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La declaración católico luterana

Por José Antonio Ullate

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La declaración católico luterana

1. El 31 de octubre pasado, el cardenal Edward Cassidy, Presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, y el «obispo» Christian Krause, Presidente de la Federación Luterana mundial, firmaron en la ciudad bávara de Augsburgo una declaración conjunta sobre la doctrina, de la Justificación. En su punto número 43, la declaración dice: «Nuestro consenso respecto a los postulados fundamentales de la doctrina de la justificación debe llegar a influir en la vida y el magisterio de nuestras Iglesias. Al respecto, subsisten cuestiones de mayor y menor importancia que requieren ulterior aclaración, entre ellas, temas como: la relación entre la Palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia, la eclesiología, la autoridad en la Iglesia, el ministerio, los sacramentos y la relación entre justificación y la ética social».

Con ánimo meramente científico y después de haber leído la declaración, surge inmediata la duda sobre la envergadura real del «consenso respecto a los postulados fundamentales de la doctrina de la justificación», que se limitan a una exposición de la doctrina tradicional católica que afirma que el hombre, después de la caída original, no es capaz de restablecer por sus solas fuerzas su amistad con Dios: su naturaleza quedó herida. Sin embargo, según la doctrina católica, los méritos de Jesucristo restauran nuestra naturaleza caída. Gratuitamente, sin ningún merecimiento nos devuelve la amistad perdida. A partir de esta restauración, los actos del bautizado son meritorios.

Si bien es cierto que la mera exposición de la doctrina católica echa por tierra las objeciones luteranas que acusaban al catolicismo de menoscabo de la única mediación de Cristo (al reconocer la meritoriedad de los actos de los justificados), da la impresión de que no ha habido ningún avance en las posiciones teológicas, a no ser el reconocimiento por parte luterana de la posibilidad del mérito (lo cual destruye la teoría antropológica de Lutero, basada en que la Redención de Cristo no puede sanar la naturaleza humana, que permanece eternamente pecadora, sino que solamente «tapa», cubre con un manto de santidad esa naturaleza. A partir de la Redención, Dios no tendría en cuenta nuestro pecado, gracias a la intercesión de Cristo, pero éste subsistiría. De modo que, a pesar de que por la Justificación los justos estarían salvados, los actos de los justificados -pecadores siempre- serán siempre pecaminosos). No en vano, en la reciente apertura de la cuarta puerta santa jubilar, coincidente con el inicio de la Semana para la Unión de los Cristianos (17-I-2000), el doctor Krause, que firmó la declaración conjunta, no asistió a esta ceremonia, pese a estar personalmente invitado por Juan Pablo II. La razón no fue otra que la fuerte disensión que este documento ha generado en el interior de la comunidad luterana alemana. De hecho un portavoz de la Iglesia luterana alemana manifestó que el señor Krause no debía asistir a un evento en el cual la Iglesia Católica ofrecía la posibilidad de ganar indulgencias.

El artículo 43 de la declaración reconoce que subsisten diferencias teológicas entre católicos y luteranos. Enumeremos algunas de las principales.



2. El dogma. La Iglesia Católica entiende el dogma como una verdad directamente revelada por Dios y propuesta como tal por la Iglesia para ser creída por los fieles. El protestantismo en general niega el magisterio de la Iglesia y que pueda exponer autoritativamente el contenido de la Revelación.



El pecado original. Lutero enseña que consiste en una inclinación habitual al pecado y que persiste aún después del bautismo, aunque a los bautizados no se les impute a efectos del castigo. El Concilio de Trento enseñó que por el Bautismo se borra todo lo que es verdadero y estricto pecado y que la concupiscencia no es pecado, sino sólo inclinación a él.



Virginidad de María. Es doctrina católica que María fue virgen, antes, durante y después del parto. Aunque Lutero mismo y Zwinglio creyeron en la virginidad, las corrientes teológicas luteranas, tanto conservadoras como liberales, niegan la virginidad posterior al parto de María.



La gracia. Jesucristo, por medio de mérito redentor, realizó objetivamente la reconciliación de los hombres con Dios. Cada individuo tiene que recoger y apropiarse esa redención objetiva por medio de la santificación. Hasta aquí el catolicismo. Lutero estimaba, que con el pecado original el hombre quedó corrompido totalmente, pues le fueron sustraídos elementos sustanciales. La naturaleza del hombre caído es incapaz de llegar al conocimiento de la verdad religiosa y de realizar una acción buena. la voluntad del hombre carece de libertad, y por sí misma no puede hacer otra cosa que pecar. Sólo la gracia actúa.



El mérito. Lutero enseño que todas las obras del justo son pecaminosas porque el pecado sigue habitando en su interior, y aunque luego concedió que puede realizar obras buenas negó siempre que esas obras buenas tuvieran valor meritorio. La Iglesia Católica asegura que el justificado, por medio de sus buenas obras, adquiere verdadero derecho a recompensa por parte de Dios, mas para que las buenas obras se realicen precede la gracia inmerecida.

Iglesia. El credo católico afirma que La Iglesia fue fundada de manera inmediata y personal por el Cristo verdadero e histórico durante el tiempo de su vida sobre la tierra. Los luteranos obtienen que Cristo fundó una Iglesia invisible, la organización jerárquica es pura institución humana.



El primado de Pedro. La enseñanza católica sostiene que la cabeza invisible de la Iglesia es Cristo. Pedro, como sus sucesores, hace las veces de Cristo en el gobierno exterior de la Iglesia militante. El luteranismo no admite el primado de Pedro.



Los santos. «Es bueno y provechoso implorar la ayuda de los santos», declaró el concilio de Trento. El protestantismo en general, se opone a la veneración a los santos.



El purgatorio. Los reformadores negaron la existencia del purgatorio y, por ende, de toda ayuda posible a las ánimas después de la muerte. El concilio de Trento confirmó la existencia del purgatorio y que las almas detenidas allí pueden ser ayudadas por la oración de los vivos.



Sacramentos. El Catecismo Romano define el sacramento como «una cosa sensible que por institución divina tiene la virtud de significar y de operar la gracia santificante». El pensamiento protestante considera que los sacramentos no son medios para conseguir la gracia, sino para avivar la fe (valor psicológico).



En particular, el católico considera el bautismo (o su deseo) como necesario para la justificación, y el protestante lo niega. Sobre la eucaristía, la doctrina católica dice que Cristo se hace presente por transustanciarse (cambiarse) toda la sustancia de pan en su cuerpo y toda la sustancia de vino en su sangre. Lutero opuso a la doctrina de la transubstanciación la de la consustanciación, (las sustancias de pan y de vino subsisten juntamente con el cuerpo y la sangre de Cristo), y negó que después de la celebración eucarística se conservasen las especies sacramentales. Sobre la penitencia, la Iglesia condenó la doctrina de Lutero de que era únicamente la enmienda de vida. Sobre el orden sacerdotal, Lutero niega una diferencia sustancial con el sacerdocio de los laicos. Sobre los demás sacramentos también hay doctrinas incompatibles.



3. Una valoración. Seguramente no compete a un laico juzgar acerca de la oportunidad de decisiones eclesiásticas de esta envergadura. Lo que sí que es pertinente es poner la información al alcance del público para que se haga una idea realista de este acto. El documento conjunto es farragoso, poco claro. En ese sentido no es una buena herramienta científica. Sería una ilusión creer que porque se presenten de forma desleída las posiciones teológicas enfrentadas se dá una aproximación real. Si se quiere arrojar luz sobre el problema, lo conveniente no es una discusión nominalista sobre las palabras, sino un estudio concienzudo sobre el origen de las diferencias. Lo contrario nos lleva a confusiones funestas. En el documento se da por sentado que estamos de acuerdo sobre el alcance del término «justificación», cuando la verdad es que detrás de la misma palabra se esconden contenidos distintos en el catolicismo y en el luteranismo. El documento pasa por alto las circunstancias históricas, los hechos que dieron origen al cisma luterano. Parte de una situación de hecho, la desunión, y pretende dar pasos hacia obra situación, la unión, sin analizar las causas del punto de partida. Metodológicamente es un error, por lo que los posibles frutos del documento no podrán ser sino aparentes.

Además existen otros factores colaterales, pero importantísimos, que no han trascendido a la opinión pública española. por ejemplo, la elección de la fecha para la firma de la declaración. El texto estaba ya preparado en la primavera de 1999 y, desde entonces, no se le añadió nada. Simplemente se buscó una fecha significativa para la rúbrica. Se eligió el 31 de octubre del mismo año. ¿Por qué? Porque un 31 de octubre de 1517 Martín Lutero fijó -según la leyenda- sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg. Como poco, esa coincidencia no causal significa un reconocimiento a ese acto que hirió la unidad de la Iglesia. El día de la firma un informador de la Radio Vaticana dejó entender que el documento levantaba la excomunión a Lutero. Esa información falsa fue recogida por las agencias de todo el mundo y difundida por los medios de comunicación. No existe mención a tal asunto en el texto, y además, el papa no otorgó una delegación de su potestad al Cardenal Cassidy para tal asunto. Eso, sin contar con que los motivos de la excomunión de Lutero no se ciñen a su doctrina sobre la Justificación, sino a muchas otras y, además, a sus actos.

Estamos ante todo un cambio de estrategia para afrontar el problema: visto que el método científico (por ejemplo el balmesiano, como el de toda la apología católica) conlleva una confrontación, en la que necesariamente hay que distinguir entre verdad y error, se ha pensado proceder por otro camino, el de la aproximación psicológica. El gesto de hacer de la firma de la declaración una conmemoración del desafío de Lutero hace que psicológicamente lo veamos como digno de celebración. Lo mismo ocurre con la elección del lugar de la firma, la ciudad de Aubsburgo. Fue en esta misma ciudad donde Martín Lutero declaró fundada su nueva religión, en 1530. Es el segundo espaldarazo psicológico que otorga el documento.

Es paradójico el contraste entre la claridad de esos gestos: concesiones psicológicas y la caliginosidad de la intención doctrinal del texto. Casi parece que el enunciado sea una mera excusa para poder realizar la significativa puesta en escena. Quizás esta aproximación ecuménica consista en los reconocimientos implícitos que suponen esas circunstancias colaterales, más que en abordar teológicamente el problema. sería un error gravísimo.

Dentro de la puesta en escena cargada de simbolismo, ocupa un papel no menos importante el ritual de la suscripción del documento. La ceremonia del 31 de octubre de 1999 comenzó en la catedral católica de Aubsburgo. Allí se pronunciaron plegarias de arrepentimiento. Después comenzó una procesión desde la catedral católica hasta la iglesia luterana de Santa Ana, donde tuvo lugar el acto «jubiloso» de la firma. Allí comenzó un servicio protestante, al que asistieron varios cardenales y en el que protestantes y católicos renovaron las promesas del bautismo. La carga simbólica de este acto contribuye a crear un ambiente de confusión emocional que dificulta el discernimiento racional. En la catedral católica se produce el arrepentimiento y, desde el lugar de la contricción caminamos hacía el de la liberación, la iglesia luterana, donde se sella la paz. Allí obispos católicos y pastores luteranos, así como los dos mil asistentes al acto intercambiaron abrazos. ¿Dónde queda la observación rigurosa de los hechos y el amor a la verdad? Parece más bien un plan trazado para llegar a un punto predeterminado, todo lo demás, incluído el texto, es decorado.

Ese es el error de quienes han intentado comprender el alcance del documento examinando exclusivamente la letra que contiene. no se han percatado de que forma parte del decorado y por eso, necesariamente, es confuso. Lo contrario le habría otorgado un protagonismo que «no le correspondía» en el guión. Esos actos y gestos han derribado algunas barreras psicológicas y reticencias en el ambiente luterano, no tanto el contenido doctrinal del texto. Estamos tratando verdades definidas dogmáticamente en el Concilio de Trento, y el Cardenal Cassidy, firmante de la declaración conjunta, reconoció que no podía ir más allá de lo que Trento había fijado. El peligro, pues, es el de proseguir por el camino de relativizar la importancia de las definiciones doctrinales y buscar un encuentro psicológico. La doctrina trata de la verdad, la euforia, de un estado de ánimo que puede coexistir con la falsedad.

Un último apunte, que demuestra cómo el documento no es sino una ocasión para otra intención no manifestada, la aproximación psicológica; la fuerza de obligar que tiene la declaración. Es un problema jurídico. Los declarantes ¿a quién representan? Parece claro que el cardenal Cassidy actuaba en representación del Papa. Pero el señor Krause, representa a una asociación, la Federación Luterana mundial. uno de los errores luteranos fue el de negar la constitución visible de la Iglesia. No existe Iglesia luterana jerárquica. Eso quiere decir que, propiamente, el luteranismo es un individualismo religioso: nadie puede imponer una interpretación de las Sagradas Escrituras, que se automanifiestan al lector (libre examen), y no existe un sacerdocio jerárquico. Todas las formas externas (congregaciones, «episcopado», etc) son convenciones. La concepción católica es la de que se constituyó la Iglesia como sociedad perfecta, como un cuerpo, con capacidad de enseñar, de santificar y de santificarse. Por eso, la declaración conjunta se firma entre un representate de ese Cuerpo y un señor sin ninguna capacidad jerárquica y real de vincular a ningún luterano. una asimetría considerable: desde el punto de vista jurídico, toda la Iglesia Católica ha firmado una declaración conjunta con el señor Krause. Cualquier luterano que mantenga una opinión diferente a la de Krause tiene tanta capacidad como él de firmar otra declaración con el Dalai lama, si quiere.

La forma elegida (declaración), la falta de representación de una de las partes, el contenido oscuro, y la imposibilidad católica de desvincularse de las declaraciones dogmáticas en este asunto indican que el valor del acto no está en sí, sino en las circunstancias preparadas a su alrededor. Eso consuma una forma de buscar la aproximación por vías no racionales ni espirituales, sino por vías psicológicas y casi utilizando los mismos métodos de la mercadotecnia y la publicidad. Lo que no se rompió por esas vías no se reparará de ese modo.



José Antonio Ullate



 

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