Los irlandeses
del ejército nacional
I. UN
ABSURDO
Por Decreto del 19 de enero de 1996, Juan Carlos I afirma
que «es de justicia reconocer la labor en pro de la
libertad y la democracia llevada a cabo por los
voluntarios integrantes de las Brigadas Internacionales
durante la guerra civil española de 1936 a 1939».
Están, pues, absueltos de los fusilamientos, las purgas,
las quemas, las torturas y las profanaciones. Ya está
rehabilitada la chusma cosmopolita. De los que gritaban
«¡Muera España!» se ha hecho ejemplos de virtud, y
hasta se les obsequia con la nacionalidad del país que
habían venido a rematar. Aventureros de malos instintos,
terroristas profesionales, pistoleros a sueldo, simples
exaltados o mercenarios sanguinarios. Fueron sobre todo
el odio, la sangre y la desolación lo que vinieron a
sembrar en España y no la democracia.
Si se quería dar una señal de gratitud, hubieran debido
acordarse, por ejemplo, de otro grupo de voluntarios al
que los españoles, sea cual fuere su bando, no tienen
ninguna infamia que reprochar: los irlandeses del Tercio.
Movidos por una sincera amistad hacia España y por el
profundo deseo de defender la Cristiandad amenazada, esos
hombres, olvidados hoy, eran verdaderos idealistas. No
eran los peones del Komintern ni comisionados por ningún
gobierno extranjero; no vinieron para revolucionar, sino
para servir, y su caballeresca epopeya merece más honor
que las fechorías de André Marty.
II. EL LLAMAMIENTO DEL GENERAL O'DUFFY
En agosto de 1936, apenas un mes después del alzamiento
español, empezó la aventura de los voluntarios
irlandeses. El general O'Duffy, líder de la derecha
irlandesa, es invitado por un amigo carlista a que
reclute una brigada de combatientes que se una a los
Requetés. Tal gesto -escribe el español- tendría valor
ejemplar en el mundo católico; también tendría muy
buen impacto sobre la moral de los nacionales.
No resulta muy difícil convencer al general. Como la
mayor parte de sus compatriotras, Eoin O'Duffy ya es
partidario de la causa nacional. Entre todas las
personalidades de primer plano, es el mejor capacitado
para una operación militar. Nacido en 1892 y veterano de
la guerra de independencia, durante la cual se destacó
al lado del legendario Michael Collins, ha sido jefe del
Estado Mayor antes de mandar la policía nacional (An
Garda Siochana) durante diez años. Destituido en 1933 a
petición de la izquierda, dirigió la «National Guard»
y presidió el «Fine Gael», o sea, el principal partido
de la derecha irlandesa. Desde 1935, está al frente del
«National Corporate Party», una pequeña formación
cuyas ideas se parecen mucho a las de Salazar y Dollfuss,
y cuyas «camisas verdes» disputan la calle a los
peleones del IRA.
Atraido por la idea de contribuir directamente a la lucha
contra el comunismo, O'Duffy escribe a varios periódicos
para expresar su convicción de que Franco «está
defendiendo las trincheras de la Cristianidad» Y, de
paso, sugiere la posibilidad de reclutar un cuerpo de
voluntarios. El eco es inmediato y de todos los condados
afluyen cartas de aprobación por centenares. Muchos
jóvenes se declaran dispuestos a marchar. También son
numerosos los ciudadanos «instalados» -granjeros,
tenderos, obreros, profesores, etc- que contestan
afirmativamente, como el comandante O'Malley, caballero
de Malta, o el teniente-coronel P. R. Butler, hijo del
general Sir W. Butler.
La participación irlandesa en la guerra española deriva
naturalmente de la vieja amistad que une a las dos
naciones. Al general le gusta referirse a los soldados de
la Invencible que vinieron a prestar socorro a Irlanda y
también a los innumerables irlandeses que sirvieron al
Reino de España. Asi el marino O'Flaherty, el compañero
de Colón, los generales O'Donnell, O'Shea y O'Reilly,
sin olvidar al arzobispo de Cashel, el Colegio irlandés
de Salamanca y la Iglesia de los Irlandeses en Madrid.
Los simpatizantes de la Cruzada pueden remitirse a una
auténtica tradición histórica. Por estereotipado y
sentimental que sea, este lenguaje no deja al público
irlandés indiferente.
III. EL PROYECTO SE PLASMA
Ante el entusiasmo que suscita su iniciativa, O'Duffy
decide preparar un proyecto detallado y someterlo a las
autoridades españolas. El 20 de septiembre, éstas le
dan su acuerdo de principio, y en seguida, el general
viaja a España. Llegado vía Hendaya y escoltado por una
guardia de honor, pasa por el monasterio de Elizondo y,
luego, se detiene en Pamplona donde se entrevista con el
gobernador de Navarra, Don Juan Pedro Arraiza. En Burgos,
habla con el general Cabanellas y, después, se dirige a
Valladolid donde le espera el general Mola. La
conversación se desarrolla en el ambiente de la reciente
liberación del Alcázar de Toledo. «Irlanda está al
lado del pueblo español en su combate por la Fe», dice
O'Duffy. «Convencidos que la causa de Franco es la de la
civilización cristiana, voluntarios irlandeses estan
dispuestos a combatir con las fuerzas nacionalistas»1.
Mientras la fiesta está en su apogeo en Valladolid, el
general Mola vuela a Cáceres a fin de conferenciar con
el Generalísimo. Pocas horas después, O'Duffy recibe el
mensaje siguiente: «El general Franco tiene mucho gusto
en aceptar el ofrecimiento irlandés de reclutar una
brigada de voluntarios». Anunciada por altavoces, la
noticia es acogida por los «vivas» del gentío que se
apiña en las calles. Invitado a expresarse ante el
micrófono de Radio Nacional, O'Duffy no oculta su
satisfacción: «Veo el espíritu de una gran nación que
se alza tan duro como el acero templado, para defender de
nuevo, como España tantas veces lo hizó en el pasado,
la gloria de la civilización cristiana frente a los
asaltos de bárbaros y paganos (
) Irlanda hará
todo lo que pueda para ayudar a su amiga y aliada
histórica en la Cruzada gloriosa que conduce con tanto
éxito» 2.
De su breve estancia en la zona nacional, O'Duffy guarda
una imagen de serenidad y orden que contrasta con el caos
que reina entre los republicanos: «En la España
nacional
-escribe- la vida sigue de nuevo su curso normal. Los
hombres cultivan sus tierras para alimentar a sus
familias extenuadas y a los soldados que estan en el
frente. Los pastores llevan sus rebaños a pacer, y en
las ciudades, los negocios se hacen casi normalmente. La
paz reina sobre las colinas y llanuras, solamente turbada
a lo lejos por el ruido de un cañoneo que recuerda la
próxima tormenta» 3.
Esta buena impresión le confirma en su opción y, con
una energía duplicada, regresa a Irlanda para dedicarse
a formar una brigada.
IV. EL CONSENSO DE LA IGLESIA
En Dublín, ha surgido la polémica en torno al proyecto.
Convocado con toda urgencia, el «Dail» (Parlamento)
vota una ley que prohíbe a todo ciudadano irlandés que
se aliste en España bajo pena de una multa (hasta 500
libras) y de un encarcelamiento (hasta dos años). En
Gran Bretaña el asunto también causa remolinos:
invocando el Pacto de no-intervención, algunos diputados
-los señores Manders, Roberts, Gallacher- exigen
resueltamente que se impida a los voluntarios que salgan
desde puertos ingleses.
Esta campaña de intimidación no impresiona al general
O'Duffy. Seis mil personas ya han respondido a su
llamamiento y la Iglesia Católica le apoya casi
oficialmente. Haciéndose eco de las palabras de los
obispos de Vitoria, Pamplona y Salamanca, más y más
prelados toman partido. En Nueva York, el Cardenal Hayes
denuncia «los enemigos sanguinarios y diabólicos de
Dios y de su iglesia», mientras Monseñor Richard
Fitzgerald, el Obispo irlandés de Gibraltar, declara:
«Se trata del porvenir de la religión del orden y del
bien, no sóló para España, sino para una gran parte
del mundo». Según el Cardenal Mac Rory, que se
manifiesta en Drogheda, «se trata de saber si España
será, como lo fue siempre, una tierra cristiana y
católica o si va a ser una tierra bolchevique y hostil a
Dios». ¿Quien se atrevería en esas condiciones a
criticar al soldado O'Duffy por ir en socorro de la
Cristiandad española?
Se sabe que miembros del IRA ya combaten con los rojos 4
y, por eso, el argumento de la no-intervención resulta
poco convincente. Lo que se conoce del bando republicano
más bien sirve a la causa del general O'Duffy. Según el
parecer del capitán McGuinness, quien desertó y volvió
a Irlanda, «el gobierno de Madrid es 100% rojo y
violentamente hostil a la Iglesia Católica» y «cada
irlandés que combate o defiende este régimen, defiende
al enemigo de su Fe» 5. Por el contrario, la iniciativa
de O'Duffy parece estar en armonía con las convicciones
profundas del católico pueblo de Irlanda y las
aspiraciones de su clero. Como dirá, más tarde, el
dominico Paul O'Sullivan dirigiéndose a un grupo de
voluntarios: «
Vais a combatir en el Santo nombre
de Dios, por la gloria de Dios, para defender a Dios,
para salvar nuestra Santa Fe, para salvar la Cristiandad,
para proteger al mundo de las atrocidades que han sido
cometidas en Rusia, en Méjico y ahora en España» 6.
V. UNA SALIDA FRUSTRADA
Tan pronto como está de vuelta, O'Duffy se pone a
trabajar. Envía circulares de alistamiento, procede a
una primera selección de suboficiales y también a la
selección de los voluntarios cuyas capacidades y aptitud
física son debidamente verificadas.
Sin embargo, uno de los problemas mayores del general
sigue siendo el transporte. No hay ningún enlace
marítimo entre Irlanda y España o Portugal. Desde
Inglaterra, los buques son escasos en el invierno. Por
otra parte, fletar un buque alcanza un precio
prohibitivo. Finalmente es Juan de la Cierva, eminencia
gris de Franco en Londres, quien ofrece encargarse del
transporte. Con la ayuda de Nicolás Franco, alquila el
«Domino» y lo hace rearmar en Vigo. La primera salida
tendrá lugar el día 16 de octubre de 1936 cerca de
Waterford.
Por parte irlandesa, el asunto está siendo
meticulosamente preparado. En cada condado, un
coordinador se encarga de conducir a los voluntarios
hasta el puerto de embarque cuyo nombre se guarda
secreto. Gracias a los fondos recaudados por el «Irish
Christian Front» de Patrick Belton, O'Duffy ha mandado
comprar 1000 camisas verdes y 1000 gorras; también ha
contratado a un piloto para guiar el buque español.
El 14 de octubre, todo está listo; las últimas
consignas han sido distribuidas y muchos voluntarios se
han puesto en marcha; pero, sobre las siete de la tarde,
un mensaje del general Franco anuncia el aplazamiento
«sine die» de la operación. Para O'Duffy, que debe
advertir a todo el mundo, es una mala noticia; lo es
también para centenares de hombres que habían
abandonado sus empleos y se habían despedido de sus
familias, y que se ven obligados a volver a sus casas
defraudados.
Este episodio no desanima al general que sale para
Salamanca a fin de aclarar la situación. De camino,
visita Irún y San Sebastián, y se detiene en
Fuenterrabía donde vive Walter Meade, un deportista
irlandés muy conocido en España. En Salamanca, es
recibido en seguida por Franco que le explica brevemente
los motivos de su contraorden: al averiguar que la URSS
buscaba un pretexto para denunciar el Pacto de
no-intervención e intensificar su ayuda a los rojos, ha
juzgado preferible que no se lo ofreciera la brigada
irlandesa en bandeja. «En todo -añade el Generalísimo-
el interés de España debe tener prelación». No hay
nada que objetar y el incidente queda cerrado.
Invitado por Franco a permanecer unos días en España
como «huésped de la nación», Eoin O'Duffy aprovecha
la ocasión para visitar el frente. Escoltado por el
duque de Algeciras, el conde de San Esteban de Cañongo,
los capitanes Medrano, Meade y Gunning, va a Avila,
Cebreros, Maqueda y, luego, a Toledo donde se entrevista
con el Cardenal Gomá. Subiendo hacia el Norte, pasa por
Yuncos donde se encuentra con el general Varela, y llega
hasta Humanes y Parla desde donde se columbra los techos
de Madrid. De vuelta a Salamanca, una buena noticia le
espera: dada la afluencia continua de franceses y rusos a
la zona republicana, el general Franco autoriza la venida
de los nacionalistas irlandeses.
VI. DESTINO CACERES
Después de una parada en Biarritz, en casa del señor
Alvarez de Aguilar que fue embajador de España en
Dublín 7, O'Duffy vuelve a Irlanda. El 8 de noviembre
reune a sus coordinadores a quienes pide que movilizen de
nuevo a los que todavía quieren salir. Ahora el perfil
de la operación está perfectamente definido. Alistados
por la duración de la guerra o por seis meses, los
voluntarios formarán una o más banderas del Tercio;
cada bandera se compondrá de unos 800 hombres, o sea 4
compañías; con excepción de los oficiales de enlace,
los cuadros serán irlandeses. Según el acuerdo firmado
con Franco, los irlandeses nunca tendrán que enfrentarse
con los vascos, y podrán conservar sus normas propias.
Médicos, capellanes y aún
cocineros serán
irlandeses 8. La Bandera estará bajo mando de un
inspector-general, en este caso Eoin O'Duffy que tendrá
rango de brigadier 9.
Para el traslado en España, O'Duffy decide que se
utilizará las líneas existentes. Los voluntarios
saldrán de Dublín para Liverpool y de ahí proseguirán
hasta Lisboa con enlace semanal. El resto del viaje se
hará por carretera. Los hombres viajarán de paisano,
cada uno comprará su billete, y sólo en España se
alistarán de manera individual.
Estando ya muchos reclutas en pie de guerra desde la
mitad de octubre, las cosas van de prisa. El 13 de
noviembre de 1936, una primera decena de voluntarios sale
de Dublín. Integran este grupo Diarmuid O'Sullivan (un
ex-insurgente de 1916), el coronel Thomas Carew, el
capitán David Tormey, el abogado Bernard J. Connolly y
varios veteranos de la guerra de independencia como P.J.
Gallagher, James Finnerty, John F. Mc Carth y John C.
Muldoon.
Una semana más tarde, el general O'Duffy acompaña a un
segundo grupo al que pertenecen el coronel Patrick
Dalton, futuro jefe de la Bandera, el comandante Padraig
Quinn, su segundo (un hombre que ya a los 16 años
formaba parte del IRA), el doctor Peter O'Higgins,
médico de la Bandera, el capitán Tom Hyde, y otros
ex-oficiales del ejército nacional irlandés como Tom
O'Riordan, Tom F. Smith, Edward Murphy, Michael Cagney,
el capitán Thomas Gunning y el comandante Sean
Cunningham. En Liverpool, el grupo se embarca a bordo del
«Avoceta», saludado por el Padre S. Gillan y por
simpatizantes que aclaman la enseña nacional y el
estandarte de la brigada. En Lisboa, los voluntarios son
recibidos por los Padres Dominicos Paul O'Sullivan, E.
McVeigh, Joseph Dowdall y Crowley que celebran una misa
en su honor, luego, los voluntarios toman autocares que
les llevan hasta Elvas y Badajoz donde el gobernador
militar les da la bienvenida. El día siguiente, llegan a
Cáceres, última etapa del viaje.
El 27 de noviembre, un tercer grupo de 84 voluntarios
sale de Dublín; antes de que su barco zarpe del puerto
Monseñor Byrne, deán de Waterford, les ha remitido
rosarios y Agnusdei. Evocando la partida en su homilía
dominical, Monseñor Ryan declara: «Han salido para
tomar parte en la batalla de la Cristiandad contra el
comunismo. Muchas dificultades les esperan y sólo
héroes pueden emprender tal combate» 10. A la pequeña
tropa se agregan algunos oficiales (Charles Horgan,
Thomas Cahill, Eamon Horan) y también el Padre J.
Mulrean, capellán de la Bandera.
El 4 de diciembre, 100 hombres más salen de Dublín y
dos días después, otros 500 se embarcan de noche en un
buque que ha venido de España. Secretamente reunidos en
Galway y llevados a alta mar por un barco irlandés (el
«Dun Aengus»), estos hombres atraviesan un temporal
antes de acceder al buque español. Desembarcados en El
Ferrol y llevados a Salamanca siguen hasta Cáceres donde
una gran fiesta acoge su llegada.
Novelesca y arriesgada, esta expedición tuvo éxito pero
no se repetirá. Prevista para la noche del 6 al 7 de
enero de 1937, la travesía siguiente no tendrá lugar. A
la hora fijada, más de 700 voluntarios -la bandera de
relevo- se presentan en Passage East, pero el pueblo
está lleno de policías y esperan en vano al buque
español que debía transportarles. Requerido en el
último momento para tomar parte en una operación naval
cerca de Málaga, el navío no arribará.
VII. LA XV BANDERA SE PREPARA
Tan pronto como se instala en su cuartel de Cáceres, la
brigada irlandesa se somete a una preparación intensiva
bajo mando del capitán Capablanca, un instructor
español muy curtido. La nueva unidad se llama «XV
Bandera» y lleva el uniforme del Tercio (con arpas
célticas en las solapas). «El que pudiésemos formar
una bandera del Tercio» -escribe O'Duffy- «nos parecía
un gran privilegio tanto más cuanto que éramos los
primeros extranjeros en tener tal honor» 11.
En Cáceres, los irlandeses son objeto de innumerable
atenciones: el coronel Luis de Martín Pinillos,
gobernador militar, manda izar la enseña irlandesa sobre
todos los edificios públicos de la provincia, e
interpretar el himno irlandés en las ceremonias
oficiales. El Obispo permite que durante los oficios se
desplieguen el estandarte de la brigada (un lebrel
amarillo sobre fondo esmeralda) y los banderines de las
compañías. Antes de marchar al frente, los voluntarios
entregan al prelado 1.500 pesetas «para sus
sacerdotes».
Alojado en el Hotel Alvarez, el general O'Duffy supervisa
el entrenamiento de su tropa cuyas condiciones de vida se
esfuerza por mejorar. Acompañado por un ayudante
bilingüe (el teniente de aviación Matamoros) acude
regularmente a Lisboa para recoger cartas y paquetes; se
ocupa también de la comida de sus hombres (poco
entusiasmados por el aceite de oliva), de su recreo
(conciertos dominicales), y procura que se abstengan de
hacer política 12. Al mismo tiempo, multiplica los
contactos con el vecindario a fin de asociar a su brigada
con la vida de la guarnición. En vísperas de Navidad,
por ejemplo, visita los hospitales de la ciudad con una
banda militar para entregar regalos a los heridos y, el
día siguiente, recibe a las autoridades civiles,
religiosas y militares. En esta ocasión, le envian
mensajes de simpatía el general Franco, el coronel
Yagüe y el alcalde de Dublín, señor Alfred Byrne.
Cuando el regimiento no está haciendo instrucción
muchas son sus obligaciones sociales. El día de año
nuevo, el coronel Yagüe visita de improviso a la XV
Bandera, y el 3 de enero, el coronel Pinillos invita a
todos los oficiales a visitar el monasterio de Guadalupe.
Enarbolando banderas irlandesas, la pequeña ciudad acoge
de manera triunfal a los irlandeses y el Prior del
monasterio les habla con mucho afecto. Algunos días
después, la Bandera desfila para celebrar la toma de
Málaga, y el 6 de enero, el mismo general Franco viene a
pasar revista.
El 31 de enero de 1937, una ceremonia imponente señala
el fin del período de instrucción. Después de una misa
que celebra el Obispo en la Iglesia de Santo Domingo, el
general O'Duffy descubre una placa de bronce conmemorando
la estancia en Cáceres de los irlandeses. Flanqueada por
los escudos de España e Irlanda, por una cruz céltica,
una Virgen y tréboles, la inscripción dice: «En honor
de Dios, en honor de Irlanda y en recuerdo de la XV
Bandera, brigada irlandesa del Tercio, que rezó en esta
iglesia mientras servía la causa de la Fe combatiendo al
lado de su antigua aliada y protectora, España». Hubo
discursos y por último, la bendición del Obispo. A
continuación, la brigada desfiló por las calles de
Cáceres, muy aplaudida por la multitud a la que
ofreció, por la tarde, un concierto de música
irlandesa. Al fin del recital, se lee un mensaje de
simpatía del Caudillo y este «Día de Irlanda» se
acaba con una cena durante la cual O'Duffy agradece al
coronel Pinillos su hospitalidad impecable.
VIII. LOS IRLANDESES LEGAN AL FRENTE
El 16 de febrero, la bandera irlandesa recibe la orden de
marchar que tanto esperaba. Al día siguiente, los
legionarios salen para Torrijos a donde llegan después
de 26 horas de tren. Desde Torrijos y de conformidad con
las órdenes del general Orgaz, el tren sigue hasta
Torrejón de la Calzada; luego, continúan a pie hasta
Valdemoro que alcanzan alrededor de medianoche. Sólo se
trata de una etapa y después de una noche de descanso,
se ponen de nuevo en marcha hasta Cienpozuelos donde se
encuentran las trincheras que deben ocupar.
De entrada, la mala suerte se abate sobre la brigada de
O'Duffy. Cerca de Cienpozuelos, los irlandeses se
encuentran con una escuadra de voluntarios canarios que
por error abren fuego. Caen dos españoles, el teniente
Bove y el sargento Calvo, y dos irlandeses, el teniente
Tom Hyde y el legionario Dan Chute; el legionario John
Hoey es herido de gravedad. Responsable del trágico
incidente, la Bandera canaria es disuelta y sus oficiales
castigados 13. Las 4 víctimas son inhumadas en Cáceres,
en presencia del Obispo y del gobernador militar.
En Cienpozuelos, a orillas del Jarama, los legionarios
irlandeses ocupan la primera línea. Tienen un sector que
se extiende de Aranjuez a San Martín de la Vega, frente
a las dos guarniciones rojas de Titulcia y Chinchón.
Expuestos a un intenso y cotidiano martilleo de
artillería, experimentan también los ataques de un tren
blindado y la presión constante de los «snipers»
enemigos. Estas escaramuzas pronto causan víctimas: al
valiente Tom McMullen, por ejemplo, se le amputará una
pierna.
Chapoteando en trincheras estrechas, poco profundas y mal
acondicionadas, los irlandeses pronto sufren las
inclemencias del tiempo. Aquel año, llueve a
cántaros
Sin impermeables, y sin ropa de recambio,
algunos tendrán que llevar el mismo uniforme durante 12
semanas. Los refugios no valen mucho más pues los
colchones hierven de piojos. Estas condiciones tienen
consecuencias sobre la salud de la tropa. A principios de
marzo, el coronel Dalton debe, por prescripción médica,
dejar el mando a los capitanes O'Sullivan y Quinn.
La XV Bandera sigue atrayendo a los jóvenes: unos veinte
alféreces españoles se suman a las filas, y también
dos nuevos oficiales irlandeses, el capitán
Skeffington-Smyth (por otro nombre Michael Fitzpatrick) y
el teniente Gilbert Nangle. El servicio es bastante
penoso: los hombres permanecen 4 días en las trincheras
y, luego, tienen 2 días de descanso en un pueblo donde
el manicomio es el único edificio que permanece en
pie
Cada día, la compañía de descanso debe
facilitar centinelas; también le incumbe proteger a un
batallón de ingenieros (coronel Von Thomas) que opera en
la cercanía.
IX. UNA CAMPAÑA DIFICIL
Después de un mes de trincheras, la XV Bandera se
muestra impaciente por enfrentarse más directamente con
el enemigo. Una oportunidad se presenta el 13 de marzo de
1937 cuando llega la orden de efectuar un ataque de
diversión contra Titulcia.
Cerca de las 6 de la mañana y bajo una lluvia de
granadas, los legionarios se lanzan hacia el Jarama. Sin
apoyo aéreo y sin artillería, el ataque, en un terreno
llano y descubierto, resulta muy peligroso.
Contrariamente al plan previsto, los otros asaltos sobre
Titulcia han sido anulados y los irlandeses se encaran
con una resistencia máxima del enemigo. Acompañado por
el mayor alemán H.F. Recke, el duque de Algeciras y el
Padre Mulrean, el general O'Duffy se persona para dar
ánimo a su tropa cuya vanguardia alcanza el río al
anochecer. Cuando llega la hora del repliegue, la Bandera
cuenta con un muerto (John McSweeney) y muchos heridos
(tres van a fallecer en el hospial de Griñon).
Dirigiéndose al general Saliquet y llamando su atención
sobre las adversas condiciones en Cienpozuelos, O'Duffy
logra que se renuncie a un segundo ataque el día
siguiente. Con medios tan mínimos, cualquier ofensiva de
frente va a fracasar, lo que comprobarán los generales
Franco y Mola al visitar la posición días después.
Como se hizo con los caídos del 18 de febrero, los 4
muertos del 13 de marzo son enterrados en Cáceres, al
son de las gaitas y en presencia del Obispo y de las
autoridades locales. La Bandera irlandesa sufre otras
bajas: a principios de la primavera, 150 hombres estan
hospitalizados y 4 de ellos (John Walsh, Tom Troy, Eunan
McDermott y Thomas Doyle) van a morir. Los primeros dos
están sepultados en Cáceres y los otros dos en
Salamanca. Con secuelas graves, 4 legionarios más (John
McGrath, Mat Barlow, Jack Cross y P. Dwyer) fallecerán
más tarde, después de su regreso a Irlanda.
Al cabo de cinco semanas en Cienpozuelos, la brigada, muy
debilitada, se traslada a La Marañosa, 15 kilómetros al
Norte, cerca del Cerro de los Angeles. Esta nueva
posición resulta tan arriesgada como la anterior: apenas
hay agua potable y las líneas están tan expuestas que
aventurarse fuera de las trincheras puede ser fatal. Los
legionarios soportan bien estos inconvenientes ya que
tienen a su lado dos tercios de Requetés: compartiendo
las mismas ideas y sobre todo el mismo catolicismo
ardiente, irlandeses y carlistas españoles simpatizan. A
pesar del frío, de la inmovilidad y del hostigamiento
enemigo, la moral es buena.
X. FIN DE LA CAMPAÑA
Obligado por razones administrativas y logísticas a
trasladarse a menudo a Cáceres o Salamanca y a recorrer
toda la zona nacional, el general O'Duffy aprovecha la
ocasión para establecer contactos. Así es como se
encuentra con Millán Astray y con el Mufty de Marruecos.
En Sevilla le reciben Sancho Dávila y Queipo de Llano
que le proponen acoger a una segunda bandera irlandesa
(en Burgos, Manuel Hedilla le hace la misma propuesta).
Viajando por Andalucía, O'Duffy se entrevista con el
Cardenal Ilundain, antes de detenerse en Jerez, en casa
del duque de Algeciras y del marqués del Mérito.
Acompañado por este piloto consumado 14, el general
efectúa dos vuelos, el primero a bordo de un bombardero
Junker y el otro en un caza Fiat.
Estos viajes no impiden al general ocuparse de la suerte
de sus soldados cuyo contrato de seis meses se acaba. Por
no disponer de un contingente de relevo, el porvenir de
la XV Bandera parece definitvamente comprometido. De la
oficialidad, alrededor de 100 hombres desean volver a
Irlanda; por otra parte, 120 legionarios están todavía
hospitalizados y el gobierno irlandés exige que los
menores (un centenar) vuelvan a sus casas. Consultados a
finales de abril, 654 voluntarios deciden volver a su
país mientras 9 optan por quedarse.
Secundado por el capitán Fernando Camino, el capitán
Arturo O'Ferrall y el teniente Mariano Arechederrata,
reagrupan y desmovilizan a sus legionarios; se ocupan
también de su traslado a Lisboa y del alquiler de un
navío. Con la ayuda de Pedro Lancastra y del Dr. Costa
Leite (ministro portugués de Hacienda), los problemas se
resuelven. Soló se quedan en Cáceres 8 heridos
intransportables y dos enfermeras (MacGorisk y Mulvaney).
El 17 de junio de 1937 a las 10 de la tarde, el
«Mozambique» se hace a la mar: para los irlandeses, la
expedición a España ha terminado.
Al llegar a Dublín el 22 de junio el general y sus
hombres son acogidos por más de 10.000 personas.
Escoltados por dos bandas de gaiteros, desfilan hasta el
castillo donde el alcalde, Sr Alfred Byrne, les da la
bienvenida. Durante la recepción que sigue, varias
personalidades, entre las cuales Monseñor Waters, el Sr.
White (alcalde de Clonmel), Lord French, el coronel
Butler, etc, agradecen y felicitan a los legionarios.
Después de lo cual, la Bandera irlandesa se disuelve.
XI. UNA MISION SIN TACHA
Espontáneamente constituida por personas privadas,
desprovista de dinero y desaprobada por su gobierno, la
brigada irlandesa de 700 voluntarios no desempeñó un
gran papel militar durante la guerra. Su presencia fue
sobre todo simbólica. Como ha escrito O'Duffy: «Diez
mil irlandeses habían contestado a mi llamamiento, pero
no pudimos llevarles a España. No teníamos buques. A la
inversa de lo que ocurría en Italia, en Alemania, en
Francia y en Rusia, no teníamos ningún apoyo del
gobierno; y a España le faltaban navios» 15.
A lo largo de su estancia en el frente, la XV Bandera no
desmereció como lo atestiguan sus 15 muertos 16 y
decenas de heridos. «90% de nuestros voluntarios» -dice
O'Duffy- «eran verdaderos cruzados que dejaban casas
confortables
No eran mercenarios sino idealistas.
Para cada uno de ellos, ir a España era un verdadero
sacrificio, y todos volvieron más pobres que antes» 17.
A diferencia de los brigadistas rojos, no fusilaron, no
depuraron y no profanaron; en sus filas no había ni
comisario político ni cheka. Cáceres no era Albacete y
el alcalde, Don Luciano López Hidalgo, nunca tuvo la
menor queja de los irlandeses.
Inspirador y clave de la Bandera, Eoin O'Duffy era tan
modesto como sus hombres. «No buscamos alabanzas. Sólo
cumplimos nuestro deber», escribe el general 18 a
propósito de su estancia en España. A diferencia de
Tito, Gerö, Staimler, Ulbricht o Dimitrov, nunca se
transformará en tirano sanguinario ni mandará asesinar
a su propio pueblo. Fiel a su palabra, se retiró de la
política. A partir de 1938, se dedica a la promoción
del deporte y presidirá la «Asociación Nacional de
Atletismo y Ciclismo» 19. Discreto y respetado, fallece
el 30 de noviembre de 1944 con exequias nacionales.
Cuando España decide naturalizar a los que querían
ahogarla y erigir un monolito recordatorio de André
Marty, es de justicia pensar en los valerosos irlandeses
del Tercio. Hace 60 años, a orillas del Jarama,
combatían por Dios y por España.
Christophe DOLBEAU
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