Razón Española, nº 108; La persecución religiosa oficializada

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La persecución religiosa oficializada

Por Eduardo Palomar Baró

El silencio de los verracos indice Mella y las autonomías

La persecución religiosa oficializada

Durante la persecución religiosa que sufrió la Iglesia católica en toda España, cabe señalar dos etapas: la acaecida desde el mes de mayo de 1931 -justo al mes de ser proclamada la II República-, con la quema de iglesias y conventos, hasta el 18 de julio de 1936, y desde ésta fecha hasta el 31 de marzo de 1939, durante el tiempo que duró la guerra civil, en la zona roja, omitiendo y prescindiendo de las acciones represivas de tipo político y social habidas tanto en zona roja como en la nacional, ya que estas no tuvieron carácter antirreligioso, aunque estas acciones pusieron en evidencia la violencia de la lucha fratricida. Tampoco se puede aludir a las víctimas registradas en operaciones militares ni a los asesinados por motivos políticos, y sí a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas, hombres y mujeres de Acción Católica y otros seglares que entregaron sus vidas por amor a Dios.

Resulta verdaderamente clarificador conocer una serie de opiniones.

El cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que vivió aquellos tristes hechos de la guerra civil, dejó una frase lapidaria: "Los rojos pretendían descristianizar a España: era obligatorio empuñar las armas en defensa de la fe [...]. Los rojos, pretendían, además, hacer de España un satélite de Rusia".

Andrés Nin, jefe del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), en un discurso pronunciado en Barcelona el 8 de agosto de 1936, no tuvo inconveniente alguno en declarar: «Había muchos problemas en España... El problema de la Iglesia... Nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto".

El secretario general de la sección española de la III Internacional, José Díaz, afirmaba en Valencia el 5 de marzo de 1937: "En las provincias en que dominamos, la Iglesia ya no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy día aniquilada".

Al ser preguntado el Presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluís Companys, a finales de agosto de 1936, por una periodista de L'Oeuvre, sobre la posibilidad de reanudar el culto católico, respondió: "¡Oh!, este problema no se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas".

El diario socialista-anarquista, Solidaridad Obrera, el 15 de agosto de 1936, incitaba en estos términos: "Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo", y en el número correspondiente al 25 de mayo de 1937, publicaba lo siguiente: "¿Qué quiere decir restablecer la libertad de cultos? ¿Qué se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Barcelona y Madrid, no sabemos dónde se podrá hacer esta clase de pantomimas. No hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz... Tampoco creemos que haya muchos curas por este lado... capaces de esta misión".

En la Comisaría de Policía de Bilbao fue hallado un documento con los sellos de la CNT y de la FAI, fechado en Gijón en octubre de 1936, en el que se decía textualmente: "Al portador de este salvoconducto no puede ocupársele en ningún otro servicio, porque está empleado en la destrucción de iglesias».

Un testimonio elocuente es el de Manuel de Irujo Ollo, dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ministro sin cartera (septiembre 1936-mayo 1937) en los dos Gobiernos de Largo Caballero, y ministro de Justicia en el gabinete de Negrín (18 de mayo de 1937), que en una reunión del gobierno celebrada en Valencia el 9 de enero de 1937, presentó el siguiente Memorándum sobre la persecución religiosa: "La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo -los organismos oficiales los han ocupado en su edificación obras de carácter permanente. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda". Este Memorándum demuestra que es históricamente falso afirmar, como muchos autores siguen sosteniendo, que los asesinos eran grupos de incontrolados, ya que las masas más violentas que desencadenaron la ofensiva contra la Iglesia en el año 1936 fueron instigados por el anticlericalismo fomentado desde el Gobierno y radicalizados desde la victoria, el 16 de febrero de 1936, del Frente Popular.

La publicación catalana, L 'Esquella de la Torratxa, en julio de 1937 proclamaba: «¡Ya vivimos tranquilos! Porque hemos matado a todos los curas, a todos los que parecían curas, y a todos aquellos que nos parecían curas».

El historiador Stanley G. Payne escribe, a propósito del "furor rojo", que "éste no fue el producto ciego y espontáneo de la furia popular, sino que fue ejercido por pequeños grupos de los partidos revolucionarios que se constituyeron específicamente para esta tarea, con la aprobación en muchos casos, y la iniciativa algunas veces, de los dirigentes de las organizaciones. Tampoco todas las 'escuadras de la muerte' estaban constituidas por elementos de las organizaciones revolucionarias. En Madrid, por ejemplo, algunas fueron organizadas como unidades regulares de policía, dependientes del Ministerio de la Gobernación, dirigido por la Izquierda Republicana durante los meses de julio y agosto de 1936". Dicho Ministerio "apenas hizo nada, de julio a septiembre de 1936, por detener el terror... En Madrid, nunca se apeló a las unidades de policía todavía disponibles para defender a las víctimas del terror. En Barcelona, Companys ni siquiera se atrevió a proteger a su propio ministro de Orden Público, Escofet, ex capitán del ejército, a quien la FAI obligó a huir a Francia por haberse manifestado públicamente contra el terror". "El terror en España se parecía al de la guerra civil rusa en cuanto, en ambos casos, el clero fue una de las víctimas principales de la violencia. La persecución de la Iglesia católica fue la mayor jamás vista en Europa occidental, incluso en los momentos más duros de la Revolución francesa... Los anarquistas tenían la reputación de ser los más violentos anticlericales entre los revolucionarios, pero hubo también matanzas en zonas, como el centro-sur, en que los anarquistas eran débiles... Los socialistas no se mostraron renuentes a hacer su aportación a la hecatombe".

El británico Hugh Thomas, en su libro La Guerra Civil española 1936-1939, escribe: "posiblemente en ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado".

El 11 de diciembre de 1937, presentaba sus cartas credenciales al presidente Azaña el nuevo embajador de Francia en Barcelona, Erik Pierre Labonne, protestante, profundamente religioso y gran entusiasta de la causa republicana. El nuevo embajador dirigió el 16 de febrero de 1938 un extenso informe a su ministro de Asuntos Exteriores. Se lamentaba de que "la actitud de la España republicana en materia religiosa fuera una verdadera paradoja" y explicaba así la situación que había encontrado: "¡Qué espectáculo!... desde hace cerca de dos años y después de afrentosas masacres en masa de miembros del clero, las iglesias siguen devastadas, vacías, abiertas a todos los vientos. Ningún cuidado, ningún culto. Nadie se atreve a aproximarse a ellas. En medio de calles bulliciosas o de parajes desiertos, los edificios religiosos parecen lugares pestíferos. Temor, desprecio o indiferencia, las miradas se desvían. Las casas de Cristo y sus heridas permanecen como símbolos permanentes de la venganza y del odio. En las calles, ningún hábito religioso, ningún servidor de la Iglesia, ni secular ni regular. Todos los conventos han sufrido la misma suerte. Monjes, hermanas, frailes, todos han desaparecido. Muchos murieron de muerte violenta. Muchos pudieron pasar a Francia gracias a los meritorios esfuerzos de nuestros cónsules, puerto de gracia y aspiración de refugio para tantos españoles desde los primeros días de la tormenta. Por decreto de los hombres, la religión ha dejado de existir. Toda vida religiosa se ha extinguido bajo la capa de la opresión del silencio. A todo lo largo de las declaraciones gubernamentales, ni una palabra; en la prensa, ni una línea. Sin embargo, la España republicana se dice democrática. Sus aspiraciones, sus preocupaciones políticas esenciales, la empujan hacia las naciones democráticas de Occidente. Su Gobierno desea sinceramente, así lo proclama, ganar la audiencia del mundo, hacer evolucionar a España según sus principios y siguiendo sus vías. Como ellas, se declara partidario de la libertad de pensamiento, de la libertad de conciencia, de la libertad de expresión. Hace mucho tiempo ha aceptado el ejercicio del culto protestante y del culto israelita. Pero permanece mudo hacia el catolicismo y no lo tolera en absoluto. Para él el catolicismo no merece ni la libre conciencia, ni el libre ejercicio del culto. El contraste es tan flagrante que despierta dudas sobre su sinceridad, que arrastra el descrédito sobre todas sus restantes declaraciones y hasta sobre sus verdaderos sentimientos. Sus enemigos parecen tener derecho a acusarle de duplicidad o de impotencia. Como su interés, como infinitas ventajas le llevarían con toda evidencia a volverse hacia la Iglesia, se le acusa sobre todo de impotencia. A pesar de sus denegaciones, a pesar de todas las pruebas aducidas de su independencia y de su autonomía, se le cree ligado a las fuerzas extremistas, a los ateísmos militantes, a las ideologías extranjeras. Si fuera verdaderamente libre, se dice, si su inspiración e influencias procedieran efectivamente de Inglaterra o de Francia, ¿cómo ese Gobierno no ha atemperado el rigor de sus exclusivismos, olvidando su venganza, y reniega de su ideología?"

La persecución se desarrolló con toda crueldad, y así los asesinatos estuvieron precedidos de torturas tanto psicológicas como físicas, con mutilaciones, golpes, insultos, violaciones, etc. Según el pontífice Pío XI, todo ello se hizo "con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiera creído posible en nuestro siglo".

Otras de las terribles escenas de esa vorágine antirreligiosa fueron las innumerables ejecuciones en masas, sin discriminación de sexo, edad o condición de las víctimas, sin ninguna connotación política o social que pudiera, si no justiffcarlas, por lo menos explicarlas. En los meses de julio y agosto de 1936 ocurrieron casos bien significativos de esos asesinatos masivos, tales como los ocurridos en Barbastro (Huesca) donde exterminaron el teologado de los claretianos, tras ejecutar a 45 estudiantes menores de veinticuatro años y a seis superiores. En Barcelona asesinaron juntos a 45 hermanos maristas, 39 de la congregación de San Gabriel y siete monjes de Montserrat. En el cementerio de Lérida, fueron asesinados a la vez 74 sacerdotes diocesanos. En Calafell, población costera de la provincia de Barcelona, quince hermanos de San Juan de Dios fueron inmolados por no haber querido abandonar a los enfermos del Hospital Marítimo de dicha población. En Rafelbuñol (Valencia), los nueve hijos de un matrimonio muy católico fueron asesinados a la vez, y en la misma diócesis fueron ejecutadas 17 hermanas de la Doctrina Cristiana. En El Escorial fueron inmolados juntos 51 agustinos.

Fue una persecución anticristiana y antireligiosa, ya que matando a los sacerdotes, creían eliminar todo lo sagrado. De ahí los sacrilegios, profanando la Eucaristía, disparando contra el Santísimo Sacramento, bebiendo con cálices, esparciendo y pisando por las calles las Sagradas Formas, destrozando todo lo que tuviese un carácter sacro, tesoros artísticos e históricos, retablos, imágenes de grandes escultores, tapices, custodias, vasos.

El 20 de julio de 1936, por Radio Barcelona se dio la siguiente consigna: "Hay que destruir la Iglesia y todo lo que tenga rastro de ella. ¿Qué importa que las iglesias sean monumentos del arte? El buen miliciano no se detendrá ante ellos. Hay que destruir la Iglesia". Fue tan impresionante la destrucción del patrimonio histórico-artístico eclesiástico y de toda clase de bienes de la Iglesia, que la revista francesa L 'Illustration del 5 de febrero de 1938, escribía lo siguiente: "Su carácter religioso es precisamente lo que desencadenó un vandalismo destructor contra esas grandes obras de arte. Las degradaciones, mutilaciones, profanaciones que en ellas contemplamos manifiestamente, no son debidas a ninguna acción de guerra... Esas obras de arte, casi en su totalidad, han sido reducidas al estado en que se hallan, de una manera voluntaria, sin objetivo alguno militar, lejos de la zona de combate, y aun a menudo, en momentos en que el Gobierno tenía pleno dominio de las regiones en que se hallaban... Los vándalos no han obrado por un inconsciente y brusco frenesí. Han obedecido órdenes recibidas de los comités".

Es necesario dejar bien claro, una vez más, que la razón única de muchas condenas fueron por ser cura, religioso o monja, aunque hubiesen sido bienhechores de pobres y necesitados, de enfermos y de ancianos.

Para corroborar el fin que persiguieron los socialistas, anarquistas, comunistas, separatistas y demás gente izquierdista con su salvaje persecución, basta leer algunas notas aparecidas en la prensa roja, en el primer año de la contienda:

Solidaridad Obrera (26 de julio de 1936). "No queda ninguna iglesia ni convento en pie, pero apenas han sido suprimidos de la circulación un dos por ciento de los curas y monjas. La hidra religiosa no ha muerto. Conviene tener esto en cuenta y no perderlo de vista para ulteriores objetivos".

Diario de Barcelona (órgano de ERC). (16 de agosto de 1936)."Creemos son exagerados los escrúpulos que hacemos ante la quema de las iglesias. Vale la pena sacrificar el poco patrimonio que eso pueda representar pues si dejamos en pie los templos, a la larga volverán a salir las procesiones".

La Batalla (POUM) (19 de agosto de 1936). "No se trata de incendiar iglesias y de ejecutar a los eclesiásticos, sino de destruir a la Iglesia como institución social ".

Un testimonio de gran valor es el que dejó reflejado Salvador de Madariaga sobre la persecución religiosa, aun haciendo constar sus disensiones profundas con la España de Franco y con la propia Iglesia española. Dice así: "Nadie que tenga a la vez buena fe y buena información puede negar los horrores de esta persecución. Que el número de sacerdotes asesinados haya sido dieciséis mil o mil seiscientos, el tiempo lo dirá. Pero que durante meses y años bastase el mero hecho de ser sacerdote para merecer pena de muerte ya de los muchos tribunales más o menos irregulares que como hongos salían del pueblo, ya de revolucionarios que se erigían a sí mismos en verdugos espontáneos, ya de otras formas de venganza o ejecución popular, es un hecho plenamente confirmado. Como lo es también el que no hubiera culto católico de un modo general hasta terminada la guerra, y que aún como casos excepcionales y especiales, sólo ya casi terminada la guerra hubiera alguno que otro. Como lo es también que iglesias y catedrales sirvieran de almacenes, mercados y hasta en algunos casos de vías públicas incluso para vehículos de tracción animal».

En suma, la persecución del catolicismo obedeció, sin lugar a dudas, a un propósito sistemático.



Eduardo Palomar Baró



 

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