"El Loco Flores"
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"El Loco Flores"
   
Se lo conocía por el "Loco Flores", éste era el nombre que la gente del pueblo le había puesto, tal vez, porque ellos se creían que eran suficientemente cuerdos.

Todas las referencias que guardo en mi memoria sobre su persona, se relacionan con mis recuerdos de la infancia. Me acuerdo que lo veía pasar frente a mi casa dos veces por día y que me quedaba esperándolo en la vereda a la hora que sabía que iba a pasar. La primera pasada la hacía por la mañana antes de que yo partiera para la escuela; siempre me imaginé que era su viaje de ida. Venía de la dirección del ferrocarril, llevando sobre la espalda un paquete envuelto con bolsa de arpillera. Por la forma en que se insinuaba lo que allí había envuelto, parecían ser algunos cacharros para cocinar, que yo imaginaba serían una olla y una pava para calentar agua. Vestía un pantalón y chaqueta de color azul, similar al que usaban los peones ferroviarios. De sus alpargatas deshilachadas cuyos agujeros, parecidos a la boca del sapo, salían los dedos del pie.

Recuerdo que me impresionaba su barba tupida y bien negra y el cabello lacio y largo. De toda su figura conservo principalmente un detalle que permaneció imborrable en mi memoria, siempre que lo miraba sonreía. Nunca escuché que dijera una sola palabra por lo que imaginé que era mudo. Casi siempre mi madre me llamaba para que tomara el desayuno, diciéndome que se me haría tarde para ir a la escuela, pero de allí no me movía hasta verlo pasar. Entonces yo le saludaba con un "buenos días" agitando mi mano derecha en señal de amistad y él respondía con un movimiento de cabeza y su sonrisa, pero sin mirarme, siguiendo su camino con paso muy lento, como si no tuviera apuro, hasta que su figura se perdía a la distancia en dirección donde estaban las quintas. Cuando yo entraba a mi casa, la mayoría de las veces no me quedaba tiempo para desayunarme, de modo que con apuro debía ponerme el guardapolvo y salía corriendo para la escuela a la que casi siempre llegaba cuando ya todos los alumnos estaban dentro del aula.

En el atardecer, cuando el sol se iba escondiendo detrás del paredón del cementerio, yo lo estaba esperando otra vez. Estaba seguro que él no tardaría mucho en pasar de regreso y de nuevo, en el momento que en que iba a estar frente a mí, volvería a saludarlo con alegría y él respondería con un leve movimiento de cabeza y con la misma sonrisa que siempre llevaba en sus labios. Lo seguía con la mirada hasta que lo veía pasar el alambrado que rodeaba el terreno por donde estaba la estación de trenes y pronto se perdía de vista.

Yo tenía la curiosidad por conocer algo sobre su persona. ¿A dónde iba por la mañana? ¿Que hacía durante el día? ¿Dónde dormía por la noche? Las respuestas que la gente me daba eran: ¡Está loco...! ¡Tené cuidado porque es peligroso y te puede hacer daño! No obstante, yo seguía indagando y con el tiempo pude averiguar algunas cosas sobre su pasado y lo que hacía en equellos días. Así supe que no tenía casa ni tampoco tenía familia y que su dormidero era un espacio que había en medio de las pilas de bolsas de cereal almacenado en la playa de la estación ferroviaria. Que durante el día permanecía a la sombra de un árbol de eucaliptos que había en una quinta cerca del pueblo en donde hacía su comida cocinando algunos alimentos, que la gente le daba, y tomaba mate. También pude saber que tiempo atrás había trabajado como peón transportando sobre sus hombros bolsas de cereal que se almacenaban en los galpones y luego eran cargadas en los vagones que las llevaban a otras localidades. Trabajó como bolsero hasta que se enfermó de locura. A partir de entonces nunca más volvió a hablar y se alejó de toda companía, buscando la soledad. La gente se burlaba de él y cuando alguien lo miraba o le decía alguna palabra ofensiva, el siempre sonreía siguiendo su camino sin molestar a nadie.

Aquel domingo por la mañana los agentes de la policía de Mayor Buratovich estaban ocupados tratando de dar con el paradero de unos ladrones que robaron el automóvil de un estanciero del lugar. Ellos estaban sobre la pista de los maleantes y sabían que eran dos peones que trabajaban en el establecimiento del mismo dueño del vehículo robado. Estos habían desaparecido de los lugares que acostumbraban frecuentar, luego de haber chocado contra la tranquera de salida de la estancia donde lo dejaron abandonado. La policía estaba buscando a los delinquentes en los terrenos de la estación, cuando Flores, que se encontraba en el mismo sitio y junto a una pila de cereales, trataba de llamarles la atención. Allí estaba moviendo sus brazos y haciendo gestos como si quisiera señalarles que algo extraño había visto, siempre con su sonrisa y sin hablar. Los agentes encargados de la pesquisa siguieron buscando afanosamente a los ladrones sin prestarle atención a Flores, a quien luego de insultarlo y llamarlo loco, le ordenaron que se dejara de molestar y que se marchara de allí. Este obedeció de inmediato, miró a los policías sin dejar de sonreir y con paso lento partió en dirección al lugar que solía ir todos los días. Luego de estar varias horas buscando a los ladrones por los sitios cercanos a donde Flores dormía por la noche, los policías se retiraron del lugar abandonando la búsqueda.

Por la tarde alquien denunció a la policía que los ladrones habían estado guarecidos entre las pilas de bolsas donde dormía Flores
y que se habían escapado.

Por la tarde de aquel domingo, cuando oscurecía, lo vi pasar de regreso siempre sonriendo siguiendo el mismo recorrido que hacía todos los días, hasta que su figura se perdió de vista al cruzar el alambrado de la estación de trenes.












     
     
   
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