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España en la poesia de García Nieto

Por Luis López Anglada

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España en la poesia de García Nieto

Dice el profesor y poeta Joaquín Benito de Lucas, compilador y prologuista de la antología de García Nieto (1) que amor, tiempo, Dios y España, son «cuatro elementos que constituyen lo esencial de su producción lírica». Antes ha puntualizado que aunque estas preocupaciones fundamentales vienen a coincidir con las de otros poetas «de épocas anteriores o de la actual, ofrecen en García Nieto un marcado sello personal». Si esta temática es fácilmente perceptible a través de la obra total del poeta, el último de estos elementos alcanza una particular importancia por cuanto ha dado como resultado algunos de sus mejores libros, además de encontrarse muestras de este amor a su Patria en casi todos los que ha publicado, desde sus primeros poemas dados a conocer en revistas juveniles hasta el último soneto que el antólogo recoge como final de su libro.

Es importante subrayar la supremacía de esta exaltación de España en la poesía de García Nieto, porque hubo un momento de la posguerra en que este poeta constituyó el blanco a batir de toda una pléyade de escritores que no pudieron asimilar el triunfo de aquel joven escritor, muy pronto consagrado como uno de los poetas mejores de su tiempo. Se daba la circunstancia de que todo aspirante a escritor que llegaba a la capital de España desde cualquier provincia, lo primero que buscaba en Madrid era la acogida de José García Nieto que nunca la negó a ningún poeta y siempre extremó con ellos su proverbial amabilidad y su cortesía lo que, muchas veces, no fue óbice para que bastantes de ellos le hicieran blanco de ataques personales en los que identificaban una curiosa mezcla de celos literarios, rechazo a su estilo literario -y de manera absurda a la estrofa soneto, en la que García Nieto era un maestro sin rival- y, sobre todo, a lo que social y hasta políticamente representaba (2).

Pero la elegancia espiritual de García Nieto le hizo guardar silencio ante tanta injusta actitud. Su obra siguió fluyendo, limpia en su forma, diversa en sus temas, apasionada siempre. Ni un solo poema de amarga queja o deliberada beligerancia. Solo, próximo ya al «arrabal de la senectud» publicaría en su libro Memorias y compromisos una respuesta que serviría para contestar a todos los que le habían atacado de permanecer en una torre de marfil ante el dolor del mundo y de las guerras (3). «Yo sé lo que es el miedo y el hambre, y el hambre de mi madre y el miedo de mi madre; yo se lo que es temer la muerte porque la muerte era cualquier cosa, cualquier equivocación o una sospecha»… «Yo sé lo que es enfermar en una celda» Y más tarde se dirigía (por primera y única vez a sus detractores): «¿Qué me decís ahora los que creíais que solo me han movido a cantar los lirios de un campo imaginario, y la rosa de papel y la novia como Dios manda?».

Sí, José García Nieto había aprendido a amar a España en el dolor y era una falsedad acusarle de indiferente ante lo humano. Y mucho menos ante lo humano español. El llevaba a España en sus entrañas, en sus ojos y en su voz. Hay dos libros fundamentales en su dilatada obra que pueden servirnos para confirmar esta afirmación (4). En el primero de ellos el poeta, en una apasionada descripción, le muestra a su hijo la grandeza de España con unos versos antológicos:

«Esto que tienes ante ti,
hijo mío, es España.
No podría decirte -yo no puedo
al menos, con palabras
cómo es su cuerpo duro,
cómo es su cara trágica…»

Pero en el segundo de los libros el poeta utiliza la voz para cantar apasionadamente a la lengua española:

«Hoy he puesto mi mano como otros días,
como otras noches, como otras madrugadas,
en el papel
y mi mano temblaba.
De pronto, me he dado cuenta del tesoro
De la herencia y la leyenda dorada…»

En uno de los versos del primero de estos poemas, García Nieto proclama orgullosamente las muchas veces que la ha cantado y cómo, cada vez, el verso ha acudido a su llamada con docilidad de amante.

«La he traído a mi voz cuando he querido,
como a una oveja que paciente aguarda
el silbo del pastor»



La Patria tiene una realidad antropomórfica que, a veces, es recia y viril como hombre y a veces, femenina y curva como mujer:

«Su pecho, recio y de varón, respira
por las altas montañas;
la suave curvatura del regazo,
femenina, se ensancha
hasta la soledad de las arenas
múltiples y doradas»

El poema que García Nieto titula Dedicatoria está destinado a su hijo, es una bellísima lección en la que le va describiendo, en lírica letanía lo más bello de cada provincia española.

«Mira; aprende a mirar con ella, aprende
a compañarte de ella, acompañándola».

Y tras de una apasionada enumeración de lo más representativo de cada provincia, termina el poema encomendando a su hijo la continuidad de este amor.

«¿Ves, hijo mío? El vaso se desborda;
deja a tus labios apurar la gracia.
Esta es mi herencia; puedes hacer uso
de ella y proclamarla.
Lo que te doy en buena hora
en buena hora la repartas».

Pero España no es, para García Nieto una simple realidad geográfica. Hay una trascendencia desde la tierra al alma que le hace identificar a la tierra con el cuerpo y el alma de todo lo que él ha amado. Y de manera especial el espíritu de su padre, muerto en la infancia del poeta, que le inspira uno de sus más importantes poemas (que él llamó «poemas mayores») «Elegía en Covaleda»

«Y Covaleda en medio, dura y tersa,
nevada y silenciosa como un claro
de luna o entreoída como el grito
de un boyero lejano»

De entre todas las tierras y ciudades de España que García Nieto llevó a sus versos, Toledo es, sin duda, la que gozó de sus preferencias. La adolescencia y los primeros años de su juventud, vividos intensamente por el poeta, aparecen metódicamente en todas las edades y en la mayoría de sus libros: empieza en 1944 con la publicación de Toledo, libro juvenil donde ya se pone de manifiesto la singular maestría del poeta para los sonetos.

«Aquella era Castilla, mi morada,
la novia interminable del estío
sorprendida de verse en tanto río,
tan sin querer fielmente reflejada…»

Pero la juventud del poeta no puede sustraerse a un juego de canciones que van desde las que tienen clara influencia del cancionero clásico a las que, tal vez por contagio del ambiente de aquellos años, recuerdan las de García Lorca:

«Bajando de San Servando
te asustó la cinta verde,
-verde y blanca- de lagarto.
Y ahora al pasar por el puente
señora de tanto río,
no temes al agua verde.»

Pero esto es una excepción en la obra del poeta. Siempre Toledo aparece con la seria evocación de su garcilasiana estirpe, aún cuando García Nieto juegue con sus cancioncillas de amor:

«Toledo en mi corazón
y en mi soledad tus ojos,
¿memoria de qué, mi amor?

Más tarde encontraremos una clara identificación del alma de la ciudad amada con el Dios que, en las procesiones del Corpus que él presenció de niño, quedó para siempre en su recuerdo.

Todos los mediodías estallando
de luz sobre la luz, se arracimaban.
Todas las gracias de Toledo iban
pidiendo a Dios su apetecida gracia,
buscando a Dios rendidas y tremantes,
soñando a Dios humildes y unitarias.»

Toledo reaparece constantemente en la obra de García Nieto. Lo encontramos en un soneto, «Hombre junto al Tajo» en donde con honda melancolía evoca su niñez:

«Así tu vuelves hoy, oh espada rota,
la delgadez de mi niñez remota
y un cielo que he perdido no sé donde.»

Y en otro en que recuerda a sus amigos de la infancia:

«…os esforzáis en ver copiado
aquel que fui en el aire de Toledo»
o en el soneto final de su libro Galiana que termina con dos tercetos de mano maestra:
«Siempre se hace de noche en mis ciudades
y el tiempo ha derribado en las edades
mis castillos de arena; de amor digo.
Tarde ha llegado un niño a ser un hombre;
tarde el Tajo a Lisboa con tu nombre;
tarde mi corazón como testigo.»

Otro motivo que aparece repetidamente en la obra de García Nieto es el Guadarrama. Ya en uno de sus primeros libros (5), la sierra madrileña aparece como objeto poético que centra los argumentos de todos los poemas,

«Mira como se quema el Guadarrama
en sus sierras azules…»

El sentido religioso que nimba toda la obra poética de García Nieto le hace ver la montaña como ejemplo de la obra divina:

«He encontrado a mi paso todavía
aquí donde la tierra se reposa
una rosa de piedra prodigiosa
que la mano de Dios colocó un día,

Son muy numerosas las alusiones que el poeta hace, a través de su obra, a los pueblos y picachos de la sierra madrileña. En un Nuevo cuaderno del Guadarrama (6) lo volveremos a encontrar en toda su majestad y diversidad:

«Más alta que la nube tu cimera
corona, rosa pétrea, Maliciosa.
Más alta que la nube…»
Y, frontera entre las dos Castilla, la «mujer muerta» es para su inspiración:
«Dama oscura, tendida y fría; oferta
de eternidad. ¡Oh, virgen intocada!

Soria es otra de las ciudades amadas de García Nieto. Su estancia en Covaleda, la muerte de su padre y su amistad y devoción por Gerardo Diego que tanto la cantó, le inspiran numerosos poemas que va dejando en distintos libros. Es emocionante el soneto que le inspira la tierra de Soria donde su padre está enterrado y que le hace decir:

«Tú pescador, tú cazador, por Soria.
No hay mal en estar solo, padre, es bueno.
Estar solo es partir. Dios está lleno
de los solos del mundo…»

Como consecuencia natural de estos paisajes, encontramos pronto al Duero, «la ancha vena de España», en un espléndido poema, paradigma del amor que el poeta siente por las tierras castellanas. Y en estos, tiempos, en que modas existenciales han querido preterir hasta el nombre de la patria, García Nieto se yergue como paladín de un patriotismo de poeta entero y cabal. Cosa que, naturalmente, le costará el silencio de tantos años en que sus oponentes, considerando anticuada su actitud, intentarán hundirlo en el olvido. Pero ahí está el poema, esplendente y vivo, alzando su monumento al poeta:

«En esta orilla donde, niño, siento
tu más claro nacer, tu origen frío.
La nevada caricia de tus fuentes,
ancha vena de España, mi alto río,
tu clara voz en mi garganta quiero,
tu propio corazón dentro del mío…»

Y aún nos queda, antes de terminar estas notas urgentes sobre España en la poesía de García Nieto, una deslumbrante estrofa que el poeta titula «Límites convencionales» y que resume su acendrada pasión española y poética:

«España limita al Norte…
¡Arqueros, pronto, apuntad!,
Flecha la de Santa Clara,
arco el de San Sebastián.
Al oeste yo te he visto
siempre verde, Portugal,
repartirte el río Tajo
y ensancharlo hasta estallar.
Al Este, Calpe hacia Roma,
antiguo peñón de Ifach.
Y al Sur, al Sur no lo olvido
aunque no lo vea más;
Un león arrodillado
que no come nuestra sal.
Un león vuelto de espaldas
que se llama Gibraltar.



Luis López Anglada


Notas

1 GarcÍa Nieto, J. Poesía, Fundación Central Hispano. Madrid 1996.

2 De todos los aficionados a la Literatura es conocida la dilatada polémica que se entabló entre las revistas «Garcilaso» y «Espadaña» dirigidas por los poetas García Nieto y Victoriano Crémer. A la muerte de García Nieto, Crémer le ha dedicado un sentido y generoso artículo en el que dice: desde su sillón de académico y desde su tiempo de quietud, José García Nieto es seguro que de algún modo se sienta con nosotros, y que, acaso, sabiéndome actor secundario de esta función se le ocurra volvera a replicarme: «Te lo dije, Crémer: siempre nos encontraremos» «El Norte de Castilla», Valladolid, 2 de marzo de 2001».

3 GarcÍa Nieto, J: Memorias y compromisos. Editora Nacional, Madrid, 1966.

4 GarcÍa Nieto, J: Geografía es amor. Colección «Palabra y tiempo». Madrid 1961 y Nuevo elogio de la lengua española. Real Academia Española. Madrid. 1981.

5 GarcÍa Nieto, J: Versos de un huésped de Luisa Esteban. Ediciones Garcilaso, Madrid 1944.

6 Véase Geografía es amor.



 

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