Donde hay yeguas, potros nacen
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Terrorismo de Estado
ALMACEN DE RAMOS GENERALES
Donde hay yeguas, potros nacen
El Refugio
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Donde hay yeguas, potros nacen
   


El domador de potros era una combinación de centauro rodeado de diversos mitos. Tenía fama de ser un hombre libre para quien no había ataduras convencionales que lo obligaran a una vida sedentaria como tener esposa e hijos. Tenía fama de ser un acróbata capaz de mantenerse sobre el lomo del potro atento a sus desplazamientos furiosos para saltar a tierra cayendo parado justo cuando el potro, erguido sobre sus patas traseras, se acostaba con el lomo contra la tierra para liberarse de su carga.

El domador fue un personaje que vivió en las poblaciones rurales de la Argentina y Uruguay, en las zonas donde había grandes extensiones de tierras despobladas que eran propiedad de un sólo dueño, llamadas estancias. El domador era un trabajador rural que no tenía relación de dependencia con quien lo contrataba. El no debía cumplir horarios, no recibía órdenes de como hacer su trabajo, ni tampoco debía ajustarse a esquemas laborales estrictos. La obligación contractual del domador consistía en recibir una tropilla, es decir una cantidad de potros que su propietario le confiaba y devolverlos amansados en condiciones de poder ser utilizados para cabalgar o para trabajar con el ganado. El caballo era imprescindible para la preparación y el cuidado del ganado.
El oficio del domador consistía en hacer que los caballos fueran dóciles en el manejo quitándoles todas las mañas, que no fuesen duros de boca ni tampoco demasiado blandos, obedientes a las órdenes que le daba su monta ya fuese con las riendas, con voces o con el movimiento de las piernas sobre sus costados. Una vez que cumplía con estos requisitos se daba por concluida la obligación del domador, que entregaba los caballos mansos y recibía el pago por su trabajo. A diferencia del peón de estancias, el domador tenía un espíritu de hombre libre.

Los hermanos Campusano eran dos domadores que trabajaban juntos. La madre colaboraba con ellos en la realización de los trabajos. También ayudaban las mujeres y hermanas de los domadores. Todos ellos formaban el grupo familiar donde la madre ademas de cumplir con su rol asumía el de padre que allí faltaba. Habitaban una casa ubicada en sitio poblado . Allí mismo en la calle se ensillaban los potros. A menos de media cuadra, sobre la esquina frente a la plaza se encontraba un local de almacén de ramos generales, Desde aquel sitio en dirección al poniente era todo despoblado donde se divisaban las extensas llanuras de la zona rural del poblado de Mayor Buratovich, en el sur de la Provincia de Buenos Aires.

En el día que ocurrieron los hechos que siguen, los hermanos Campusano se encontraban en la tarea de domar un potro, al que tenían atado a un palenque en la vereda frente a su casa. El bagual estaba fuertemente amarrado con un cabestro de cuero que pasaba por el interior de una argolla de hierro correspondiente al bozal que el animal tenía sobre su cabeza. Así, inmovilizado, no tenía espacio suficiente que le permitiera moverse y sentarse sobre sus patas traseras. El potro que resoplaba y forcejeaba inútilmente sin lograr zafarse de su atadura, era de color doradillo, de mediana estatura, de una contextura muscular muy fuerte y ningún jinete podía permanecer en su lomo sin ser volteado. De esta manera, inmovilizado, pudieron colocar encima de su lomo los componentes del recado. En la tarea colaboraban la madre con el resto de la familia. El recado o silla de montar se componía de la sudadera, el mandil, los bastos y otros arneses que fueron puestos prolijamente hasta apretar la cincha gruesa sobre el vientre del potro quien con cada movimiento que hacían sobre su cuerpo se arqueaba y arañaba con sus pezuñas el piso a pesar de tener una manea atada a las patas.

Mientras todos estaban muy ocupados en su trabajo de ensillar, un niño se acercó al lugar y recibió un golpe del animal que lo tiró al piso. El niño se quejaba y lloraba fuertemente. Una de las mujeres se encargó de levantarlo y luego de revisarlo y comprobar que no se trataba de algo grave, lo alejó del lugar sentándolo junto a un árbol. Una vez pasado el susto el niño regresó al lugar donde el grupo estaba trabajando pero ya nadie le prestó atención.

Una vez que el potro estuvo listo para ser montado, le taparon los ojos con un poncho que le ataron sobre su cabeza para que no viera al jinete en el instante en que éste saltaba sobre su lomo y se sentaba. Cuando sintió el peso de domador, el animal forcejeó en el intento de desatarse. No bien lo soltaron del palenque, ya libre de su atadura, se paró sobre sus patas traseras hasta ponerse en posición vertical, resoplando y tirando manotazos al aire en un esfuerzo por sacarse el jinete de encima dando una vuelta en círculo, siempre sobre sus patas traseras, hasta volver a pararse sobre sus cuatro patas. Luego metió su cabeza en el medio de sus manos y comenzó a caracolear violentamente arqueando el lomo, tratando de desestabilizar al domador. Los dos jinetes que lo apareaban acompañándolo a la par estaban atentos para no permitir que el animal tuviese desplazamientos laterales o que saliera a la carrera. El potro siguió corcoveando fieramente en dirección al local del comercio de la esquina.

A pesar del esfuerzo que hizo el domador y sus aparceros para frenarlo y cambiar la dirección de su movimiento no consiguieron evitar que el animal penetrara con medio cuerpo en el interior del almacén de ramos generales. El local tenía las puertas abiertas y justo cuándo ya entraba con su parte trasera dió un salto hacia atrás y regresó al exterior, siguiendo su carrera sin dejar de dar fuertes corcovos hacia adelante, saltando de un lado hacia el otro hasta llegar al terreno baldío frente al almacén. Allí se paró sobre sus patas traseras al mismo tiempo que se volcaba hacia atrás. En el mismo momento Campusano se dió cuenta que el caballo lo aplastaría y reaccionando con gran reflejo dió un salto y se tiró a tierra cayendo parado.

Luego del revolcón el potro se paró y continuó corcoveando como si aún tuviese la monta encima, así siguió a la carrera en dirección del campo hasta perderse de vista a la distancia. Ninguno de los aparceros de Campusano intentaron perseguirlo, fue entonces cuando el domador mirando hacia el horizonte en donde el potro se perdía de vista dijo con voz baja y pausada como si hablara consigo mismo: Volvé al monte porque sos demasiado cimarrón y nadie podrá domarte. Te ganaste la libertad.