LA RELACIÓN DE CÁDIZ CON EL RÍO DE LA PLATA

 

De los ideales al comercio (Siglo XVII)

 

“La noble sangre latina

y la lengua castellana,

juntan con el alma hispana

la joven alma argentina”

RUBÉN DARÍO

 

LA PRIMERA CRISIS DEL IMPERIO

 

Durante el siglo XVII, llamado también el siglo del Barroco, se consagra en la mentalidad de los españoles la idea de que su nación tiene una misión sagrada a realizar en el mundo: la defensa de la fe católica y de sus valores civilizadores. Esto supuso una política ambiciosa, basada no tanto en un sentido práctico como en un exaltado sentido del honor que hizo prevalecer el ideal caballeresco sobre el ideal burgués. Quizás por ello se produjo un gran esplendor en el arte y la literatura difícilmente superable en cualquier otro período de la historia de España.

 

El siglo comenzó con una etapa de paz casi generalizada en toda Europa, por lo que Felipe III se dedicó a disfrutar de las lujosas fiestas palaciegas y las solemnes corridas de toros mientras el país iba entrando poco a poco en una profunda crisis interna. Esta situación se hizo patente en 1609, cuando el Tesoro se encontró con una deuda de doce millones de ducados que era incapaz de cubrir. Tras un arreglo, sustituyendo el pago de la deuda por la concesión de rentas de la Corona, se llegó a una nueva bancarrota en 1611, aún más grave. Debido a la disminución de plata, la moneda de este metal fue sustituida por la de cobre, produciéndo-se entonces una fuerte inflación a causa de la depreciación de la moneda.

 

De la crisis económica se pasó también a una crisis moral, cuando ya con Felipe IV, España entró en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que tuvo como consecuencia la pérdida de su hegemonía en Europa. Los españoles se dieron cuenta de la decadencia de su Imperio, y hubo en la Península varios reinos periféricos que se enfrentaron al poder castellano, con la sublevación de Portugal, Cataluña, Aragón, Navarra y Andalucía. El Rey finalmente impondría el orden en todos los frentes, excepto en Portugal que recuperó su soberanía; pero a partir de la Paz de Westfalia quedó claro que la potencia militar de España se encontraba en una clara decadencia, de la que no se recuperaría hasta el siglo XVIII.

 

 

CÁDIZ COMO EXCEPCIÓN

 

La crisis que atraviesa el país durante el siglo XVII tuvo especial incidencia en Andalucía, ya que la recesión económica vino acompañada de una época de malas cosechas y, como consecuen-cia, de hambrunas y epidemias. El crecimiento demográfico se frenó e incluso retrocedió, mientras que la disminución del tráfico comercial con América tuvo funestas consecuencias para la región, especialmente para Sevilla y Sanlúcar.

 

Sin embargo, en esta situación de recesión demográfica y económica, Cádiz sería un caso excepcional ya que la ciudad fue la única beneficiada de la decadencia general en que estaba sumida el país. Por un lado, la fallida conjura del noveno Duque de Medina Sidonia, Gaspar de Guzmán, contra Felipe IV, tuvo como consecuencia su destierro y la pérdida de Sanlúcar que fue incorporada a la Corona en 1645. Al perder así todos sus privilegios y franquicias, los comerciantes establecidos en la villa sanluqueña se traslada-ron a la vecina ciudad de Cádiz. Igualmente ocurrió con un gran número de mercaderes extranjeros que decidieron a lo largo del siglo trasladar sus negocios de Sevilla al puerto gaditano, estimando sus mejores condiciones y posibilidades de comunicación. Así ocurrió que en el siglo XVII, Cádiz multiplicó por siete su población de forma excepcional para la tendencia general de la época. La evolución demográfica fue la siguiente:

 

AÑO

POBLACION APROXIMADA

1600

6.000 hab.

1625

14.000 hab.

1650

22.000 hab.

1675

30.000 hab.

1700

35.000 hab.

 

El padrón hecho en Cádiz en 1605 ofrecía una visión de la ciudad no repuesta aún totalmente del saqueo inglés de 1596. Pero conservaba la estructura de una ciudad burguesa, orientada hacia el comercio como su única fuente de riqueza. El sector primario era inapreciable en Cádiz y, como cuenta fray Gerónimo de la Concepción, “sus habitantes eran mercaderes y navegantes”. En el padrón aparecen muchas familias nobles del norte de España y extranjeras. Entre los norteños, destacan los marinos vascos y el linaje asturiano de los Soto de Avilés, que guardaban en su casa el pendón de la ciudad. Mientras que los extranjeros son en su mayoría comerciantes genoveses cuya presencia era continua y habitual.

 

Desde el saqueo de 1596 las obras de fortificación se aceleraron a lo largo del siglo. Más aún después del intento fallido de asalto inglés de 1625 que fue rechazado gracias a un error de estrategia de Lord Wimbledon, al mando de unas tropas mucho más numero-sas a la guarnición disponible en Cádiz. A partir de entonces se tomaron importantes medidas que hicieron de la ciudad a finales de siglo un enclave casi inexpugnable. Con la defensa asegurada por sus murallas y el declive progresivo de Sanlúcar y Sevilla, para Cádiz comenzaba una etapa de auge que hizo de la crisis del siglo XVII el anticipo para la ciudad gaditana del esplendor de la siguiente centuria, conocida como el siglo de oro gaditano.

 

 

EVOLUCIÓN DEL RÍO DE LA PLATA

 

Tras la importante labor pacificadora de Hernandarias, una Real Cédula de 1617 dividió la provincia del Plata en dos gobernaciones: Guayra (actual Paraguay) y Río de la Plata. Felipe II asignó el primer gobierno de esta segunda a Diego de Góngora, al que siguió en el intenirato Alonso Pérez de Salazar, creador de la Aduana Seca de Córdoba, de la que se hablará más adelante.

 

Hasta la creación de la Real Audiencia de Buenos Aires, los gobernadores se enrentaron a numerosos problemas y al conflicto continuo con los indios, siendo especialmente graves las subleva-ciones de los calchaquíes y originando feroces enfrentamientos. No menos preocupante para los españoles fue la amenzante presencia de los portugueses en la colonia del Sacramento, un problema que no se solucionó hasta entrado el siglo XVIII.

 

En 1660, Felipe IV decidió crear la Real Audiencia de Buenos Aires, fundamentalmente para evitar los manejos que el gobernador Pedro Baygorri tenía con los holandeses, al permitirles la entrada en el puerto de sus mercancías. La Real Audiencia iba a imponer un mayor orden y control de las provincias del Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, que por primera vez tenían un centro rector propio. En la Cédula de creación ya se le atribuía un carácter especial, al dar primacía a las cuestiones de defensa y gobierno. A partir de entonces, y quizás debido a la preocupante cercanía de los portugueses, el Río de la Plata pasaría a ocupar un lugar destacado en la estructura del Imperio americano.

 

Además del Estado, también la Iglesia estructuró durante el siglo su presencia en el Plata. Muy importante fue el establecimiento de las misiones jesuitas en el Alto Paraná desde 1610, y diez años después se creó el obispado de Buenos Aires que comprendía el actual Paraguay y casi toda la región central argentina. El carmelita fray Pedro de Carranza tomó posesión del obispado en 1621 y procedió a organizar la diócesis, tras erigir la parroquia bonaerense en Catedral.

 

En cuanto a la población del Río de la Plata, los datos son escasos y contradictorios. Se sabe que en 1602 las tropas de Buenos Aires estaban constituidas tan sólo por 53 hombres a caballo y 15 infantes armados, por lo que en marzo de 1603, el Rey ordenó al Duque de Medina Sidonia que reclutara tres compañías en Cádiz para que embarcaran en las flotas de Indias los soldados necesarios.

 

El primer padrón después de la división del territorio data de 1622 y registra 212 vecinos en Buenos Aires, 162 en Santa Fe y 91 en Corrientes. Habría que aplicar a estas cifras el coeficiente de cinco individuos por vecino para hallar la población aproximada, teniendo en cuenta además que no se contabiliza aquí a los indios. Se pueden seguir los datos de Buenos Aires, gracias a los cálculos realizados por Besio Moreno, en los que incluye los distin-tos elementos raciales. Según dichos cálculos, la evolución de la ciudad es la siguiente:

 

AÑO

POBLACION

1639

2.070 hab.

1658

3.359 hab.

1664

3.812 hab.

1674

4.067 hab.

1680

5.108 hab.

 

De todo lo visto se desprende que el Río de la Plata hasta ahora no había tenido excesiva importancia en los intereses de la Corona, pero la situación empieza a cambiar durante el siglo con la creación de la Real Audiencia y el aumento de población.

 

 

EL COMERCIO AMERICANO EN EL SIGLO XVII

 

Tras el largo período de expansión que se produjo durante casi todo el siglo XVI, el comercio español con América sufrió a partir de 1593 la quiebra de esta tendencia. Hasta 1610 se mantuvo todavía el nivel aunque con signos claros de que el crecimiento se había frenado. Entre 1611 y 1622 la tendencia se invirtió para iniciarse un período de contracción con pérdidas constantes que no se detienen hasta el primer tercio del siglo XVIII. Esta profunda crisis hunde sus raíces en una serie de defectos y debilidades inherentes, unos al frágil sistema comercial español y otros a las propias economías coloniales. Entre los primeros cabría citar la pésima organización administrativa, la mala infra-estructura del transporte o la política de la Corona en base a una legislación ineficaz. Entre los segundos, destaca la tendencia al autoabastecimiento que comienza a registrarse en las colonias y el desafío de las potencias extranjeras ante la pérdida de fuerza militar de España. Según datos de García Baquero, las medias anuales de los valores brutos reales del tonelaje de arqueo ponen de manifiesto las pérdidas continuas a lo largo de las siguientes décadas:

 

1611-1620

30.026 toneladas

1631-1640

15.275 toneladas

1651-1660

8.000 toneladas

1681-1690

5.062 toneladas

 

Una de las consecuencias manifiestas de este descenso del comercio fue la reavivación de la polémica rivalidad entre Cádiz y Sevilla. A principios de siglo, la competencia por el monopolio parecía un tema solucionado a favor de la capital sevillana. Pero la reiteración en 1610 de una Cédula ya promulgada en 1585 que liberaba al Juez Oficial de Cádiz del control de la Casa de Contratación, significó el comienzo de una nueva etapa de tensiones. En 1614, el Consejo de Indias autorizaba a los navíos procedentes de Sevilla a completar su carga en Cádiz, medida que no era sino la reafirmación del Tercio de Toneladas. Ante esto, la Universidad de Mareantes elevó una protesta al Rey en 1622 por considerar que la parte que se reservaba al puerto gaditano –un tercio del tonelaje- era superior a las posibilidades de su comercio. En la década siguiente el problema se agravó aún más, ya que mientras Sevilla tenía dificultades para proveerse de navíos, Cádiz resolvía la situación procurándose barcos extranjeros. En 1649 se dio además la circunstancia de que la epidemia de peste afectó duramente a la ciudad sevillana, perdiendo a causa de la enfermedad casi la mitad de su población.

 

Sin embargo, en 1664 se produjo una reacción de los comerciantes de la capital andaluza que lograron que las flotas salieran y regresaran a Sanlúcar y que además se redujera el calado de los navíos para que éstos pudieran acceder por el río Guadalquivir. Dos años después, una disposición suprimía tanto el Juzgado de Indias en Cádiz como el derecho al Tercio de Toneladas. Y cuando la victoria de Sevilla parecía definitiva, en 1679 se dio un paso decisivo por parte de la Corona, restituyendo al puerto gaditano todos sus privilegios al tiempo que se fijaba en su Bahía la cabecera de las flotas. Desde entonces y hasta la resolución definitiva del pleito, Sevilla sólo conservará el aparato burocrá-tico del comercio mientras que Cádiz pasa a convertirse en el verdadero centro de la Carrera de Indias.

 

 

EL COMERCIO CON EL RÍO DE LA PLATA

 

El comercio con Buenos Aires durante el siglo, al menos registrado legalmente, no es especialmente significativo; pues las dos terceras partes del tráfico americano iba dirigido a Nueva España y a Tierra Firme (Cartagena de Indias y Portobelo).

 

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que era intensa la actividad de contrabando y de piratería en la zona del Río de la Plata, lugar difícil de controlar. Los barcos que comerciaban sin licencia se dedicaban la mayoría a cargar en Cádiz o Canarias y descargar en Buenos Aires, o bien a sacar caudales y mercancías de esta ciudad con destino a países extranjeros.

 

El Plata gozó de un régimen jurídico y económico distinto al del resto de América, hasta el punto de que en 1602 se autorizó el comercio con Brasil, dedicándose a partir de la fecha al tráfico de esclavos fundamentalmente. La actividad se fue incrementando hasta 1618, en que Buenos Aires solicita autorización para ampliar sus exportaciones así como el permiso para traer plata peruana. La Corona contestó permitiendo el envío desde Sevilla de dos navíos; al mismo tiempo se creaba la Aduana interior de Córdoba para controlar el tráfico de Buenos Aires con las provin-cias productoras del Plata del Alto Perú. La Aduana comenzó a funcionar en 1622, el mismo año en que se prohibió el comercio con Brasil, una medida que originó el aumento del contrabando.

 

Córdoba canalizó también el flujo mercantil entre Chile y Buenos Aires, y era paso obligado del ganado que desde Santa Fe y Cuyo se llevaba a Potosí. Por otro lado, la región de los juríes, en torno a Santiago del Estero, originó un importante comercio de paños de algodón, fabricados por los indios.

 

En 1652, Buenos Aires consiguió la autorización para que se despacharan licencias de navegaciones sueltas, pero el número de toneladas que la Corona autorizó le pareció excesivo a los comer-ciantes sevillanos, que logran en 1673 que el buque de los navíos de Buenos Aires quede reducido a doscientas toneladas anuales, cantidad que sería a lo largo del siglo motivo de continua disputa y negociación.

 

Los datos más fiables son los que corresponden a la segunda mitad de la centuria, período para el que está registrado un movimiento de navíos entre Sevilla y América que indica un total de 1.502 viajes de ida, de los que 27 fueron para Buenos Aires; y un total de 783 viajes de retorno, de los cuales 23 salieron de la ciudad del Plata. Hay que señalar que los datos corresponden al monopolio sevillano, pero en ellos se incluyen los puertos de Cádiz y Canarias, pues ambos son los únicos que participan en el tráfico comercial junto a Sevilla.

 

A continuación se reflejan en una tabla los datos referentes a las exportaciones a Buenos Aires entre 1650 y 1699, incluyendo el porcentaje que supone del total exportado a América y el porcentaje para cada mercancía que sale del puerto de Cádiz.

 

PRODUCTO

CANTIDAD

% DEL TOTAL EXPORTADO

% QUE SALE DE CÁDIZ

Vinos

16.686 arrobas

0,8 %

9,5 %

Aceites

742 arrobas

0,2 %

11 %

Aguardientes

609 arrobas

0,2 %

18 %

Hierro

9.146 planchas

2,5 %

49 %

Acero

64 cajas

1 %

79 %

Azadas

13.171 azadas

12 %

21 %

Rejas de arado

600 rejas

0,3 %

27 %

Papel

279 balones

0,7 %

96,7 %

Libros

167 cajas

2,5 %

22,5 %

Cera

342 marquetas

0,3 %

99 %

Medicinas

7 cajas

1,5 %

32 %

 

Respecto a las importaciones, dado que las principales consistían en azúcar, cacao, tabaco y tintes, y que estos productos procedían en su mayoría de Nueva España y del Caribe; las importaciones legalmente registradas en Buenos Aires son de escasa importancia. Tan sólo destacaban los cueros (112.810 para el mismo período), que suponían un 15,8% del total importado de América.

 

En cuanto a los caudales recibidos, tampoco era demasiado significativa la cantidad procedente del Río de la Plata, dado que los envíos se realizaban desde Tierra Firme (el 54%), de Nueva España (el 45%), y tan sólo un 1% procedía de los navíos sueltos del resto del continente. De estos últimos, salieron en la segunda mitad del siglo los siguientes caudales con destino a España:

 

ORIGEN

NAVÍOS SUELTOS

PROCEDENTES DE BUENOS AIRES

De la Real Hacienda

152.632 pesos

62.049 pesos

De particulares

220.559 pesos

126.000 pesos

TOTAL

373.191 pesos

188.049 pesos

 

 

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