Editorial:
Razón y malicia
Lo
distintivo de la especie humana es el potencial uso de la
razón. El logos puede equivocarse cuando trata de
averiguar la naturaleza de las cosas y sus correlaciones
internas y externas. Estos fracasos se explican, no por
constitutiva impotencia del logos, sino porque opera
sobre información deficiente o insuficiente. La
imposibilidad de manejar todos los datos convierte en
ideal inalcanzable la pretensión de un conocimiento
verdadero y cabal de toda la realidad. El cosmos se
presenta como inagotable a la experiencia humana y, por
tanto, siempre problemático y abierto para la razón. La
historia de nuestra especie es un proceso de
racionalización de los conocimientos, que ha ido
alcanzando niveles cada año más elevados y a ritmo
creciente.
Pero el logos no sólo puede equivocarse acerca del ser
de las cosas, sino también acerca del deber de cada uno.
La prueba de este fracaso es que por doquier unos hombres
tienen la impresión de que otros les hacen mal. Es
universal la convicción de que hay que regular las
conductas mediante la educación persuasiva y la
coacción colectiva a fin de posibilitar una convivencia
ordenada y pacífica. Dejadas las razones personales a
los dinamismos egoístas, desembocarían en una
situación similar al supuesto estado de naturaleza.
¿No es contradictorio que el logos argumente a favor del
mal?
En primer lugar, no se trata de un logos universal, sino
de la razón de cada uno puesta al servicio de una
personal voluntad egocéntrica. El mal que hacemos a
otros o a nosotros mismos no nace de una razón incapaz
de definir el deber, sino de una información parcial
acerca de lo que estimamos nuestro personal bien. El
logos no cesa de actuar razonablemente cuando el criminal
planifica su fechoría. Lo que acontece es que no se le
ha sometido la cuestión de qué es lo bueno en general,
sino la de cómo alcanzar el objetivo que el agente
estima que en aquel momento es bueno para uno mismo. La
razón puede servir al mal porque está originariamente
subordinada a la voluntad. Los fracasos del logos
práctico no son una consecuencia de su propia
incapacidad, sino de su dependencia del arbitrio
personal. Cuando la actividad de la razón es imperada,
su orientación depende del mandato recibido.
En la preparación tecnológica de una guerra moderna hay
cantidades ingentes de razón invertida en útiles
bélicos. En el despliegue de una contienda actual
tambien hay enormes dosis de racionalidad estratégica.
Incluso es verdad que los grandes enfrentamientos
colectivos han sido estímulo de alguno de los mayores
avances de la ciencia aplicada y aún de la ciencia pura;
la energía nuclear es un obvio ejemplo. Y, sin embargo,
la violencia colectiva es uno de los mayores males de la
Humanidad.
El espectáculo de la Historia con sus organizadas
crueldades masivas ¿no desahucia al logos? En modo
alguno. Los artilugios que permitieron el triunfo de
Occidente en la llamada «guerra fría» son auténticos
monumentos de racionalidad. Pero la previa existencia del
enfrentamiento colectivo no era la consecuencia de una
ecuación mal desarrollada, ni de una errónea ley
científica, ni de una falsa moral, sino de una voluntad
de poder anterior y, de hecho, dominadora de cualquier
argumentación lógica.
Lo que falla en el animal racional no es la racionalidad
pensante, sino la animalidad volente. La malicia no está
en el correcto raciocinio, sino, eventualmente, en el
objetivo que previa y extrínsecamente se le ha impuesto.
El logos es astuto, pero no malvado. La malicia reside en
la decisión de hacer prevalecer el supuesto bien
personal pese al efectivo mal ajeno. La razón sólo es
necesariamente moral cuando se le encomienda la genérica
determinación del bien de la especie humana, tarea
minoritaria y severa.
Razón
Española
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