LIBROS: Marshal MacLuhan: The medium and the messenger. nº 97

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LIBROS: Marshal MacLuhan: The medium and the messenger. nº 97

Comentarios de Juan Matías Santos al libro de P. Marchand

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LIBROS: Marshal MacLuhan: The medium and the messenger

Marchand, Philip: Marshal MacLuhan: The medium and the messenger, ed. MIT, Cambridge, Massachusetts (EE.UU.), 1998, 322 págs.



De un tiempo a esta parte MacLuhan no deja de redescubrirse. Resulta que sus predicciones se han probado certeras, como ha demostrado sin paliativos recientemente en un estudio de la punta de lanza de los media Paul Levinson (Digital McLuhan). Sus globos sonda se perfilan ciertos en el mundo de los medios interactivos, del internet, la televisión por cable y demás panoplia que nos invade. Y sus comentarios acertados.

Marchand ofrece la vertiente humana del genio canadiense. Entretanto, va introduciendo conceptos básicos del más grande teórico de los medios de comunicación. Desgrana conocidas ideas clave tales como la aldea global, la diferencia entre medios calientes y fríos, el medio es el mensaje, la tribalización, el espacio acústico, los media como extensiones del hombre, las leyes de los media (tétrade) y otras. Configura así una obra introductoria de primera magnitud. Su bibliografía y la precisión y minuciosidad del detalle del personaje tratado hacen del libro de Philip Marchand una fuente de primer orden.

MacLuhan aparece como lo que fue: un hombre de carne y hueso, un católico a machamartillo, un aguijón de cordura en esta civilización corroída y corrosiva.

Resulta difícil sustraerse a este converso al catolicismo por obra y gracia de GK Chesterton, detestador de masones y simpatizante de Franco (lo que pagó caro en medio de la intelligentsia anglosajona). En Estados Unidos frecuentó y colaboró con los Agrarios del Sur, tomó partido por los de Lee y juzgó severamente la Guerra de Agresión yanqui, a la que consideraba un enfrentamiento entre las diversas obediencias masónicas. Derrochó optimismo tras su conversión a sabiendas de que todo acabaría bien y de que todas las cosas estarían bien.

Herbert Marshall McLuhan nació en las praderas canadienses y se educó en Manitoba. De ahí saltó a Cambridge, donde obtuvo su Doctorado en Filología inglesa y se dejó fascinar por Joyce y los simbolistas franceses. Sólo de rebote, y de vuelta a las Américas, en este caso a la Universidad Católica de San Luis en Missouri, empezó a penetrar en los media. Ciertas semillas estaban en él: su afición por Tomás de Aquino, sus contactos con el vanguardista Departamento de inglés de Cambridge (particularmente influenciado por Leavis y Richards), sus lecturas de Eliot e Innis… Lo que fructificó en medio de la desesperación al intentar llegar a un alumnado cuya capacidad de atención y concentración ya comenzaba a resentirse en los cincuenta. A base de acumular anuncios que le permitieran servir de palanca para otros conceptos literarios acuñó The Mechanical Bride: folklore of Industrial Man que le diera una celebridad inicial. Su salto a la fama mundial se consolidó con La Galaxia Gutenberg: la génesis del hombre tipográfico y se consumó con Understanding Media: The Extensions of Man, posiblemente su trípode básico. Pasó la vida en varias Universidades católicas -cuando todavía existían- de USA y Canadá, acabando por recalar en Toronto, que fue la que vio su gloria y la que se honra con su nombre. The Mechanical Bride reapareció purgada y mejorada en Culture is Our Business. Quizás la otra obra señera fue la póstuma Laws of the Media: the new science y compilada por su hijo y albacea intelectual Eric MacLuhan.

MacLuhan era de la opinión de que toda la historia cultural de los últimos quinientos años de Occidente se cifraba en la pugna entre dialéctica, retórica y gramática. Su aproximación, pese a todo, fue retórica. Y con su obra sembró toda una manera de pensar acerca del nuevo universo de los mass media. Roturó una tierra virgen, pero fecunda, cuya cosecha empieza a ser descomunal. MacLuhan nos advirtió de los peligros, a sabiendas de que, para conjurarlos, hay que mirarles a la cara.

En medio de todo ello, su faceta humana. Amigo de sus amigos. Intempestivo con sus colaboradores. Inadaptado para la medianía universitaria que inunda. Arrogante con todos. Prepotente con los poderosos. Chispeante siempre. Impaciente en todo momento. Desesperante y excitante para con sus alumnos. De Rosario diario. Torturado por sus hijos cuya vida distaba de ser reflejo del modelo católico que para ellos quería. Atormentado por sus más que serios problemas médicos. Moderado y morigerado consigo mismo. Descuidado con su esposa, a la que amaba más que a nadie en este mundo. Lector infatigable y esponja de saberes. Destilador de ideas hasta la quintaesencia. Conversador infatigable. Hábil en las escarpaduras. Torpe en las mediocridades de la vida.

Su obra, es lectura obligada. «Miramos al presente a través de un retrovisor: caminamos marcha atrás hacia el futuro». Afirmación hecha con intención de advertir del peligro al desencarnado hombre moderno. Un faro que avisa de proximidades de peligrosos acantilados. Un soplo de aire fresco en el alma. Un vector centrípeto, creador de puentes entre disciplinas. Un peregrino en pos de la verdad y la belleza.

Una biografía y unas ideas increíblemente certeras, en todo momento fascinantes.



Juan Matías Santos



 

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