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La evolución del hombre

Por G. Fernández de la Mora

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La evolución del hombre

La hipótesis evolucionista me parece la más fundada y razonable para explicar el árbol de la vida. Es cierto que los grandes saltos específicos aún no se han podido reproducir en el laboratorio; pero la genética no ha cesado de avanzar en el último medio siglo y de obtener resultados que anuncian otros más decisivos. También es verdad que no ha demostrado cómo apareció el "homo sapiens", ni qué será de él en el futuro; pero aporta significativos indicios. Es una explicación que contradice el creacionismo ingenuo (Dios produciendo desde la nada todas y cada una de las especies en el curso del tiempo); pero que no implica el ateísmo, como algunos han creído, sobre todo, en el siglo XIX.

Rafael Alvira acaba de publicar un ensayo de antropología filosófica en uno de cuyos últimos y más incitantes capítulos aborda la gran cuestión que presenta el evolucionismo para una teoría del hombre.

El evolucionismo obliga a descartar la tesis metafísica de que las esencias son fijas, eternas y sólo permiten cambios accidentales en los individuos. El hombre actual, el último de los homínidos y con gran diferencia el más capaz de los primates, apareció en un determinado momento del decurso terrestre, va para unos treinta mil años. Hace millones de lustros, no existía, era sólo una posibilidad que podía actualizarse o no. En suma, el hombre actual no responde a la necesidad de que se realizara una supuesta esencia eterna, es un acontecimiento datable. La esencia del hombre actual, que coincide con el código genético de la especie, tiene un principio, aparece en unas determinadas circunstancias, no es intemporal, sino cronológica. La Humanidad es un accidente histórico importantísimo a escala terrestre, no una conclusión cósmica.

Esta primaria invitación a la modestia suscita varias cuestiones que recoge Alvira 2. La primera es "como arriesgar una teoría última del hombre". No creo que se pueda formular tal teoría última porque nadie ha demostrado que la evolución de los homínidos haya finalizado. Lo probable es más bien lo contrario. Cabe describir al hombre actual con el método empírico de las ciencias naturales o con el fenomenológico de la filosofía; pero no más. Y esa limitación no me parece grave porque no toda teoría ha de ser última, como a diario pone de manifiesto la falsabilidad de las eficacísimas ciencias puras y aplicadas. La pretensión filosófica de ultimidad no se ha logrado, a pesar de los inmensos esfuerzos realizados desde los griegos hasta hoy, y hay que renunciar a ella. Me inclino a pensar que el propio Alvira no considera como "última" su propia exégesis antropológica.

La segunda cuestión es que "si no conocemos la medida del hombre, es decir, su esencia o naturaleza, tampoco podemos formular ninguna normatividad última de su actuar". Pero entiendo que sí podemos enunciar una norma primera deducida de la naturaleza del hombre actual, una ética específica del "homo sapiens sapiens". Que cada especie tenga su moral no es una relativización, sino una determinación: la del primer homínido de comportamiento no exclusivamente pautado pudo ser distinta de la nuestra, pero determinada.

La tercera cuestión, no expresamente planteada por Alvira, consiste en qué será de la especie humana actual. Nuestra especie tiende a reproducirse en los individuos; pero, como ha acontecido en tantos brotes del árbol de la vida, no se puede excluir la mutación. Entre los homínidos está demostrada por los fósiles la existencia de numerosas mutaciones específicas. Y no cabe excluir que la genética permita racionalizar procesos que hasta ahora parecen haber sido aleatorios o, por lo menos, relativamente indeterminados. Si el hombre actual tiene un principio, tambien puede tener, al igual que tantísimas especies, un final o, como el hombre de Neander-thal, una superación. Desde otra perspectiva aparece la historicidad de las especies vivientes. Hay que aceptarlo modestamente: nadie ha demostrado que el Universo tenga como fin último al . Y no es ni probable ni verosímil tal autocomplacencia.

Se pregunta Alvira "podemos a ir a peor". Antes de avanzar en mi acaso impertinente diálogo hay que hacer alguna precisión terminológica. Escribe Alvira: "Mejor quiere decir más universal, más posesivo, más libre, más seguro, en resumen, más integrado y más abierto a la vez". No me parece una definición suficientemente esclarecedora, entre otros motivos, porque, en el hombre, libertad y seguridad se contraponen. Habría que circunscribir la noción de "mejor" al hombre actual y suspender provisionalmente el juicio sobre una "mejoría" universal porque no sabemos qué será lo mejor para un átomo de hidrógeno en Andrómeda. Para el hombre, lo mejor es lo que le hace más feliz; pero en este punto es difícil generalizar pues cada cual es dichoso a su manera. No podemos prever la densidad felicitaria de las generaciones futuras; pero sabemos que, por ejemplo, en el curso de los últimos tres mil años, entre avances y retrocesos, los hombres han ido adaptando la circunstancia terrestre a sus necesidades y

deseos. No es seguro que ese proceso continúe ilimitadamente, pero es probable que no se interrumpa en el tránsito del milenio: hay más esperanzas que terrores ante el año 2000. En modo alguno comparto el optimismo leibniziano, pero sí —moderadamente— ante el próximo futuro de la mortal Humanidad.

Porque los individuos y probablemente nuestra especie son mortales, Alvira se pregunta "¿podemos confiar en un Universo o en un Dios que ha permitido la muerte y el mal". Es la magna cuestión que planteó Epicuro en claros términos. Acaso el verbo justo sea "resignarse" en vez de "confiar". En cualquier caso, no cabe otra salida, salvo la desesperación masoquista e inútil. Caminamos inexorablemente hacia la muerte, lo que suele parecer un terrible mal; Alvira cree que no porque "la muerte es el límete gracias al cual podemos tomar en serio la vida". Pero un espíritu inmortal, como suponemos a los ángeles ¿no puede tomar en serio su existencia? A lo que la muerte obliga es a valorar la breve vida; pero, al mismo tiempo, provoca angustia. Tragedia inapelable. Creo que el envejecimiento y la muerte no son lo mejor para el individuo, pero sí para la especie y para la vida en general. Si no hubiera muerte de unos individuos y generación de otros no se habría dado la evolución que conocemos, la que ha conducido al hombre actual y abre el árbol de la vida hacia incalculables posibilidades. Pienso que la muerte de los individuos es lo mejor para la evolución y éste es su sentido terrestre y quizás universal.

Alvira ha escrito un inteligente libro que, desde raíces clásicas, explora terrenos nuevos, y que posee, entre otras, la virtud de dar que pensar.



G. Fernández de la Mora




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