En el LXX aniversario de Mella. Por J.F. Acedo.

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En el LXX aniversario de Mella. nº 88

Por J.F. Acedo.

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En el LXX aniversario de Mella

I. LA TRADICION

Juan Vázquez de Mella fue durante cerca de medio siglo el portaestandarte de las tradiciones hispánicas, el bardo más enamorado de su patria española. Cantor del pasado, crítico del presente y profeta del porvenir, como le llamó Ramiro de Maeztu, a Mella se le puede catalogar en el selecto grupo de nuestros pensadores y apologistas cristianos de la edad moderna.

Aunque nacido en Cangas de Onís, en el mismo corazón de Asturias, el 6 de junio de 1861, donde verdaderamente se formó fue en Galicia, en la altiplanicie de Boymorto primero, y en la Universidad de Santiago después. Allí, en medio de aquel ambiente húmedo y brumoso donde todo está impregnado de un hálito misterioso, el espíritu de Mella se fue acabando de modelar. Santiago, la "ciudad de piedra , puede considerarse como la fuente de su inspiración creadora, de sus concepciones históricas, y del arte barroco (la opulencia decorativa del párrafo largo, del "párrafo de manto de corte", como solía escribir José María Pemán).

Mella, cuya elocuencia alcanzó las cimas más altas, no fue sólo un orador, sino también un pensador, de lo que dió pruebas en su libro Filosofía de la Eucaristía, en sus estudios que bajo el título Filosofía, Teología y Apologética ocupan cuatro volúmenes de sus obras completas, y en otras páginas en las que con rigor dialéctico y coherencia expone sus doctrinas con un denominador común: la Tradición, que si comenzó siendo su , al cabo de los años se convirtió en la que iluminó su pensamiento.

Para Mella la Tradición es el progreso hereditario, el sufragio universal de los siglos, lo que justifica de la siguiente manera:

«El hombre discurre y por lo tanto inventa; combina, transforma, es decir, progresa y transmite a los demás las conquistas de su progreso. El primer invento ha sido el primer progreso; y el primer progreso, al transmitirse a los demás, ha sido la primera tradición que empezaba. La Tradición es el efecto del progreso; pero como lo comunica, es decir, lo conserva y lo propaga, ella misma es el progreso social».

Como no hay progreso sin tradición —solía decir—, la vida siguió uniendo estrechamente el uno a la otra. Pero la política del siglo XIX, se dividió bajo el signo de aquellas dos ideas y llegó a admitir que en la gobernación del Estado podían existir progresistas frente a tradicionalistas. Y así le fue a España.

A juicio de Pradera, una de las acciones más meritorias de Mella fue reaccionar contra esa aberrante separación. Fijó el alcance del progreso; pero fijó también el sentido de la tradición. «Un progreso, —decía—, que fuera un invento extradordinario y no contara con la tradición para transmitirlo, moriría en el momento mismo de nacer. una tradición que no acrecentara nada el caudal recibido y permaneciera indiferente a lo que exigen las nuevas necesidades sería algo muerto y petrificado que habría que apartar para que no obstruyera el cauce de la historia».

Mella aplaude el progreso que no consiste más que en la perfección sucesiva, afirma que es preciso no desprenderse de la cadena de las generaciones anteriores, y afirma aquellos caracteres que han fabricado muchas generaciones y muchos siglos bajo influencias históricas diversas, y que una creencia juntó para que sellasen su espíritu con lazos indelebles.

II. LA HISTORIA

Cuando Mella llega a la vida pública allá por el año 1893, España estaba desquiciada, dividida en sectas, en escuelas, en partidos.

Al ver cómo aquella sociedad se alejaba de sí misma, repudiando su tradición e ignorando su propia historia, Mella se trazó un objetivo: revivir la España de las grandezas, razón por la cual no pierde ocasión para traer a colación las gestas nacionales, por ejemplo, en el orden literario tuvimos géneros desconocidos por los antiguos clásicos como el teatro teológico y el drama caballeresco, en los que no han tenido rivales en el mundo Fray Lope Félix de la Vega y Carpio, y el Caballero de Santiago, Don Pedro Calderón de la Barca; cómo superamos a Demóstenes y Marco Tulio con Fray Luis de Granada; a Píndaro y Horacio con Fray Luis de León y a todos los novelistas clásicos con el príncipe de los ingenios españoles Miguel de Cervantes. En el orden filosófico —añadía—, engendramos a un Suárez que, siglo y medio antes de Kant, refutaba a Kant al tratar de los universales; a Luis Vives sembrador de sistemas y crítico de las corrupciones de la lógica; a un Fox Morcillo que armoniza a Platón y Aristóteles. Y si de las manos de Melchor Cano sale la lógica de la teología, el Derecho natural sale de la pluma de Domingo Soto, el Derecho penal de los libros de Alonso de Castro, y el Derecho internacional de las Relectiones de Francisco de Victoria… Y si ello fue así en el orden intelectual ¿qué diremos —arguye Mella— de nuestras empresas políticas, si ellas solas repartidas bastarían para hacer la historia de cualquier pueblo?.

Nadie comprendió mejor que Mella el alcance de nuestras grandes empresas; pero pensaba que todas ellas no las había realizado España por un esfuerzo nacido sólo de sus propias fuerzas naturales; debíalo en gran parte, en la principal, a la fe católica que anidaba en los pechos españoles, merced a la cual el amor del patriota se confunde con la fe del creyente. Y ¿cómo no había de ser así —añadía—, si esta patria nuestra gozó de un privilegio que no tiene ningún otro pueblo?

Fue un obispo español, Osio, el Presidente del Concilio de Nicea, el que convirtió a Constantino, quien tuvo el encargo providencial de redactar el Símbolo que repite hoy la cristiandad entera. Y fue un obispo español del siglo X, San Pedro de Mezonzo, el que formuló la más dulce de las plegarias cristianas, la Salve, que después a modo de himno repitieron los Cruzados en los arenales de Siria; y más tarde en el siglo XIII de un fraile español, Santo Domingo de Guzmán, salió el primer Rosario». Con lo que resulta —resumía—, que hemos enseñado a rezar a la cristiandad entera; y "cuando se repite el Credo allí esta la huella del pensamiento español de Osio; cuando murmuramos la Salve, allí está la de San Pedro de Mezonzo, y cuando se reza el Rosario allí está la de Santo Domingo de Guzmán".

III. REGIONALISMO

Mella que tanto amó a España, no afirmaba, sin embargo, la unión centralista que mata las energías nacionales y que quiere convertir a la Nación en Estado. No consideraba a España como un río que nace y brota de un sólo manantial, sino que la representaba como un río anchuroso formado por muchos afluentes; los afluentes son las regiones y esos afluentes al juntarse en un sólo cauce forman la nación.

Mella afirma la variedad dentro de la unidad, de la misma forma que lo hicieron grandes pensadores anteriores a él, precisamente en los momentos en que la unidad nacional se afirmaba con más vigor. En el periodo culminante de la monarquía gótica, cuando Leovigildo había terminado la unidad territorial, y en los Concilios toledanos se iba laborando la unidad legislativa, Isidoro de Sevilla al señalar las condiciones de la Ley (honesta, justa y posible) agrega que ha de ser, secundum naturam y secundum patriam, según las costumbres de la patria. Y en la época de los Reyes Católicos, los Procuradores de las Cortes de Valladolid, a principios del siglo XVI, en una frase bien conocida, dicen que "cada provincia abunda en su sexo", y, por eso, las leyes y las ordenanzas no pueden ser de una misma manera, ni disponer de una misma forma para toda la tierra.

Más tarde cuando ya la Monarquía decae y quiere uniformarla con una centralización anti-foralista el Conde Duque de Olivares, un obispo ilustre, el famoso Juan Palafox, en un libro que tituló Juicio Interior de la Monarquía, señaló como una de las causas de nuestra decadencia el afán de unificar los reinos, aplicando a unos las leyes de los otros, lo cual —según decía—, era como "trocar los frenos y los bocados a los caballos", porque es necesario —añadía— que las leyes sean como el vestido que se acomode a la forma del cuerpo, y no el cuerpo a la forma del vestido. Estos mismos principios —en su sentir— los reivindicó Jovellanos en los notables Apéndices a la Memoria de la Junta Central en los que, frente al proyecto de Constitución extraña traducida y afrancesada, en la que los legisladores de Cádiz trataban de encerrar a la sociedad española, oponía los criterios fundamentales de nuestra Constitución interna.

El pensamiento de Mella sobre esta materia se ajusta al concepto histórico que denomina "Regionalismo" porque —según dice—, «esta palabra expresa muy gráficamente el "principio fuerista" en virtud del cual las unidades históricas que forman el todo nacional tienen derecho a conservar y perfeccionar su propia legislación civil; administrarse libremente por sus municipios con vida propia y reconocida y por sus Juntas y Diputaciones en la órbita regional; a dirimir en el propio territorio los peculiares litigios; y a mantener la propia lengua y literatura, no correspondiéndole al Estado más atribuciones que la que constituyen los predicados esenciales de la soberanía política, que son sus corolarios de la dirección suprema y de lo que es acción social común».

La posición de Mella ante estas instituciones se asemeja a la que posteriormente expone Tocqueville en La Democracia en América donde muestra el interés y orgullo que los americanos profesan a las peculiares instituciones políticas de su municipio, y la maravillosa "vis asociativa que en la vida diaria posee aquella institución. «Los americanos de toda edad, condición o carácter se unen sin cesar —según dice— para luchar por sí mismos sin recurrir al poder público; maestros y discípulos forman instituciones docentes con vida y espíritu propio; los escolares reglamentan sus juegos y crean por sí mismos un código de honor; los empresarios más graves con los motivos más fútiles suscitan la atención asociada: organizan fiestas, fundan seminarios, elevan Iglesias, reparten libros, envían misiones a las antípodas, combaten la intemperancia, difunden una verdad religioso-filosófica. Nadie desespera de conseguir un fin por medios sociales; la desesperación y el escepticismo no político, no se conocen allí. Dondequiera que se encuentra una empresa nueva, encontraréis en Europa al Gobierno; allá descubriréis una asociación».

Pues esto precisamente es lo que pretende Mella; reducir el poder del Estado y dárselo a la sociedad. Y no se diga que es atentatorio contra la unidad nacional, pues España no tuvo unidad más vigorosa que cuando más y mejor se guardaban sus fueros. Con los Fueros —decía— llegamos a la mayor grandeza, extensión y poderío que ha tenido ningún pueblo. Mas apenas el Conde Duque de Olivares pensó en poner manos a los Fueros, se perdió Portugal y se sublevó Cataluña; con Felipe V, que abolió los Fueros de Aragón y Valencia, comienza nuestra decadencia interior; y con el triunfo del liberalismo, incompatible con los Fueros porque tiende a fundir los pueblos en un molde común, nuestra derrota y abatimiento llegó a los extremos del siglo XIX.

Pero si el centralismo absorbente del liberalismo es incompatible con el sistema foral, en la misma medida —en el sentir de Mella— lo es el separatismo de los bizcaitarras de Vizcaya y Guipúzcoa, el de los napatarras de Navarra y el de los independentistas catalanes. La razón es obvia. Para los separatistas, España es un conjunto de naciones enlazadas por un Estado que no tiene más que una soberanía política común sobre ellos. Para una concepción tradicional-fuerista que preconiza Mella, España es una congregación de regiones que tienen una personalidad histórica y jurídica distinta, pero que no son completas, ni unidades históricas y sustancias independientes, sino que han integrado una parte de su vida y han formado esa entidad superior, obra de ellas y que actúa sobre ellas, que se llama España.

Los separatistas, con una falsa visión de la realidad y de la historia, afirman el árbol y niegan el bosque, sin advertir que cada árbol tienen como los otros sus raíces en el mismo suelo y las ramas en la misma atmósfera, y que el bosque regulariza las lluvias recogiendo una parte en el subsuelo y que las ramas se enlazan para resistir el ímpetu del huracán, y sin ese bosque, el árbol solitario no saldría de las proporciones del arbusto vacilante o se alzaría indefenso ante el hacha o la centella.

Mella afirmaba el árbol y también el bosque, afirmaba la "variedad dentro de la unidad", lo que lleva a la formulación de su original teoría de las dos soberanías, desarrollada en multitud de discursos, pero sobre todo en el que pronunció en el monte de Archanda de Bilbao, el 15 de agosto de 1919.

IV. LAS DOS SOBERANIAS

Frente a la unidad de soberanía popular proclamada como dogma por el filosofismo francés a finales del XVIII Mella formula la soberanía dual. Hay una soberanía política; pero al lado de ella y completándola, una soberanía social.

Según Mella, la soberanía social nace de la familia, pasa por la escuela, la Universidad, el municipio y llega a la región y a las clases. Esa soberanía no sólo es creación del Estado, sino que más bien el Estado es creación de esa soberanía social que la necesita como complemento y que viene después, como "soberanía política", para dirigir el conjunto de las regiones y las clases. Así pudo decir: "En mi sistema hay siempre dos jerarquías: una ascendente, formada por una serie de personas coolectivas, y otra descendente y delegada del Esatado, que debe servir a aquellas".

Esta concepción de Mella corre pareja con la teoría de la soberanía de Mauricio Hauriou. Este tratadista parte de la contraposición entre dos aspectos diversos de la soberanía: la "soberanía del dominio" residente en los órganos representativos de cada colectividad nacional, y la "soberanía de sujección" consistente en la colaboración que prestan los individuos al gobierno, sin convertirse por ello en gobernantes.

El punto de arranque en el francés y el español es el mismo: una concepción orgánica de la soberanía, pero se diferencian en que mientras Hauriou habla de la soberanía individual de sujeción, Mella fiel al concepto orgánico de democracia, aprendido en los tradicionalistas españoles anteriores a él, señala como sede de la soberanía social, los núcleos colectivos en que el individuo halla cobijo. Pero aún así, tanto la soberanía social de Mella, como la de sujeción de Hauriou vienen a resultar una especie de trinchera de resistencia fabricada desde abajo, contra los abusos del despotismo de arriba.

Cuando se confunden las dos soberanías en un solo poder, como sucede en los regímenes parlamentarios y en los totalitarios, la centralización resulta una necesidad y una consecuencia lógica. Y con la centralización viene la absorción y la enfeudación de toda la política en el partido o en la oligarquía de partidos. Y cuando el partido o los partidos acaparan la soberanía, entonces toda la dirección social está vinculada a ellos, y los que forman parte de esas oligarquías tienen todas las preeminencias y todos los derechos mientras que quienes no forman parte de ellas están sometidos, o postergados, o proscritos.

Frente a la representación por partidos, opone Mella la representación por clases —cuyo fundamento lo encuentra en las mismas facultades humanas—, con procuradores sujetos a sus electores por mandato imperativo, único medio de que los elegidos nos prometan una cosa durante el periodo electoral y después no efectúen lo contrario, cuando obtengan la investidura. Además se evitará que existan en las Cortes mayorías oficiales, mayorías que voten según la voluntad del Gobierno, y en su lugar habrá mayorías populares que voten según la voluntad de sus representados. Y si a esto se le añade la incompatibilidad del cargo de diputado con toda merced, honor y empleo que no fuera obtenido por rigurosa oposición, se evitará una de las principales fuentes de las corruptelas y prevaricaciones parlamentarias.

Quién sabe, —escribía en sus últimos años un político liberal de tanto abolengo como el conde de Romanones—, si "ante la grave crisis que hoy en el mundo están atravesando el régimen parlamentario y los gobiernos de gabinete, sus teorías (las de Mella) sobre el origen de la representación, buscándola en lo que el llama con frase admirable "la aristocracia social" —bien distinta de la "aristocracia de sangre"— no serían camino acertado para salir del impasse donde las sociedades políticas se hallan sumidas y estancadas a la hora presente».

V. LA MONARQUIA TRADICIONAL

Las dos soberanías precisan —en el sentir de Mella— un tercer elemento que las impulse y modere. Ese elemento es la monarquía, a la que otorga un carácter cristiano, distinto de la absoluta y de la liberal parlamentaria.

La idea de la monarquía absoluta, Mella la rechaza por completo, pues —como decía— "nosotros no admitimos más absolutismo que el de Dios y de tal manera lo reconocemos, que la primera condición que exigimos a los reyes para serlo es que empiecen por ser súbditos de Cristo para ser después soberanos nuestros". «Y amamos tanto la verdadera libertad —seguía diciendo— como que frente a la soberanía política oponemos la soberanía social que la limita, erizada por decirlo así, de una serie de libertades y derechos, que empiezan en los personales, que se afirman en la familia y siguen por sus prolongaciones en las escuelas, en las universidades, el gremio y sus agrupaciones, el municipio, la comarca y la región, formando una jerarquía de personas que se organizan en clases y que amurallan la soberanía del Estado, para que no se desborde y se mantenga dentro de su órbita, contenida por esa serie escalonada de baluartes, que marcan en derredor de ella un círculo sagrado, que no puede traspasar el poder soberano sin convertirse en tiránico».

Pero si la monarquía, que propugna Mella, no es la absoluta, tampoco es la liberal parlamentaria, que no tiene de monarquía más que el nombre y los ornamentos heráldicos de la antigua realeza.

La monarquía parlamentaria —en el sentir de Mella— es obra frágil de los parlamentos, que están a merced de los partidos, de los oligarcas o de los motines. Se confunde con la de la revolución, a la cual prestó el inmenso servicio de servirle de puente para pasar del despotismo absolutista al absolutismo liberal y preparar el advenimiento de la "democracia republicana", en la cual va a perderse como los ríos en el mar. La monarquía liberal, —continúa—, es centralista y absorbente; mientras que la tradicional, —que es la que propugnaba—, es descentralizadora, siendo la que formó a España con el concurso de las regiones. En efecto:

«León y Castilla se unieron en cierta manera federativa después de la batalla de Tamara, pues a pesar de la derrota de Bermudo III, Fernando I confirmó y extendió el fuero de León, no imponiendo la manera de ser de Castilla. Se unió Alava por escritura solemne a Alfonso XI en el campo de Arriaga al declinar el siglo XIV; en el mismo siglo unióse por completo Vizcaya al juntarse en una misma persona el Señorío y la Monarquía castellana; y se unió Guipúzcoa, también por pacto a Alfonso VIII, y Cataluña y Aragón por unión federativa al enlazarse Berenguer IV con Doña Petronila, conservando ambos Estados sus especiales instituciones, como se unieron también manteniendo las suyas Navarra en las Cortes de Tudela y Portugal en las de Lisboa en el siglo XVI. De aquí que nuestros antiguos reyes nunca dejaran de titularse monarcas o señores de cada uno de sus reinos; sólo en gracia a la brevedad, se llamaban reyes de las Españas, nombre colectivo y genérico de los varios Estados peninsulares».

Y continuando la argumentación sobre las diferencias entre una y otra forma, añade:

«Mientras la monarquía tradicional reconoce y expresa de la manera más adecuada todos los atributos de la soberanía parlamentaria, toda la soberanía, la de arriba o regia y la de abajo o parlamentaria, se compendia y resume en el Gabinete, que es el verdadero poder constituido, por lo que siendo así, el Monarca conserva los honores, las apariencias y oficialmente el rango de la antigua realeza; pero en realidad no es más que el remate heráldico de una oligarquía poliárquica alternativa».

Frente a esta abstracción simbólica, Mella aboga por una monarquía en la que el rey reine y gobierne con responsabilidad social y una serie de limitaciones desde el "Rex eris recta facis" de la época visigoda, al "cuidado de guardar al rey de sí mismo" , estampado como deber del súbdito en la Ley 25, tit. 13 de la Partida 2ª. Tras cuya exposición concluye:

«Esa es nuestra monarquía. Míresela bien y se verá que ella, con los concejos, las comunidades y hermandades, las Juntas y Diputaciones Forales, y las Cortes de distintos reinos, condados y señoríos, es el organismo nacional que sobre el suelo de la patria fueron levantando las generaciones. Tiene su apoyo en la tradición, que es el sufragio universal de los siglos. Se funda en el derecho cristiano y en la voluntad nacional, que no es la movible y arbitraria opinión de un día, sino el voto unánime de las generaciones unidas y animadas por las mismas creencias e idénticas aspiraciones».

Esa monarquía es la misma defendida por el Padre La Bastida en tiempos de Carlos II y Felipe V; la que defendieron Jovellanos contra los proyectos de las Cortes de Cádiz; el Barón de Eroles en tiempo de Fernando VII; Magín Ferrer con Carlos V; Balmes con el Conde de Montemolin; y Aparisi con el Duque de Madrid. Políticamente se ha eclipsado, pero el modelo no se ha extinguido.

VI. EL PROYECTO DE UNION

En los últimos años de su vida, Mella se separó de Don Jaime de Borbón a causa de una desavenencia, que surgió entre ellos porque en la guerra europea de 1914 Mella se mostraba adicto a los imperios centrales, mientras que D. Jaime simpatizaba con la causa de Francia, Inglaterra y demás naciones aliadas, llegando incluso a publicar el año 1918 un manifiesto por el que desautorizaba en su partido los actos de carácter germanófilo. Mella públicamente rechazó el manifiesto y se separó del "carlismo" o "jaimismo", fundando el día 11 de agosto de 1918 un nuevo Partido Tradicionalista, basado en los principios por él sostenidos, y con el diario El Pensamiento Español, que vino a ser el portavoz oficial del mismo, en el que se consagró tenazmente a propugnar la mediante un programa mínimo:

1. Unión moral y separación económica de la Iglesia y del Estado.

2. Sustitución del régimen parlamentario por el representativo.

3. Autarquía de municipios y regiones, y defensa resuelta del orden social fundado en la armonía de clases que forman el trabajo integral.

4. Política internacional orientada hacia los tres ideales en que desemboca nuestra Historia: dominación del Estrecho, federación con Portugal, y unión con los Estados Hispanoamericanos.

VI. LA EJEMPLARIDAD MORAL

Para lograr la unión de las derechas sobre estas bases, "daría parte de mi vida", solía decir. Y en verdad que era lo único que podía dar, pues él, que pudo tenerlo casi todo, vivió sin nada. Cánovas en plena juventud le ofreció un Ministerio y lo rechazó; más tarde, en su madurez, cuando Maura recibió el encargo de formar el llamado "Gabinete Nacional", le ofreció otra cartera que también rechazó. No perteneció a ningún Consejo de Administración, ni tuvo cargo alguno en ninguna empresa mercantil, ni en su nombre se llevó gestión alguna de tipo financiero. Desempeñó durante algún tiempo la Secretaría de Don Jaime, pero no quiso ser delegado suyo, como no quiso serlo de Don Carlos, y rehusó la presidencia de la Junta Central que le ofreció el Marqués de Cerralbo. Vivió exclusivamente de las seis mil pesetas de renta anual que le producían sus exiguos bienes. Cuando a raíz de la grave operación quirúrgica que sufrió, le visitó Don Antonio Maura en su humilde vivienda, no pudo por menos de exclamar: "¡Don Juan, este es su mejor discurso. Su lección más ejemplar!".

En pobreza franciscana, recluido en su hogar a causa de su desgracia física, a solas con sus recuerdos, dialogando con los héroes y los mártires, tantas veces evocados por él en sus discursos, el 26 de febrero de 1928, entregó su alma. Ahora se cumple el LXX aniversario.

Su muerte unió en alabanzas a correligionarios y adversarios políticos. Sintetizando esa unanimidad, "El liberal", el diario republicano que él tanto combatió con su palabra y su pluma, escribió:"Con Mella ha muerto un gran ciudadano, un caballero intachable, un hombre de corazón. Vivió como un poeta y ha muerto como un ermitaño" .

José F. Acedo Castilla J.F.A.C..


 

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