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La Oficina abandonada

 

El humo de aquella Oficina era un fantasma perdido más allá del cielo. Había, ahora, en las dependencias de ella una pesada arboración de soledad: soledad de sol ensimismado y terco, de vientos que parecían escapar de alguna fábrica infernal, de olor agudo a casa abandonada, a orín de años, a yodo invasor. ¡Qué pequeña ciudad sin corazón! 

La Oficina que otrora ondeaba vida, permanecía reducida a una dramática efigie de lo que el tiempo castiga  y desdeña:  puertas sin mujer para el adiós del atardecer; panadería donde la noche gemía, penetrando en los hornos, con desesperada avidez; piezas en que el frío se hospedaba y en la que las ventanas eran como las cartas de una baraja inútil y olvidada: la baraja del juego de los rostros en la fortuna de la vida. 

Aterradora Oficina abandonada, república del silencio, dominio de crueles dimensiones; allí, las Estaciones reinaban, como en sitial de copas rotas; allí la muerte no hallaba cauces y podía mirarse en tanta quietud, lo mismo que un espejo imponderable.

Era la oficina abandonada un silencio lleno de hastas: hería.

Jotes, como rosas de un cielo sucio  y desgarrado. Jotes, como única vibración para la soledad de la Oficina abandonada. Jotes. Y un golpe de viento, quebrándose en sus propias pezuñas.. Viento con tambores hondos en plenitud de hoguera; viento poseso por quién sabe qué espíritu de sombra; viento entregado a sus iras; viento que inventaba cornetas potentes y arrastraba el ¡ay! de los ahogados, de los atravesados por una aguja de quebranto, de los hombres que entraban al delirio.

En la oficina abandonada: jotes y viento para la contienda con el silencio. Y el silencio con la sabiduría de los huecos, del rincón cordial, del agujero donde se esquiva a la muerte. Y los jotes hambrientos con una ilusión de osamentas en el pico. Y el viento, turista de estas arenas, con los talones devorados por los siglos.

No era la oficina abandonada un cementerio; era más: ¡era un jardin donde el color se olvidaba de sí mismo! Bajo la presión de las noches, la Oficina abandonada murmuraba imperceptibles blasfemias y la obscuridad cogía de sus casas desamparadas los filos con que ayudaría al crimen en la vorágine de las ciudades.

La Oficina abandonada labraba sus joyas con los huesos de los animales muertos que blanqueaban su pecho obscuro, los animales que restaban en medio de sus marañas de silencio cuando los hombres huían, como arcángeles malditos.

Los perros de la Oficina abandonada hacían caer la luna, con sus ladridos helados y la muerte les brindaba una eficaz semilla de locura; eran estos perros, como siniestros soldados sin estrellas: sus ojos recordaban una ventana rota por la que se veía una lluvia de fulgientes puñales; eran diestros en percibir el corazón humano en sus flaquezas, con los colmillos más firmes que punzón de cuarzo.

Decir: Oficina abandonada, es decretar a los dedos la gangrena, tapar el sol con piedras negras, alistarse en las huestes de la sombra.

Una Oficina abandonada en los límites del tiempo...Un perro con las fauces palpitantes. La luz, como llorando.

 

Andrés Sabella del Libro "Norte Grande"