EXPRESIÓN TOTAL. ARTE DE HABLAR EN PÚBLICO

 

  LA PALABRA ES EL PODER LA PALABRA ES LA VERDAD  

Texto de Isidro-Juan Palacios

 

La Palabra se escucha antes de ser pronunciada. La Palabra es la creación del mundo. La Palabra es el poder. La Palabra es la expresión de la verdad, de las cosas tal como son, según su naturaleza... En este sentido la Retórica precede al hombre, pero está en él y con él.
   

 

    Antes de que Aristóteles, como consecuencia de la dialéctica heredada de los filósofos presocráticos y de Platón, su maestro, dijera que la Retórica es "persuasión"; antes de que el conflicto comenzara a dominarlo todo, la Retórica fue enseñanza y deslumbramiento de la verdad. Solo eso. Palabras divinas, palabras míticas presentes por doquier, que los hombres repetían o imitaban en sus inspiraciones o en la aceptación de epifanías. La Palabra que oía y veía el ser humano era el bien y su conocimiento: el mundo tal y como éste había sido hecho, con su desvelamiento y con su enigma. No era aún la Retórica hija de la dialéctica, ni el resultado de un enfrentamiento, de un conflicto o de una oposición, sino de la unidad. Grandes maestros practicaron esta Retórica desde el alba de los tiempos.

Anterior a la filosofía, la Retórica fue la madre de todas las sabidurías, divinas y humanas. Desde el principio, era tan bella y seductora como respetada por los hombres, hasta que, ya desde las remotas edades, algunos de éstos, llevados por su voluntad de poder, ambicionaron poseerla. No para servirla ciertamente, no para rendir culto a la Palabra, sino para servirse de ella para sus propios fines. Fue así como surgieron los intentos de apropiación malsana, egoísta de la Palabra

La Palabra expresaba la verdad, no mentía, pero la intención humana podía llegar a secuestrarla y, en consecuencia, podía llegar a falsificarla. A partir de entonces la Palabra dejo de estar sola en su pureza; y comenzó a cobrar más valor lo que con ella se decía que en sí misma. Lo que se decía podía ser mentira mientras que la Palabra seguía siendo verdadera. Esta situación, percibida ya entre los antiguos griegos (quienes por cierto han pasado a la historia como los "inventores" de esta ciencia), condujo el arte retórico hacia las peligrosas arenas de la dualidad enfrentada o controvertida: hacia la afirmación de algo y su contrario. Se había llegado a la paradoja dialéctica en la que, con su ejercicio, tanto podía defenderse la verdad como la mentira; y se llegaba a una situación todavía peor: nadie sabía a ciencia cierta dónde estaba lo verdadero y dónde lo falso. La Retórica se convertía en un campo de batalla por el poder; se hacía ambivalente. ¿Qué posición adoptar ante semejante dilema? ¿Rechazarla o aceptarla? Platón representa en sus obras la doble postura de quien censura la Retórica y de quien la alaba.

Como vemos, ya desde los tiempos helénicos no se podía hablar, a secas, de la Retórica como arte de hablar en público, sino de las dos maneras de ejercitarlo. Como ciencia de hablar "el bien" o como ciencia de hablar "el mal"; y como arte de "hacerlo bien" o de "hacerlo mal". Consecuentemente, no es redundancia que en el frontispicio de las hojas volantes de nuestros cursos hayamos escrito a conciencia arte de hablar bien en público y no sólo "arte de hablar en público". Con ello mostramos a nuestros alumnos cuál es la Retórica con la que nos comprometemos en nuestras enseñanzas.

Lo que entre los griegos condujo a poner en entredicho la Retórica y a disputarle su derecho a vivir, en suma: a hacer de ella un instrumento tanto de sabiduría como de ignorancia fue el hecho de que los hombres comenzaran a desligarse de lo divino y de sus fuentes sagradas primordiales, de aquello que, en definitva, los unificaba en la diversidad. Desde semejante degradación, ya sin casi luz interior, el "hombre se hacía la medida de todas las cosas", como decía Protágoras, uno de los más famosos retóricos griegos (481 - 411 a. C.). Brotaba la idea (verdadera y engañosa* a la vez) de que había tantas verdades como ciudadanos, de modo que sólo por medio del diálogo, el debate o el discurso, entre dos cuestiones contrapuestas (antítesis), se impondría una, aceptándose ésta como veredicto. Había nacido la dialéctica. Y quedaba claro que en este tipo de espacio hacia el que la Retórica era reconducida no era ya la enseñanza lo que primaba sino la persuasión. La retórica persuasiva nacía en el ágora; en torno a este nuevo "centro", a esta pláza pública iba a fundarse la polis: el modelo de la ciudad moderna. Ahora, entre fuerzas dispares, aquél que fuera capaz de elaborar el discurso más persuasivo sería el triunfador. La verdad y la mentira no eran ya cuestiones ontológicas del ser sino resultados de la "destreza" oratoria o del ingenio manipulador del que detentara en el instante las palabras creadoras y su capacidad para imponerlas. La "maestría" técnica adquiría por tanto la máxima importancia y se anteponía incluso a los contenidos. No era suficiente con saber que había una Retórica de la realidad y una retórica de lo irreal; la clave empezaba a estar en el "cómo" (sin olvidar el "cuanto") se expresaban ambas actitudes retóricas, de modo que la verdad perdía siempre frente a lo que la excluía si en su exhibición desplegaba cualitativa (y cuantitativamente) una pericia menos elocuente que la mentira. Aristóteles, en la más famosa de sus obras dedicada al tema, escribió: "la retórica es útil para defender la verdad y la justicia (ya que éstas triunfarían siempre si no fuera por la falta de habilidad de sus defensores)". La "persuasión" pasa a ser por tanto el eje. Desde entonces hasta nuestro días, esta última facultad expresiva será el elemento clave que va a definir la Retórica. Desde Aristóteles, y para la mayoría, no hay más Retórica que ésta. Para nosotros, éste constituye un punto de partida, pero no el de llegada. Sobrepasándolo, nos remontamos a las fuentes prístinas de la ciencia y el arte retóricos.

El dato de que la Retórica esté hoy ausente de la enseñanza superior no deja de mantener su intriga. Paradójicamente, por el contrario, ¿no vivimos en la eclosión de las informaciones y de la llamada Era de la Comunicación? Dicho de otro modo: ¿como se explica la sustracción de la Retórica cuando más falta hace? La contestación de esta pregunta se relaciona con las anotaciones hechas en los párrafos precedentes. 

Ligado a su casi absoluta desaparición de todos los ámbitos, nos encontramos con la archi utilización de las palabras en nuestra sociedad actual. He aquí un factor extraño donde los haya. ¿Por qué algo tan curioso? La respuesta es evidente: si supiéramos Retórica conoceríamos cuándo nos engañan y cuando nos manipulan, sabríamos cuándo la Palabra es prisionera y cuando es libre, cuándo "dice" la verdad y cuándo miente. Restringida hoy, extraída de todos los ámbitos educativos, impedida su expansión y su libertad, la Palabra se encuentra a merced de ser más fácilmente tergiversada o desvirtuada por quienes la dominan casi en exclusiva; al contrario de lo que sucedería si, extendida, fuera del dominio público. La verdad, de este modo, sería mejor defendida que lo está hoy y seríamos por esa misma razón más libres de lo que somos. No por casualidad fue dicha y luego escrita aquella sabia y lapidaria frase de uno de los más grandes maestros de la Retórica de la enseñanza: "la verdad os hará libres"

Sabiendo, por ello, que las palabras no sólo nos dicen la verdad, sino que igualmente nos pueden mentir por la intención de quien las dice, según el corazón de quien las diga y el fin con que se las emplee, nos defendemos de los engaños, dejamos de ser manipulados, nos adueñamos de la situación y somos libres por la Retórica.

En resumen: si usted no sabe Retórica, no sabrá cuándo le dicen la verdad o cuándo le envuelven. Pero si usted sabe Retórica, enseguida descubrirá los secretos que se le velan o se le encubren, enmascarados, y no se tambaleará. Usted, desde luego, será más libre, más dueño de sí, más soberano; se percibirá con criterio propio y con más ser. De ahí que cuando usted decida entregarse a una causa lo hará no como el autómata que es zarandeado sin que se dé cuenta, como una marioneta, impulsado por fuerzas que desconoce, sino lo hará con todas las de la ley y con absoluto señorío.


(*) "Verdadera", porque cada hombre, cada ser, es una verdad única, indiscutible e inigualable; "engañosa", porque cada una de esas verdades individuales no han de servir para excluir, anular o enfrentar a los otros.

 

 


>Sumario de la Página<

Portada de los Cursos. Objetivo. Metodología y Técnica. Hablar Bien. Es Para Todos. ¿Necesita Mejorar? Información. Contenidos. Hablar Sin Miedo. Saber Hablar y Saber Escuchar. Secretos de la Presentación. El gesto, la postura, la voz y la mirada constituyen La Palabra Total. El Arte de la Improvisación. El uso del Silencio y de la Pausa. El Discurso. Radio, Televisión y Videoconferencia. Conmover y Deleitar.


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