LIBROS: Historia
de las derechas españolas
González
Cuevas, Pedro Carlos: Historia de las derechas
españolas. De la Ilustración a nuestros días, ed.
Biblioteca Nueva, Madrid 2000, 524 págs.
La lista de publicaciones del autor le acreditaba ya como
un riguroso estudioso de las ideas políticas en la
España contemporánea, lo que abría un crédito de
confianza a esta obra panorámica que abarca desde la
revolución francesa hasta hoy.
Con voluntad no esencial sino instrumental, el autor
apunta un concepto de la "derecha" política
española como "compleja síntesis de tradiciones
diversas", la legitimista, la conservadora, la
revolucionaria, la demoliberal y la tecnocrática, con un
denominador casi común, el catolicismo. A esta derecha
plural el autor le reconoce "una importante obra
política y social como sentar las bases del Estado
moderno". Sus caracteres serían
"antirrevolucionarismo, pesimismo antropológico,
elitismo, antiigualitarismo y una eventual práctica
social reformista"; no el fascismo, "que apenas
tuvo repercusión ideológica".
Como derechistas ilustrados aparecen Jovellanos,
Zeballos, Forner, Hervás o Godoy. Cuando las Cortes de
Cádiz destacan Inguanzo, Alvarado, Vélez. Con Fernando
VII aparecen Mozo de Rosales, López-Ballesteros, Gómez
Hermosilla, y tres corrientes organizadas: los carlistas,
los moderados y los conservadores (Donoso,
Alcalá-Galiano, Pacheco, Borrego, etc.). Aunque el
general Narváez es el caudillo del moderantismo, el
autor no ignora que el golpismo militar es liberal y que
"el Ejército no se hace conservador hasta la
Restauración". Acusa al centrismo o Unión Liberal
de "inanidad ideológica".
Cánovas, "ecléctico y pragmático que careció de
originalidad teórica". La monarquía restaurada
capta aliados concediendo títulos nobiliarios (casi
500). Su fórmula fue el "sufragio universal
retórico y el despotismo ilustrado del caciquismo".
El juicio del período es negativo: "La
Restauración fue incapaz de dar impulso al desarrollo de
la sociedad española en un momento de clara expansión
del resto de las naciones capitalistas". La crisis
del 98, en parte, la deslegitimó.
La subsiguiente experiencia fue un Maura
"regeneracionista que no pudo llevar a cabo la
mayoría de sus proyectos". La derecha nacionalista
aporta figuras como Cambó y D'Ors. El programa del vasco
Arana era "absoluto imperio de la fe católica,
condena del liberalismo como pecado y separación
rigurosa de razas".
A partir de la I Guerra Mundial aparece "un profundo
cuestionamiento de las bases del Estado liberal".
Del maurismo se segrega un conservatismo autoritario:
Goicoechea, Calvo-Sotelo, Silió. Brilla una nueva
intelectualidad derechista (Ortega aparece como
"conservador") que culminaría en Acción
Española y que antes apoyó a Primo de Rivera: "El
conjunto de la sociedad no se manifestó en contra del
Dictador". Fue "una amalgama de espíritu
militar, arbitrismo regeneracionista, nacionalismo
conservador y tradicionalismo aristocratizante". El
autor es muy crítico con la Dictadura, a la que apenas
reconoce una "notable mejora de la situación
económica". Doctrinalmente débil, la Dictadura se
disolvió y abrió el camino a la II República, que el
autor considera "el más serio intento de
transformación de la sociedad y del Estado españoles
proporcionado hasta entonces en nuestro país". Pero
brilló por su ausencia una derecha republicana, el
régimen se radicalizó, y fracasó Azaña.
El democristianismo de Gil-Robles, el revolucionarismo de
Ledesma, y la Falange. Pero el conjunto de las derechas
rechazó el fascismo, "ajeno en gran medida a las
características y contenidos de su cultura
política". Es la hora de Herrera, Pradera, e
incluso de los corporativistas Madariaga y D'Ors.
La revolución frentepopulista de Asturias
"adquirió todas las características de una guerra
civil localizada". Las derechas llaman al soldado.
Es el Alzamiento del 18 de julio de 1936, que inaugura un
período que el autor califica de "la edad de oro
antiliberal". Entonces "el conjunto de las
derechas dio su apoyo a la sublevación", incluso
Lerroux. Fue una coalición: "Lo que ha venido en
llamarse «franquismo» resultó ser el recipiente en el
que confluyeron todas las corrientes políticas de la
derecha española". La Iglesia pretendió
convertirse "en la definidora monopolística del ser
ético-social de España", para lo cual ejerció del
control de la enseñanza y "la censura de obras
literarias y artísticas". Califica al Cardenal
Primado de "insaciable" en sus peticiones de
poder. Superada la tentación totalitaria que
protagonizó Laín, el régimen inició un largo proceso
de liberalización con los democristianos, los
monárquicos tradicionales y los llamados tecnócratas.
Pero el Concilio Vaticano desencadenó una "crisis
del catolicismo que fue una crisis nacional". Franco
nunca llegó a comprender el paso de la Iglesia a la
oposición política, lo que él calificó de
"puñalada por la espalda". Hubo una oposición
conservadora calificada de "no heroica" y
minoritaria.
La muerte de Franco fracciona a la derecha. El Rey,
apoyado por la Iglesia y el Ejército, nombra a Suárez
para reformar el Estado con su partido UCD, calificado de
"entelequia". El golpe del 23 de febrero de
1981 cree el autor que "no contó con el apoyo del
Rey". Tras el fracaso de Fraga, aparece Aznar, que
"no es un hombre de pensamiento" y que
"apenas insiste en los factores religiosos". La
corrupción socialista le lleva al poder; es "un
pragmatismo de muy cortos vuelos" que abre un
proceso incierto para las derechas españolas, ahora
paradójicamente "centristas" y admiradoras de
Azaña (también apóstatas de su pasado).
Este libro de Cuevas ha de ser valorado en el contexto
ideológico de la España actual, caracterizado por la
consigna de demonizar a Franco, a su obra y a sus
precedentes. Esa consigna mediática, a la que con
entusiasmo se ha sumado incluso el antes franquista ABC,
se debe al resentimiento de los vencidos, al oportunismo
de los arribistas y a la presión de la izquierda
internacional, inicialmente dominada por el marxismo. Al
cabo de un cuarto de siglo de "damnatio
memoriae" de Franco, el autor, que procede de la
izquierda, trata de ser objetivo no sólo con el próximo
pasado, sino con sus antecedentes desde Jovellanos. Este
despegue de la consigna y esta libre apelación a los
datos es un gran mérito del autor, aunque se trate del
primer mandamiento historiográfico, ahora tan conculcado
que su respeto resulta excepcional y valeroso. El autor
no se libra siempre de la presión ambiental, pero
generalmente lo consigue. Puede ser un síntoma de que la
tiranía de la parcialidad sectaria declina entre
nosotros. En tal caso, el libro de Cuevas se situaría en
la vanguardia del retorno a una historiografía digna de
tal nombre, la despolitizada y realista.
El segundo gran mérito de este libro es que tiende a
examinar, en paralelo, las ideas y los acontecimientos
políticos con especial consideración de los textos
doctrinarios. No es ni un relato externo de los
desplazamientos del poder, ni una crónica interna del
pensamiento sobre la cosa pública. Estamos ante una
inteligente reconstrucción que permite apreciar la
Historia en dos dimensiones, la de los acontecimientos y
la de las ideas. No es la metodología marxista, sino la
de Fichte: el decurso de la Humanidad depende
principalmente del pensamiento. Este bifronte análisis
es posible gracias a un riguroso conocimiento del
entramado teórico de los debates, algo poco frecuente
entre los historiadores.
El autor se apoya en un extenso aparato documental sin
exclusiones sectarias. Y los datos no proceden, como es
habitual para el período, de las hemerotecas, sino del
estudio directo de los escritos doctrinarios. Así se
logra ofrecer un panorama con profundidad, y explicativo
de los sucesos. No se trata simplemente de contar una
historia, sino que se da razón de ella.
¿Discrepancias en ciertas valoraciones? Desde luego;
pero no es ésta la ocasión de entrar en detalles.
Libro importante que anuncia una obra historiográfica en
progresiva madurez.
G. Fernández de la Mora
|