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I. Un aprendiz de carpintero
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Había una vez, en un pueblo muy lejano, un joven que no hacía mucho tiempo que había terminado de estudiar en el colegio. Sus padres le propusieron que estudiara alguna profesión, pero era muy ocioso. Entonces, le propusieron que trabaje, pero igual se sentía muy ocioso. Falto de ánimo para el estudio y el trabajo, sin embargo aceptó probarse en la carpintería, ya que creía que cortar y juntar maderas no era cosa de otro mundo.
Cuando se presentó ante el maestro Giuseppe, éste lo recibió con mucho gusto, pues ya eran pocos los jóvenes que se interesaban por su arte noble. Pero al aprendiz del carpintero le pareció abominable encontrarse con un viejo que olía a maderas y aserrín. Aún cuando notó tal desprecio, el maestro carpintero se afanó por iniciar al joven en los quehaceres de su oficio. Cogió una madera y la puso encima de su mesa de trabajo. Luego, tomó un clavo y, golpeándolo dos veces, con un martillo que tenía en la otra mano, lo incrustó perfectamente en el trozo de madera, que no sufrió ninguna rajadura. Haciéndole recomendaciones sobre la forma de sostener el clavo, de apoyarse sobre la madera y de coger y golpear con el martillo, el maestro dejó que el joven realizara su primer intento.
- Qué se habrá creído este pobre viejo –pensó para sí el muchacho-, que yo le voy a hacer caso a lo primero que me diga. Yo haré las cosas como me dé la gana.
Y lanzó el martillo de muy mala gana, dándose un tremendo golpe en su pulgar derecho. Tuvo un dolor como hasta entonces no lo había tenido en su vida. Pero se contuvo. El maestro Giuseppe acudió a atenderlo, pero el joven, orgulloso, lo detuvo y se aferró al martillo, para realizar un nuevo intento. El maestro Giuseppe le insistió con recomendaciones sobre la necesidad de concentrarse en la precisión del golpe, pero el aprendiz de carpintero, con furia, pensó:
- ¡Cómo se atreve a presionarme este viejo anticuado!
Y nuevamente el martillo cayó sobre su ya moreteado dedo pulgar.
El dolor casi lo llevaba hasta las lágrimas. Le parecía que su dedo, palpitante, estaba a punto de estallar. Pero su orgullo era aún más poderoso. Cogería el martillo y lo volvería a intentar. En su conciencia, empero, se debatía algo aún más doloroso. ¿Haría caso a los consejos del viejo maestro, o lo haría otra vez según su regalada gana?
En el viejo Giuseppe se debatía, también, una central encrucijada: ¿valdría la pena enseñarle a alguien que no quiere aprender?
La respuesta la daría el joven aprendiz de carpintero.
Santos Gonzales Saba, 08-04-05.
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