LIBROS: El maestro en el erial
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LIBROS: El maestro en el erial

Comentarios de F.M. al libro de Gregorio Morán

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LIBROS: El maestro en el erial

Morán, Gregorio: El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo, ed. Tusquets, Barcelona 1998, 542 págs.



El autor es un activista político de extrema izquierda que, después de haber publicado una biografía del ex falangista Adolfo Suárez, ofrece ahora una crónica de la trayectoria orteguiana desde 1936 hasta su muerte en 1955. La línea argumental del libro consiste en acusar al filósofo de "complicidad con el franquismo" (pág. 371). ¿Cuáles son los supuestos argumentos?

Muchos son archisabidos: que Ortega fue un pensador elitista y aristocratizante, acaso liberal, pero nunca demócrata; que apoyó a Primo de Rivera hasta 1927; que pronto se situó al margen de la II República; que se entusiasmó con la rendición de los ingleses en Munich ante Hitler; que los hijos del filósofo se alistaron en el ejército nacional; que en julio de 1936, con la ayuda de agentes nacionales, publicó en Londres su artículo En cuanto al pacifismo, donde denunciaba el terror rojo de Madrid; que se felicitó del triunfo de las tropas nacionales en la guerra civil; que en mayo de 1946 se repatrió y en el Ateneo madrileño presidido por el busto de Franco afirmó que España tiene suerte y goza de "indecente salud"; que el Gobierno lo repuso en su cátedra universitaria con dispensa de asistir y no la cubriría hasta que se jubiló a los setenta años; que fue requerido a colaborar en "ABC" y "La Vanguardia", pero que su primer artículo periodístico en España desde 1934 se publicó en la revista falangista "La Hora" en 1949; que fundó el Instituto de Humanidades y dictó su primera lección en diciembre de 1948 ante un escenario presidido por un retrato de Franco (lo clausuró en 1950 por la inasistencia de jóvenes); que su editorial Revista de Occidente reanudó su actividad1, y en ella publicó sin limitación alguna todos sus libros, también reediciones, incluso sus Obras Completas; que en su conferencia de Berlín (septiembre de 1949) formuló severas críticas a la democracia; que su entierro fue presidido por tres ministros del Gobierno de Franco; que se dió el nombre del filósofo a la antigua calle de Lista de Madrid; que no escribió jamás ni una sola línea contra el jefe del Estado nacido de la victoria (en esto último coincidió con Benavente, Marañón, D’Ors, Azorín, Baroja, Pérez de Ayala, Gómez de la Serna, Menéndez Pidal, Zubiri y todos los intelectuales de talla); etc. Esto es verdad, era conocido y no empaña la fama del filósofo, sino que la dignifica.

Pero la Fundación Ortega y Gasset ha puesto papeles a disposición del autor lo que le permite aportar alguna anécdota. Por ejemplo, que su padre Ortega y Munilla había sido seminarista; que protestó ante un diplomático inglés por la Declaración de Postdam contra España y contra el "dañino" locutor de la BBC; que cuando se jubiló, su pensión de retiro era de 32.733 pts. mensuales; que repudió a su traductor habitual porque se había hecho "rojo"; que era un "donjuan" (pág. 329); que padecía "crónica angustia depresiva" (pág. 81); que "la familia le importó un comino siempre, y detestaba a los niños" (pág. 332); que antes de aceptar una invitación a visitar México pidió la aprobación de la embajada de España en Buenos Aires, que le fue concedida; que fue tensa su relación con Zubiri; que a su incondicional J. Marías le reprochaba por escrito "no tener ideas propias" y "carecer de mundo" (pág. 358); que intentó sin éxito una cuantiosa subvención norteamericana para crear un Instituto en Munich; que aceptó ser el rey del Carnaval de Munich en 1954 a cuyo efecto recabó disfraces de gitanas y toreros; etc.

Son numerosísimas las descalificaciones contra el filósofo: "doblez y cobardía", "miedoso y reaccionario", "melopea de guantazos", "taurino y circense", "machista", "chulito madrileño", "chuscada orteguiana", "ripidez", "pedestre galimatías", "achulapado", "histriónico", "propia impostura", "excrecencias", "lenguaje elusivo y falsa autenticidad", "papagayo", y, para remate "payaso intelectual" (pág. 354).

La mayor parte de este voluminoso tomo no tiene relación con Ortega y es utilizado para repetir el falsísimo tópico de la supuesta "paramera" o "erial" de la cultura española durante la era de Franco, cuando es evidente que fue mucho más brillante que la de la II Restauración donde no ha aparecido ni una sola idea supuestamente censurada anteriormente. En esa línea, el autor lanza denuestos a todo lo que no es frentepopulista, y se indigna de que Ortega despreciase al socialismo, al comunismo y a Marx, al que apostrofaba como "judiazo".

Finalmente, para confirmar su obsesiva e infundada tesis de que el biografiado se "vendió" a Franco, pone en boca de los hijos del filósofo esta inverosimil confesión atribuida al propio Ortega: "Me han comprado" (pág. 485). Afortunadamente, no hay nadie sensato que pueda creer que el pensamiento de Ortega estuvo condicionado, ni en lo más mínimo, por el modesto y lógico favor administrativo de que se le restituyese y conservase la cátedra de que le había privado el Gobierno republicano.

Libro de un sectarismo tenaz, de estilo avieso, que ignora mucha bibliografía, salpicado de errores y de elocuentes omisiones, y que pone de manifiesto una supina ignorancia filosófica, lo que es grave cuando se trata de valorar a un pensador. Y para ludibrio de quienes facilitaron el acceso al archivo Ortega y Gasset, el autor les acusa reiteradamente (págs. 330 y 446) de haber censurado y retirado una parte de la correspondencia.

La lectura de este tomo deja muy penosa impresión. Una figura como la de Ortega no puede ni debe ser inmunizada contra la crítica académica; pero no se merece un libro que roza la obscenidad.

F.M.




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