Balmes en su aniversario

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Balmes en su aniversario

Por José F. Acedo Castilla

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Balmes en su aniversario

I. DISCREPANCIAS INTERPRETATIVAS



El día 9 de julio del pasado año de 1998, a las tres y cuarto de la tarde se cumplieron los ciento cincuenta años del fallecimiento en Vich, del Doctor Jaime Luciano Balmes y Urpía, el gran maestro del pensamiento tradicional del siglo XIX y una de las mentes españolas más lúcidas, de poderosa y altiva capacidad sintética, como dijo de él Fernández de la Mora.

Sobre Balmes se ha escrito mucho. En esta profusión de estudios, libros y conferencias, suele haber unanimidad: Balmes fue ante todo un apologista de la religión católica; el primer escritor que tuvo España en el campo social al punto de que hay quien -como el P. Conrado Muiño Sáez-, lo considera como el precursor de la política social de León XIII; su Filosofía, -como piensa Zaragüeta-, sin constituir escuela propia corre por los cauces de la «perenne» de corte y estilo clásico, en la que en gran parte sigue a Santo Tomás y en otros aspectos se nota la influencia de la escuela escocesa de Tomás Reid, con exaltación del sentido común sobre la especulación filosófica. En cambio, cuando nos adentramos en el aspecto político se han vertido sobre Balmes diversas y contradictorias opiniones.

Mientras para el Padre Casanova -su mejor biógrafo-, Balmes fue independiente de toda clase de partidos, José María Ruiz Manent nos lo presenta como un liberal, basándose para sostener esta afirmación en que Balmes condena al absolutismo, se declara enemigo de las cartas otorgadas y defiende las Cortes representativas. Este criterio se halla compartido por Elías de Molíns, para quien Balmes fue profundamente dinástico y devoto de Isabel II, y por el abogado catalán Fages de Climent, quien encuentra una gran coincidencia entre el pensamiento de Balmes y el de Don Antonio Maura.

Pidal y Mon, en una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid en el año 1887 sobre «Balmes y Donoso Cortés», define a nuestro personaje como el creador del ultramontanismo español. Y Martín Artajo, en un artículo publicado en el extraordinario de «El Debate» de 1943, lo presenta como un adicto a cualquier Gobierno que esté en el poder, sea de tendencia autoritaria o democrática.

Para Fernando Valls y Taberner, Balmes fue antecesor, a un siglo de distancia, de la labor legislativa del Nacional Sindicalismo, criterio coincidente con el de Ernesto la Orden Miracle, para quien Balmes fue el precursor de la política de unificación entre falangistas y requetés, establecida por el Decreto de 19 de abril de 1937.

Dentro del campo tradicionalista, existen también diversos criterios para la calificación política de Balmes. Mientras para Mella -seguido en este punto por Melchor Ferrer- Balmes se desenvuelve dentro de la más estricta ortodoxia carlista, sirviendo con veneración y amor al conde de Montemolín porque veía en él la personificación de sus principios, José Enrique Casariego opina que Balmes fue tradicionalista pero no carlista, lo que Gustavo Villapalos y José Iturmendi consideran cuestionable, ya que -a su entender- su intervención política en el Tradicionalismo quedó reducida a sus artículos y manifiestos a favor del matrimonio que reconciliara a las dos ramas de la familia borbónica, lo que les parece hecho ocasional que se esfumó tan pronto como las nupcias proyectadas resultaron inviables.

Elías de Tejada en diversos trabajos había venido presentando a Balmes como un pensador político enamorado de la Tradición de las Españas, como un eslabón más de la larga cadena del pensamiento típico de Cataluña, y lo equipara con los Mieres y Marquilles, con su formulación sobre raíces tomistas de una teoría de la ley del Gobierno justo, siendo en consecuencia el contrapié español al doctrinarismo francés de Clermont-Tonnerre y de Benjamín Constant. Sin embargo, en 1974, en un trabajo titulado «Balmes en la Tradición política de Cataluña», inserto en el libro El otro Balmes, dando un giro copernicano a lo que hasta entonces había venido sosteniendo, afirma que «Balmes desconocía no ya a los clásicos juristas y políticos de Cataluña, sino a los grandes maestros de las Españas; que es hombre de su hora y no miembro de la tradición intelectual de su pueblo del que se haya totalmente desligado; que no se plantea el hispanismo de Cataluña, ni de la gente catalana que participaron gloriosamente en las hazañas universales de las Españas católicas; que no se enteró ni por asomo de que la tradición catalana poseía valores objetivos centrados en la restauración de las instituciones forales holladas con saña por el francés Felipe V», y entre otras sorpresas ofrece afirmaciones de subido radicalismo, que «cuando concibió el matrimonio de la llamada Isabel II con el Conde de Montemolín, lo que intentó fue la destrucción del Carlismo, tanto en el aspecto dinástico -sacrificar la legitimidad a la seguridad del Trono de la Reina usurpadora- como en el ideológico, -liberalizar el Carlismo, bajo color de actualizarlo-».

En oposición a esta opinión, Fernández de la Mora, basado en los textos de Balmes, sostiene con toda ponderación que «la idea balmesiana del Estado estaba muy cerca de la tradicional. Propugnaba -dice- un poder real fuerte y un sistema representativo orgánico y cualificado... atacó al parlamentarismo por su ineficacia retórica y por su constante estímulo a la división, y su rotunda hostilidad al sistema de partidos -a lo que dedicó cientos de páginas- le colocan indudablemente frente al demoliberalismo decimonónico».





II. ANTE EL FIN DE LA GUERRA CARLISTA



Balmes entra en contacto directo con el mundo en Cervera, la ciudad universitaria de Cataluña desde el reinado de Felipe V. En la facultad de Teología alcanzó el grado de doctor con el galardón de «Pompa», máxima dignidad que se concedía al más sobresaliente de los graduados tras reñida oposición.

Poco tiempo después, llegaba a su fin la primera guerra carlista. Tras las acciones de Ramales y Guardamino, -en las que comienza a insinuarse la defección de Maroto-, el ejército tradicionalista, sin haber sufrido una derrota formal, va retirándose ante la presión de las tropas de Espartero. Mientras languidecía la acción militar carlista, aumentaban las rivalidades e intrigas entre los dirigentes del Tradicionalismo. Hubo insubordinaciones, las tropas se desalentaron, y en las provincias vascongadas crecían los deseos de terminar cuanto antes la contienda.

Maroto, que después de los fusilamientos de Estella se había colocado en una difícil situación, acuciado por Don Simón de la Torre, entra en negociaciones con Espartero a espaldas de Carlos V. Este no tuvo el acierto de contrarrestar el malestar que precipitadamente iba hundiendo las aspiraciones de la causa. El resultado final de este proceso es que, sin la anuencia de Don Carlos, un grupo de jefes y oficiales carlistas, en una entrevista que tuvieron en Oñate con otro grupo similar del ejército isabelino, concertaron el Convenio que se llamó de Vergara, porque en esta Villa fue ratificado por Maroto y Espartero el 31 de agosto de 1839. Así se puso fin a la guerra, más bien por la astucia que por la fuerza, -como dijo Balmes- y como jamás pudo soñar nadie, deshaciéndose subitamente un ejército de más de treinta mil hombres, que no había sido derrotados y que contaban con medios más que suficientes para seguir luchando.

Al concluir la primera guerra civil, el partido progresista ocupaba una posición privilegiada. Espartero que ostentaba su jefatura desde el «Manifiesto de Más de las Matas», era presentado como un ídolo nacional. El partido moderado, por el contrario, no contaba con personas que pudieran competir con Don Baldomero, sin que tan siquiera tuviese la posibilidad de alcanzar el apoyo de Doña Cristina -completamente desacreditada, después de las revelaciones hechas por Alonso y González Bravo en el «Guirigay»-, ni el de los viejos políticos, -Ceán Bermúdez, Martínez de la Rosa, Conde de Ofalia- ya que éstos sufrían los efectos del desgaste que les condujo a la impopularidad o al olvido.

No es extraño que el partido progresista se lanzara a la conquista del poder, siendo la ley de Ayuntamientos el pretexto en el que se basaron para iniciar la preparada revuelta. Esta ley fue presentada como un atentado a la Constitución y a las libertades ciudadanas. Y así comienza a representarse la ensayada tragicomedia de «cúmplase la voluntad nacional».

El primer acto de la farsa tuvo lugar en Barcelona, donde la supuesta voluntad nacional se manifiesta en un motín, organizado por Linaje, ayudante de campo del General Espartero. Luego continúa en Madrid, donde Espartero ante la Junta Revolucionaria, promete solemnemente implantar los principios de la Revolución. Y aún ha de tener la tragicomedia un último acto final a modo de apoteosis: la elevación de Espartero a la regencia.

En el verano de 1840 Balmes se asoma al panorama político español, publicando un opúsculo titulado Consideraciones políticas sobre la situación de España, en donde dá una lección a los hombres que se disputaban el poder sin tener en cuenta los grandes principios que determinaban la constitución interna de la Nación que pretendían gobernar. Tras abogar por la vigencia de los mismos y de rechazar a la ideología progresista que Espartero pretendía imponer, propone que fuera Regente una persona de estirpe regia y se pronuncia a favor de los carlistas haciendo justicia a sus convicciones y asegurando que no era posible consolidar un sistema político sin que se hiciese entrar a ese partido en el gobierno.

Censura al Gobierno que habla demasiado de la máquina y no se ocupa de la bondad de las manufacturas. «Medran los hombres indignos -dice- y yacen en la oscuridad tantos, por muchos títulos respetables». En una Nación bien arreglada todo se aprovecha, todo sirve y en circunstancias como la nuestra todo se necesita. Cuiden los gobiernos -añade-, de que no se destruya más. Escriban en su bandera las palabras razón, justicia y buena fé. Láncese luego al mar las pasiones políticas, con la seguridad de que no es el caso, sino Dios quien rige los destinos del mundo».

Terminada la impresión de ese libro, Balmes vuelve a Vich, donde concluye su gran obra apologética El protestantismo comparado con el catolicismo, y al año siguiente se instala en Barcelona, donde se manifiesta como un sociólogo a través de los artículos que publica en la «Civilización» y en la «Sociedad».





III. LA CUESTION SOCIAL



Balmes fue sociólogo por excelencia. Se dio a conocer con sus Observaciones sociales, políticas y económicas sobre los bienes del clero, y le sorprende la muerte cuando escribía los primeros renglones de la segunda parte de La República Francesa.

Para Balmes, en la vida de los pueblos hay un fondo social y una forma política. En el fondo social están los individuos, pero están también las clases; están asimismo las desigualdades y la jerarquía, están, en fin, los intereses y las ideas. Este fondo social es el que mueve a lo largo de la Historia las formas políticas que son puros instrumentos de aquellas, lo que hace que ningún poder sea fuerte en el orden político si no tiene una fuerza propia en el orden social.

Sobre este esquema, Balmes enfrenta el problema español y describe dos fuerzas antagónicas: una integrada por aquellos que anhelaban reformas sociales; otra, por los que se aferraban a lo existente, sin admitir cambios. En ambas tendencias, había elementos aprovechables y elementos perturbadores, pero resultaba difícil un acuerdo, pues se hablaban con lenguajes distintos y se carecía de un intérprete. Como dice González, «Balmes aspiró a ser el intermediario que armonizara ambas corrientes sociales».

Para el sociólogo de Vich, el fin primordial de la sociedad es el bien común, el bien de todos, que consiste en la organización adecuada para alcanzar la justicia social en órdenes concretos de la vida: instrucción y educación para el mayor número posible; la mayor moralidad posible para el mayor número posible; el mayor bienestar posible para el mayor número posible. Mas cuando se produce el desequilibrio de la sociedad por falta de integración y armonía entre los órdenes particulares y el orden social inspirado en el bien común, surge -en su sentir- la «cuestión social», con todos sus graves problemas.

Cuando Balmes aborda el estudio de las causas del problema social, distingue entre causas de orden moral y causas de orden económico. Entre la primera señala, de una parte, la descristianización de la sociedad y, de otra, el materialismo.

Entre las de carácter económico, señala las derivadas de la producción excesiva, con lo que sobreviene el almacenamiento, el cierre y el paro forzoso; el maquinismo, no ya en razón a la sustitución del hombre por la máquina, sino porque al desterrar a la pequeña industria, se limita el número de patronos y los capitales se van acumulando en pocas manos que han de rentabilizar el capital invertido, resarcirse de los riesgos y del trabajo que emplea en la dirección de la fábrica; y siendo crecido el capital, no escaso el riesgo y mucho el trabajo de la dirección, al combinarse esos tres factores ha de elevarse la parte que corresponde al dueño en una cantidad muy alta. Si a esto se añade el afán de riqueza que anima a la mayoría, se avanza hacia un sistema que explota en beneficio de pocos, la vida de todos.

La solución de la cuestión social, -según Balmes- no es ni el socialismo ni el liberalismo. Al primero, lo rechaza por materialista, niega la libertad humana y la responsabilidad; supone una ignorancia supina de la Historia, y dadas sus bases económicas lleva necesariamente a la injusticia. No obstante, advierte el peligro e invita a la meditación sobre sus consecuencias. En primer lugar, porque esta doctrina siempre deja huellas por donde pasa; y en segundo término, porque es una semilla que se está lanzando, la cual no tardará en dar su fruto.

El liberalismo -en su opinión- es impotente para enfrentarse con el problema social, entre otras razones, porque está falto de autoridad moral para oponerse e la revolución. «¿Quiénes sóis vosotros, le dirán los socialistas, para decirnos: no pasaréis de aquí, como el creador a las olas del mar? Vuestro título se funda en que llegásteis ayer y nosotros hemos llegado hoy; para vosotros no prescribió lo antiguo, que contaba su existencia por siglos, y ¿queréis que prescriba el nuestro que no tiene de duración más que un día?».

A juicio de Balmes, el remedio es la cristianización de las clases y en especial la cristianización de los ricos, cuyos deberes concreta en las hermosas frases: «Hacerlos buenos y hacerles bien».

«Hacerlos buenos, es decir, trabajar por todos los medios posibles para que se extienda y arraigue la moralidad; hacerles bien, es decir, manifestar a su favor sentimientos de humanidad, desprendimiento en los casos de agobio y necesidad; auxiliarles en la enfermedad, en la invalidez y en la ancianidad... tarde o temprano recogeréis el fruto, porque en el mundo -dice Balmes- hay ingratos, pero la ingratitud no es la ley de la Humanidad».

Señala Luño Peña que para Balmes es imprescindible garantizar al obrero tres exigencias primordiales: trabajo continuo, remuneración suficiente y contrato equitativo de trabajo. Este afán -según dicho profesor-, le llevó a convertirse en el precursor del «sistema paritario» en la organización del trabajo, en cuanto propugna la formación de «Tribunales de conciliación» que resolviesen amistosa y equitativamente las cuestiones planteadas en la esfera laboral. Y fue también Balmes -añade el ex rector de Barcelona-, un precursor de los seguros sociales, cuando recomienda que se proporcione al obrero por medio de las instituciones convenientes, auxilio económico en caso de paro, de enfermedad y de ancianidad.





IV. FRENTE A LOS PARTIDOS HISTORICOS



Después del movimiento moderado de 1841 tras el cual fueron pasados por las armas Diego de León, Borso y Montes de Oca, la política de Espartero se hizo más partidista, y se apoyó sólo en la avanzada fracción de los «Ayacuchos». Ello predispuso más de lo que ya estaban, los ánimos contra el dictador, lo que culminó en una coalición a la que Olózaga dio la señal de salida, en marzo de 1843 con el famoso grito de: «Dios salve al país, Dios salve a la Reina».

Mientras la Nación bullía embriagada por la caída de Espartero, Balmes medita sobre las consecuencias y alcance de aquella colaboración entre hombres tan distantes ideológicamente como Donoso Cortés, Ceán Bermúdez, Isturiz y Narváez, con Olózaga, Serrano y Prim, sin más puntos de coincidencia que el odio común hacia Espartero, lo que si bien era un arma poderosa para destruir, era de todo punto ineficaz para cualquier acto de gobierno.

Estas consideraciones mueven a Balmes a publicar un escrito poético en el estilo y profundo en el fondo al que pone por título ¿Y después?, en el que tras predecir en qué acabaría la coalición, pone en guardia sobre las consecuencias que se derivan de una alianza entre elementos incompatibles.

«Todos saben ahora lo que no quieren; pocos saben lo que quieren; en lo primero no hay discordancia; en lo segundo, sí... ¿Sabéis lo que significa la situación actual? ¿Os alucináis mucho si pensáis que hay entusiasmo por estas o aquellas personas, que hay predilección por uno u otro sistema? La situación actual, esta agitación que con tanta fuerza se dirige a derribar lo existente, es la expresión del profundo malestar en que la Nación se encuentra, es la condenación de todos los ensayos que se han hecho hasta aquí». Y concluye: «Los hombres políticos no deben confiar en esas reconciliaciones de teatro, que se ejecutan entre los aplausos de una entusiasmada asamblea, los brindis de un banquete y las orquestas de un festín».

Los vaticinios de Balmes se cumplieron. Los progresistas se adueñan del poder; nuevamente las camarillas campean libremente, las mayores coacciones se ejercen en las Cortes; al mismo Olózaga se le acusa de haber atentado contra la dignidad real, intentando coaccionar a la Reina niña, todo lo cual hizo exclamar a Balmes: «aún hay tiempos peores que la Revolución». Y como en horas de revolución resulta suicida aquietarse, Balmes por segunda vez se adentra en la política activa, y propugna -como dice el P. Casanova- la formación de un Gobierno con hombres de ideales y el matrimonio de conciliación.

Como primera providencia funda en Madrid un periódico, al que puso por título «El Pensamiento de la Nación», cuya misión había de consistir -según el prospecto que le precedió- en «fijar los principios sobre los cuales debe establecerse en España un Gobierno que ni desprecie lo pasado, ni desatienda lo presente, ni pierda de vista el porvenir; un Gobierno que sin desconocer las necesidades de la época, no se olvide de la rica herencia religiosa, social y política que nos legaron nuestros mayores; un Gobierno firme, sin obstinación, justiciero, sin crueldad, grave y majestuoso, sin el irritante desdén del orgullo; un gobierno que sea como la clave de un edificio grandioso, donde encuentren cabida todas las opiniones razonables, respeto a todos los derechos y protección a todos los intereses legítimos».

En el primer artículo del periódico, Balmes hace la exposición del sistema político que propugnaba, poniendo de relieve la causa de nuestros males, que atribuye a la discordancia entre el orden político y el orden social, y tras ello plantea interrogantes: ¿Cuáles son los elementos que tienen en la sociedad un poder efectivo? ¿Cuáles son los medios a propósito para que estos elementos adquieran legítima y segura influencia en el orden político? El desarrollo de estos temas que efectúa en los artículos siguientes, constituyen una colección de Estudios políticos.

Que la monarquía es una institución que en España tiene mucha fuerza, es cosa que para Balmes no ofrece duda alguna. Dejando atrás su remoto origen que se pierde en la oscuridad de los tiempos, bastaría para apoyar este aserto, la mera consideración de que «la Nación donde un reinado como el de Carlos IV no minó los cimientos del trono y no le atrajo el descrédito y el desprecio, menester es que tenga en sus brazos a la Monarquía, no sólo como un sentimiento muy ardiente, sino como una necesidad sin cuya satisfacción no pueda vivir».

Otro elemento que tiene fuerza es la religión. «La Religión Católica tiene en España una fuerza propia, intrínseca, independiente del apoyo del Gobierno y por tanto, es bastante a conservarse sean cuales fueren las vicisitudes de la política. Creyeronla algunos inseparable de una forma de Gobierno y esta forma desapareció y le han sucedido otras varias y la religión se conserva; opinaron algunos que la causa de la religión estaba irremisiblemente perdida si no lograba la victoria el principio dinástico que por espacio de seis años combatió en las provincias Vascongadas, en Aragón, Valencia, Cataluña y otros puntos del Reino y el principio sucumbió y sus desafortunados representantes están encerrados en Bourges, y sin embargo, la religión se conserva y hace sonar su voz poderosa, y llama la atención al Gobierno y conquista parte del terreno perdido y figura como uno de los elementos que reclama un señalado lugar en la esfera social y política».

Conocidos los elementos que en España tienen fuerza efectiva, Balmes que -según Fernández de la Mora- es el primer estudioso de nuestros partidos políticos, en 1844 publica un ensayo sobre el Origen, carácter y fuerza de los partidos políticos en España, en el que les dice verdades irrebatibles tanto a los unos como a los otros, a los reformadores y a los partidarios del Antiguo Régimen. Fernández de la Mora que ha estudiado en profundidad la crítica balmesiana a la partitocracia, llega a la conclusión de que el filósofo de Vich, frente a la tesis progresista, entiende que:

- Los partidos han producido la atomización de la clase política y una insolidaridad generalizada.

- Todos los partidos pretenden ser fuertes, pero todos son flacos. Por eso «tratan de transigir con las pasiones de todos los bandos y al fin no consiguen otra cosa que ser odiados de todos, viéndose en la necesidad de sucumbir al primer choque».

- La representatividad de los partidos es una ficción. No es verdad que sean portavoces del pueblo, son instrumentos para que un grupo conquiste el poder.

- Los partidos están «dominados del pensamiento de ataque, cuidan principalmente de asestar bien los tiros y esgrimir sus armas con destreza y valentía. Lo primordial es aniquilar o inutilizar al enemigo».

Para el autor de la Partitocracia, Balmes saca la conclusión de que los partidos están desprestigiados porque «todos han sido impotentes para labrar nuestra prosperidad y asegurar nuestro sosiego». La consecuencia de su fracaso ha sido la inestabilidad política, dinámica, constantemente renovada. «Las personas varían, los sistemas se modifican, las pasiones políticas se alían, se hostilizan, se coligan, se separan... pero ni sus guerras, ni sus pases, ni su unión, ni su división producen otro resultado que lo que en una incisiva metáfora llama Balmes «la pila galvánica», que es la que provoca «la conmoción ficticia, improvisada y engañosa» de España, tras lo cual le lleva al anatema que a modo de «sentencia definitiva» pronuncia en el manifiesto de Madrid: «No más Gobierno de partido».





V. EL PARTIDO BALMISTA



Estas ideas, que Balmes desarrolló en «El Pensamiento de la Nación», estuvieron a punto de ser implantadas desde el poder cuando Narváez formó Gobierno por primera vez el 3 de Mayo de 1844. El Ministerio de Estado lo ofreció al Marqués de Viluma, quien a la sazón estaba al frente de la Embajada de España en Londres.

Una vez que Viluma aceptó el cargo, presentó un plan de Gobierno inspirado en las orientaciones de Balmes, en el que proponía: 1.º Declarar más o menos explícitamente nulo, todo lo hecho desde la abolición del Estatuto Real, a raíz de la Revolución de 1836. 2.º Que la Corona hablando a los pueblos, llegada la fecha de su verdadera mayoría de edad, otorgara una nueva Constitución con arreglo a las bases que se indicaban. 3.º Que se asegurasen todos los derechos adquiridos durante todos los trastornos, suspendiéndose la venta de los bienes eclesiásticos y devolviendo a sus dueños aquellos que estuviesen sin vender. 4.º Que se diera una amplia amnistía sin excepción de partidos ni de personas.

El Consejo de Ministros reunido en Barcelona, examinó el plan presentado por Viluma, con el que coincidieron en lo esencial, si bien discrepaban en los medios, ya que la mayoría de los ministros eran partidarios de no romper con la situación, ni declarar nada nulo, ni suscitar cuestiones sobre la legalidad de lo existente, sino en legalizar, en lo posible por los medios ordinarios, las variaciones producidas en el régimen del Estado.

Mas Viluma al no aceptarse su plan íntegramente, dimitió tras lo cual Narváez disolvió las Cortes, convocándose acto seguido elecciones generales. Balmes comenzó la campaña electoral con un artículo que publicó en «El Pensamiento de la Nación», bajo el título «¿Cómo estamos? ¿Qué conducta deben seguir los hombres amantes de su Patria?»48, en el que dice: «Hemos llegado a una situación sumamente grave, difícil, peligrosa... Los españoles serían o muy necios o muy olvidadizos, si pudieran dar crédito a las engañosas palabras de ciertos hombres que por sus miras particulares procuran difundir el engaño de que está asegurado el orden, de que nada puede la Revolución para turbar de nuevo la tranquilidad pública, de que los pueblos están contentos y satisfechos con la situación actual, de que llegado el momento de peligro le bastará a los Gobernantes dar con el pié en el suelo para que nazca por todas partes numerosos defensores de sus utopías e intereses».

Y añade más adelante: «¿Es posible que una persona juiciosa se alucine hasta el punto que crea sostenible por mucho tiempo lo que cuenta con tantos adversarios, y que los va contando cada día en mayor número? ¿Es posible que haya quien se persuada que dejando sin resolver todas las cuestiones políticas y religiosas, descontentando por una parte a los revolucionarios y por otra a los hombres amantes de la religión y de la monarquía?»

Termina Balmes este artículo abogando por que «los carlistas y los moderados que no aceptasen la obra de la Revolución, debían unirse para salvar a España». Como programa inmediato proponía el mismo que Viluma había intentado llevar a cabo desde el Gobierno.

Fruto de esta campaña, fue la formación del «partido monárquico nacional», conocido también como «partido balmista», que estaba integrado -según el Manifiesto que dirigieron al país49- por «hombres de opiniones monárquicas, religiosas, constitucionales y conciliadoras; independientes por principios, por carácter y por su posición particular, que aspiraba: a realzar el Trono, a reorganizar la sociedad, a reparar las injusticias de la Revolución, a conciliar los intereses opuestos y a crear un orden de cosas estables y duradero, donde tuviesen cabida todos los españoles».

El partido de Balmes, obtuvo una representación de veintitantos diputados, los cuales comenzaron haciendo un lucido papel en las Cortes, presentando proyectos de importancia. Mas no sabiendo los gobernantes resistir la razón de los diputados balmistas, determinaron descalificar a las personas por la ofensa.

La ocasión se presentó a raíz de una enmienda que formularon los «balmistas» a un proyecto de Ley sobre «Dotación de culto y clero». Puesta a discusión la enmienda en cuestión, se levantó el Ministro de Hacienda, Don Alejandro Mon, quien habló de la necesidad de evitar que las leyes se votaran por sorpresa, que la cuestión que se debatía era de franqueza y de buena fé, y terminó calificando de «ratero» el proceder de los diputados «balmesianos». Estos se consideraron agraviados; pidieron explicaciones y que las palabras del Ministro constasen en acta. El Señor Mon, dijo que el calificar de «ratera» la conducta de los balmistas, se refería a la que estos había seguido en dicha ocasión, añadiendo que si esta explicación no les satisfacía no le importaba nada y que él no tenía que decir ni una palabra más.

El Congreso se dio por satisfecho con estas explicaciones, pero no sucedió lo mismo con los ofendidos: veintiuno de los veintitrés firmantes presentaron en el acto la renuncia de sus cargos50. Balmes aprobó la determinación, estimó que los dimisionarios habían obrado como caballeros51. Más el Congreso siguió adelante, quedando Narváez como único dueño de las Cortes, sin progresistas a la izquierda (ya que no tomaron parte en las elecciones), ni monárquicos a la derecha. Balmes se quedó en el medio, sólo con su periódico y ante la cuestión más complicada de su política: el matrimonio de la Reina.





VI. LA RETIRADA DE LA POLITICA



El matrimonio de Isabel II con el hijo de Don Carlos, no sólo era para Balmes el «matrimonio de conciliación», como solía llamarle, sino la clave política de la España de su tiempo. «Este matrimonio -decía en unos apuntes que entregó a Viluma52- tiene dos objetos: uno dinástico, otro político. El dinástico consiste en poner fin a la cuestión dinástica, cerrando para siempre las puertas a las pretensiones del Trono. El político se cifra en fortalecer el poder real atrayendo alrededor de la Corona al numeroso partido que apoya a la rama proscrita».

Balmes, que es hombre de realidades, no entra en la discusión del mejor derecho de Don Carlos o de Doña Isabel, sino que trata de fundir las dos ramas, como antaño se mezclaron la sangre de Don Pedro con la de Don Enrique el Bastardo, mediante el casamiento de Don Enrique el Doliente con Catalina de Lancaster.

Pero la cuestión tenía dos obstáculos muy poderosos: Don Carlos y Doña Cristina. Era necesario que Don Carlos hiciera la cesión de sus derechos -por cuya defensa habían peleado miles de españoles- a favor de su hijo. Era también necesario que Doña Cristina desapareciese de la escena política, pues además de arrastrar al Gobierno a resucitar rencores, apoyaba la candidatura de su hermano el Conde de Trapani -lanzada por Donoso Cortes53- y a la que pulverizó Balmes en un artículo publicado en «El Pensamiento de la Nación» de 13 de julio de 1845, bajo el título de «Reunión Pacheco»54. Allí hizo pública una reunión celebrada en casa del notable político ecijano, el 21 de junio anterior, para concertar a los asistentes contra dicha candidatura, lo que vino a constituir un germen de división en el partido moderado.

El Carlismo aceptó y puso en ejecución el plan de Balmes, quien lo abordó con un esfuerzo verdaderamente sobrehumano. Escribe, viaja, sostiene entrevistas en España y en el extranjero, funda un nuevo periódico «El Conciliador», que pone bajo la dirección de José María Cuadrado con ánimo de atraerse al ala derecha del partido moderado, y llega incluso a formular las bases con arreglo a las cuales se celebraría el matrimonio.

Comentando esta campaña Azorín55, en mayo de 1946, decía: «Jamás en la prensa española se había producido un hecho como éste, de tan fina comprensión, de tanta constancia, de tanta perseverancia, de tanto fervor, de tanto entusiasmo. Se estaba desarrollando en España a la vista de todos uno de los más admirables dramas de sensibilidad que tan poco se había repetido en nuestra Historia. Se trataba nada menos que de encauzar el curso de la Historia de España, para que no quedase torcida; con el matrimonio que encarecía Balmes se resolvían múltiples problemas. Hoy, cuando leemos los artículos de Balmes, nos admira la previsión del escritor, que en estos artículos le había señalado todo; lo que había de hacerse antes del matrimonio y lo que había de hacerse después. Un verdadero programa de Gobierno».

Ante este proyecto, Don Carlos, siguiendo el consejo de los políticos ingleses simpatizantes con su causa, el de Metternich, el de Nicolás I de Rusia y, sobre todo, el de Gregorio XVI, -con el que había estado en contacto por conducto de Fray Fermín Alcaraz, amigo y corresponsal de Balmes en Roma-, renunció a favor de su hijo Carlos Luis, Conde de Montemolín, todos sus derechos a la Corona de España, adoptando el título de Conde de Molina. En igual fecha Carlos Luis acepta los derechos que le transmite la voluntad de su padre y publica un manifiesto dirigido a los españoles y redactado por Balmes56, en el que expone en apretada síntesis su doctrina que no era otra -como dijo Menéndez Pelayo57- que el pensamiento de su «Nación».

José María García Escudero58 entiende que hubo excesiva insistencia por parte de Montemolín en no aceptar la condición de rey consorte, conducta que recuerda a la del pretendiente francés, Conde de Chambord, cuando pudo haberse sentado en el Trono de sus mayores, con sólo aceptar la bandera tricolor: conducta noble, pero impolítica, que Francia pagó con la Tercera República.

Aunque Doña Cristina, Narváez y su equipo rechazaban el matrimonio, lo decisivo fue una conjura diplomática, a la que no fue ajeno Luis Felipe. De esta suerte, el 28 de agosto de 1846 se anunciaba el desdichado matrimonio de Doña Isabel con su primo Don Francisco de Asís. Ante ello, Balmes se convence de que no había nada que hacer por esos medios; que la cuestión de fondo del problema político español no tenía solución pacífica posible, razón por la cual decide suspender «El Pensamiento de la Nación» y retirarse por completo de la vida política. El triste reinado isabelino dio la razón a Balmes.




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