  1ra. División, y otra más atrás de la 4ta.  División.

 

            Detrás de la artillería, como fuerza de reserva estaban los batallones bolivianos Tarija, Sucre (los amarillos), Viedma (los verdes) y los regimientos  bolivianos Libres del Sur, Vanguardia de Cochabamba y Coraceros. Más al fondo los batallones peruanos Huáscar y Victoria.

 

            Frente a la artillería peruana, los chilenos tenían al Regimiento Esmeraldas y al Batallón Naval, integrantes de la 1ra. División.

 

            A las 9 y 15 de la mañana la artillería chilena del mayor de la Cruz Salvo inició la batalla, cañoneando tanto a la artillería peruana, como al Batallón Zepita de Cáceres que estaba próximo.  La artillería del coronel Panizo contestó, durando este duelo  hasta las  11 y  30.

 

            A las 10 de la mañana toda la artillería chilena estaba en acción, pues también la ubicada frente a la división que mandaba el almirante-general  Montero, lanzaba  feroces descargas de ablandamiento.

 

            Los Cazadores del Misti que estaban cercanos al Zepita, también sufrían el mortífero  cañoneo.  En el ala derecha peruana había 6 cañones krupp livianos, que eran de los bolivianos, los que contestaron  el  cañoneo de la 4ta. División de Barbosa.

 

            Tras este duelo de artillería, el Regimiento Esmeraldas y el Batallón Naval iniciaron el ataque, por la izquierda secundados por el Batallón  Valparaíso, todos ellos pertenecientes a la 1ra. División de Amengual, cuyo objetivo era la izquierda peruana, y envolver por ese lado a todas las fuerzas de la  alianza para atacar por la retaguardia.

 

            Casi simultáneamente, los regimientos Atacama, Santiago y el 2º de Línea integrantes de la 2da. División chilena de Barceló, atacaban el centro de los aliados.

 

            Por la derecha a cargo de Montero, el ataque chileno se atrasó.

 

            La feroz batalla se había iniciado.

 

            Los batallones peruanos, Zepita de Cáceres y los Cazadores de Misti del coronel Sebastián Luna enfrentan a la avanzada chilena.

 

            El batallón chileno Chillán de la 1ra. División, trata de progresar muy pegado a la izquierda para flanquear a la artillería peruana que se encuentra muy desprotegida.

 

            Hasta ese momento los batallones bolivianos  Loa, Grau, Choroloque y Padilla,    del centro de los aliados no habían intervenido y esperaban que los chilenos se acercasen más a sus emplazamientos.

 

            Por la izquierda, el Zepita, los Cazadores del Misti, el Arica y el Pisagua se traban en lucha contra el Esmeraldas, el Chillán, el Valparaíso y los Navales.

 

            A las 11 y 45 cuando los chilenos estaban a sólo 100 metros de las trincheras bolivianas, el coronel Eleodoro Camacho, ordena a sus cuatro batallones hacer fuego.  Esa acción paraliza el ataque chileno.  Ante ese éxito y también para evitar que la artillería peruana fuese envuelta, el coronel boliviano Camacho ordena que la artillería de Panizo se emplace más atrás  y que el espacio libre que deja en la línea de batalla, sea  ocupado por los batallones bolivianos de reserva, Tarija, Sucre y Viedma.

 

            El Zepita y los Cazadores del Misti, logran frenar el avance del Esmeraldas y del Batallón Naval de Chile.

 

            Colocar la artillería más atrás fue tarea muy penosa, porque se tenía que hacer bajo el fuego enemigo y porque cuarenta mulas habían muerto, así como también muchos sirvientes de las piezas, de tal modo que los soldados reemplazaron a los animales.  La acción fue  dirigida por el coronel Panizo y por el teniente Enrique Bolognesi, hijo del coronel Francisco que días más tarde moriría heroicamente en Arica.  Los capitanes artilleros Castillo y del Águila murieron en esta operación  y el capitán Elías Bodero Rodríguez, natural de Tumbes, resultaba gravemente herido siendo operado de urgencia en el mismo campo de batalla y evacuado al Hospital Militar de Tacna, en donde posteriormente murió.  Bodero había nacido en el año 1850 cuando su padre el coronel ecuatoriano Guillermo Bodero Franco se encontraba en el destierro.  El capitán Bodero pertenecía a la sección  de artillería que había sido emplazada en el centro de la línea de batalla, donde había un cañón rayado con  dos ametralladoras.

 

            La 5ta. División Peruana conformada por los batallones Gremios de Lima   comandado por el coronel César Canevaro y Cazadores del Cuzco mandado por el coronel Víctor Fajardo; deja su ubicación de la reserva del centro y va a  ubicarse en la línea de batalla de la izquierda, para  entrar de inmediato en combate.

 

            Con tropas de reserva se  ha recompuesto el Ala Izquierda aliada, que es la más atacada.  Ahora  sólo quedan como reservas en ese sector, la pequeña fuerza de caballería boliviana que integraban los Coraceros, Libres del Sur y Vanguardia de Cochabamba.  También eran reserva los pequeños batallones peruanos Victoria que mandaba el coronel Godinez y el Huáscar al mando del coronel Barriga.  Los dos en conjunto constituían la 4ta. División que tenía por jefe al coronel Jacinto Mendoza.  La situación de esta división era muy difícil porque no se le permitía por el momento intervenir en batalla, y los soldados armas al hombro, veían caer a sus enemigos por efecto del fuego enemigo, sin poder hacer nada.

 

            Hasta ese momento, las 12 y 45, tres divisiones chilenas estaban combatiendo:  la 1ra. de Amengual que atacaba a la izquierda, la 2da. de Bargeló, que luchaba en el centro y la 4ta. de Barbosa que atacaba débilmente el Ala Derecha aliada al mando del contralmirante Montero.

 

            Siendo aproximadamente las 12 y 45, la 3ra. División chilena al mando de Amunátegui inició su avance, para atacar también al Ala Izquierda aliada.

 

            Fue entonces que el general Campero pidió al contralmirante Montero todas las reservas del ala derecha, para fortalecer con ellas a la izquierda sobre la cual había mucha presión de los enemigos.  Campero condujo personalmente  al Batallón Alianza o los famosos Colorados y al Batallón Aroma, así como al Provisional de Lima Nº 2.

 

            Con esas fuerzas de refresco, los aliados iniciaron una fuerte contraofensiva con cargas a la  bayoneta, destacando los Colorados mandados por el coronel boliviano Camacho y el Batallón Zepita que comandaba el coronel Andrés Avelino Cáceres.

 

            Los Colorados desbaratan al 2º de Línea de Chile y los peruanos del Zepita hacen retroceder al Esmeraldas integrado por los “niños bien” de Santiago de Chile.  El Batallón Santiago de Chile que trata de oponerse a los Colorados, queda diezmado perdiendo 300 hombres.

 

            En su avance, los aliados se han alejado mucho de sus líneas de base y en la acción, resulta el coronel Camacho gravemente herido.  Todo el centro y la izquierda aliada, están comprometidos en la lucha.

 

            El historiador chileno Inostroza  dice:  A la 1:30 de la tarde de aquel 26 de mayo cuando el general Baquedano dio la orden de avanzar a todo el Ejército Chileno, los aliados  tenían heroica y sangrientamente ganada la batalla.  En esos momentos y en atención a las órdenes del general en jefe del Ejército Chileno, la caballería de Vergara entra en acción lo mismo que la 3ra. División al mando de Amunátegui.  En el sector centro-izquierda 7 000 chilenos luchan, contra unos 3 000 aliados.

 

            Las avanzadas aliadas fueron cercadas y en la feroz lucha que siguió casi todos los batallones peruanos y bolivianos perdieron a sus jefes luchando.  En el Batallón Ayacucho, rendía su vida el teniente Grocio Prado, mientras su hermano Leoncio combatía denodadamente.  Los famosos Colorados, cercados por todas partes forman cuadros y rechazan todos los ataques enemigos, luego acosados van retrocediendo lentamente abriéndose paso a bayonetazos en la muralla chilena, y cuando llegan otra vez a sus líneas habían perdido la mitad de sus efectivos.

 

            El Batallón Coquimbo de Chile quiso cortar el paso al Zepita y este también luchó fieramente para regresar, aunque completamente diezmado.

 

            La lucha se había generalizado en todo el frente.  Por el ala derecha el Batallón Lautaro atacan a la 1ra. División peruana mandada por Montero, que tenía como su inmediato al coronel Justo Pastor Dávila.  También los chilenos del Cazadores del Desierto, intentaban flanquear a la derecha aliada, pero las ametralladoras de ese sector y los Gendarmes de Tacna mandados por el prefecto del Solar, detuvieron a esos soldados-bandidos, que tantos crímenes habían cometido en Mollendo.

 

            Las fuerzas  aliadas de los Colorados, del Aroma, Zepita, Ayacucho y Cazadores del Misti que tan intrépida como imprudentemente  habían avanzado tanto en terreno contrario, tuvieron que replegarse en una lucha en que casi habían perdido la mitad de sus efectivos.  Al llegar a su línea de batalla, encontraron que también los batallones Arica, Pisagua, Tarija, Sucre, Viedma, habían sufrido graves pérdidas.  Para contener   a la avalancha chilena se hizo entra en acción a la 4ta. División conformada por los batallones Victoria y Huáscar, que no sólo tenían  que hacer frente  a los chilenos, sino también al retroceso ya desordenado de los bolivianos, arrastrando a gran parte del Victoria y a los Coraceros de la reserva de Bolivia.  En esta confusión murió el coronel Mendoza jefe de la división y el comandante del Huáscar, el segundo jefe, 19 oficiales y 200 soldados, también habían perecido.  Las ametralladoras chilenas, redujeron casi a la  nada al Victoria.

 

            A las 2 de la tarde sólo la derecha de Montero se encontraba resistiendo a la 4ta. División de Barbosa que también atacaba con su artillería y caballería.  La lucha la sostenían el Batallón Murillo de Bolivia, los Gendarmes de Tacna, el Rímac y los Gendarmes del Cuzco.

 

            Montero, a pesar de no tener reservas, dispone que el coronel Canevaro y el coronel Remigio Morales Bermúdez  -que habían luchado denodadamente- conduzcan  al Provisional de Lima hacia la izquierda, para restablecer el combate, pero ya era tarde pues la derrota ya se había producido en ese sector y los combatientes de la alianza se retiraban desordenadamente hacia Tacna, a pesar de los esfuerzos de Cáceres por organizar el repliegue.

 

            A las 2 y 30 de la tarde, Montero dispuso que sus escasas fuerzas   de caballería, los Húsares de Junín y el Escuadrón Guías fueran a cubrir la retirada de la izquierda y del centro, mientras él con su ala derecha resistía hasta el final,  para contener por ese lado la avalancha chilena.

 

            Las tropas bolivianas en retirada no entraron a la ciudad de Tacna, sino que siguieron rumbo a la cordillera y a su patria, tras de una emocionante ceremonia de despedida en Tarata.  Para los bolivianos ya la guerra había terminado.

 

            Montero en Tacna, trató de comunicarse telegráficamente con Arica, pero la línea no respondía.   Luego pasó a visitar el hospital de sangre, en donde el espectáculo era atroz.  Cientos de mutilados y moribundos, poquísimos médicos y muy escasas medicinas.  El encuentro entre Montero y el herido coronel Camacho fue lleno de emotividad.  El valiente boliviano lloró al saber la derrota, y pidió a Montero no darse por vencido y seguir luchando. El almirante le contestó lacónicamente:  seguiremos peleando.  Y cumplió su palabra.  Montero trató de hacer una nueva resistencia en Tacna, pero no disponía de suficientes  soldados.

 

            Montero fue apremiado por sus oficiales para que abandonase la ciudad porque el enemigo estaba ya entrando.  El almirante montó pausadamente en su caballo y   se puso al final de su tropa para ser el último que dejaba Tacna.  En los 48 años que iban a seguir, ya no iba a estar en la ciudad ningún otro soldado peruano armado.

El parte de guerra del coronel boliviano Aramayo, dado en La Paz el 12 de junio asegura que los aliados tuvieron 2 500 entre muertos y heridos.  La cifra alta de muertos se debió a que los chilenos tenían la criminal costumbre del “repaso”, que consistía en matar a los heridos, violando así la convención de Ginebra.  Los feroces soldados de Chile recorrían el campo de batalla gritando:  ¡Ningún cholo vivo!  Tras matar a los indefensos les robaban y despojaban de todo lo que tenían de valor.

 

            Dellepiane da para los chilenos 470 soldados muertos y heridos, pero los mismos chilenos reconocen una cifra mucho más alta.   No menos de 2 000 chilenos resultaron muertos o heridos.  El mismo Bulnes asegura que tuvieron 30% de bajas en las Divisiones 1ra., 2da. y 3ra. y el 15% en la 4ta. División que enfrentó a Montero.  Los Colorados de Bolivia, perdieron 300 hombres de 540. Los del Sucre llamados los amarillos, de 456 sólo salieron ilesos 73, del resto 205 quedaron muertos en el Alto de la Alianza y 178 resultaron heridos.

 

 

            Las bajas peruanas fueron:

            Coroneles                                           6    muertos y   1     heridos

            Tenientes  Coroneles                           7                   8         

            Sargentos Mayor                               14                    9         

            Capitanes                                            18                  24       

            Tenientes                                             20                  32       

            Subtenientes                                        19                  27       

84                                    101

 

Genaro Seminario hermano de padre de los alfereces Toribio y Alberto, resultó gravemente herido, siendo evacuado al hospital de la Cruz Roja de Chorrillos y el 6 de julio de 1880 pasa convaleciente a la casa de Agustina Adrianzén.

 

Batalla Campo del Alianza

ARRIBA

 

Tuvieron un excelente comportamiento  en el Campo de la Alianza:

El capitán y más tarde coronel Maximiliano Frías García, hijo del prefecto de Piura, coronel don Manuel Frías.  Fue herido.

            El capitán Genaro Seminario León que estuvo en Tarapacá y más tarde estaría en San Juan y Miraflores.

            Entre los que lucharon en Tacna y más tarde en Arica tenemos al capitán Serapio Ramírez, que llegaría a ser coronel.

            Manuel Espinosa, cuya participación en Tacna no está bien establecida, pero que en Arica fue comandante de una batería, salió herido de las piernas, se las amputaron y murió.

            Pocos días antes de la batalla, pasó revista en el Alto de la Alianza el sullanero Eusebio Merino Vinces, lo cual hace suponer su participación en la acción y en Arica fue hecho prisionero por el enemigo.

 

            Montero llegó a Pacía con los restos del ejército y luego en Torata convocó a una junta de guerra.  Se decidió que 800 hombres siguieran a Arequipa y con el resto se dirigió a Puno.  Eran estos los Granaderos del Cuzco y los batallones limeños de la 1ra. División. Los Cazadores del Misti y el Zepita de la 2da. División.  El Victoria y el Huáscar de la 4ta. División.  Los Gremios de Lima de la 5ta. División, además una sección de artillería, y la caballería de los Húsares de Junín y el Escuadrón Guías.  Todos  completamente diezmados.

 

            Cuando el coronel Amengual, jefe de  la 1ra. División  chilena fue a visitar al coronel Eleodoro Camacho (boliviano) al hospital de Tacna donde estaba gravemente herido, el primero hizo conocer su opinión de que la guerra había terminado con la batalla de Tacna.  El coronel boliviano contestó:  “La guerra no puede terminar tan pronto, al menos en lo que a mí respecta, pues la lucha si fuera necesario la continuarán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos”.

 

            Eso le fue comunicado al general Baquedano que también estaba seguro que la campaña militar había llegado a su fin.  Suponían sin embargo que los peruanos pensarían de otra forma y el coronel Amengual fue a visitar el pabellón en donde  estaban los oficiales heridos del batallón Zepita.  Allí se encontró con el sargento mayor paiteño Diego de la Haza, y le hizo la misma pregunta: “¿Terminada la guerra?.  –No, ella seguirá.  Anoche estaba tendido aquí muy herido, a mi lado el coronel Belisario Suárez, Comandante General de nuestra Tercera División y esta mañana se fugó para organizar la resistencia.  La batalla decisiva se dará en Lima”.

 

El comportamiento de Montero

ARRIBA

 

            El coronel boliviano Pedro José Aramayo, en el Parte de que de la batalla da el 12 de junio, expresa lo siguiente:

 

            Creo de mi deber recomendar a la consideración de las naciones aliadas, la bizarría y serenidad de S.S. el Contralmirante don Lizardo Montero, obrero infatigable de la confraternidad Perú-boliviana, así  como la de su distinguido y arrojado Jefe de Estado Mayor General, Coronel Manuel Velarde;  el valeroso comportamiento del coronel Camacho, que ha correspondido con mucho a la confianza que en él depositó el ejército boliviano, el 27 de diciembre  último;  la memoria del veterano general Juan José Pérez cuyo último aliento fue destinado a encomendar la continuación de la alianza Perú-boliviana; y las del esforzado comandante de la 1ra. División del Perú, coronel Barriga, siéndome imposible clasificar particularmente la conducta de los demás jefes y oficiales y cuerpos del ejército unido, porque con pocas excepciones, merecen los prestigios del valor, del sacrificio y de la gloria que corresponde a los vencidos del 26 de mayo.

 

            De esa forma un jefe militar extraño, pondera el valor del coronel Velarde como sobresaliente entre tanto héroe y por ironía, ese mismo jefe es al que Piérola había dado de baja por indigno y por cobarde.

 

            Piérola trató de culpar a Montero del desastre, lo que fue algo escandalosamente injusto pues hasta los mismos chilenos reconocieron su valor.

 

            Augusto Orrego, oficial chileno de Estado Mayor, escribía en Tacna el 10 de julio lo siguiente:  En seguida le toca el turno a  Montero.  La derrota de Tacna necesitaba de una víctima y los peruanos la eligen en este valeroso jefe, que todo podrá ser menos cobarde.

 

            Bastan por lo tanto  los  testimonios de dos oficiales extranjeros, uno de ellos enemigo, para despejar cualquier duda  sobre el comportamiento heroico del ayabaquino contralmirante, al cual todavía el Perú no ha hecho cabal justicia.

 

El asalto de Arica

ARRIBA

 

            El victorioso Ejército Chileno ya nada tenía que hacer en Tacna.  Necesitaba regresar a su campamento de Antofagasta para reorganizarse y preparar el asalto a Lima, pero no podían retornar por el difícil camino que los había llevado a Tacna.  La vía lógica para el retorno era el puerto de Arica, pero  en ella había una guarnición peruana al mando del coronel Francisco Bolognesi.  Los chilenos resolvieron conseguir un doble objetivo: destruir ese obstáculo batiendo a la aislada fuerza peruana y tener la mejor vía para su evacuación.

 

            El coronel Bolognesi recién se había hecho cargo de la defensa de Arica, pues antes del 3 de abril, fue el capitán de navío paiteño don Camilo Carrillo el que la había tenido a cargo y también el que había dirigido la construcción de las defensas.

 

            Arica era un buen puerto  artillado para defenderse de ataques por mar, pero no presentaba el mismo poder para un ataque terrestre.

 

            El general chileno Baquedano dispuso que el coronel Lagos asumiera el ataque a la plaza militar de Arica poniendo a su disposición 6 000 hombres de las tres armas.

 

            Estas fuerzas tenían como base las tropas de reserva del coronel Muñoz las que no habían participado en la batalla del Alto de la Alianza.  Estaban pues descansadas y las constituían ejércitos profesionales muy bien entrenados como el Regimiento Buin, 1º, 2º, 3º y 4º de Línea, el Batallón Bulnes, Regimiento de Cazadores y Regimiento de Granaderos; apoyados por 28 cañones Krupp de montaña.

            Los defensores contaban con 1 653 soldados y 229 jefes y oficiales.  Se trataba en realidad de civiles armados, sin entrenamiento ni disciplina militar, que hasta fines de mayo sólo era  1 245 hombres pero que se habían engrosado con patriotas ariqueños.  La principal defensa de Arica la formaban 19  cañones de los más variados tipos, y las minas colocadas precipitadamente en un campo que se suponía iba a servir de acceso.  Algunas defensas naturales, le daban una apariencia de inexpugnabilidad.

En la bahía de Arica estaba apontonado, el monitor peruano Manco Cápac, que era como una batería flotante, pero le cerraba el paso parte de la escuadra chilena formada por el “Cochrane”, la “Covadonga”, el “Loa” y el “Magallanes”.

 

            El 30 de mayo, se encontraba el ingeniero Teodoro Elmore y el teniente Pedro Ureta, colocando minas a dos kilómetros al norte de Arica en el punto llamado Chacalluta, cuando uno de los ayudantes por error hizo explotar una mina lo cual alertó a una patrulla chilena que andaba cerca, los cuales capturaron al grupo peruano.  Años más tarde se quiso culpar injustamente a Elmore de haber revelado el lugar de las minas, pero  eso fue falso, por ante todo ni siquiera tenía conocimiento de los detalles de los otros campos minados que habían estado a cargo del ingeniero Teodoro Eléspuru.  Además la mayor parte de las minas volaron, como las colocadas en las inmediaciones de los fuertes Santa Rosa, San José, Dos de Mayo, en cerro Colorado y en la costa; y las únicas que quedaron sin estallar  fueron las del morro, que según los chilenos, no llegaron a ser accionadas por los defensores peruanos.

 

            El día 4 de junio, la artillería chilena tomó sus emplazamientos y sus fuerzas se organizaron en tres divisiones.

 

            El día 5, el general Baquedano envió al sargento mayor de la Cruz Salvo, para solicitar una capitulación  honrosa de la plaza de Arica. Hizo conocer Salvo el poder de las fuerzas chilenas que rodeaban a los defensores de Arica.

Bolognesi reunió a sus oficiales y les hizo conocer la propuesta de La Cruz Salvo y les expresó que por ser un anciano ya no tenia nada que perder, pero que ellos eran jóvenes.

El acuerdo fue unánime, defender Arica hasta morir.

Entonces Bolognesi dio a De la Cruz Salvo la respuesta sublime que la historia ha recogido, pues, ese puñado de hombres defendieron Arica hasta “ quemar el último cartucho.”

Con toda entereza dieron la respuesta.

La artillería chilena inició entonces un intenso cañoneo, para demostrar su tremendo poder de fuego.  Tras de este bombardeo el coronel Lagos mandó un segundo parlamentario, siendo esta vez el ingeniero Elmore, que bajo palabra de honor de regresar a su condición de prisionero, fue a enterar a sus compatriotas  los defensores de Arica, del tremendo poder que tenían los chilenos.   Lo que ofrecía el coronel Lagos era una capitulación con todos los honores.

            Los defensores estimaron que Lagos no tenía las suficientes facultades para   hacer la oferta que le hacía llegar por medio de Elmore, y que era muy informal la utilización de un prisionero que no llevaba, nada escrito.  Por lo tanto se reiteró lo dicho al mayor Salvo.

 

            Mientras Elmore cumplía su misión,  Lagos en forma pérfida había ubicado a sus fuerzas para el asalto final y dado la consigna, de no dar cuartel a nadie.  La  natural ferocidad del soldado chileno tenía así carta libre para utilizar el corvo, en la criminal acción del  “repase”.

 

            El ataque se inició a las 5 de la mañana del día 7 por tres puntos.  Se había dado como consigna:  hoy no hay prisioneros.

 

            Bolognesi hasta el último momento había tenido la esperanza de verse auxiliado por la división del coronel Leiva y con frecuencia envió apremiantes  telegramas en los que decía “Apure Leiva”.

 

Los peruanos se dieron cuenta de que tenían encima a los chilenos, cuando estos se encontraban a sólo 300 metros.  Se inició un recio fuego de fusilería y bien pronto los combates cuerpo a cuerpo.  Uno de los primeros  jefes en caer muerto fue Arias Aranjuez que defendía la ciudadela y cuando ésta se encontraba a punto de caer, hicieron estallar los defensores las minas de ese sector y murieron en la explosión, peruanos y chilenos.

En los fuertes Este y Norte, la lucha se desarrollaba con gran encarnizamiento.  En el primero luchaban los Artesanos de Tacna al mando del coronel José Inclán y del jefe de Estado Mayor de la 7ma. División Ricardo O’Donovan.  Con sólo 100 que sobrevivían, fueron a ubicarse a las faldas de Cerro Gordo, que defendía los accesos del morro.

 

            Alfonso Ugarte a caballo, se dirigió rápidamente al fuerte Norte, para sacar de allí a los batallones Iquique y Tarapacá, mandados por el coronel argentino Roque Sáenz Peña y por Ramón Zavala.  Esta operación costó muchas vidas, entre ellas las de varios jefes y oficiales, contándose al mismo Zavala.  Ya habían muerto O’Donovan, el coronel Bustamante, el coronel Isidoro Salazar y otros.

 

            La avalancha chilena fue empujando a los defensores hacia el morro en donde no había escapatoria posible, y la alternativa sólo era luchar y morir.

 

            En el legendario morro fue la última resistencia. La lucha fue terrible y los chilenos no dieron cuartel. La orden era: nada de heridos. Allí estaban Bolognesi, Ugarte, More, Sáenz Peña, Blondell.

 

En el morro  cayeron Bolognesi revólver en mano, y posteriormente  con  el cráneo destrozado por un culatazo.  El comandante More, que desde el hundimiento de su barco la “Independencia” peleó en  tierra vestido siempre de negro y de civil.  El mayor Blondell muy joven, y Alfonso Ugarte que se lanzó a caballo al abismo.

 

 

 

            Los chilenos tuvieron 5 jefes y oficiales muertos y 18 heridos; y 118  soldados muertos y 337 heridos.

 

            Los peruanos tuvieron cerca de un millar entre muertos y heridos.  Las cifras aumentaron a causa de que los chilenos ultimaron a una gran cantidad de heridos y fusilaron a numerosos prisioneros en una muestra de salvajismo sin nombre y con violación de todas  las  reglas de guerra.

 

            Cuando la soldadesca chilena ingresó a Arica se entregó al saqueo y a la violación de mujeres.  Sin respetar siquiera la extra-territorialidad de los consulados extranjeros, extrajeron del de Estados Unidos y de Gran Bretaña a 70 soldados peruanos fugitivos que habían pedido protección allí, y desarmados fueron llevados a la plaza de armas en donde fueron fusilados.

 

 Varias decenas se refugiaron en la iglesia, y también de allí los sacaron y los fusilaron en las gradas del templo.  De otro consulado extrajeron 59 soldados y también los fusilaron en la plaza de armas.

 

            Barrios enteros de Arica fueron incendiados.

 

            El día 6 de junio a las 12:30 se habían trabado en duelo de artillería por una parte los cañones Krupp del mayor de la Cruz Salvo y la escuadra chilena y del otro lado el monitor Manco Cápac y los fuertes de Arica.  Tras de cuatro horas, un disparo del morro cayó en el Cochrane y le causó 27 bajas, lo que lo obligó a abandonar el combate a las 3:35 p.m.   El comandante More tenía a su cargo las baterías navales del morro y era ayudado por el teniente de Marina, el paiteño Tomás  Otoya, también sobreviviente del “Independencia”.  Los artilleros eran también marinos de ese infortunado buque.  Ese fue el motivo por el cual pusieron especial atención en disparar sobre la “Covadonga”, a la cual alcanzaron con dos disparos a nivel de la línea de flotación obligándola a abandonar  el combate.  Quedaban sólo el “Loa” y la “Magallanes”, los que se retiraron a las 4 y 30 p.m. Tanto More como Otoya morirían al día siguiente en el morro.

            Durante la batalla del 7, el monitor “Manco Cápac” trató de cooperar con los defensores, lanzando disparos sobre las concentraciones de tropas enemigas.  Cuando los chilenos hicieron flamear sobre el morro la bandera de la estrella solitaria, el comandante Sánchez Logomarsino comprendió que todo había terminado.  Dispuso entonces que los tripulantes fueran embarcados en lanchas y se entregaran al barco chileno “Itata”, mientras él abría las válvulas del monitor y hacía estallar su polvorín hundiéndolo.  La lancha torpedera “Alianza” pudo escapar dado su rápido navegar y llegó hasta las cercanías de Ilo perseguida por “Loa” y al estar falta de combustible, fue hundida por su capitán el teniente Manuel Fernández Dávila.

 

            El capitán de fragata Eduardo Raygada, natural de Paita, era capitán del puerto de Arica y prestó importantes servicios a la defensa de esa gloriosa plaza militar, cayendo prisionero.

 

            El alférez José Eusebio Merino Vinces, de Sullana, luchó también en el morro y fue hecho prisionero,  logrando  escapar el 21 de junio, llegar a   Lima y luego incorporarse a la campaña de la Breña con el glorioso general Cáceres.

 

            Con la acción militar de Arica, el Ejército Profesional del Perú había desaparecido.  El camino hacia  Lima estaba abierto.

 

            El 16 de agosto, Eusebio Merino estaba ya en Lima y solicitaba se le abonaran los gastos de pasajes y bagajes a Lima, efectuados  en Julio.  Reclamó también el pago de sus haberes de mayo y junio.  Se le destina a la sección Contabilidad del Estado Mayor del Ejército.

 

            Miguel Espinosa Lavalle, fue uno de los que estuvo al frente de una de las baterías, resultando herido por la metralla en ambas piernas.  Llevado al Hospital de Sangre de Arica, le fueron amputadas las piernas, a consecuencia de lo cual murió días más tarde.

 

            Espinosa  Lavalle se encontraba sirviendo como capitán de puerto en Pimentel cuando estalló la guerra.  Solicitó entonces ser enviado al sur y se le aceptó.

 

            Había nacido en Piura en 1837 y fueron sus padres don Vicente Espinosa y doña Ignacia Lavalle.  Desde pequeño sintió amor por el mar, y eso fue motivo de que ingresara muy joven a la marina.  Inició sus estudios navales primero en Estados Unidos y más tarde en el Perú.  Sirvió en los barcos de la armada “Tumbes”, “La Unión”, y en el "Huáscar" con Grau.

 

            En Arica también lucharon los sullaneros teniente  coronel Miguel Vinces Carrasco, sargento Antenor Valencia, soldados Próspero Jiménez, Lucas Rueda Gonzáles y Guillermo Castillo Alache.

 

            Como simple soldado, estuvo en el morro Juan García Farfán, hijo de mangaches piuranos.

 

Incidente con el vapor Pizarro

ARRIBA

 

            El “Pizarro” era uno de los barcos ingleses que hacía el tráfico en la costa del Pacífico Sur.  Cuando estuvo al mando del capitán Petrie, prestó muy importantes servicios  al Perú, porque condujo hasta cañones y torpedos Lay al Perú.  Si bien es cierto se le pagó un alto precio por esos servicios, de todos modos, había que reconocer  su buena predisposición. El capitán Patrie fue muy amigo de Grau.

 

            En junio de 1880 era ya otro capitán el que estaba al mando del barco.  Se trataba de O.G. Hecherhmann.  El 3 de ese mes el vapor arribaba a Paita y tras de una rápida inspección que hicieron las autoridades portuarias, descubrieron dos cajones con billetes del Banco Nacional de Valparaíso y a un pasajero chileno F. López.

 

            Las autoridades paiteñas ya estaban sobre-aviso, pues el cónsul peruano en Guayaquil Francisco Meneses Otero, lo había comunicado agregando que provenía de Europa y que iba a efectuar negocios con el salitre de Tarapacá; es decir con una riqueza que el Perú seguía considerando propia, no obstante estar ese territorio ocupado militarmente por los chilenos.

 

            Por lo tanto, López fue desembarcado en Paita y los billetes incautados, por cuanto se había prohibido  a los barcos extranjeros que navegaban por aguas peruanas que transportasen pasajeros chilenos, pues muchos de ellos eran espías que desembarcaban en nuestros puertos.

 

            El capitán del barco y el cónsul inglés en Paita protestaron, pero el asunto pasó a ventilarse  en  Lima.

 

            En la capital de la República, la Legación británica hace el reclamo.  El secretario de Relaciones Exteriores, Pedro J. Calderón contesta  que estando decretada la expulsión de todos los chilenos del territorio patrio, estos no podían tampoco penetrar en su mar territorial, y por tal motivo se había dado orden a todas  las  autoridades portuarias para que extremaran su celo y evitasen el desembarco de posibles espías.  Esta respuesta la dio don Joaquín Guerrero alto funcionario de la Cancillería peruana, respaldando así el procedimiento seguido por las  autoridades paiteñas.

 

Llega “La Guardiana” con armas

ARRIBA

 

            El 7 de julio llegaba al puerto de Máncora, la goleta mercante “La Guardiana” de bandera portuguesa, la misma que llegaba a remolque del vapor inglés “Bolivia”.

 

            El convoy había salido de Darién  (Panamá) después de burlar a los agentes chilenos que en gran cantidad había en el istmo.  En el largo trayecto, el capitán inglés estuvo bajo el  riesgo constante de ser sorprendido por alguna nave de guerra de Chile, de las varias que patrullaban el océano.

 

            El capitán Stedman recibió por tal motivo las muestras  de gratitud de las  autoridades de Paita, y el importante cargamento de armas fue de inmediato internado por órdenes del prefecto de Piura  coronel Manuel Frías  Lastra.

 

 

Logran colocación de los alfereces Seminario

ARRIBA

 

            El 12 de junio de 1880 se dispone por orden del secretario de Guerra coronel Iglesias, que el  alférez Ignacio Alberto Seminario Cortés, pase revista en el Batallón  Depósito de Lima.  Tenía por entonces, 17  años y 4 meses de edad.

 

            Su hermano el alférez Toribio, un año mayor que él, estaba en 1880 sin cargo militar desde el mes de julio, pero en setiembre (10), se le asignó también al batallón de su hermano, aún cuando éste días más tarde fue transferido a la Brigada Artillería Volante.

 

            Cuando  estalló la guerra, ambos eran alumnos de la Escuela Militar y luego pasaron al Batallón Escolta.

 

            Guillermo  Thorndike asegura en “1879”, que los dos hermanos habían solicitado a Miguel Grau en mayo de ese año, que los admitieran en el "Huáscar", pero no había vacante.

 

            Toribio fue trasladado en octubre a la Brigada de Caballería del departamento de Ayacucho, que se entrenaba para la defensa de Lima.

 

            Ambos murieron en la batalla de San Juan el 13 de enero de 1881.   Toribio como abanderado del batallón Manco Cápac y Alberto en el Regimiento de Artillería de Campaña.

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