El imperativo de
razonabilidad
1. La
razonabilidad desde dentro
La razonabilidad de una acción puede ser considerada
desde la perspectiva personal (aspecto subjetivo) o desde
una perspectiva universal (aspecto objetivo). La primera
es de aproximación apenas problemática porque permite
analizar la cuestión por la vía introspectiva,
inmediatamente patente.
a) La acción subjetivamente razonable no es la
instintiva, promovida por pautas innatas, como el hambre
primaria. Los irracionales son sujetos de tales conductas
y sólo de ellas. El hombre, por su condición de animal
racional, es ambivalente: puede obrar lógica o
ilógicamente. Tampoco es la acción meramente refleja
aunque responda a un hábito esforzadamente adquirido;
tal comportamiento tiene una estructura análoga a la
instintiva puesto que responde a un cierto mecanicismo.
También los irracionales pueden adquirir hábitos por
obra de la experiencia o de la doma. Una acción
subjetivamente razonable ha de ser querida, es decir,
explícitamente voluntaria aunque esté más o menos
condicionada y limitada por las circunstancias internas y
externas.
b) La acción subjetivamente razonable no es la
aleatoria, que responde al esquema mental de «salga lo
que salga», ni la fatalista del «sea lo que está
escrito». Es una acción que se orienta hacia una meta
previamente elegida, aunque luego resulte que no se
alcanza plenamente. La determinación consciente de un
deseado término «ad quem» es una condición necesaria.
Los irracionales actuan sólo por estímulos, no por
motivos. La acción subjetivamente razonable es
finalista. Este dato psicológico se suele extrapolar
hasta afirmar una finalidad intrínseca de todo ente y,
por lo tanto, del cosmos; pero no se trata ahora de tal
axioma metafísico, sino de la conciencia de actuar con
un propósito concreto. Es una vivencia humana tan
frecuente que un modo fundamental de comprender el
comportamiento ajeno es averiguar a qué aspira.
¿Hay un fin genérico de toda acción subjetivamente
razonable? Se podría suponer que ese fin es maximizar el
placer; pero esta condición no se da en multitud de
casos cuya razonabilidad es evidente. Por ejemplo, cuando
se hace un sacrificio incluso de la vida por otro, o
cuando se cumple un oneroso deber por el deber. En estos
y otros muchos supuestos el estricto placer brilla por su
marginalidad. El planteamiento de todas las acciones
finalistas no es hedonista. La acción subjetivamente
razonable es «ad hoc», se dirige hacia algo cuyo
contenido no es necesariamente placentero ni inmediata,
ni mediatamente. La explicación cirenaica no agota la
razonabilidad de las conductas.
La finalidad ¿se identificaría con la conciencia de
utilidad? Tampoco, puesto que hay conductas cuyo
protagonista las estima razonables y, a la vez,
inútiles, como la mayoría de las lúdicas y no pocas de
las estrictamente teoréticas, aunque a la larga,
eventualmente y acaso para otros puedan resultar
prácticas. La interpretación pragmatista tampoco agota
el finalismo racional, que es mucho más dilatado.
c) Una acción voluntaria y finalista no es
subjetivamente razonable si previamente no se estima la
adecuación de los medios al objetivo. Esta
planificación es indispensable cuando se trata de medios
intelectuales (sin un preciso nivel de capacitación
matemática no se puede resolver ciertos problemas) y
cuando se trata de medios materiales (con un hacha de
leñador no cabe cortar una preparación microscópica).
La selección de los medios está determinada por las
probabilidades de éxito. Pero este resultado positivo
depende también de las circunstancias, incluidas las
exteriores, sobre las que se va a operar. No es razonable
dar por real lo soñado o por factible lo imposible. En
suma, la acción subjetivamente razonable es también
calculadora.
d) Pero no hay buen cálculo sin datos de una cierta
exactitud. La acción razonable requiere un análisis de
la situación, un esfuerzo cognoscitivo no sólo de lo
que es (aptitud personal, eficiencia de los medios,
adecuación al entorno) sino de lo que va a suceder, del
dinamismo más o menos reglado de lo real. Hay leyes
físicas que anticipan el devenir de algunas cosas, que a
ciertos efectos pueden ser tomadas como inexorables; pero
hay muchos ámbitos de ambigüedad sólo previsibles por
inducciones probabilísticas. Hay, en fin, áreas que, al
menos de momento, impiden la certidumbre y aún la
probabilidad. Hay, pues, opciones de racionalidad bajo
mínimos. Fundar una acción sólidamente en la realidad
es arduo, y suele exigir colaboración. La averiguación
de hechos, de técnicas, y de correlaciones ha de hacerse
muchas veces por mediación de otros más expertos.
Decisiones tan esenciales como las que se refieren a la
supervivencia personal se toman casi siempre a través
del médico, y serán tanto más razonables cuanto más
acertada haya sido la elección del facultativo. Aunque
parezca contradictorio, la razonabilidad de muchas
conductas se apoya en el principio de autoridad, en la
confianza fundada. Y a medida que aumenta el acervo
científico y tecnológico y se diversifican las
especializaciones, la razonabilidad subjetiva dependerá
más de los otros. Este laborioso acopio de información
requiere un tiempo: la improvisación es enemiga de la
razonabilidad. Y cuando mayor es el grado de certidumbre
sobre la situación, mayor es la densidad racional de la
conducta. La acción subjetivamente razonable es
informada o documentada.
e) Lo contradictorio es irracional, y el logos es
sistemático. Para ser razonables, los juicios que
emitimos tienen que ser coherentes entre sí: cuando son
antitéticos, al menos uno de ellos es falso. En último
término, como ya señaló el maximo pensador griego,
sólo hay verdad dentro de un sistema. No cabe pedir al
hombre de la calle que sea un filósofo y que inserte
cada opinión dentro de un sistema cabal; pero se le
puede exigir que sea consecuente con su concepción del
mundo. Esta sí es una condición formal de la opinión
subjetivamente razonable. La lógica exige una relación
sistemática entre las creencias y las ideas. No es, por
ejemplo, razonable que un musulmán afirme el ateísmo o
que un científico niegue el valor de todo experimento.
Los juicios tienen que atenerse al principio lógico de
no contradicción. El pensamiento razonable, aunque
dialéctivo, es coherente; pero ¿y la acción?
El acto subjetivamente razonable ¿ha de ser concordante
con los actos anteriores del mismo sujeto? No
necesariamente porque el logos no obliga a reincidir en
el error, antes al contrario, induce a la autocrítica y
a la rectificación: hay palinodias razonables. Lo que
hemos realizado nos condiciona; pero no despóticamente.
Claro que la nueva posición correctora cuestiona la
anterior y tiende a reducirla a puro error. La
problematicidad no radica en las simples enmiendas o
correcciones, sino en las rectificaciones radicales,
abjuraciones o conversiones; no es tanto lógica cuanto
ética. ¿Responden a un escepticismo básico y a un
oportunismo permanente? Esa posición del «todo vale»
es de una mínima densidad intelectual. No es razonable
vivir al margen de cualquier criterio general de conducta
porque el logos deduce e induce principios éticos casi
tan primarios como los lógicos, por ejemplo, la
subordinación del individuo al bien de la especie. No
sólo el pensamiento, también la acción subjetivamente
razonable es coherente.
f) La razón es dinámica no sólo porque se plantea
nuevas preguntas, sino porque es revisionista permanente
de tesis y de hipótesis; pero esto no significa que
consista en la contradicción, sino en la duda
transitoria y la objeción perfeccionista hacia la
superación. No es razonable la docilidad absoluta a un
maestro; tampoco el inmovilismo en la total seguridad;
tampoco la renuncia a mejor conocer. En el proceder
razonable hay un punto de ironía y de apertura porque la
razón sólo es parcialmente categórica y siempre
dialéctica.
g) El proceso racional no es un continuo; es una
sucesión de saltos significativos, objetivables y
comunicables: las palabras. La sensación, el golpe de
vista, la premonición o el pálpito son puntos de apoyo
cognoscitivos; pero no son propiamente razonables. Se
razona siempre con palabras, ya mentales, ya expresadas.
Lo razonable es transferible a otros potenciales
razonadores. Con las ambigüedades y limitaciones de los
vocablos, lo razonable es inseparable del verbo. No es un
azar fonético que «logos» signifique, a la vez, razón
y palabra. El lenguaje posibilita la dialéctica íntima
y la pública. La razonabilidad no es autista e inefable,
sino dialogante y comunicable. La acción subjetivamente
razonable, además de voluntaria, finalista, calculadora,
informada, coherente y dialéctica, es inseparable del
idioma «in mente aut in voce», es constitutivamente
lingüística o expresiva.
2. La racionalidad objetiva
La racionalidad es un predicado que sólo puede
atribuirse a acciones o productos de seres inteligentes,
dotados de logos como el hombre. El comportamiento de un
diamante, un asteroide, un cedro, o una bacteria no puede
ser calificado de estricta y propiamente racional, salvo
cuando se suscribe el axioma hegeliano; pero, en tal caso
pierde su valor caracterizador y discriminatorio puesto
que la racionalidad sería una propiedad de todo lo real.
Después de considerar la cuestión desde dentro del
sujeto, procede analizarla desde fuera.
a) Un producto de la inteligencia es razonable si no
incluye paradojas internas. La violación del principio
de no contradicción anula la racionalidad de un juicio,
de un raciocinio, o de un conjunto de juicios. La
racionalidad formal de cualquier producto del logos
consiste en que ha de ser coherente con su propio
contexto conceptual. Es una comprobación esencial.
c) Un producto de la inteligencia es razonable si
concuerda con la realidad experimentada, o sea, si no
viene desmentido por los hechos. La adecuación del
pensamiento a la cosa es la verdad, y en eso consiste la
razonabilidad material. Las hipótesis son transitoria o
parcialmente razonables en la medida en que no son
contradichas por la experiencia. En tan inestable
situación se encuentra la mayoría de las leyes
científicas puesto que han sido el fruto de inducciones
incompletas y de comprobaciones relativamente locales. La
potencial falsabilidad de un juicio no excluye su
razonabilidad material, simplemente introduce un margen
mayor o menor, a veces mínimo, de prudente duda
metódica. Es una consecuencia del dinamismo, complejidad
e individuación de lo real, y de la consiguiente
dificultad de apresarlo con estáticos y reductores
conceptos universales. Esta menesterosidad del logos
humano jamás será superada totalmente: la aventura del
conocimiento es inacabable. Nuestra especie siempre se
enfrentará con tareas cognoscitivas pendientes.
El error puede ser formalmente razonable cuando concuerde
con su propio contexto. La mentira, en cambio, nunca
puede ser razonable porque subjetivamente aparecerá una
contradicción entre lo que se piensa y lo que se afirma.
Ciertas mentiras peculiares, como las llamadas piadosas,
pueden recibir una parcial razonabilidad temporal de un
contexto concreto y muy limitado.
La posible coexistencia de la razonabilidad formal con la
no razonabilidad material lleva a la conclusión de que
los productos de la inteligencia (salvo los expresamente
fantásticos, como la fábula) han de ser contrastados
con la realidad. No basta la coherencia entre entes
ideales; se requiere un paralelismo con el mundo dado.
Aquí reside la flaqueza de ciertas disciplinas que,
aunque como la metafísica se refieren al ser, sus
juicios, no sus conceptos, son de imposible comprobación
empírica. También es inestable la situación de los
saberes que, como la ética, se refieren al deber, porque
su demostración positiva es problemática, pero no
imposible si se parte de principios verificables.
c) En suma, visto desde fuera, es razonable el producto
mental formalmente consistente y materialmente confirmado
o, al menos, verosímil porque, en el límite, la
probabilidad converge con la verdad. Es un reduccionismo
idealista restringir la razonabilidad a la coherencia
lógica porque los conceptos proceden de la realidad y a
ella se remiten. El suicidio de toda ciencia es el
divorcio de los datos, el constructivismo verbalista o
ideológico, la mera acrobacia retórica o lógica en que
tan frecuentemente ha caido la filosofía contemporánea.
3. La connotación axiológica
a) La acción razonable es finalista; pero ¿es razonable
cualquier fin? Subjetivamente no lo es si produce un
saldo deficitario adverso. Tal error posible permanece
recluido en el ámbito de la intimidad si el fin elegido
no afecta negativamente a los demás. ¿Bastan la
racionalidad subjetiva, la coherencia y el realismo? ¿El
crimen perfecto sería una acción plenamente razonable?
La obvia respuesta denegatoria inscribe la cuestión en
el campo de la ética. El crimen puede ser formalmente
razonable; pero no materialmente.
La razonalidad de un fin depende de su incidencia sobre
los demás. Como el comportamiento del hombre no es sólo
pautado, sino parcialmente deliberado, ha de ser regulado
por normas. La razón es un instrumento que, de hecho,
puede ser puesto al servicio de cualquier causa, pero no
toda causa reune los requisitos de razonabilidad. De
infinidad de datos empíricos la razón induce que el
bien del individuo es inferior al de la especie y ha de
subordinarse a él (Vid. La especie como moral en
«Razón Española» núm. 85, págs. 133 y ss.). La
razón no investiga sólo la verdad, sino también el
bien, no sólo el ser, sino también el deber. Hay
absolutistas en álgebra o en mecánica, que se proclaman
relativistas en moral; pero tan generalizada posición,
además de incoherente, es irreal (Vid. Etica de la
inteligencia, en «Anales de la Academia de Ciencias
Morales y Políticas», núm. XLVIII, Madrid 1996, págs.
81 y ss.).
b) Análogamente se plantea el problema de los medios.
¿Son razonables todos los que permiten alcanzar un
fin?El crimen por razón de Estado puede ser formalmente
razonable en su planteamiento y ejecución; pero ¿sería
materialmente razonable? No. Es milenaria la tesis de que
el fin no justifica los medios, ni siquiera cuando el fin
es de interés muy general (el ejemplo paradigmático de
la guerra agresiva). Cuando el medio es una acción que
afecta a los demás, se inscribe en el ámbito de la
moral y ha de ser valorado en sí mismo.
Incluso en el caso de dilemas insuperables, los medios
requieren una justificación ética para que reunan las
condiciones de razonabilidad.
c) En resumen, la acción razonable es un acto humano y
cuando incide sobre los demás cobra una dimensión
social. En tal caso, la consideración del «otro» y no
sólo de la legalidad positiva o consuetudinaria es una
condición de razonabilidad.
4. Posibilidades de la razonabilidad
De hecho, las posibilidades de ser razonable están
limitadas por circunstancias internas y externas.
a) La limitación fundamental es que el primer principio,
el de no contradicción, no es susceptible de
demostración, por lo que toda la razonabilidad reposa
sobre un juicio que está allende el raciocinio y que
sólo se apoya en su necesidad: sin él las afirmaciones
y las negaciones serían sólo fonemas, ni siquiera
reflejos seguros de voliciones comunicables.
b) Se piensa con «verba mentis», y lo razonable se
comunica con vocablos. Pero las palabras, incluso las
pertenecientes a lenguajes artificiales, necesitan ser
interpretadas por los receptores. Tanto los nombres
propios como los universales padecen una cierta
ambigüedad, un halo de imprecisión, un «más o
menos». El carácter expreso de lo razonable implica
discusiones hermeneúticas sobre el significado, una
aproximación asintótica hacia la exactitud.
c) El poder de la razón no es ilimitado. Las nociones
últimas son, en cierto modo, impenetrables: es el caso
de Dios cuyos atributos son negativos; es también el
caso de la «cosa en sí» puesto que siempre la
conocemos a través de nuestra subjetividad y esta
mediación es seguramente parcial. Hay entes ideales no
racionalizables como el infinito, o la causa primera. Se
formulan preguntas sin respuesta racional como ¿por qué
hay algo? Y, en el otro extremo, hay los individuos que
son inefables, es decir, inabarcables con los conceptos
universales de que se sirve la razón (Vid. Sobre lo
irracional en «Razón Española», núm. 7, págs. 261 y
ss.).
d) La vida humana es, en gran parte, vegetativa; también
instintiva y refleja. Sólo unos dos tercios de la
existencia transcurren en estado de vigilia. Pero lo
exclusivo de nuestra especie es la acción deliberada,
aunque no por ello sea siempre estrictamente razonable.
La vida no puede ser suspendida, lo que frecuentemente
obliga a decisiones apresuradas con nula o escasa
densidad lógica. La temporalidad y la continuidad del
devenir humano suelen situar a las personas en la
necesidad de tomar resoluciones que no reunen las
condiciones de razonabilidad ni subjetiva, ni objetiva.
El inexcusable imperativo de optar restringe, de hecho,
los márgenes prácticos del logos personal.
e) Los hombres aspiran a ser felices, cada uno a su modo;
es una pulsión primaria, concomitante al radical
instinto de conservación. Aunque la acción sea
estrictamente especulativa, como la demostración de un
teorema, la felicidad se manifiesta predominantemente en
el ámbito de la emotividad y, por ello, son muy
numerosos los actos que se ejecutan en función de
estados de ánimo. La existencia humana es un mar de
pasiones en el que sobrenada el mínimo timón del logos.
Dejarse llevar por los sentimientos es mucho menos
laborioso que aplazar la decisión para dotarla de la
mayor racionalidad factible. La estructura de la
naturaleza humana, aunque sólo se realiza plenariamente
con la razón, inclina más a la conducta patética que a
la lógica. Esta defectiva condición disminuye las
probabilidades reales del comportamiento genuinamente
razonable.
f) El arranque de la razón no es automático como el de
los sentidos o el de los sentimientos. Razonar exige una
decisión sostenida; hay una tan marcada proclividad
hacia el ocio que se comprende que sea muy frecuente la
puesta de la razón en suspensión de funciones. No es
una limitación constitutiva, sino coyuntural; pero
habitual.
g) Hay usos sociales que condicionan y aún determinan
conductas y que, sin embargo, son materialmente
irracionales. No es necesario acudir a los pueblos
primitivos, inmersos en fabulosos mitos y en prácticas
mágicas; la astrología, la quiromancia, o la
adivinación subsisten en sociedades muy avanzadas. Usos
de racionalidad exigua o nula se manifiestan en
supersticiones y curanderismo. Hay legados culturales que
frenan el dinamismo lógico.
h) En suma, razonar, que es la suprema función del
hombre, y actuar razonablemente, que es la manifestación
propia de la racionalidad, son posibles, pero aparecen
constantemente obstaculizadas por circunstancias
constitutivas y accidentales, sólo en parte superables
mediante esfuerzo. ¿Vale la pena? Esta es la cuestión
pragmática.
5. El imperativo de razonabilidad
Se puede actuar porque se cree en un deber
independientemente de los efectos; es lo que Weber
calificó de «wertrational». Pero hay conductas
adoptadas ante la expectativa de unos resultados; es la
acción «zweckrational». Ambos planteamientos, el
estrictamente ético (en términos kantianos) y el
pragmático, pueden ser coincidentes. Pero la
convergencia del bien y de la utilidad no es una ley
sociológica a pesar de su apoyatura en la teoría
metafísica de las propiedades trascendentales del ente.
De hecho, se dan bondades sin utilidad mundanal para el
sujeto, y maldades que la tienen.
a) La imperatividad absoluta de razonabilidad supone la
creencia o el reconocimiento de que lo racional es, como
la belleza, un valor en sí mismo y, por tanto, algo a lo
que absolutamente se debe aspirar. El logos es la
potencia suprema y específica del hombre, y la hominidad
es tanto mayor cuanto más elevada es la capacidad
racional. Pero ¿se está obligado categóricamente a ser
máximamente hombre, o sea, lógico? Sería exigir algo
sumamente difícil a un ser que, por un lado, arrastra
una inmensa carga de animalidad y que, por el otro,
aspira a trascenderse por la voluntad y la fe.
¿Negaríamos la condición humana al atleta y al
místico que pueden alcanzar excelencias con un logos
casi en suspenso aunque presupuesto? ¿Deshumanizados
Tristán, Romeo o Werther? Se es potencialmente
razonable, y esa es la nota más eminente del hombre;
pero conducirse razonablemente no es imperativo absoluto,
ni siquiera para los intelectualmente superdotados. Si la
razonabilidad fuera un deber, las vidas humanas
históricas serían un proceso de contumaz delincuencia.
b) La imperatividad relativa es la propia de preceptos
condicionados, por ejemplo, «si quieres conocer la
realidad, sé razonable». Ese juicio es verdadero porque
lo que permite separar lo aparente de lo efectivo, lo
supuesto de lo sucedido, lo soñado de lo existente, lo
deseado de lo dado, y lo posible de lo imposible, es la
razón. Sin el ejercicio del logos por una minoría de
razonadores durante milenios ¿qué sabría la Humanidad
acerca de la realidad? Poco más que los otros primates
contemporáneos. La razonabilidad es imperativa para el
conocimiento de lo real; pero también para operar
eficazmente sobre la circunstancia. Todas las técnicas
brotan de un previo conocimiento de las cosas naturales y
del cálculo de las artificiales, o sea, de un saber qué
y de un saber cómo. El logos ha permitido a la Humanidad
dotarse de una extraordinaria prótesis cultural con la
que va adaptando el mundo a sus necesidades. La razón
atenúa el hambre, el dolor, la inseguridad y el miedo,
prolonga la vida y multiplica las posibilidades de
fruición.
Todo eso es evidente para la Humanidad en su conjunto;
pero no lo es menos para cada vida individual: las
probabilidades de que la acción sea eficaz dependen de
su densidad racional. El apasionamiento, la
improvisación, el irrealismo, la desinformación son
vías de yerro para la selección de objetivos y de
medios. La razón es el más operativo y eficaz
instrumento del hombre; ningún sentimiento puede
comparársele; tampoco la mera voluntad. Con el
«wishfulthinking» o ver como querer no habríamos
salido del primitivismo paleolítico.
La razonabilidad es la mejor compañera del conocer y del
conseguir; es el catalizador del saber y del éxito. La
razonabilidad no es un ornamento, ni un lujo, es algo de
máxima necesidad para el progreso de la especie humana.
Hay un imperativo condicionado de razonabilidad para todo
«homo sapiens, sapiens».
6. La cuestión de la felicidad
a) Un logos inoportuno. La felicidad es un sentimiento de
equilibrio entre lo que se desea y lo que se posee. Es un
estado que, sin duda, compartimos con no pocos animales
irracionales. ¿Quién no ha visto a un can infeliz
porque ha sido maltratado o porque ha perdido a su
dueño? Alguna forma de bienestar es compatible con la
irracionalidad. Hay situaciones que, además de dichosas,
son absurdas. Y no son pocos los humanos que cifran sus
objetivos de preferente ventura en los que tienen menos
carga lógica, incluso en los de más estricta animalidad
como la vianda y el sexo. Por muy razonalistas que sean
el punto de partida y el ideal, hay que admitir que la
razonabilidad no es imprescindible para la felicidad
humana, y los niños lo demuestran apodícticamente cada
día. Otra cosa es que la dicha propia y exclusiva del
hombre no sea la meramente sensorial.
Pero, aunque prescindible, la razón puede ser ya
disuasiva, ya mayeútica de la felicidad. El logos aporta
desdicha cuando muestra la inexorabilidad del
envejecimiento y de la muerte, cuando produce bienes
inaccesibles, y cuando eleva las apetencias humanas hasta
casi el infinito. La razón desvela angustiosas carencias
posibles. El logos puede amenazar muy gravemente ese
estado de equilibrio entre lo que se desea y lo que se
posee cuando dilata los vacíos del ánimo. De ahí
ciertos recelos ante el logos en acción. De estos
evidentes hechos ¿se deduciría que el conocimiento de
la realidad y la eficacia se obtienen al precio de la
infelicidad? ¿Alguna vez, a menudo, o siempre? Desde
luego, algunas veces.
b) La razón felicitaria. En la ecuación felicitaria se
puede actuar sobre los deseos o sobre los bienes. ¿Cómo
se ordenan los apetitos? Mediante el cálculo de su
viabilidad y de sus efectos. ¿Hay probabilidad de éxito
y, una vez obtenido, resultará satisfactorio? Estas son
dos cuestiones básicas para cuyo análisis y respuesta
sólo hay un instrumento, la razón. Conocer en su
estructura y en sus potencialidades la realidad
circundante sobre la que vamos a actuar es una operación
lógica. Ciertas desgracias tienen su origen en errores
sobre la naturaleza y sobre las posibilidades, ya de la
persona, ya del objeto de nuestra acción: la playa o la
mujer que consideramos ideal y que no lo es
Determinar si algo va a sernos grato y si, a plazo, no
nos causará más pena que satisfacción (un déficit
felicitario) es otra operación lógica. No pocas
desventuras nacen de una equivocada estimación de las
consecuencias inmediatas y mediatas de una conducta.
Medir las probabilidades de que un deseo pueda ser
satisfecho no es menos racional que resolver una
ecuación de resistencia de materiales para tender un
puente o levantar una torre. Prevenir si la consecución
de un objeto será agradable y no tendrá consecuencias
negativas es tan racional como proyectar una sonda
interplanetaria.
Es muy eficaz la acción del logos para satisfacer
deseos; pero es imprescindible para eliminarlos. ¿Por
qué motivo habríamos de constreñirnos y de
renunciar?Dominarse requiere aún más raciocinios que
planificar logros porque va a contracorriente del
dinamismo humano, sea voluntario, sea instintivo. Tanta
energía es necesaria, que suele asociarse la ascesis a
una fe trascendental, es decir, al más potente recurso
del ánimo. Hay un primer nivel de renuncia que es el
sereno desistimiento ante una situación concreta; pero
hay un segundo nivel genérico, el de quienes, como
Séneca, entienden que la mayor riqueza es no desear, o,
como el budista, aspiran a no desear absolutamente nada.
La razón ha de llegar a muchas conclusiones sobre la
vanidad del mundo y sobre la flaqueza humana para
dictaminar renuncias fundamentales. La supresión global
de apetencias y aspiraciones requiere gran densidad
racional.
Hay el otro frente felicitario, el de producir bienes que
satisfacen deseos. ¿Quién sino la razón ha ido
enriqueciendo el patrimonio humano con instituciones,
infraestructuras, alimentos, fármacos, instrumentos,
técnicas y ciencia? Cuanto nos separa del primer hombre
es la cultura, o sea, la obra de la razón. Es ella la
que hace al mundo menos hostil.
Y hay, en fin, otro frente felicitario, no el de obtener,
sino el de evitar. La existencia humana está amenazada
por la enfermedad, por los obstáculos naturales, y por
la competencia y aún la hostilidad del vecino. Hay
factores de dolor independientes de nuestros deseos.
¿Cómo eludir o eliminar tales agresiones? Algunas
veces, con un simple reflejo de huida; pero, otras
muchas, se requiere una sistemática contraofensiva. Tal
estrategia es básicamente lógica. Curar nuestras
dolencias, acondicionar nuestro entorno, y regular la
convivencia figuran entre las operaciones más
típicamente racionales. El logos es eficacísimo para
atenuar o suprimir los atentados exteriores contra
nuestro bienestar.
7. Conclusión
«Quod erat demonstrandum»: ser razonable es un
imperativo.
Gonzalo Fernández de la Mora
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