"La Luna Nueva"
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"La Luna Nueva"
   
En la casa de Leandro Correa estaban organizando la "carneada". Luego de transcurridos nueve meses engordando los dos chanchos, uno de pelaje colorado y el otro negro, ambos ya estaban a punto para ser faenados y preparar con su carne sabrosos embutidos - chorizos, salamines, morcillas y deliciosos jamones, bondiolas y pancetas - que serían consumidos por la familia durante el año, y con los que agasajarían a sus amigos. Según los entendidos en la preparación de las facturas, las condiciones apropiadas se daban en invierno, cuando no hay humedad y coincidiendo con el ciclo lunar, lo cuál aseguraba una buena maduración de los jamones y que los embutidos no se pudrieran.

Leandro se ocupaba de seguir cada paso de los preparativos en forma minuciosa y con un prolijo control de las tareas. Le ordenó a su hijo Anacleto que se encargara de avisarle al compadre Victorio que estuviera disponible para el trabajo de carnear y manufacturar la carne de los cerdos, tarea que comenzaría el lunes venidero y como siempre, lo harían a la madrugada. Barrió e higienizó el galpón en el que trabajarían, derramando sobre el piso y las paredes de chapa una solución de cal viva y creolina para desinfectarlo, como forma de eliminar los insectos que habitaban ese sitio. Puso en buenas condiciones los elementos que usaría, afilando los cuchillos y repasando la prensa para los jamones, higienizó los fuentones y la mesa de operaciones. Cuando estuvo seguro que todo estaba en orden, se dirigió al Almacén de Ramos Generales de Don Mauricio para adquirir todos los materiales que necesitaba. Allí compró una lata de tripas de vaca conservadas en sal con las que embutiría los chorizos, morcillas y salames; una bolsa de sal gruesa para salar los jamones y planchas de panceta; sal nitro para conservar los jamones y bondiolas; pimentón, pimienta en grano, ají molido e hilo choricero para preparar y atar los chorizos, morcillas y salamines.

Cuando Don Mauricio le despachaba la mercadería, Leandro le dijo que el día lunes estaría carneando los chanchos, que por la noche haría un asado con las achuras y que lo invitaba a comer. Leandro le hizo un breve comentario: "me había olvidado que ustedes, los rusos, no comen carne de chancho...! agregando: " porque... es cierto que adoran la cabeza del chancho?" Este comentario molestó a Don Mauricio, por su intención agresiva y el contenido discriminatorio que en ella había. La respuesta no se hizo esperar: "yo no soy ruso, soy judío y nosotros no adoramos la cabeza del chancho, como dicen los ignorantes; nuestra religión nos prohibe comer carne de cerdo por una questión de higiene. Por lo visto usted no conoce que en la antiguedad la gente se moría de triquinosis, que es una enfermedad producida por la triquina, un parásito que transmiten los cerdos. Por esta razón se les prohibió a las tribus hebreas que consumieran la carne de este animal!" Y así dió fin a su respuesta.

Al regresar, luego de su compra, Leandro hizo una rápida observación para ver en que estado se encontraban los chanchos y luego entró a su casa, donde le comentó a su mujer que había tenido una conversación con Don Mauricio, añadiendo: "estos rusos no saben lo que es bueno... me dijo que la religión no les permite comer carne de chancho para que no se contagien con triquinosis". Flora, su mujer, una criolla de baja estatura, de cara redonda, se largó a reir mostrando toda la dentadura al abrir su enorme boca, diciendo: "estos rusos son herejes y adoran la cabeza del chancho".

Aquel lunes, en horas de la madrugada, había un gran movimiento en la casa de Correa donde todo estaba dispuesto para la matanza de los chanchos. Había arribado Victorio, quien era ducho en la elaboración de chacinados y fiambres. Todos se dirigieron al chiquero donde los chanchos estaban durmiendo. Al despertarse éstos por el barrullo que hacía tanta gente, se asustaron y empezaron a gruñir. Leandro y su gente voltearon al cerdo colorado inmovilizándolo al atar sus patas con una manea, para luego alzarlo y llevarlo entre varios al galpón, dejándolo sobre la mesa. Luego le cerraron la trompa atándole un trapo para que no pudiera gritar. De inmediato Leandro le incrustó en el pecho un cuchillo filoso, al mismo tiempo que lo agarraban fuertemente para que no se moviera. El animal lanzó un fuerte quejido que se parecía al de un ser humano y de su herida comenzó a salir un chorro de sangre, la que caía dentro de una lata que habían colocado para juntarla. Cuando el animal estuvo muerto, arrojaron encima de su cuerpo baldes de agua hirviendo y lo pelaron con cuchillos. Luego de limpiar su piel lo depositaron en el piso, encima de una chapa y salieron al patio en busca del segundo animal para faenarlo.

Repitieron la misma operación con el cerdo negro, el que les dió un gran trabajo hasta que pudieron innovilizarlo. Fue en el momento justo en que el cuchillo iba en busca del pecho del chancho que éste se movió haciendo que la puñalada, que llevaba toda la fuerza, se desviara y fuera a herir a Anacleto, el hijo de Leandro, quien estaba ayudando a inmovilizarlo. El accidente tomó de sorpresa a los presentes, quienes quedaron paralizados sin intentar ayudar a la víctima que de su herida manaba mucha sangre. Cuando la madre se dió cuenta de lo que le había sucedido a su hijo, salió corriendo a buscar al médico que vivía cerca de su casa. Tuvo la suerte de encontrarlo disponible en su consultorio y rápidamente el médico se trasladó al lugar del accidente, comenzando por parar la hemorragia practicándole un torniquete más arriba de la herida. De inmediato le colocó un tapón con desinfectante y así, prolijamente, limpió el sitio afectado. Luego de trabajar intensamente consiguió parar la sangre y le dió a Anacleto un medicamente para reanimarlo. Luego lo llevaron con urgencia a la sala sanitaria del pueblo y le hicieron una transfusión de sangre. El médico ordenó que el enfermo permaneciera internado hasta que se repusiera. Por la noche, su estado estaba controlado y le dijo a la madre de Anacleto que si bien su hijo había mejorado, debía tenerlo en observación durante cuarenta y ocho horas.

El médico, que se llamaba Jacobo, era hijo de inmigrantes judíos que se habían radicado en el pueblo desde su llegada de Rusia y allí tenían un modesto negocio. Jacobo se recibió de médico con distinguidas calificaciones en la Universidad de Buenos Aires y luego instaló su consultorio en Mayor Buratovich.

Luego de transcurridas las cuarenta y ocho horas de observación, el médico le informa a Leandro que su hijo estaba fuera de peligro. Este no puede contener su emoción y dando muestras de gratitud por haber salvado a su hijo, abraza a Jacobo. De inmediato Leandro y Anacleto regresan a su casa. Leandro le transmite a su mujer la buena noticia y ella con alegría abrazo a su hijo, para luego decirle a su esposo: "este Jacobo...que buen médico es y que gran corazón tiene, lástima que sea ruso!"








     
     
   
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