Incoherencia Política en Valle Inclán nº 102 Razón Española

pag. principal Razón Española

Incoherencia Política en Valle Inclán

Por Por J. F. Acedo Castilla.

Diversidad y unidad en la Hispania Antigua indice Pinochet y los judíos

Incoherencia Política en Valle Inclán


I

Fue don Ramón M.ª del Valle Inclán, el poeta más grande de los novelistas españoles, el más grande artista de la palabra que -como dijo Miró1- después de Quevedo ha tenido el castellano; el Góngora de nuestro tiempo, para bien o para mal, como escribió Maeztu2.

Cuenta Fernández Almagro3, que Valle-Inclán, ante un artículo de José Octavio Picón, sintió un buen día la vocación literaria, preguntándose si él no sería capaz de escribir mejor que los maestros de Madrid. Ante esta idea, decidió dejar los estudios de Derecho que cursaba en la Universidad de Santiago y por los que no sentía mucha atracción, trasladándose a Madrid para iniciar su aprendizaje literario. Pero bien porque no encontrara facilidades para ello o por su espíritu aventurero, o ante la posibilidad de hacer fortuna junto a unos familiares dedicados al comercio, a principio de 1892 embarcó en El Havre con rumbo a Méjico.

En el barco hizo amistad con un asturiano llamado Menéndez Aceval, que editaba un diario en Vera Cruz, quien ganado por la simpatía que inspiraba el emigrante, y advertido de su desorientación, le brindó -según Fernández Almagro4-, un puesto en su periódico. Pero la estancia en Vera Cruz no fue muy larga ya que poco después aparece en Méjico como redactor de «El Correo Español» y colaborador de «El Universal». Allí permaneció hasta la primavera de 1903, en que decidió regresar a España, después de una breve estancia en Cuba.

Estos años de permanencia en América van a ser decisivos en la formación literaria de Don Ramón. Desde entonces, Méjico ocupa un lugar importante en el mundo valleinclanesco. En el semanario madrileño «Alma Española», de 27 de noviembre de dicho año, publicó su autobiografía y la versión de este viaje, enriquecido con detalles novelescos y fantásticos. Un cuento de paisajes mejicanos titulado «X» -que recoge una historia de amor en un lugar exótico-, pasó a la Sonata de estío, y en la Sonata de Invierno5 estando Bradomín ante D.ª Margarita, entran los dos principitos mayores en la saleta, y la infanta D.ª Blanca, a la que había llegado la estampa del personaje que tenía ante sí, pregunta como no creyendo lo que tiene ante sus ojos: "¿El que hizo la guerra en Méjico?» Y el príncipe don Jaime le pregunta por su parte: «Marqués, es verdad que en Méjico los caballos resisten todo el día al galope?» Méjico en Bradomín, como en Valle-Inclán, es la leyenda, la apoyatura en algo real del pasado, para convertirla -como dice Campos6-, en brumosa fuente de aventuras.

II


Cansado de estar en Pontevedra, don Ramón vuelve a Madrid con un libro, Femeninas, que agrupa «seis historias amorosas», avalada con un prólogo de Manuel Murguía.

Allí, antes de que su personalidad literaria fuese valorada por sus frutos, se dio a conocer por su personal apariencia, a la que confirió un inconfundible perfil. Llevaba melena que le caía a media espalda, barbas crecidas, «barbas de chivo» -como le llamó Rubén en los primeros versos que iban a prologar su obra Aroma de leyenda-, quevedos de carey atados con ancha cinta moaré, sombrero de copa alta y un cuerpo delgado bajo una macferlanda, cuyas esclavinas se convertían por instantes en dos alas de murciélago satánico. Era la mejor máscara que cruzaba la calle de Alcalá -como dice en su biografía Ramón Gómez de la Serna7.

A la extravagancia en el atuendo unía Valle-Inclán un carácter, más que violento explosivo, una desbordante fantasía -mentía con una tranquilidad admirable-, y un temperamento indómito. Una frase suya demolía una reputación. Se creía siempre en posesión de la verdad cualquiera que fuera el tema de la conversación o disputa, pues Valle-Inclán nunca aceptaba rectificaciones o criterios adversos. Por ser así se suscitó un día el altercado con Manuel Bueno, que había de costarle la amputación del brazo izquierdo. Del lance, mucho fantaseó Valle-Inclán y más tarde sirvió para que Gómez de la Serna, en un portentoso alarde de imaginación, narrase las mil y una maneras de cómo pudo perder el brazo su ilustre homónimo8.

Pero -como dice Fernández de la Mora9, Valle-Inclán no era el personaje literario que él se divertía en representar para el público y a quien el mundo entero -como observa Maeztu10, servía de escenario. Valle trabajaba con dedicación y seriedad. En el cumplimiento del quehacer literario ponía fervor y tenacidad, perseverancia y fé en sí mismo. Quiso crear un estilo personal y a lograrlo subordinó todo. Nadie diría -escribe Azorín11- que son un mismo hombre, el dialogador de un grupo de amigos y el asceta que trabaja en su cuartito modesto, horas y horas con esfuerzo incansable.

III



Valle-Inclán, que cultivó todos los géneros literarios: novelas, cuentos, poesías, teatro, ensayos, al igual que otros escritores del 98, tiene una especial preocupación por la Historia. Mejor dicho, por lo que para él es suprahistoria, esto es, la leyenda, la versión épica de hazañas heroicas señoriales, sobre el desgarrado y trágico fondo de un pueblo.

Cuando Valle-Inclán se enfrenta por primera vez con la Historia, escoge el tema de La guerra carlista, que era un asunto por el que sentía especial predilección, ya que no en valde, durante una larga etapa de su vida, fue de clara filiación tradicionalista-carlista. Si todos los grandes valores en los que Valle cree, proceden de nuestras glorias pasadas, de nuestra historia mítica, es lógico -como escribe Conte12-, que defendiera al grupo político que intentaba conservar o resucitar esos grandes valores. En este aspecto, Valle es un apasionado regenerador romántico, y además un contestatario contra el sistema imperante que a él, como antiliberal, no le inspiraba la menor simpatía.

Mucho y muy contradictorio se ha escrito sobre el carlismo de Valle-Inclán. Su hijo Carlos Luis13 cuenta que «Valle-Inclán se sentía carlista, porque defendía costumbres y tradiciones que a él, señor de espíritu y de sangre, no podían dejarle indiferente». En el mismo sentido se muestra Eugenio G. de Nora14, para quien el carlismo valleinclanesco tiene «raíces y significados serios» y el profesor José Ramón Barreiro15, para quien la vinculación al carlismo de Valle-Inclán es cosa «insoslayable». «Sentía -dice- el espíritu carlista y sabía interpretarlo». Y añade: «Pasando una rápida revista a sus obras es difícil encontrar una que de alguna manera no se refiera o tenga al menos el aroma melancólico del ideal carlista», en lo que coincide con José Antonio Maraval16 para quien «en la obra valleinclanesca desde la Sonata de Estío hasta la Corte de los Milagros, está presente el carlismo del autor».

Frente a lo anterior, Manuel Machado17 afirmaba que el carlismo del autor de Tirano Banderas, nadie lo tomó en serio, y Ramón Gómez de la Serna18 escribe que «El carlismo fue paraValle-Inclán la belleza romántica, el no pactar con el vulgo municipal y espeso, la altivez de Dios en las viejas iglesias destartaladas, el valor de las fuentes y los jardines y los viejos mitos aristocráticos».

Fue el propio Valle quien dio pié a este confusionismo con sus declaraciones contradictorias. Así, por ejemplo, mientras en la Sonata de Invierno hace decir al Marqués de Bradomín que «el carlismo tiene para él el encanto solemne de las grandes catedrales»19, y que «Don Carlos de Borbón y Este es el único príncipe soberano que podría arrastrar dignamente el manto de armiño, empuñar el cetro de oro y ceñir la corona recamada de pedrería, con que se representa a los reyes en los viejos códices»20, en unas declaraciones que le recoge Francisco de Madrid21, al ser interrogado sobre su carlismo, da la siguiente respuesta: «Soy carlista solamente por estética. Me agrada la boina. Es una cresta pomposa que ennoblece. La blanca capa de los carlistas me retrotrae al imperio de una corte arcaica. Es, sin duda, el más bello disfraz político que ha existido».

Claro es que -como escribe María Dolores Lado22- las declaraciones personales y directas de Valle-Inclán no deben tomarse siempre al pie de la letra. Valle fue un charlista formidable, amigo de las respuestas fulminantes, de las grandes frases y los retóricos gestos. Aceptar literalmente sus palabras envuelve grandes riesgos. De su empeño en considerarse tradicionalista es muestra -bien que anecdótica-. «cómo la familia carlista da nombre a la prole valleinclanesca» (Margarita, Carlos Luis, Jaime...). Y cuando es invitado por Francia en 1916 para que, como comisionado por la «Prensa latina de América» y por el «Imparcial», visite los campos de batalla aliados, «Don Ramón se vista de carlista», con su boina, polainas, capote y una maquilla cogida de la muñeca con la correa, y así visita el frente, donde lo confunden con el general Gourend, general francés que gozaba de la mayor popularidad, que tenía su misma figura y también era manco23.


IV


Aunque el tema carlista había servido de marco a La Sonata de Invierno, que transcurre en la corte de Estella, las novelas de Valle-Inclán que componen el ciclo carlista propiamente dicho, son tres: Los Cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño. En ellas no se relatan batallas, ni se hace historia, ni se estudia una ideología. Lo que cuenta es el hecho de la tercera guerra carlista, episodios de la misma a los que comunica una gran plasticidad, renunciando de antemano a unificarlos, mediante el hilo conductor de un argumento, en torno al cual acontezcan los hechos secundarios.

Entre los épicos sucesos que componen Los Cruzados de la causa, narrados con agudos coloquios y brillantes pinceladas, merecen destacarse el relativo al «registro del Convento» por una escuadra de marinos desembarcados de la trincadura «Almonzara», porque se decía que las monjas guardaban fusiles bajo el altar mayor; del descontento y desilusión de los canónigos y beneficiados que no pueden cumplir el ofrecimiento hecho al marqués de Bradomín, de entregarle para auxilio de la causa, las alhajas de la santa iglesia Colegiata, porque «el deán, que está propuesto para obispo, interpone su veto para congraciarse con los herejes de Madrid»; el remordimiento de la madre Isabel, superiora del convento de Viana del Prior, que acudiendo a toda clase de presiones, ha conseguido del capitán de una nave que, pese al temporal existente, se haga a la mar, con un alijo de armas para los carlistas, ya que «todo está perdido de no hacerse en aquel día...». El capitán, ante la insistencia de la monja y los ruegos de su novia, «la niña de la posada», accede a zarpar. Más, al poco tiempo, la goleta sin velamen, batida de costado por el mar, columpiándose furiosamente, tocando las olas y luego remontándose a las nubes, zozobra ante crestas de espumas, hasta que desaparece con todos sus tripulantes.

La madre Isabel se siente culpable, verdugo de este naufragio. ¡No tenía derecho a sacrificar tantas vidas!... «Entonces toma la decisión expiatoria de ir a la guerra, y entre los heridos, en los campos de batalla, ofrecer su vida a Dios»24. Este viaje es el tema central de El resplandor de la hoguera. Los heridos que la monja pensaba curar eran carlistas, pero una vez en el campo de batalla, los heridos que ve son soldados del ejército liberal y ante ello las banderías se borran.La monja comprende cuál es su verdadero deber, porque en el dolor los hombres son iguales25.

Aunque Valle-Inclán -como escribe Fernández de la Mora26- no era un pensador, ni un filósofo, percibe y pone de manifiesto cómo el carlismo fue mucho más que un pleito dinástico que se produce a la muerte de Fernando VII. Las guerras carlistas no fueron sino las guerras de dos modos distintos de entender la vida. Frente al laicismo del Estado, la centralización unificadora que el liberalismo doctrinario conlleva, junto con una idea gaseosa y abstracta de la libertad, los carlistas, oponían el sentido católico de la vida, la constitución corporativista y gremial de la sociedad, la sustancia medular de la vieja democracia municipal española, y la idea realista de las «libertades concretas». Porque para el tradicionalismo no se es libre a secas; se es «libre para...». Nadie tiene a secas «el poder», que no es sustantivo, sino un verbo que necesita complemento. No «se puede» en el vacío: «se puede algo». Este algo -como decía Pemán27- es lo que da a la idea foral, descentralizadora y realista, posibilidades constructivas que nunca tendrá la libertad abstracta y autónoma que, abierta sobre un vacío de finalidades concretas, se devora a sí misma en su abstracción.


V



El arraigado sentimiento católico del carlismo lo destaca Valle-Inclán de forma dramática, en uno de los episodios de los Cruzados de la causa.

Un muchachito gallego ha sido movilizado con destino a la marina, por el gobierno liberal. Está de guardia en un convento, mientras se practica un registro en busca de unos fusiles que han de ser enviados al ejército carlista. Las mujeres del pueblo reaccionan furiosamente contra la actuación de las fuerzas que efectúan el registro. Entre ellas está la madre del «marinerito», quien, llena de cólera injusta ante la involuntaria participación de su hijo, dirige a éste crueles recriminaciones. Tanta llega a ser la presión de la madre, que el muchacho arroja el fusil, rompiendo a correr hacia las casas del pueblo. Perseguido por las calles oscuras, dos balas , que le entran por la nuca, acaban con su vida. Pero lo terrible es el epitafio que la madre, abrazada al cadáver ensangrentado, pone a su hijo muerto: «No tenía otro hijo en el mundo, pero mejor lo quiero aquí muerto, como vedes todos agora, que como yo lo ví esta tarde crucificando a Dios Nuestro Señor»28.

Y es que para los carlistas, don Carlos era el rey de los buenos cristianos29 y ellos estaban haciendo la «guerra santa». De esta suerte, el carlismo casi se convierte en una religión. Más que una doctrina política, es el «credo de una comunión que liga a los hombres que de ella forman parte en la paridad de sus creencias».

Al lado de este sentimiento religioso destaca Valle-Inclán el carácter popular y rural del carlismo. Campesinos son el núcleo central de los soldados que forman las partidas carlistas: «vendimiadores y pastores, leñadores que van pregonando por los caminos y segadores que trabajan en la orilla de los ríos; carboneros que encienden hogueras en los montes y alfareros que cuecen tejas en los pinares, gente sencilla y fiera como una tribu primitiva, cruel con los enemigos y devota del jefe»30.

De este fenómeno sociológico que el carlismo entraña, se hizo eco Unamuno en diversos pasajes de alguna de sus obras, especialmente en su novela histórica Pan en la guerra (1897). Pero fue el mismo Carlos Marx quien lo vislumbró con anterioridad, cuando en su libro La revolución española 1808-1843, publicado en 1929, escribe lo siguiente:



«El carlismo no es puro movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales. Es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagado de papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. Los carlistas defendían las mejores tradiciones jurídicas españolas, las de los Fueros y las Cortes legítimas pisoteadas por el absolutismo monárquico y el absolutismo centralista del Estado liberal. Representaban la patria grande como suma de las patrias locales, con sus peculiaridades y tradiciones propias... El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares y nacionales de campesinos, pequeños hidalgos y clero, en tanto que el liberalismo estaba encarnado en el militarismo, el capitalismo (las nuevas clases de comerciantes y agiotistas), la aristocracia latifundista y los intereses secularizados, que en la mayoría de los casos pensaban con cabeza francesa o traducían, embrollados de Alemania».



Destaca María Dolores Lado, en su obra citada31, cómo el personaje que mejor encaja este carácter popular y campesino del carlismo es el cura Santa Cruz, un aldeano que se hizo cura y del que Valle-Inclán hace la figura central de Gerifaltes de antaño.

Don Manuel Santa Cruz, párroco de Hernialde -según lo retrata Valle32- «era fuerte de cuerpo y menos que mediano de estatura, con los ojos grises de aldeano desconfiado y la barba muy basta, toda rubia y encendida. Su atavío no era sacerdotal, ni guerrero. Boina azul muy pequeña, zamarra al hombro, calzón de lienzo y medias azules bajo las cuales se cubría el músculo de sus piernas. Aquel cabecilla sobrio, casto y fuerte, andaba prodigiosamente y vigilaba tanto, que era imposible sorprenderle. Los que iban con él contaban que dormía con un ojo abierto, como las liebres». Santa Cruz se distingue -según Valle- por su capacidad de mando y ambición. No quería la gloria y los honores, pero sí hacer la guerra a su manera33. «Quería reunir bajo su mando todas las partidas guipuzcoanas y hacer la guerra a sangre y fuego, con el bello sentimiento de su idea y el odio del enemigo. La guerra que hacen los pueblos cuando el labrador deja su siembra y su hato el pastor. La guerra santa que, está por encima de la ambición de los reyes, del arte militar y de los grandes capitanes».

El sueño de Santa Cruz -escribe Carlos Seco34- «está alimentado por un pozo de remembranzas bíblicas y clásicas; le obsesiona el recuerdo de las ciudades antiguas perecidas en luchas heroicas contra los grandes imperios de los que no quisieron ser esclavas; y con el odio por las legiones y las águilas augustanas. Como solía decir recordando el lenguaje del púlpito, sentía el entusiasmo por las tribus patriarcales y guerreras de los pueblos vascones... Los grandes imperios, las legiones augustanas, se identifican en esta imagen primitiva y ardiente,con los soldados del ejército liberal; un trasunto de la corrompida Roma ve Santa Cruz en el Estado y la sociedad, contra la que se han alzado sus huestes, como encarnación de esta rotunda negativa con que el carlismo se opone monolítico, al espíritu del siglo...».

Lógica secuela de esta manera de ver la guerra es la desconfianza que Santa Cruz muestra hacia los generales profesionales y la camarilla real. Llamado por el rey a Estella, el cura, fingiéndose enfermo, esquivó presentarse, porque teme que todo sea un engaño para prenderle. «No nací para pisar estrados -dice al viejo veterano don Pedro Mendía-. ¡En el campo no me vencen, pero allí me vencerían!»35. Por causas diversas, el cura se encuentra perseguido por los liberales y acosado por los carlistas. Más al final se ve salvado por la imprevista retirada de las tropas republicanas, debido a un cálculo político de Castelar. «Es preciso que la orden se cumpla inmediatamente sin estrechar más al cura. Hay un secreto de Estado...» «Un secreto a voces -como dice Valle-Inclán por boca del teniente Nicéforo36-. Yo no diré que SantaCruz sea nuestro aliado, pero lo parece».

El porqué resulta obvio. Los carlistas trabajan en las cortes europeas para obtener la beligerancia, que le habrían concedido sin las ferocidades de Santa Cruz. La beligerancia suponía tener abierta la frontera y el comercio de armas. Para evitarlo hacía falta que éste hiciese una degollina para presentar a los carlistas como «hordas de bandoleros». De aquí, que, en aquel entonces, la suprema consigna liberal fuese la de ayudar a Santa Cruz.

VI

Frente al arraigo queel carlismo tuvo en las clases populares, la aristocracia cortesana por el contrario estaba en contra, al igual que la aristocracia rural, que enriquecida con la desamortización de Mendizábal, temía a la promesa carlista de que se devolvería a la Iglesia los bienes de que había sido despojada. No obstante, hubo un sector de la nobleza que apoyó al carlismo: los que Valle llama «los secos hidalgos de gotera»37, que eran la sangre más pura, destilada en un filtro de mil años y de cien guerras, viejos aristócratas campesinos, demasiado alejados de la corte para sentir la influencia progresista, y demasiado arruinados para beneficarse económicamente de la desamortización. Estos hidalgos aparecen idealizados en la obra valle-inclanesca, en las figuras de don Juan Manuel de Montenegro y en la del marqués de Bradomín.

A Bradomín a quien -según Durán y Zabala38- señala en todos sus comportamientos, como una manera, quizá imperfecta, pero real de ser carlista, lo define con tres adjetivos dispares, referidos uno a lo físico, otro a lo espiritual y otro a lo psicológico: feo, católico y sentimental39. Era feo, pero -según Fernández Almagro40- seductor; católico, pero irreverente; sentimental, pero lascivo.

Montenegro -a quien ya nos lo había presentado en la escena segunda de Aguila de Blasón- era uno de esos hidalgos mujeriegos y despóticos, hospitalarios y violentos que se conservan como retratos antiguos en las villas silenciosas y muertas, las villas que evocan con sus nombres feudales, un herrumbroso son de armaduras41. Aquel viejo, con su arrogante y varonil tipo suevo, tan frecuente en los hidalgos de la montaña gallega42, a los treinta años había malbaratado su patrimonio. Solamente conservó las tierras del vínculo, el pazo y una capellanía, todo lo cual apenas le daba para comer43. Entonces empezó su vida de conspirador y aventurero, vida tan llena de riesgos y azares como la de aquellos hidalgos segundones que se enganchaban en los Tercios de Italia, para buscar lances de amor, de espada y de fortuna44.

Montenegro y Bradomín son cristianos viejos, hombres de fe muy peculiar y relativa, ya que ni el uno ni el otro son ejemplo de conducta católica. En lo que sí son modélicos es en el desprendimiento y en el ejercicio de la caridad. Don Juan Manuel, aunque está en la ruina, mantiene su pródiga caridad de padre de los pobres, de señor que por tener el cuidado de sus vasallos, tiene conciencia de su obligación de protegerlos, incluso contra la justicia legal de soldados o alguaciles, ya que en su sentir «esa es la verdadera hidalguía y la verdadera caridad»45. Bradomín no le va a la zaga en desprendimiento. Vende o empeña su patrimonio, «todo lo que tengo en esta tierra»46, para ayudar a sostener la guerra por su rey. Don Juan Manuel, si no fuera tan viejo, también hubiese levantado partida, pero -como él mismo dice47- no sería por un rey, ni un emperador..., sería «para purificar estas tierras, donde han hecho camadas, raposas y garduñas. Yo llamo así a toda esta punta de curiales, alguaciles, indianos y compradores de bienes nacionales. ¡Esa ralea de criados que llegan a amos! a los que quemaría las casas y les colgaría a todos en mi robledo de Lantañón». Criterio que, pese a su refinamiento, se ve compartido por Bradomín cuando arguye: «Esa justicia que deseamos los que nacimos nobles, y también los villanos que no pasaron de villanos, es la justicia que hará por todo el reino Carlos VII48.

Pero detrás de ese espíritu feudal que en servicio de ¡el genio de su linaje! mueve a los hidalgos, Valle-Inclán supo ver la otra cara de la moneda, en el idealismo de los «mútiles» vasco-navarros, y en su actitud reverente hacia su señor, como lo denota esta bellísima arenga que Miguelo Egoscué dirige a sus soldados en el Resplandor de la hoguera:



«¡Muchachos, vamos a pelear por el rey don Carlos! Si vencemos, a todos nos dará su mano por leales y por valientes, como hizo la vez pasada cuando lo de Aoiz. ¡Muchachos, vamos a pelear por el Rey y por doña Margarita! Si hallamos la muerte, también hallaremos la gloria como soldados y como cristianos. La gloria de la tierra y la gloria de luz que da Dios Nuestro Señor»49.

VII


En enero de 1910, en la revista «Por esos mundos», publicó Valle-Inclán un trabajo novelesco de exaltación carlista titulado La corte de Estella, que, como varios cuentos de su primera época o novelas cortas esparcidas en periódicos y revistas, no se recoge en ninguna de las ediciones de sus presuntas obras completas.

Según Jacques Fressard -la primera impresión de este texto, que consta de siete capitulillos y el que reproduce íntegramente en su trabajo Un episodio olvidado de la guerra carlista50-, es que se trata de un reportaje histórico relacionado con la muerte de Carlos VII, acaecida en Venecia seis meses antes. Pero al leerlo nos percatamos de que no se trata de una simple evocación literaria, sino de un esbozo o de los primeros elementos de una nueva novela o tal vez el epílogo del ciclo carlista.

La aparición de La corte de Estella coincide con el momento de mayor fervor por la causa por parte de don Ramón. En aquel mismo año 1910 iba a ser designado como candidato a diputado tradicionalista por el distrito de Monforte de Lemos para las elecciones generales, por lo que La corte de Estella -como dice Fressard51- suena como una profesión de fe sin ambigüedad y hasta casi como una proclama electoral. Lo que en la «trilogía» era aún una oposicióin matizada entre los soldados regulares «que iban a la guerra por servidumbre, como podían ir a segar espigas en el campo del rico», y los voluntarios de don Carlos, reidores y entusiastas ¡verdaderos cruzados!, se transforma aquí en antítesis violenta. Ya no queda en el campo liberal ningún personaje «positivo», como lo era por ejemplo el veterano capitán García, que afirmaba sin vacilar, en El resplandor de la hoguera: «yo he sido soldado y también me batí por mis ideas: ¡Las ideas de la libertad y de progreso!» A los oficiales liberales, el autor los representa como «buenos militares, pero acostumbrados en los cuerpos de guardia, a holgarse con vino peleón y lances de mujeres, gente horra de otros conflictos morales»53.

Los carlistas, por el contrario, son «mancebos encendidos y fuertes», que sólo luchan por su ideal y no desean más provecho para después de la victoria que el de volver al hogar con sus cicatrices: «Cuando se acaba la guerra iremos todos a nuestras casas: el labrador a su labranza, el pastor a su rebaño, el estudiante a su estudio...54». Incluso Cara de Plata, el violento, orgulloso y egoísta segundón de los Cruzados de la causa, ha cambiado de actitud. Antes, sólo pensaba en señalarse por su valor y verse ascendido a capítan55. Ahora y desde que ha besado la mano de don Carlos, su única ambición «es ver al Rey sentado en el trono y bien gobernadas las Españas56». Y hasta el retrato idealizado de don Carlos, bastante parecido al que nos ofrece en las primeras páginas de Sonata de invierno57, difiere de éste, por una insistencia mucho mayor, en las cualidades religiosas, políticas y morales que a Dios le plugo dar58.

En estos momentos-como relata Gómez de la Serna59-, don Ramón va a tener que elegir entre dos caminos: el de la política, presentándose a diputado carlista o el de un viaje aventurero a América, ya que con motivo del centenario de la Argentina, allí van su mujer y las compañías de Guerrero y García Ortega. Valle-Inclán se decide por el viaje a la Argentina (mayo-noviembre de 1910), donde dio algunas conferencias y fue objeto de diversos agasajos, señaladamente en Buenos Aires. En los locales del círculo tradicionalista, los carlistas residentes en aquella ciudad organizaron un banquete en su honor, al que -según la reseña que hizo del acto «El Pueblo de Buenos Aires»60- asistieron más de cien comensales.

A la hora de los postres, tras unas palabras laudatorias al homenajeado por parte del presidente del círculo, Valle-Inclán, a quien había presentado como el «cantor de las tradiciones de la patria española», agradeció el homenaje, afirmó su abolengo carlista y significó literalmente:



«Convencido de la grandeza del ideal tradicionalista, entendía que era deber mío consagrar mis energías a su defensa, aunque ello significa restarme todos mis lectores anteriores, como en efecto me los resté en un solo día, pues al publicar mi primera obra carlista, no me quedó ni uno sólo de mis anteriores lectores, y la prensa en general que antes me llenara de elogios, no tuvo para esta obra ni la leve noticia de su aparición».

«Pero no importa; estoy decidido a continuar la labor, dedicando el único brazo a manejar la pluma, y si algún día fuese necesario ese brazo para defender la tradición en otro terreno, a ello estoy firmemente decidido».



A continuación, y antes de que el Orfeón del Círculo cerrase el acto con obras musicales carlistas, se acordó enviar a Madrid el siguiente telegrama: «Correo Español.-Cien comensales, reunidos Círculo Carlista banquete honor Inclán, ofrécense incondicionalmente don Jaime salvar España actual sectarismo.-Inclán-Alcásar».

A su regreso a España participa en el banquete que en el frontón Jai-Alai de Madrid se dio el 8 de enero de 1911 a los diputados tradicionalistas que habían combatido la «Ley del candado» de Canalejas, ocupando un puesto en la mesa de honor junto con el marqués de Cerralbo, Bofarull, Vázquez de Mella, Feliú, Aguado Salaberri, y otros miembros del estado mayor de la Comunión, y tras un largo viaje por Cataluña y el Norte, el 4 de noviembre de 1911, hace unas declaraciones al periódico tradicionalista El Correo Español, en las que subraya el valor como «protesta viva» del Jaimismo, apto para defender con las armas en la mano «los derechos de las personas honradas»61; y el 26 de mayo de 1912 en el teatro de la Princesa de Madrid, estrena su tragedia Voces de Gesta, que es un canto apasionado y vehemente a la tradición, en la que Carlino, rey de ensueño, de romance y de balada, tras muchos años de terrible éxodo «junto al roble de la tradición» se transfigura en símbolo de un pueblo inocente y heroico.

Pero, pese a ello, su ideología va a iniciar una evolución hacia posturas radicales distintas, hacia un izquierdismo que cierra su carlismo pasado. Esta nueva actitud, que inicia en 1920 cuando escribe Farsa y licencia de la reina castiza -crítica demoledora de un reinado, de una reina, de unos gobernantes y de una sociedad-, culminará entre 1927-28 con La corte de los milagros -con la que inicia la serie El ruedo ibérico- y con Viva mi dueño, en la que sometiendo la Historia -al igual que en la anterior- a toda clase de manipulaciones, imagina una entrevista entre Prim y Cabrera, en aras de una inteligencia en el problema «sucesorio». En ella, el general Cabrera se declaraba por don Juan de Borbón (hijo de Carlos V y hermano del conde de Montemolín). El general Prim abogaba por don Carlos, el primogénito del Juan III de los carlistas. El don Carlos que Prim proponía, que sería el futuro Carlos VII, debería dar un manifiesto en sentido «constitucionalista». El don Juan que Cabrera deseaba era el rey legítimo y, precisamente por serlo, su hijo no podía ni debía representar nada en contra.

VIII

Instaurada la dictablanda del general Primo de Rivera, Valle Inclán, desde el primer momento, se pone abiertamente frente a ella.

En las tertulias del café Regina, en la cacharrería del Ateneo o en la Granja del Henar, con su infatigable locuacidad, declama contra el gobierno del general. Desde Galicia hace circular una carta explosiva con motivo del confinamiento de Unamuno en Fuerteventura; por no sentarse junto a un general del directorio, abandona con humos de reto el salón del madrileño hotel Nacional, donde se rendía un homenaje al catedrático de Buenos Aires doctor Mario Sáez, y más tarde, en 1927, publica el esperpento La hija del capitán, sátira cruda y sangrienta que trata de un golpe de Estado, en el que urde una trama insólita, con la aviesa intención de atacar al dictador, al gobierno y a la dinastía.

Dice Fernández Almagro que la costumbre de llamar la atención se había hecho en él cosa habitual, y aunque sus extravagancias se toleraban como «¡las cosas de Valle-Inclán!», ante el alboroto que protagonizó en el Palacio de la Música con ocasión de una representación teatral, fue detenido y hubo de cumplir un arresto de quince días. El alboroto fue tan sonado que Primo de Rivera se hizo eco de él en una «nota oficiosa», donde le llamó «eximio escritor y extravagante ciudadano»62.

De esta suerte, inserto en grupos que ya no eran propiamente literarios y artísticos como los de los buenos tiempos del «Nuevo Levante», sino políticos en el peor sentido: republicanos y socialistas de profesión, aprendices de conspirador, estudiantes de la FUE, algún militar sin conciencia de su uniforme, etc. Así es como Valle-Inclán se fue sumergiendo en las aguas cenagosas que habían de desembocar en la segunda república63. Y aun cuando negaba que fuese republicano64, el mismo se contradice cuando el 14 de abril, a las pocas horas de proclamarse la república, se constituyó en el Ministerio de la Gobernación en pos de los hombres del Gobierno provisional, para pedirles a grito pelado que «el rey no escapase a la justicia del pueblo»65.

Pero como la vida de Valle-Inclán era completamente esperpéntica, pocos días después de cuanto antecede recibió una carta de don Jaime de Borbón, firmada y rubricada de su puño y letra66, en la que literalmente le decía:



Mi querido Valle-Inclán: Desde hace tiempo quería darte una muestra de mi aprecio probándote mi agradecimiento por el tesón con que has defendido siempre en tus admirables escritos la causa de la Monarquía legítima que yo represento.

He pensado en crearte caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita, recientemente creada por mí, y que es a mis ojos símbolo de todos los heroísmos y de todas las grandezas patrias. Por la presente, vengo pues a conferirte la dignidad de Caballero de est Orden, no dudando que con ello cumplo un deber de justicia y de agradecimiento.

Dios te guarde. Tu afmo. Jaime.



Claro es que esto no fue óbice para que pocos meses después, en una entrevista que le hace un redactor de «El Sol», el 20 de noviembre de 1931, afirmara que «él propugnaba una dictadura como la de Lenin» y en congruencia con esta su nueva postura se adhire a la «Asociación de Amigos de la Unión Soviética» y al «Congreso de Defensa de la Cultura», de París, que era un instrumento de bolchevización67».

Tal vez por ello, la República no se apresuró a darle un cargo con el que aliviar su caótica situación económica. Pero ¡por fin!, a finales de enero de 1932, le nombraron director del Patrimonio Nacional. Mas en este cargo sólo duró unos meses, pues cuando se enteró -dice Gómez de la Serna68- que el diputado socialista Bujeda había ido a La Granja a matar faisanes con unos amigos, armó un gran escándalo, diciendo que él tenía allí los faisanes como adorno dorado de la majestad del paisaje. El socialista no le hizo caso, y al siguiente domingo volvió a cazar faisanes con más ímpetu y más amigos. Don Ramón se fue al ministro exigiéndole que multase a Bujeda o que si no él dimitía. El Ministro, conciliador, dijo que no haría lo uno ni admitiría lo otro. Valle se consideró dimitido y no volvió a ocuparse más del cargo.

Como aquel sueldo era la única entrada que le había permitido pasar unos meses holgados, la miseria se señoreó de nuevo de su casa y, una vez más, comenzó a carecer de lo más indispensable. Piensa entonces emigrar a Méjico, de donde había recibido seguridades de un cargo retribuido. En este trance le llegó el nombramiento de director de la Academia de España en Roma, que Azorín, Marañón y otros caracterizados hombres públicos, consiguieron para él del Consejo de Cultura.

El poeta Adriano del Valle, que le visitó en un viaje que hizo a Roma en 1934, tras una larga conversación que tuvo con él, pudo comprobar personalmente que don Ramón había dado de nuevo un giro copernicano, viviendo en Roma en «olor de santidad fascista», lo que desveló en un artículo que con este título, publicó en España de Tánger69, donde se hace eco de su entusiasmo por el «Fascio» y su admiración por Mussolini, como lo denotan estas palabras suyas:



«El fascio no es una partida de la porra como generalmente creen en España los radical-imbeciloides, ni un régimen de extrema derecha. Es un afán imperial de universalidad en su más vertical y horizontal sentido ecuménico. Y tras señalar «la obra cesárea de Mussolini» y que si el catolicismo logró universalidad fue porque también era Roma, añade que esta continuidad en los designios de Roma es «el fascio», para acabar aludiendo al régimen constitucional inglés, a quien menosprecia y a la «democracia de la orilla derecha del Sena», a Indalecio Prieto y a Azaña, a quienes pone en la picota de su sátira».



Esa misma impresión de Adriano del Valle es la que según Joaquín Caro70- obtuvo Gerardo Diego de don Ramón cuando le visitó en Roma por aquellas fechas.

Como su salud volviera a quebrantarse, al agravarse su dolencia de vejiga, decide regresar definitivamente a España, marchando a Galicia, donde lo ingresan para su tratamiento en el «Santiago de Compostela», en cuyo centro hospitalario, en la tarde del día 5 de enero de 1936, vísperas del día de Reyes y de la Monarquía tradicional, entregó su alma a Dios.

Valle-Inclán, como escribió el profesor Barreiro71, renegando o sin renegar del carlismo (cosa para él tan fácil), murió manteniendo el ideal de un pasado, esperando el paso del caballo de Atila, que lo había aplastado todo, para ver renacer de nuevo las viejas costumbres, resucitar los antiguos campeones y devolver a sus pazos a la rancia aristocracia que llevaba en sus venas sangre de rey. Y todo eso -según añade el mentado historiador- «también era ser carlista».



José F. Acedo Castilla


1 MirÓ, E.: Realidad y arte en «Luces de Bohemia». Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, 1966, pág. 257.
2 Maeztu, R. de: Valle-Inclán, en «Autobiografía». Editora Nacional, Madrid, 1962, pág. 108.
3 FernÁndez Almagro, M.: Vida y literatura de Valle-Inclán. Editora Nacional, Madrid, 1943, pág. 19.
4 Idem: Ob. cit., pág. 25.
5 Del Valle-InclÁn, R.: Sonata del invierno. Opera Omnia, Vol. III, págs. 69-70.
6 Campos, J.: Tierra caliente. La huella americana en Valle-Inclán. Cuadernos Hispanoamericanos. Ob. cit., pág. 421.
7 Gómez de la Serna, R.: Don Ramón M.ª del Valle-Inclán. Colección Austral, 2.ª edición, Buenos aires, 1948, pág. 28.
8 Idem: Ob. cit., pág. 51-56.
9 FernÁndez de la Mora, G.: Pensamiento español 1966, Ediciones Rialp, Madrid, 1968, pág. 252.
10 Maeztu: Autobiografía. ob. cit., pág. 104.
11 AzorÍn: Prólogo a las obras completas de Valle-Inclán. Tomo I, Edic. RVA. NOVA, 1944, pág. 12.
12 Conte, R.: Valle-Inclán y la realidd. En Cuadernos Hispanoamericanos, ob. cit., pág. 59.
13 Valle-InclÁn Blanco, C. L.: Prólogo a Gerifaltes de antaño. Espasa Calpe Argentina, S. A. Buenos Aires, 1945, pág. 8
14 G. de Nora, E.: La novela española contemporánea. Gredos, 2.ª edición. Editorial Madrid, 1953, pág. 76.
15 Barreiro FernÁndez, J. R.: El carlismo gallego. Editorial Pico Sacro. Santiago de Compostela, 1976, págs. 323-324.
16 Maraval, J. A.: La imagen de la sociedad arcaica en Valle-Inclán, en Revista de Occidente. Madrid, 1966, núms. 44-45, pág. 248.
17 Machado, M., citado por Joaquín Caro Romero en Valle Inclán y la Eucaristía, ABC de Sevilla, junio 1993, pág. 58.
18 GÓmez de la Serna, R.: Don Ramón M.ª del Valle-Inclán. ob. cit., pág. 71.
19 Valle-InclÁn, R.: Sonata de invierno, ob. cit., pág. 217.
20 Idem. Ob. cit., pág. 14-15.
21 De Madrid, F.: La vida altiva de Valle-Inclán. Editorial Poseidón. Buenos Aires, 1943, pág. 282.
22 Lado, M.ª D.: Las guerras carlistas y el reinado isabelino en la obra de Ramón del Valle-Inclán. University of Florida monographs Press, núm. 18. Gainesville, Florida, 1966, pág. 14.
23 GÓmez de la Serna, R.: Don Ramón M.ª del Valle-Inclán. Ob. cit., pág. 121.
24 Valle-InclÁn, R. M.ª: Los cruzados de la causa. Colección Austral, 8.ª edic. Madrid, 1985, págs. 30, 52, 53, 122, 147-148.Sonata de invierno, ob. cit., pág. 217.
25 Valle-InclÁn, R. M.ª: El resplandor de la hoguera. Colec. Austral, 7.ª edic. Madrid, 1980, págs. 132-133.
26 FernÁndez de la Mora, G.: Pensamiento español, 1966. Ob. cit., pág. 255.
27 PemÁn, J. M.ª: Meditación sobre el tradicionalismo, Punta Europa, Mdrid, 1961, pág. 82
28 Valle-InclÁn, R. M.ª: Los cruzados de la causa. Ob. cit., pág. 76.
29 Idem: Ob. cit., pág. 8.
30 Valle-Inclán, R. M.ª: Gerifaltes de antaño. Colección Austral, 5.ª edic. Madrid, 1980, pág. 7.
31 Lado, M.ª D.: Las guerras carlistas y el reinado isabelino en la obra de Ramón del Valle-Inclán. Ob. cit., pág. 201.
30 Valle-InclÁn, R. M.ª: Gerifaltes de antaño. Colección Austral, 5.ª edic. Madrid, 1980, pág. 7.
31 Lado, M.ª D.: Las guerras carlistas y el reinado isabelino en la obra de Ramón del Valle-Inclán. Ob. cit., pág. 201.
32 Valle-Inclán, R. M.ª: Gerifaltes de antaño. Ob. cit., pág. 11.
33 Idem: Ob. cit., pág. 41.
34 Seco Serrano, C.: Valle-Inclán y la España oficial en Revista de Occidente. Madrid, 1966, pág. 209.
35 Valle-Inclán, . M.ª: Gerifaltes de antaño. Ob. cit., pág. 107.
36 Idem: Ob. cit., pág. 133.
37 Valle-Inclán, R. M.ª: Los cruzados de la causa. Ob. cit., pág. 91.
38 Durán, J., y Zabala, P. J.: Valle-Inclán y el carlismo. Zaragoza, 1969.
39 Valle-Inclán, R. M.ª: ISonata de invierno. Ob. cit., pág. 242.
40 Fernández Almagro, M.: Vida y literatura de Valle-Inclán. Ob. cit., pág.76.
41 Valle-Inclan, R. M.ª: El resplandor de la hoguera. Ob. cit., pág. 78.
42 Ibidem: Los Cruzados de la causa. Ob. cit., pág. 17.
43 Ibidem: Jardín umbrío. Opera Omnia. Madrid, 1920, pág. 179.
44 Ibidem: Sonata de invierno. Ob. cit., pág. 11.
45 Ibidem: Los cruzados de la causa. Ob. cit., pág. 80
46 Ibidem: Los cruzados de la causa. Ob. cit., pág. 13, 24.
47 Ibidem: Los cruzados de la causa. Ob. cit., pág. 97.
48 Ibidem: Los cruzados de la causa. Ob. cit., págs. 97-98.
49 Idem: El resplandor de la hoguera. Ob. cit., pág. 109.
50 Fressard, J.: Un episodio olvidado de «la guera carlista», en Cuadernos Hispanoamericanos, 1956, págs. 347-367.
51 Idem: Ob. cit., pág. 364.
52 Valle-InclÁn, R. M.ª: El resplandor de la hoguera. Ob. cit., pág. 120.
53 Idem: La corte de Estella. Cuadernos Hispanoamericanos. Ob. cit., cap. II, pág. 351.
54 Idem: La corte de Estella. Ob. cit., cap. V, pág. 356.
55 Idem: Los cruzados de la causa. Ob. cit., pág. 18.
56 Idem: La corte de Estella. Ob. cit., cap. V, pág. 356.
57 Idem: Sonata de invierno. Ob. cit., pág. 14-15.
58 Idem: La corte de Estella. Ob. cit. Cap. VII, pág. 359.
59 GÓmez de la Serna, R.: Don Ramón M.ª del Valle-Inclán. Ob. cit., pág. 110.
60 Reseña que «El pueblo de Buenos Aires» hizo del acto homenaje de los carlistas residentes en aquella ciudad al ilustre escritor don Ramón del Valle-Inclán, que reprodujo «El Correo de Galicia», de 30 del VI de 1910.
61 Entrevista en El Correo Español, Madrid, 4 de noviembre de 1911.
62 FernÁndez Almagro, M.: Vida y literatura de Valle-Inclán. Ob. cit., pág. 233.
63 Idem: Id. pág. 232.
64 Dice Fernández Almagro en la ob. cit., pág. 232, que al preguntársele porqué no había asistido a ninguno de los banquetes en los que se conmemoró el 11 de febrero, replicó muy airado: «¡Y quién le ha dicho a usted que yo soy republicano!»
65 FernÁndez Almagro: Vida y literatura de Valle-Inclán. Ob. cit., pág. 262.
66 Carta de don Jaime de Borbón nombrándole Caballero de la Legitimidad Proscrita en «Indice de Artes y Letras» núm. 74-75. Madrid, abril-mayo 1954, pág. 23.
67 FernÁndez Almagro, M.: Vida y literatura de Valle-Inclán. Ob. cit., pág. 233.
68 GÓmez de la Serna: Don Ramón M.ª del Valle-Inclán. Ob. cit., pág. 198.
69 Del Valle, A.: Valle-Inclán vivió en Roma en olor de santidad fascista. Artículo publicado en el «España de Tánger» y recogido por Melchor Fernández Almagro en Vida y Literatura... ob. cit., pág. 273.
70 Caro Romero, J.: Valle-Inclán y la Eucaristía. Ob. cit., pág. 58.
71 Barreiro FernÁndez, J. R.: El carlismo gallego. Ob. cit., pág. 326.
s



 

Diversidad y unidad en la Hispania Antigua indice Pinochet y los judíos

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.