"Morir en el Empedrado"
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"Morir en el Empedrado"
   
Era media mañana del viernes y el sol del comienzo del verano se hacía sentir con todo su rigor sobre la ciudad de Rosario. En las proximidades del Mercado de Abasto había una luminosidad muy intensa por la falta de árboles. Los rayos solares, al reflejarse sobre el empedrado, irradiaban una luz intensa que enceguecía la vista obligando a los peatones a transitar por los sitios que tuviesen un poco de sombra. Por la calle San Juan, un tranvía avanzaba lentamente haciendo sonar la campanilla sin cesar para que la gente liberara las vías y le diera paso. Por la cuadra siguiente, en la que no había tanto movimiento de público, se desplazaba un carro de reparto de leche tirado por un caballo de pelaje color tordillo que llevaba el ritmo de un trote corto, mordía la rienda y balanceaba la cabeza en una carrera juguetona, como si paseara montando en su lomo algún apuesto jinete. Parecía por su porte y por su andar que en algún tiempo pasado había sido un caballo de montar y que cuando llegó a viejo, lo pusieron a tirar de aquel carro de lechero.

De pronto, sin esperar la orden del conductor, tal vez debido a su memoria o bien obedeciendo a su instinto animal, el caballo detiene la marcha y aproxima el carruaje hasta ponerlo junto al cordón de la vereda. El lechero baja del carro por la parte posterior llevando un tarro de leche en una mano y en la otra el recipiente vacío, el que servía para medir la cantidad de leche que despachaba.

Llega al domicilio de un cliente y dando un golpe con el llamador que está en la entrada, avisa su llegada, y sin esperar que lo reciban avanza hacia el interior de la casa encaminándose a la cocina a la vez que grita: lechero...! Ya en el interior se encuentra con la dueña de casa, quien le alcanza un recipiente en el que vuelca una medida conteniendo un litro de leche, al tiempo que intercambian comentarios sobre el partido de futbol del próximo domingo, el clásico que jugarán los "canallas" -de Rosario Central- y los "leprosos" -de Newell's Old Boys. La clienta, hincha de Newell's, hace un pronóstico agresivo con ánimo de atacarlo en su orgullo de fanático del futbol diciéndole: Les vamos a llenar la canasta de pepinos! A lo que éste le contesta de inmediato y en tono socarrón: Nosotros nos vamos a hacer un pic-nic de goles, seguro que el "torito Aguirre" le enchufa por lo menos dos goles al famoso "guardavalla cantor" así se deja de cantar el negro Musimecci. Luego, el lechero se despide con un "hasta el lunes patrona" y sale de la casa para volver al reparto.

Al dirigirse al carro observa al caballo que está temblando y que de la boca le sale una abundante baba espumosa. Se arrima y al acercarse a él comprueba que se encuentra en mal estado de salud. Entonces le dice: Te has puesto mal, viejo, que te está pasando? comiste algún yuyo venenoso?...vamos, tordo no te me quedes parado ...tenemos que seguir con el reparto ...si tardamos demasiado la leche se va a agriar con tanto calor... En el deseo de reanimarlo le saca las anteojeras y le acerca un balde de agua, pero no logra hacerlo beber. Este continúa temblando y haciendo un ronquido que suena a queja al tiempo que emite cortos relinchos. Entonces, se paran cerca del carro algunos curiosos para mirar la escena, cuando alguien opina: "Hay que sangrarlo para sacarle la mala sangre que le presiona la cabeza...!" El pobre caballo que ya no puede mantenerse parado, se tambalea a la vez que se abre de patas más y más. El lechero le habla con tono de súplica como si le rogara que hiciera un esfuerzo "sobreanimal" le dice: "Vamos tordillo no me aflojes, aguantá hasta que lleguemos a las casas..." Uno de los muchos curiosos que seguían la escena, dá la orden: "No dejen que se caiga, sosténganlo, que si se cae no se levanta más!

Se había formado en torno una rueda de personas que vociferaban, discutían y daban órdenes sobre lo que se debía hacer, mientras que el pobre caballo iba perdiendo la estabilidad sin llegar a derrumbarse porque se estaba sosteniendo entre las dos varas del carro, al mismo tiempo que lo apoyaban de sus costados varios de los presentes, empujándolo para que no se cayera al piso. Emitiendo quejidos y sin parar sus continuos estertores; con la mirada apagándose como si el frío de la muerte que se avecinaba le produjera un miedo parecido al que toda criatura viviente siente en el momento de morir, se iba cayéndose poco a poco. Un entrometido del grupo anuncia: "Lo voy a sangrar!" y sin pedirle autorización al dueño, saca de su bolsillo un cortaplumas y le hace un corte sobre la vena del cogote, de donde comienza a desangrarse. El lechero con un tono de ruego y de súplica comenta: "Que hago con el reparto... y al carro, dónde lo dejo...? al tiempo que les pide que lo ayuden a desprenderlo del carro, para que no se fuera a tumbar al caer el caballo. De inmediato le quitan los aperos y corren el carro hacia atrás.

Ya liberado del carro y de las ataduras del apero, sin ninguna ayuda que lo sostenga, el tordillo se desploma y queda tendido sobre el empedrado, en el medio de la calle, rodeado de los curiosos que lo ven morir... El lechero mira el caballo muerto y con tono de queja y de bronca dice en voz alta: Que suerte puta... a pie y con la leche sin repartir, CARAJO...!!!




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