Capítulo I - Los comienzos del Siglo XX

CAPÍTULO I

 

LOS COMIENZOS DEL SIGLO XX

 

 

 

Ø      Piura en el año 1900

Ø      Nuevas autoridades en 1900

Ø      Enrique Coronel Zegarra, ministro de todo

Ø      Amnistía política

Ø      La vida en Piura en 1900

Ø      El Mascarón de Belén

Ø      Inquietud por iniciar irrigaciones

Ø      La Cuestión de Tacna y Arica

Ø      La vía crucis del ministro Belaúnde

Ø      La muerte de Ignacio García León

Ø      La caída del Gabinete Coronel Zegarra

 

 

 

Piura en el año de 1900

INICIO

Al iniciarse el nuevo siglo, las riendas del país estaban en manos del ingeniero Eduardo López de la Romaña, al cual se consideraba como heredero político del “Califa” don Nicolás de Piérola.

 

El nuevo presidente era el producto de la coalición de una fracción del partido gubernista el Demócrata, con el Partido Civil, lo cual había dejado sin sostén a don Guillermo Billinghurst -hasta ese momento amigo personal y políítico de Piérola- que se había creído con el más legítimo derecho de sucederle.

 

En ese empeño había contado con el respaldo decisivo del poderoso coronel piurano senador y vice-presidente de la República, don Augusto Seminario y Váscones, que había sido el iniciador en Sullana, en junio de 1894, de la revolución que llevó al poder a Piérola.

 

Al sentirse Billinghurst, pospuesto y defraudado, se lanzó a la oposición.

 

En Piura, el pierolismo alentado por el clan Seminario y creó una nueva estrella que brillaba en el firmamento político el ingeniero Enrique Coronel Zegarra y Castro; él que dominaba todo el amplio escenario departamental.

 

Los Seminario habían copado casi toda la representación parlamentaria piurana y Coronel Zegarra era el hombre fuerte en los ministerios.

 

En 1900 el departamento estaba conformado por las provincias de Piura, Paita, Ayabaca, Huancabamba y Tumbes; es decir que Piura mantenía el mismo ámbito que había tenido en tiempos de la Colonia como corregimiento, en la primera etapa de la República como provincia litoral, luego como departamento, hace poco como Región Grau. y en 2008 como Región Piura.

 

En Lima, los gabinetes duraban lo que una flor, pero siempre en ellos figuraban Enrique Coronel Zegarra.

 

De Piura se ha dicho en el pasado que era tierra de los Seminario, los algarrobos y los burros.

 

No faltaba razón.

 

La familia Seminario ha tenido una gravitación muy grande en la Historia de Piura, unas veces para bien y otras veces para mal.

Con el apellido Seminario se encuentra de todo: ricos y pobres, blancos, negros o chinos, sabios o ignorantes.

 

Durante el último cuarto del siglo XIX, las luchas intestinas y político-familiares del acérrimo cacerista coronel Fernando Seminario Echandía, al que llamaban “El Gato”, contra casi todo el resto de los Seminario que eran contumaces pierolistas; dividieron en dos a la comunidad piurana, ensangrentaron el departamento y crearon un motivo de constante tensión con las luchas montoneras. En los arenales, en las cumbres serranas, en los pueblos, en todas las partes se combatió.

 

Mucho antes, del tronco de los Seminario, salió el mejor hijo de la Patria: el Gran Almirante don Miguel Grau Seminario.

 

Eran los Seminario, gente de alcurnia y de gran poder político y económico. Enormes  haciendas de los valles del Chira y del Piura, les pertenecían desde tiempos inmemorial y uno de sus antepasados, don Miguel Jerónimo Seminario y Jaime, en un arranque de audaz patriotismo, había proclamado en Piura, la independencia mucho antes que en Lima, no obstante que acá había una poderosa fuerza española.

También Piura es la tierra de los algarrobos. La variedad piurana es pre-colombina y se la considera indesligable del arenal norteño de cuyo paisaje forma parte importante al dar la impresión de un extenso manto de plata salpicado de esmeraldas.

 

El algarrobo es un árbol noble que todo lo da y nada pide a cambio. En efecto, sólo necesita un poco de agua para iniciar su crecimiento, porque luego él mismo se busca el sustento cuando sus raíces horadan profundamente el suelo en tras del líquido y del alimento, así como también para aferrarse y luego crecer como un gran gigante extendiendo sus ramas generosas para brindar sombra al viajero o al pastor errante de ganado cabrío.

Si bien es cierto que el algarrobo no ha contribuido a desarrollar la artesanía artística de la ebanistería, ha sido sin embrago en muchos aspectos un árbol sumamente útil. Su vaina constituyó por siglos el principal alimento del ganado y lo que en determinadas etapas de la vida económica del departamento ha motivado el auge de la ganadería.

 

De la madera del algarrobo, los piuranos tuvieron por siglos la leña necesaria para hacer fuego y posteriormente se le procesó para hacer carbón de palo que en grandes cantidades era transportado a Lima para atender las necesidades de los hogares capitalinos.

En materia de construcción. reemplazaba a las actuales columnas de concreto, pues su madera es fuerte y no se apolilla.

 

Los burros, desde los tiempos de la conquista  han constituido con el campesino piurano en un binomio inseparable. Lo llaman piajeno, seguramente por contracción de la frase pie ajeno, frases que son muy  expresivas y casi gráficas. La mansedumbre, parsimonia y paciencia del animal; se adapta sin duda a la idiosincrasia del campesino norteño, el cual nunca nada apurado.

 

El burro es como el algarrobo, poco necesita para vivir y en cambio es bestia de carga y medio de transporte. Más económico que este animal, no hay nada comparable.

 

Lo que los automóviles último modelo fueron para los hacendados piuranos entre las décadas del 30 y del 60; lo fue siempre el burro para los campesinos.

 

Al iniciarse el siglo XX, la capital departamental, la ciudad de San Miguel de Villar de Piura, tenía unos diez mil habitantes. Su progreso urbano comparado con el de otras ciudades del Perú, resultaba sin duda muy modesto.

 

Cuando ya  el  siglo XX tenía sus buenos añitos; López Albújar en “Caballeros del delito” decía -con bastante exageración sin duda- que Piura parecía un aduar o aldea africana. Por su longevidad y por su lentitud en desarrollarse, el genial pero incisivo escritor la llamó ciudad tortuga.

En la Piura de 1900, las casas eran en gran parte  de adobe, con amplios zaguanes a la entrada que daban a un patio central y distribuidor. Los techos eran de paja y barro, conjunto al que llamaban torta. Algunos pocos estaban cubiertos de tejas. Eran a dos aguas para favorecer el discurrir de las aguas de lluvia. Sin duda alguna, este pesado techo era la causa de que las viviendas fueran de un solo piso. En los principales edificios, la calamina, más liviana y también más apropiada para los veranos lluviosos de Piura, ya se había empezado a utilizar y sin duda alguna, desde el punto de vista del adelanto urbano, significaba un paso adelante.

 

Las fachadas tenían zócalos de madera y estaban blanqueadas con yeso, que en una ciudad con luz abundante del sol tropical, contribuía a hacer más intensa la luminosidad.

 

Había algunas veredas de madera y frente a las casas tenían argollas para amarrar a las cabalgaduras.

 

Las viviendas más humildes eran de carrizo y caña brava con relleno unas veces de paja y otros casos con leña de algarrobo. Las paredes se empastaban con barro y algunas se blanqueaban. El piso de tierra apisonada o de ladrillo unido con cal. El sostén de las paredes  se lograba con troncos de algarrobo

El alumbrado público se hacía con faroles y lámparas de kerosene

Inicialmente se colocaban frente a las viviendas. Cuando  se estableció el llamado ostentosamente “alumbrado público” se levantaron postes de madera en algunas esquinas y de allí pendía u farol

 La municipalidad daba el servicio del encendido a un rematista. el que contrataba a un individuo, llamado farolero, que era el que encendía a las 6 de la tarde los faroles  y los apagaba a las 5 y 30 de la mañana. El farolero se constituyó en un personaje familiar y típico, que pasaba por las calles provisto de una escalera y un depósito de kerosene.

Con el tiempo se levantaron en algunos parques  postes ornamentales con postes de hierro.

 

Los “servicios higiénicos” de las viviendas estaban relegados al fondo de los corrales y no pasaba de ser un rústico retrete o letrina en donde se arrojaban los excrementos humanos. Estos huecos fétidos cuando se llenaban por que el terreno no absorbía los excrementos, se clausuraba y se construía otro. Para las necesidades diarias se utilizaban bacinicas que en la gente adinerada podía ser de plata, de porcelana u otro material noble. En la clase media era de fierro enlozado importado.

 

Tampoco las cocinas eran motivo de mayor preocupación al construir las viviendas. Se ubicaban en ambientes rústicos y al fondo de la casa. En ellos se levantaban poyos de adobe o ladrillo con hornillas de fierro, para utilizar leña o carbón. que producían abundante humo que ennegrecía las paredes y en el techo se formaban unas especies de estalactitas de hollín, cuando son se ponía esmero en la limpieza.

 En las familias pobres eran muy utilizadas las “ollas de barro” y aún las adineradas a veces las preferían por el mejor sabor que daban a los alimentos. Muy renombradas eran las cantarillas o recipientes de barro cocido que mantenían el agua muy fresca. Las piedras de “destilar” eran unos recipientes pesados, gruesos y porosos de granito que se usaban para filtrar el agua destinada a beber.

 

A las calles se les había cambiado los nombres coloniales, por el de ciudades o departamentos, aún cuando la tradición no permitía olvidar del todo las antiguas denominaciones.

 

Así, la calle Lima seguía siendo llamada San Francisco, con lo que perennizaba su ambiente aristocrático. La calle Libertad siguió siendo muchos años la calle Belén o Real. A la calle Tacna se le siguió por bastante tiempo llamando El Cuerno y perduró más el nombre del Calle del Playón que se daba antes a la de Arequipa. La calle Cuzco seguía llamándose La Pampa y a la casi desierta calle Junín continuaba denominándose Los Ángeles, la que era el límite urbano al iniciarse el siglo.

 

Existían once callejones, que era como se denominaba a las calles transversales. Eran pasajes estrechos que servían para el tránsito de personas y acémilas. Presentaban un aspecto inmundo por ser retretes públicos. Llevaban el nombre del vecino más próximo.

 

De acuerdo con lo expresado por don Carlos Robles Rázuri en diversos escritos, los nombres que tenían las calles durante los tiempos de la colonia se cambiaron, por los que tienen en la actualidad, pero tuvo que pasar más de un siglo para que los conservadores piuranos aceptasen el cambio a partir de 1920.

 

Cuando comenzaba el año de 1900, no existía propiamente la calle Loreto y allí estaban más bien los postigos de la calle Junín. Se le llamaba calle de Las Lagartijas, por la gran cantidad que había de estos animalitos, después se la llamó El Morro, porque allí había una loma. Posteriormente al ir tomando forma y cuando fue alcalde el coronel Ricardo Seminario Aramburu, se le puso Loreto, aún cuando muchos se opusieron. El coronel Seminario en años pasados había sido protagonista de una acción revolucionaria federalista en Loreto.

 

Fue a partir de 1900 cuando a los callejones se les puso los nombres que como calles transversales tienen en la actualidad.

 

A la transversal Lambayeque, se le llama Tintoreros, porque había allí artesanos que preparaban tintes. La ahora avenida Sánchez Cerro tuvo el nombre de Ancash hasta el año 1949.

 

Anteriormente se llamaba Querecotillo.

 

A la hoy calle Huancavelica se la llamaba callejón Clark porque allí vivía don Juan Clark. A la transversal Ayacucho, se le llamaba Tambo del Sol, porque por muchos años existió una tienda con ese nombre.

 

La transversal Apurímac se llamaba Las Gervasias, por vivir allí la familia Gervasio, famosa por preparar buen seco de chabelo.

 

Entre las calles Arequipa y Cuzco se estaba derribando la vetusta iglesia de Santa Lucía para ampliar la llamada avenida Grau, que era la primera que tenía la ciudad.

 

Un tranvía a tracción animal recorría las calles desde la estación del F.C. a Paita, hasta la estación del F.C. a Catacaos, pasando por el puente sobre el río Piura. Luego  cruzó la hoy calle Loreto para llegar al cementerio San Teodoro.

La estación del F.C. estaba en lo llamado,  la bajada del puente

 

Frente a la estación a Paita, se había colocado recientemente el pequeño monumento a Grau, que tenía el mérito de haber sido el primero que en el Perú se levantó al héroe. La llamada plaza Grau, era simplemente una vereda circular de ladrillo. El pedestal era aun muy modesto

 

La plaza principal o plaza mayor, era un lugar amplio, umbroso y acogedor, preferido por los piuranos para pasear y descansar. Ya los ficus y tamarindos plantados por don Francisco Reusche habían crecido bastante y se habían tornado frondosos. Al centro la estatua de mármol de La Libertad, que hacía ya bastante tiempo había reemplazado a la tosca estatua de madera que representaba a la heroína colombiana Policarpa Salvarrieta a la que los piuranos simplemente llamaban La Pola.

 En uno de los jardines de la plaza, se levantaba una bonita glorieta de madera, de estilo morisco, que los domingos era ocupada por los músicos del Batallón de Infantería N° 5 que daban retreta.

 

En torno a la plaza se encontraba la iglesia con sus dos torres. La torre de la derecha más alta, tenía un reloj público. Entre las dos torres había una estatua de madera de San Miguel Arcángel, patrono de la ciudad portando una espada. Al costado de la Iglesia había un campo santo que ya no se utilizaba. Asomando en la esquina, estaba la vivienda de dos pisos de los León Zaldívar con el Mascarón de Belén. Al este de la plaza estaba una pequeña iglesia blanca y el convento de Belén, así como el hospital de Santa Ana y el cementerio de Belén; lugar que después ocupó en parte la Beneficencia Pública y posteriormente el Hotel de Turistas que a partir de 1997 se llamó Los Portales. A la calle Libertad se llamó anteriormente Belén y luego Real.

 

En los bajos de la vivienda de don Rómulo León Zaldívar funcionó inicialmente  el diario “El Tiempo”.y cuando Piura se modernizó se levantó   el edificio de la Compañía Sudamérica.

 

En la parte sur de la plaza donde ahora se encuentra el municipio, correos y la Caja Municipal de Ahorros, estaba la municipalidad de dos pisos con arcos y una torre donde había un reloj público. En los altos funcionaban las oficinas de la municipalidad y en los bajos la cárcel. El terremoto de 1912 lo derrumbó todo.

En el lado oriental de la plaza se encontraban las viviendas de don Francisco León Seminario, Teodomiro Arrese y Paredes, Augusto Seminario y Váscones y de Agustín López, abuelo o de López Albújar, lugar  que décadas más tarde sirvió de edificio público, de Comandancia General de Armas y en la década del 80 terminó por venirse abajo. En 1999, el terreno era propiedad del Banco Continental.

En la parte central del parque, se levantaba la bella estatua de mármol de la Libertad .

Al otro lado del río o “bajo el puente”  como se decía estaba el barrio de Tacalá llamado así por los restos de una represa o tacalá construida por lo tallanes. Después se le llamó Castilla.

 

Cuando se habla del pasado de Piura no puede dejarse de mencionar aquella división étnica en que estaba dividida la ciudad, con la mangachería al norte y la gallinecería al sur.

 

Durante los últimos años de la colonia, al norte de la iglesia de la Cruz del Norte, existía un gran caserón al que llamaban La Tina, por que en grandes tinas se elaboraba jabón y también era curtiduría.

Para trabajar en las duras tareas de La Tina, se trajeron negros esclavos de la isla de Madagascar en África. .A los naturales de Madagascar se les llama malgaches y por corrupción del vocablo se llegó a mangaches. Los trabajadores esclavos  levantaron sus miserables chozas en torno a La Tina y el sector se fue rápidamente se fue poblando. Por mezclas raciales, luego aparecieron los mulatos y zambos.

Se consideraba como mangachería  desde la iglesia del Carmen hacia el norte.

 En las guerras civiles de los Seminario, integraron las montoneras que defendían la causa de los Seminario pierolistas. Fuertes, resistentes y valientes, con rasgos de altivez y orgullo.

La gallinacería es el sector de la población de la plaza principal hasta el camal. Eran morenos prietos por lo cual se les llamaban cuyuscos, amigos de las jaranas y del baile del tondero al son de la vihuela y el cajón. Eran rivales de los mangaches tanto en los carnavales como en las guerras civiles, habido seguido fieles al coronel Fernando Seminario Echandía ya los caceristas,

Su nombre se debe a la abundancia de gallinazos que habían en ese sector atraídos por los restos de carnes arrojadas del camal. con el nombre de Cuyuscos, se hicieron famosos dos negros apellidados Aguirre Condemarín, jaraneros, cantores, pendencieros que lucharon en la guerra con Chile primero en el sur del Perú y luego en San Juan y Miraflores..

 

Otra localidad importante era el puerto de Paita. En siglos anteriores había sido la puerta de entrada y salida del virreinato con el nombre de San Francisco de la Buena Esperanza de Payta.

Fue  presa codiciada de piratas y filibusteros que la incendiaron y saquearon en repetidas ocasiones, al igual que los independentistas de Lord Cochrane y más tarde los chilenos. Fue en determinado momento capital del corregimiento de Piura y en 1900 capital de la provincia de Paita .Fue la provincia madre del departamento de Tumbes, y de las provincias de Sullana y Talara.

El aspecto urbano de Paita era diferente al de Piura. Las viviendas generalmente de dos pisos eran más modernas, con techo de calamina, paredes de caña de guayaquil, con amplísimos balcones que generalmente cubrían todo el frente. Tenían el mejor hotel del departamento, “El Pacífico” y posiblemente uno de los mejores del norte del país. Un tranvía a

 tracción animal recorría el puerto desde La Punta hasta la estación del ferrocarril. Pertenecía a la familia Artadi y pocos pagaban su uso.

Paita tenía un intenso movimiento marítimo, con muchas agencias de aduana y sucursales de casas fuertes. Muchas conocidas familias de procedencia extranjera vivían en el puerto y hacían vida social muy activa. Su principal centro social era el Club Liberal.

 

Su parque principal era pequeño, pero atractivo. También tenía grandes árboles, más viejos que los de Piura, que proporcionaban grata sombra. Al centro una artística pila de hierro, contribuía a dar un bello paisaje.

 

Tenía dos templos: el de la Virgen de las Mercedes cerca al bonito y amplio edificio de la aduna y el de San Francisco, patrono del puerto, ubicado frente la parque principal.

La aduana ocupaba un amplio espacio. Tenia estructura de hierro y contaba con una torre y un reloj, frente a un muelle que luego se modernizó. Se asegura que la estructura de hierro fue construida por el famoso francés Eiffel y tarida al Perú.

 

Su mercado de abastos, a un costado del parque, era pequeñito, Las actividades comerciales se complementaban con el Zanjón, abierto en 1891 cuando las aguas de El Niño inundaron Paita..

 

 

Un distrito paiteño que se comunicaba con el puerto mediante ferrocarril era la población de La Huaca, residencia de muchos de los italianos que habían trabajado en la obra del ferrocarril y desarrollaron en el lugar pequeñas industrias. Las lluvias de 1891 y las crecientes del río Chira habían causado perjuicios a la ciudad erosionada por los derrumbes que originaban las  turbulentas aguas. En 1900 mostraba cierta pujanza industrial.

 

Sullana, era otro próspero distrito paiteño. Su población urbana sobrepasaba a la capital de la provincia y sus pobladores habían iniciado gestiones para convertirse en provincia. Se encontraba como perdida en el arenal y prendida al río Chira, formando un todo con su bello y ubérrimo valle. Tenía la ciudad impregnada una fuete característica rural. Sus casas eran bastante modestas y sus paredes embutidas con leña de algarrobo sostenidas con horcones también de algarrobo. Los techos de torta de barro descansaban sobre un armazón de la misma madera, que se amarraba con cuerdas de cabuya, por cuanto en ella no penetraban los clavos.

 

El parque de Sullana, que era el único que tenía, era amplio y umbroso. Ya habían crecido los ficus que les regalara el Concejo Provincial de Pauta. En torno a dicho parque estaban el mercado, la municipalidad, la Iglesia con sus dos torres de madera y el cuartel, todos ocupando modestos locales. El F.C. tenía una amplia y espaciosa estación en la que el tren hacia un alto, lo que era aprovechado por los viajeros para adquirir los sabrosos mangos de las chacras del otro lado del río, los quesillos y las natillas de leche de cabra. Las paredes y techos de la estación del F.C. eran de planchas de calamina.

 

En el extremo norte del departamento, vegetaba en su aislamiento la ciudad de Tumbes, motivo de las ambiciones del Ecuador. La ciudad ere capital de provincia, y se levantaba sobre la margen derecha del río Tumbes, que en cada creciente la inundaba llegando las aguas hasta la plaza principal. La ciudad era pequeña y modesta, carente de toda clase de servicios y se levantaba sobre un suelo sumamente accidentado. Había zancudos durante todo el año. Algo que mortificaba a los tumbesinos, era que todas las autoridades fuesen piuranas. Su comercio era lánguido y se hacía especialmente con el Ecuador. La iglesia y la municipalidad eran edificaciones sumamente modestas. La ciudad de Tumbes en la época pre-hispánica había sido una próspera población de 20,000 habitantes ubicada en la orilla izquierda del río en el paraje que después se conocía como Corrales. En 1900 Tumbes era una pequeña población de unos 3,000 habitantes y no se conoce por qué razón la habían reubicado en la otra margen del río aumentando su aislamiento.

El clima era cálido y húmedo. Circulaba como moneda el sucre de Ecuador.

 

Ayabaca y Huancabamba parecían dormir plácidamente en su quietud serrana, casi aisladas, pero rodeadas por una naturaleza pródiga. Ambas habían dado y seguían dando gente que había logrado notoriedad nacional en todas las actividades humanas. Ayabaca desarrollaba la mayor parte de su comercio con Loja de donde se derivaron también vínculos familiares. Para llegar a la ciudad de Ayabaca había que hacer un ascenso a la cordillera y pasar por la peligrosa cuesta de Arraipite para lo cual se necesitaba disponer de muy buenas mulas. Tenía una plaza principal alargada y muy modesta y un templo igual, que sería reconstruido cinco años más tarde.

 

Huancabamba, la otra ciudad serrana, se encontraba al otro lado del río del mismo nombre, pero había un puente que la comunicaba. Estaba rodeada por una linda campiña y la ciudad aunque pequeña, era también muy atractiva. La vida era muy barata y plácida estando bastante aislada. Tenía el  mejor clima del departamento.

 

Catacaos era una ciudad que había logrado importancia por la industria artesanal de sombreros de paja toquilla. Ya se celebraban las ferias dominicales y el ferrocarril que la unía con Piura le había dado bastante actividad comercial. La mayor parte de sus moradores eran de raza indígena y las viviendas que predominaban eran las chozas, carentes de confort y de condiciones higiénicas. La paja recubierta con barro era el material que predominaba para las paredes, los techos del mismo material o de torta, el piso de tierra y las puertas completamente rústicas. Generalmente estas viviendas no tenían ventanas. Sin embargo había muchas escuelas con maestro muy competentes y una buena iglesia. En su plaza principal espaciosa, se levantaba desde 1888 un monumento al cura Juan de Mori, protector de los indios cataquenses. La ciudad disponía de un pequeño hospital.

 

Chulucanas era la población más importante en el Alto Piura, que había desplazado de ese puesto a Morropón. Era una ciudad en pleno proceso de crecimiento que hacía sólo treinta años había logrado culminar con éxito un litigio de tierras que amenazaban su existencia misma. Era el nexo entre Piura y toso los pueblos y haciendas del interior.

 

Sechura era una población de pescadores levantada al borde mismo del desierto. Lo más importante de ella era su rica y bella Iglesia. Era el camino obligado a las azufreras y salinas. Su gente al igual que la de Catacaos y la de Colán ofrecía características étnicas muy especiales y puras.

 

El año de 1900 encontró a los piuranos formulando proyectos de irrigación para ganar nuevas tierras y para asegurar el riego de otras. Parecía una especie de fiebre.

 

La agricultura desde hacía mucho tiempo era la espina dorsal de la economía departamental y el desarrollo de la industria del tejido en el exterior había elevado la cotización del algodón y producido el auge de la agricultura.

 

En Piura existía una variedad autóctona de algodón que cultivaban los tallanes y que estos llegaron a industrializar, hilando los copos y tejiendo los hilos.

 

La planta era un arbusto, que se dejaba vivir entre dos y cuatro años, pero ya los agricultores piuranos habían notado dos cosas: primero que las cosechas eran cada vez menores a partir del primer año y que aparecían muchas plagas. Posteriormente vendría la labor de “tumba y quema” de las plantas al año.

 

En el valle del Chira y del Piura el desmontado se hacía a mano, pero para el prensado en pacas para la exportación, utilizaban máquinas prensadoras. La semilla por entonces,  no tenía ningún uso, salvo el servir de alimento al ganado. El ferrocarril permitió el fácil transporte de las pacas al puerto de Paita.

 

Otro asunto que por muchos años fue preocupación de los piuranos, lo constituyó la prolongación del ferrocarril hasta el Marañón. El ingeniero Enrique Coronel Zegarra fue un obsesionado con la idea.

 

Nuevas autoridades en 1900

INICIO

En diciembre de 1899 se celebraron elecciones para designar al nuevo municipio. Como una demostración del poder político que había logrado en el departamento, el Partido Demócrata de la facción de Piérola, el alcalde elegido resultó nada menos que el diputado César Augusto Cortés Sarrio, componente y socio del grupo Seminario.

 

Pero no todo fue imposición política, pues se dio el caso especial de Catacaos en donde resultó elegido el ciudadano español Calixto Romero con 344 votos y como regidores propietarios Darío Luzuriaga y Francisco Talledo. Como suplentes el vecino Tomás Lazo Moreno y Manuel R. Quintana.

 

Calixto Romero había llegado 17 años antes, es decir en plena guerra en el año de 1883 y puso una casa comercial en Catacaos. Reactivó la industria del sombrero habilitando a los tejedores, así como a los pequeños agricultores de algodón. Luego les compraba la producción.

 

De prefecto estaba el coronel Ernesto Zapata, hasta agosto, pues en setiembre llegó el coronel Ramón Valle Riestra.

 

En cuanto al Colegio San Miguel, había venido dirigido desde 1896 por don Felizardo Montenegro, hasta el año de 1899. En 1895 el plantel no funcionó a causa de la guerra civil. En 1900 asume la dirección el Dr. Ezequiel Burga, cajamarquino, el cual durará hasta el año 1904.

 

Al frente de la Corte Superior seguía don José Francisco Eguiguren Escudero, el que desde 1895 presidiría la Corte y continuaría haciéndolo hasta 1901. En 1890 fue senador y en 1903 sería ministro. Fue padre de Luis Antonio Eguiguren.

 

Huancabamba, la provincia que había tenido un conmovido alo de 1899 con su captura por la montonera Natividad Castillo, tuvo como subprefecto elegido por las instituciones al vecino don Miguel Ramírez Guerrero que duró en el cargo hasta el 30 de octubre en que lo reemplazó interinamente don Justo Cárdenas. El día 2 de enero de 1900 se juramentaba el nuevo subprefecto, Francisco Sotomayor, que duró en le cargo hasta el mes de octubre en que lo sustituyó don Felipe S. Adrianzén.

 

Al frente de la Beneficencia Pública de Piura estaba el conocido don Juan Hilarión Helguero, secundado por Miguel Burneo, por Pablo Seminario .y por don , Francisco Eguiguren Escudero y por don., Francisco Helguero, Así mismo por Luis Guzmán Paz, Eduardo Reusche, don Genaro Campos, don Federico Ramos, don Benjamín Vegas, Arturo García León, Eloy Morales y Teodoro Ríos.

 

La Sociedad de Artesanos “Grau” y Auxilios Mutuos había estado dirigida en 1899 por don Enrique del Carmen Ramos. A partir del 15 de enero de 1900 asume la presidencia el señor Pedro Rivera Núñez. Hacía ya varios años que el mando de la institución lo tenían socios no artesanos, por cuyo motivo la Sociedad fue tomando poco a poco otro giro. El primer gran cambio fue con el Presidente Rivera Núñez que construyó una galería de tiro lo cual entusiasmó a la juventud piurana. El Ministerio de Guerra autorizó el uso de cuatro rifles con dotación de 100 tiros cada uno. De esa forma al nombre institucional se le agregó “y Tiro al Blanco”. Estas actividades deportivo-militares se iniciarían de lleno al año siguiente de 1901.

 

El nuevo alcalde de Piura Cortés Sarrio, autorizó a don José María Chiriboga a construir un camal. Si bien es cierto el nombre quedaba aún ancho, el nuevo edificio significaba un progreso decisivo con relación al corralón inmundo que antes se usaba como matadero. El nuevo camal tenía pozas de cemento, depósitos para carne, mesas de cemento y otras comodidades que cuando menos para la época, eran aceptables. El propietario del camal lo alquiló a don Lázaro Bregante que fue el que suministró el servicio. Este camal funcionó nada menos que 23 años, hasta que se hizo otro mejor.

 

Paita era sin duda la población más importante del departamento después de Piura. El año de 1900 salió elegido alcalde A. E. Fowks, que tuvo como síndico de rentas a Gil Antonio Guerra y como síndico de gastos a Francisco López y después a Arturo Pallete. Era juez de la 1ra Instancia el Dr. Felizardo Montenegro que en 1899 había sido director del Colegio Nacional de San Miguel. Era médico titular el Dr. Pedro Galup, que sirvió en el cargo hasta 1905 en que fue reemplazado por el Dr. Francisco Zúñiga.

 

Era subprefecto el sullanero Belisario Daniel Lama y tenía como gobernador a Carlos Rubio. El 24 de agosto de 1900, el subprefecto Lama fue designado interinamente como prefecto, en reemplazo del coronel Ernesto Zapata, que había sido trasladado a la prefectura de Ayacucho. El 17 de setiembre, asume la prefectura de Piura el coronel Ramón Valle Riestra.

 

En 1900 Paita tenía servicio de agua potable a domicilio mediante cañerías, de lo que carecía Piura.. Muchas viviendas tenían inodoros de losa, lo que no poseía Piura. El 25 de setiembre, el ministro de Fomento autoriza a la empresa de agua potable de Paita y Colán, a tender una cañería hasta Pueblo Nuevo, sobre el tablazo para dar servicio a esa población.

 

En 1900 eran autoridades en Ayabaca: alcalde, Elías Espejo; síndico de rentas, Manuel Orejuela; síndico de gastos, Adolfo Flores; subprefecto, Eduardo Merino; archivero, Manuel Castro Cardoza; gobernador, Adriano Alcedo; juez de 1ra Instancia, Dr. Pedro Acuña; jefe de Cía. Recaudación, Ramón Rentaría.

 

En Huancabamba eran autoridades: subprefecto, José Francisco Sotomayor hasta el mes de octubre que lo reemplaza Felipe Adrianzén; juez, Dr. José Gálvez; cura, Dr. Andrés Quevedo; alcalde, Felipe Adrianzén hasta octubre en que es reemplazado por José Adrianzén, porque pasa a ser subprefecto, y presidente de la Beneficencia, el cura párroco Andrés Quevedo.

 

Enrique Coronel Zegarra, ministro de todo

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El primer gabinete del presidente López de la Romaña funcionó del 8 de setiembre de 1899 al 2 de diciembre del mismo año en que renunció.

 

El 14 de diciembre de 1899 quedó conformado el nuevo ministerio con don Enrique de la Riva Agüero como presidente, en el que figuraba el piurano Enrique Coronel Zegarra como ministro de Fomento. Este era el único miembro del Partido Demócrata del nuevo gabinete. Como ministro de Gobierno, el famoso coronel Domingo Parra ex-prefecto de Piura.

 

El gabinete fue recompuesto el 30 de marzo de 1900 y el ingeniero Coronel Zegarra pasó a desempeñar el Ministerio de Guerra. A poco de reiniciarse la legislatura ordinaria el diputado demócrata Aurelio Souza, expresó su desacuerdo con la presencia del coronel Parra en el gabinete por cuanto había manipulado el año anterior las elecciones en el departamento de Loreto. El día 3 se planteó un voto de censura contra Parra y éste de inmediato renunció, arrastrando al gabinete en la renuncia.

 

El mismo día de la renuncia, el presidente de la República renovó su gabinete manteniendo en la presidencia a Riva Agüero. Era el 7 de agosto y el ingeniero Enrique Coronel Zegarra pasó a la cartera de Justicia e Instrucción. Se había convertido en “el hombre de la orquesta”. Este gabinete sólo tenía dos ministros pertenecientes al Partido Demócrata que imperaba en las Cámaras, uno era Coronel Zegarra y el otro Pedro Carlos Olaechea.

 

Este nuevo gabinete no fue del agrado de las Cámaras, pues ya Riva Agüero había perdido la confianza. En el senado fue presentado un pedido de interpelación. Desde el 14 de agosto en 5 sesiones secretas, se debatió el asunto y se le censuró.

 

La última sesión del senado en donde se tomó el acuerdo fue el 22 de agosto y el gabinete prefirió renunciar al día siguiente.

 

Amnistía Política

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El presidente López de la Romaña en su mensaje de Fiestas Patrias al Congreso, había expresado su interés en que se diera una ley de amnistía política con el fin de restablecer la armonía en toda la familia peruana.

 

Desde meses antes, el general Cáceres había dejado desde su destierro su actitud beligerante y decidió reconocer la legitimidad del Gobierno del presidente López de la Romaña y la conveniencia de apoyarlo para lograr la pacificación del país. Eso significaba que en adelante no se podía tomar su nombre para iniciar cualquier montonera no golpe revolucionario. Como era natural, el Presidente de la República quiso responder a ese gesto y pidió la amnistía a lo cual accedió el Congreso y de esa forma el 10 de agosto de 1900 el presidente pudo promulgar la ley.

 

Fernando Seminario y Echandía que estaba en Guayaquil desde 1895 después de liquidar los negocios que tenía en ese puerto, retornó al Perú. Lo mismo hicieron los demás piuranos que eran de su círculo.

 

El ex-presidente Coronel Borgoño que estaba desterrado en Buenos Aires, retornó también en 1901. El general Cáceres que con su familia vivía en París, retornó y se radicó en Tacna. En las elecciones complementarias de 1903, el pueblo chalaco lo eligió en forma abrumadora para ser senador.

 

También retornaron en 1901 el coronel Ricardo Seminario Arámburu y Carlos Rubio y se dedicaron a la agricultura en Pabur.

 

La vida en Piura en 1900

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Don Ricardo Vegas García al referirse al año de 1900 en Piura decía, que el perímetro de la plaza de armas, estaba siempre ocupado por vendedores de baratijas de Catacaos y Sechura. Cuando había retretas, los vecinos de la plaza de armas, colocaban en ellas sus sillas para ver a la gente que paseaba, escuchar música y hacer tertulia.

 

El Club Mercantil, que era uno de los principales lugares de reuniones sociales ocupaba un local ubicado frente a la plaza, donde después se construyó la casa Duncan Fox. Los días domingos, después de oír misa en la Iglesia Matriz, las jovencitas piuranas se iban a recorrer las tiendas que funcionaban en la mañana.

 

 Usaban faldas hasta los tobillos y también  amplias blusas con mangas también largas, calzaban botines, portaban bolsón y sombrilla. Las tiendas que principalmente visitaban era La Madrileña, que funcionó hasta la década del 40, siendo luego ocupado el local por el Banco Internacional. Otras tiendas eran La Fama, La Gala en la calle Callao, las de don Eugenio Moya en la calle Tacna, Las Águilas en la calle El Playón.

 

Don Francisco Vegas Seminario, al narrar cómo era la vida en Piura en 1900, manifestaba que la hora de levantarse era a las 6 de la mañana, cuando los aguadores (como los piuranos llamaban a los aguateros) empezaban a distribuir agua en borriquitos, entrando los barrilitos por los postigos. A esa hora había misa en la Iglesia de San Sebastián, concurrida mayormente por feligreses mayores de edad. También a esa hora principiaban a ensillarse los caballos que estaban en los corrales. A las 7 de la mañana cuando daban las horas las sonoras campanadas del reloj de la Iglesia Matriz, los comerciantes y cantineros abrían sus establecimientos. También a esa hora iniciaba su recorrido el carretón tirado por dos mulas, que avanzaba al compás de los gritos y latigazos de un fornido carretero; con esa carreta la municipalidad hacía el recogido de basura, que los vecinos colocaban en latas de kerosene. Las cocineras salían rumbo al mercado, que se encontraba junto al camal. El mercado era un pampón, donde es medio de un gran vocerío, las vendedoras se disputaban la clientela en medio de palabras de grueso calibre. También a las 7 de la mañana salía el primer tren a Catacaos con sus vagones de pasajeros abiertos, y una especie de locomotora alimentada con carbón de palo, que lanzaba abundantes chispas que muchas veces quemaban la ropa de los pasajeros.

 

Los trenes a Paita salían a las 8 a.m. y a la 1 p.m. y retornaban a las 12 m. y a las 5 p.m. La explanada de la estación del ferrocarril se convertía en una verdadera feria de vendedoras de frutas, dulces, y bebidas. La sirena de la estación, antes que los trenes partiesen lanzaba pitazos de prevención, que servía a los piuranos como indicadores horarios. Los trenes procedentes de Paita y Piura llegaban hasta la estación de Sojo, donde cambiaban de dirección

 

A las 8 a.m. los escolares iban presurosos a sus planteles, entre los que estaba, San Miguel cuyo flamante director era el Dr. Ezequiel Burga, el Colegio Lourdes con la Madre Eufrasia, una francesa de mucho carácter, donde imperaba una rígida discriminación social, pues concurrían “niñas de sociedad” y varoncitos menores de 10 años, la Escuela Preparatoria a cargo de don José Santos Araujo, desde 1895. La Escuela Municipal N°1 que luego se llamaría Centro Escolar N° 21 de la calle del Cuzco, la escuela de las “Limeñitas” dirigida por dos hermanas, y el Instituto Piurano, dirigido por el notable pedagogo Emilio Espinoza López.

 Recién en 1902 se fundaría la escuela San José de Tarbes, frente a la plaza de armas, gratuita para niñas de más modesta condición, a cargo de la Madre Ivonne, de gran belleza y amabilidad. En la esquina estaba la Iglesia de Belén, de torres chatas, que quedó en muy mal estado después del terremoto de 1912 y tuvo que ser demolida por el escuadrón de zapadores al mando del teniente Ballenas.

 

Los oficiales del Regimiento de Caballería N° 5 del Cuartel de La Merced, solían recorrer a caballo las calles de Piura, concitando la atención de las damitas casaderas. El Batallón de Infantería N° 7 se encontraba acantonado al oeste de la ciudad y con sus madrugadoras dianas despertaban al vecindario.

 

Todas las calles eran de tierra y algunas veredas de ladrillo, con argollas para amarrar las cabalgaduras. Era frecuente que a partir de la 6 de la tarde, los organillos que los piuranos llamaban “pianitos ambulantes”, recorrieran las calles y en cada esquina a pedido de los vecinos, tocaban música de moda.

 

Con ocasión de las diversas festividades, se apostaban en la avenida Grau, vivanderas, riferos, tomboleros y quineros. Las casas de la avenida eran muy modestas y como estaba sobre el nivel del suelo, para entrar o salir de ellas había varias gradas.

 

La celebración del principio del siglo se centró en la avenida Grau, se la iluminó con más faroles, se quemaron fuegos artificiales y concurrieron más vivanderas.

 

El Mascarón de Belén

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Cuando empezaba el nuevo siglo, algo que era característico y muy conocido en la ciudad de Piura, fue el Mascarón de Belén.

 

El periodista paiteño Miguel Godos Curay asegura que en la Paita colonial y republicana del siglo XIX, existía en las esquinas de las calles numerosos mascarones. Eran estos, tallas de madera, generalmente representando figuras de personas o seres mitológicos que los primeros navegantes que existieron en las edades, antigua,  media y moderna,  ponían en las proas de sus barcos, tanto como distintivos, o como un homenaje a los dioses, preferentemente del mar. Habla Godos, de los fenicios, los grandes navegantes de la antigüedad que generalmente representaban la cabeza de un caballo, los griegos con sus figuras mitológicas y también los romanos y los vikingos. Cuando Inglaterra luchaba por la hegemonía del mundo en los tiempos de Cronwel, se dispuso que en la proa de los barcos se representara en una talla, a un inglés, venciendo a uno de los numerosos enemigos que por entonces tenían, sobretodo españoles, escoceses y franceses, debiendo llevar en la parte baja la frase “Dios está con nosotros”. También los barcos españoles y los franceses tenían sus propios mascarones.

 

Muchos fueron los corsarios o piratas que tras saquear Paita, tomaban rumbo hacia Oceanía o al norte al virreinato de México, para lo cual, previamente reorganizaban su flota deshaciéndose de los barcos lentos o malogrados. Los paiteños lograban arrancar de tales barcos en abandono, los mascarones de proa, que colocaban a manera de trofeo, en las esquinas de sus calles.

 

Los últimos mascarones que existieron en Paita fueron los de la calle More y los de la calle “La Figura” o Maintope. Hasta 1900, el mascarón llamado “La Figura”, que era una talla representando a una bella mujer, seguía en la mencionada calle donde se dice vivió Manuel Sáenz.

 

Con relación al llamado Mascarón de Belén que hasta la década del 80 se veía en la esquina de las calles Libertad y Huancavelica, frente a la plaza de armas de Piura, hay diversas versiones sobre su origen.

 

Cuenta el profesor Suriel Mendoza Quintana, que en 1615 se presentó en la bahía de Paita el corsario holandés Jorge Spilberg, que tras de un intercambio de cañonazos con la encomendera de Colán, doña Paula Piraldo, decidió dirigirse a su patria por la ruta de la Oceanía, pero antes decidió deshacerse de un barco inservible llamado “Jean Matheu” al que hizo encallar y del que los paiteños sacaron el mascarón de la proa al que dieron por llamar Matea, al relacionarlo con el nombre del barco.

La “Matea” pudo haber estado en alguna esquina de las calles de Paita o posiblemente frente a la Aduana, hasta que el empuje urbano que obligó a modificar inmuebles y calles, obligó al retiro del mascarón para ser depositado transitoriamente en un almacén de la Aduna de Paita. Pero bien sabemos, que uno de los males de nuestro país es convertir los transitorio en permanente, y fue así que estuvo en el depósito, no se sabe cuántos años, en el mayor olvido. En enero de 1821 a poco de proclamarse a Independencia de Piura, el marqués de Salinas don Francisco Javier Fernández de Paredes, hizo un viaje a Paita, en donde por poco precio adquirió el mascarón. El marqués lo colocó como adorno sobre una columna de algarrobo, en la esquina de su casa ubicada en una esquina de la calle Belén, cerca de la Iglesia, Convento y Hospital de Belén. A partir de entonces se le conoció como el Mascarón de Belén. Las beatas, opinaron que los senos prominentes de la “Matea” eran una irreverencia y lograron que fueran cercenados. La mansión del marqués de Salinas fue adquirida por herencia por uno de sus descendientes, don Aniceto León Seminario, a quien heredaron los señores León Zaldívar, los que a su vez, alquilaron el inmueble al diario “El Tiempo” que estuvo allí muchos años hasta construir su local propio. Los León Zaldívar más tarde vendieron el inmueble a don Gaspar Augusto, sacando antes el mascarón, y llevándolo a casa de don Rómulo León Zaldívar, que lo colocó en el patio de su domicilio ubicado en la calle Libertad 740. Bastantes años estuvo en el patio hasta que el mascarón, fue adquirido por la familia Helguero, que hasta fines del milenio lo tenía en su poder.

 

Cuando la Mutual Piura principió a funcionar, primero lo hizo en la calle Libertad y luego en el vetusto edificio de la esquina de la calle Libertad con Huancavelica, de donde salió a ocupar su local propio en la avenida Sánchez Cerro. Una vez más cambió de dueño el viejo edificio, el que fue demolido, para dar paso a una moderna edificación llamado Edificio Sud-América.

 

Inquietud por iniciar irrigaciones

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Desde 1851, se inicia en el Perú y en especial en el departamento de Piura el interés por las irrigaciones.

Don Domingo Elías era un rico terrateniente de Ica que incursionó en la política nacional primero desde diversos cargos en el Parlamento y posteriormente como opositor radical al extremo de verse envuelto en numerosos intentos revolucionarios.

 

En Ica, se dan condiciones naturales para la agricultura, similares a las del departamento de Piura y eso, a la par que su certera visión de lo que era la potencialidad de esta región, lo llevó a acometer con su propio peculio un trabajo de investigación que en forma personal dirigió. Fue así, como un buen día desembarcó en Paita con un equipo de técnicos y de ingenieros ingleses para estudiar las cuencas de los ríos Chira y Piura. Luego pasó a otros valles de la costa y también estudió la posibilidad de llevar adelante la explotación intensiva de agricultura en la selva de Madre de Dios.

 

Era por lo tanto don Domingo Elías, el hombre que tenía una visión más amplia y profunda de todo lo que se refería a los recursos hídricos del Perú en aquella época.

 

Premunido de tan preciosa información, el senador Elías presentó en su cámara el 17 de diciembre de 1851, un Proyecto de Ley para irrigaciones en el departamento de Piura, Ica y Madre de Dios. Se requería un empréstito de dos millones de pesos que fácilmente se hubieran podido conseguir en Europa. Este plan de irrigación consistía en un canal norte y un canal sur en el valle del Chira, es decir lo que 140 años más tarde se llamaba Tercera Etapa del Proyecto Chira Piura.

 

Pera los políticos de esa época podían ser expertos en todo menos en agricultura y el proyecto fue desechado. ¡Cuánto hubiera significado para el departamento adelantarnos casi siglo y medio!

 

Los estudios hechos por el ingeniero Sterling, servirían de base años más tarde para otro proyecto de irrigación presentado por el senador piurano Ignacio Escudero y Valdivieso.

 

Trescientos cincuenta años antes, los españoles al llegar a estas tierras se asombraron de los extensos campos de cultivos y de las maravillosas obras de ingeniería hidráulica construida por los tallanes. Ese sentimiento de admiración lo expresan los cronistas y sobre todo Cieza de León; pero a los conquistadores más les interesaba el oro, y por lo tanto la minería. Acá no se explotó la tierra sino al indio y fue por ese motivo que la próspera agricultura indígena fue abandonada y los canales y obras hidráulicas se fueron destruyendo por falta de uso, entre ellos el canal que vertía aguas del Chira al Piura y que no sabemos si es que todavía existía al llegar los españoles.

 

El 16 de enero de 1859, cuando el presidente Castilla se encontraba preocupado por las provocaciones en la frontera norte y que terminarían por desembocar en una guerra; Ignacio Escudero presenta ante la Convención Nacional, el siguiente Proyecto de Ley:

 

“La Convención Nacional; CONSIDERANDO:

Que debe protegerse la agricultura del litoral como que es la base del     bienestar y del poder de la Nación.

 

Da la siguiente ley:

Artículo 1°.- Las tierras eriazas que se sometan a la irrigación en el litoral de la república, se adjudicarán al empresario, sea cual fuere su nacionalidad.

 

Artículo 2°.- La previa indemnización de los terrenos expropiados, de la misma manera que el pago prescrito en el Art. 1149 del Código Civil, se hará de los fondos nacionales, luego que el canal de irrigación sea concluido.

 

Artículo 3°.- Se fijará el tiempo en que debe de empezarse y concluirse el canal; el precio de la cuadra o topo de tierras irrigadas y las demás condiciones que el Ejecutivo juzgare convenientes.

 

Artículo 4°.- La mitad cuando menos de la extensión irrigada, se venderá a ciudadanos naturales del Perú, gozando de preferencia el hacendado que sufrió la expropiación. El resto de la extensión, es de propiedad exclusiva del empresario, quien puede cultivarla con inmigrados en los términos que tuviese por convenientes, no siendo contrarios a las leyes. Pero si el dueño de la tierra fuere también empresario y solicitase la indemnización, tendrá precisamente que vender la mitad de la extensión irrigada.

 

Artículo 5°.- En las escrituras de venta se designarán las dimensiones o límites a la redonda de los lotes vendidos; y a costa de los compradores, se fijarán en el terreno señales perdurables. Un ingeniero pagado por el Estado, practicará las operaciones conducentes a la realización de lo prevenido en este artículo”.

 

Este Proyecto de Ley, no era precisamente para ser aplicado sólo al departamento de Piura sino al país entero. Escudero que era uno de los líderes de las tendencias liberales en la Convención, era un hombre de palabra fácil, fluida y expresaba sus conceptos en forma muy clara. Sus intervenciones en la Convención han sido consideradas como brillantes piezas oratorias.

 

Escudero defendió con calor su proyecto, pero no se aprobó.

 

Después se produjo una especie de despertar, en lo que a importancia con relación a la agricultura. Diversos terratenientes del valle de Piura solicitaron autorizaciones para construir embalses y canales. Posteriormente los ingenieros Alfredo Duval y Alfredo Sears realizaron estudios técnicos, para ampliar las áreas de cultivo y llevar agua de la cuenca del Chira a la cuenca del Piura.

 

Las dificultades fueron sin embargo muchas, pues a las de orden legal y financiero, se unieron las desconfianzas de las Comunidades Campesinas del Valle del Piura, que en buena cuenta preferían tener tierras ociosas e improductivas, antes de correr el riesgo de ser víctimas de despojos, como había ocurrido desde la llegada de los españoles.

 

Ya casi al terminar el siglo anterior, se dio el 5 de diciembre de 1890 una ley especial sobre irrigación en la cuenca del Piura.

 

El 9 de octubre de 1893 se promulgó la ley general de irrigaciones.

 

En base a la ley de 1890 Alfredo Sears había solicitado autorización para un gran proyecto de irrigación en abril de 1892, para lo cual formó una empresa con fuertes capitales extranjeros. Se opusieron varias Comunidades y algunos propietarios en forma tal que por años Sears perdió mucho tiempo en una batalla político-legal que al final le fue adversa y en 1897 fue declarada caduca la concesión.

 

Luego en 1895 se dio una ley especial sobre la irrigación del valle del Chira, tomando como base para la irrigación de la margen derecha, los estudios y planos levantados por la Comisión de Ingenieros que para tal fin habían sido nombrados por el Gobierno.

 

Uno de los que más había contribuido a tales estudios era el técnico piurano Manuel A. Viñas y el ayabaquino ingeniero Juan Portocarrero a quienes no se ha reconocido todo el valor del aporte técnico-científico que hicieron a favor del departamento.

 

Por feliz coincidencia, el proyecto de ley del que era autor la representación parlamentaria, no se encarpetó porque en el Senado, el Secretario era el Dr. Víctor Eguiguren Escudero y en la Cámara de Diputados, tenía el cargo de Secretario de la Legislatura el piurano Edmundo Seminario Arámburu.

 

La discusión de la Ley de Aguas fue larga por cuanto afectaba derechos que durante siglos se había reconocido a los propietarios de tierras, que tenían acceso a quebradas, afluentes y ríos. Las aguas por lo tanto eran de propiedad particular.

El Código de Aguas que había venido rigiendo era el Colonial de Cerdán y en departamento de Piura su aplicación había creado no sólo graves conflictos sociales sino guerrillas entre los hacendados y atrasando el desarrollo agrícola.

 

El Código de Aguas fue promulgado recién el 25 de febrero de 1902, y si bien reconocía el derecho adquirido sobre el uso de las aguas, por otra parte se precisó sobre la existencia y la utilización de las llamadas aguas públicas.

 

Al terminar el siglo pasado, tanto el algodón como el azúcar que se daban en los valles de la costa habían alcanzado altas cotizaciones en el mercado mundial lo que fue un gran aliciente para producir más. Para lograr esto último era necesario: tecnificar la agricultura, ampliar las áreas de cultivo y aprovechar mejor el agua que se desperdiciaba en el mar.

 

La tecnificación de la agricultura en los valles de la costa ya se había iniciado con el empleo de mejores técnicas de cultivo y el de una incipiente mecanización. Por lo pronto se reemplazaron a los antiguos aperos por otros más prácticos que no hacían necesarios a los lentos bueyes y se les podía reemplazar con ventaja con mulas. Llegaron también los primeros tractores.

 

 

El canal Miguel Checa

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En el valle del Chira había un terrateniente de ideas modernas, emprendedor y de mucha visión. Era don Miguel Checa. Había estudiado mucho los antiguos canales tallanes y se hacía el siguiente planteamiento: si antes podían hacerlo sin contar con herramientas ¿Por qué no ahora?

 

Don Miguel Checa ya había construido canales para ampliar las áreas de cultivo de sus haciendas Chocán y San Francisco; y por lo tanto sabía que sí se podía. Secundó a don Miguel Checa el Ing. Viñas, siempre tan relacionado con nuestras primeras irrigaciones.

 

En base a la ley de 1895, y acompañando los estudios del ingeniero Viñas, don Miguel Checa solicitó autorización para construir un canal en la margen derecha del Chira. En este valle no se presentó la oposición de ninguna comunidad ni de otros hacendados, que era lo que había hecho imposible en el otro valle llevar adelante varios proyectos de irrigación.

 

Dada además la influencia de la representación parlamentaria piurana y del ingeniero Félix Coronel Zegarra en el Poder Ejecutivo, fue posible lograr la concesión el 29 de setiembre de 1900.

 

Miguel Checa trató de realizar la obra con su solo esfuerzo y capacidad financiera y a ello se dedicó por entero dos años llegando a poner bajo riego dos mil hectáreas de tierras antes completamente estériles.

 

Para poder continuar con la obra, formó una compañía denominada “Empresa de Irrigación del Chira”, en donde los mayores accionistas eran Duncan Fox y la Peruvian Corporation. La empresa así formada trabajó otros dos años, es decir hasta 1904 fecha en que el avance era de nada menos que 54 kilómetros de canal, que irrigaban a 4,000 hectáreas. A partir de diciembre de ese año, la Peruvian compró las acciones de Checa y de Duncan Fox quedando como dueña única.

 

La Peruvian fue poco a poco ampliando las zonas de cultivo, hasta el año de 1926 en que las intensas lluvias y las inundaciones destruyeron el canal. La Peruvian entonces lo abandonó, ante lo cual el Gobierno para evitar la ruina de la agricultura en el valle del Chira entró en tratos con la Peruvian y logró su venta. A los pocos meses de se inició la reconstrucción y volvió a ser puesto en servicio bajo la administración y control de la Comisión de Irrigación de Piura y Lambayeque. En esta comisión laboraba un ingeniero alemán, que venía haciendo en Olmos un gigante estudio de irrigación. Era el ingeniero Carlos Sutton.

 

Cuando el Gobierno inició la reconstrucción, modificó la boca toma y la ubicó en Pardo de Zela. El canal avanzó 57 kilómetros hasta el punto llamado Compuertas Negras. Había la intención de llevarlo hasta Tamarindo, tras de realizar algunas obras de arte, pero eso nunca se llevó a cabo. Originalmente el canal fue diseñado para una descarga de sólo 12 metros cúbicos que para la época eran aceptables.

 

En canal reconstruido, no logró irrigar el tope anterior de 4,000 hectáreas, pues en 1931 sólo estaban bajo riego 2,500 hectáreas.

La cuestión de Tacna y Arica

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En el año 1900 cobró nuevamente actualidad la cuestión de Tacna y Arica. Chile deseaba quedarse definitivamente con las dos provincias, ya sea por compra o por cualquier otro medio y con tal fin envió a Lima como enviado especial a Ángel Vicuña el cual hasta llegó a proponer al presidente Romaña un plan peruano-chileno para desmembrar y repartirse Bolivia. En criterio del enviado chileno, ese país no tenía razón de existir y era más bien la fuente de problemas con todas las naciones con las cuales limitaba.Romaña indignado rechazó la propuesta, que también había sido formulada a la Cancillería peruana al frente de la cual estaba Felipe de Osma, por otro miembro de la delegación chilena Carlos Luis Hubner. En enero de 1901, estos asuntos dejaron de ser secretos, y se armó tremendo escándalo, con la consiguiente protesta de Bolivia. Los chilenos alegaron que Piérola cuando era presidente y posteriormente había compartido el proyecto y que el mismo Romaña lo había oído con simpatía, dichos que fueron enérgicamente desmentidos por ambos. En todo esto quedaba claro, que Chile no se había saciado en su afán expansionista.En enero de 1901 estaba como Ministro Plenipotenciario del Perú en Chile, Cesáreo Chacaltana el cual solicitó al Gobierno de Santiago la aprobación definitiva del tratado Billinghurst-La Torre, al mismo tiempo que denunció se estuviera llevando adelante en las provincias cautivas una política de chilenización.

 

El tratado Billinghurst-La Torre había quedado encarpetado en la Cámara de Diputados de Chile, pero ante las demandas del señor Chacaltana fue puesto al debate y rechazado. En cambio se recomendó al Ejecutivo chileno a iniciar nuevas gestiones diplomáticas con el Perú. Esto se venía a demostrar muy claramente que Chile se negaba a dar total cumplimiento al tratado de Ancón y rehuía llevar a la práctica el Plebiscito, abuso que cometía amparado en la debilidad del Perú. No le quedó a Chacaltana más remedio que retornar al Perú y a nuestro gobierno pasar una nota informativa a todas las Cancillerías de los países de América denunciando los abusos de Chile. Fue eso una actitud lírica, pues es conocido que antes y ahora, las negociaciones diplomáticas que no tienen el respaldo de la fuerza y del poder, nunca servirán para hacerles justicia a los débiles.

 

En la opinión pública peruana se originó un clima de rechazo, indignación y preocupación. Don Alejandro Garland dio a la publicidad un folleto, titulado “Política Externa del Perú; el Problema de Taca y Arica”.

 

Dicho folleto tuvo el carácter de confidencial y se repartió a parlamentarios, ministros, altos jefes de fuerzas armadas y funcionarios de alto rango de la administración pública.

 

A Piura llegaron varios ejemplares del folleto, lo que no era de llamar la atención, dado el poder de la representación parlamentaria y de otros piuranos eminentes. El mencionado opúsculo circuló de familia en familia, y en algunos casos hasta se producían reuniones para discutirlo. En todos hubo asombro al tomar conocimientos de ciertos hechos, como por ejemplo, que Gran Bretaña que en el año de 1879 estaba desarrollando un proceso de penetración económica en América del Sur, había propuesto al Perú su amigable intervención para detener la guerra a cambio sólo del sacrificio de Tarapacá. Por ese entonces ya el ejército profesional peruano había sido destruido en las acciones de Alto de la Alianza y Arica, pero nos hubiéramos ahorrado los sangrientos sacrificios de San Juan y Miraflores, de la campaña de la Breña, la ocupación chilena y el problema de Tacna y Arica. Aseguraba Garland, que el Perú no aceptó esta propuesta más que todo por presión de Estados Unidos pues quería ser este país el que quería seguir controlando la situación.

 

El criterio de Garland era que entonces Estados Unidos estaba en deuda con nosotros y que por ahora la fuerza del Perú estaba en su propia debilidad. Por lo tanto ante los abusos de Chile, se debía ir al rompimiento de relaciones diplomáticas con el país del sur, apelar a los pueblos de América y buscar el apoyo norteamericano ofreciéndole ventajosos tratados comerciales y de navegación. Los países de América, y sobre todo aquellos que mejor podían ser oídos por Estados Unidos como Argentina, Brasil, México y Colombia, debían de presionar al Gobierno de Washington.

 

Los chilenos llegaron a tener en su poder el folleto y hasta lo llegaron a publicar en forma íntegra en un periódico de Santiago y se armó gran revuelo a pesar de ser sólo opinión de un particular. Se dijo entonces que en su afán de perjudicar a Chile, no se detenían en convertir los peruanos a este país en un protectorado yanqui.

 

Pero el Gobierno chileno fue más allá y solicitó al Gobierno de Estados Unidos su opinión. Éste respondió que no intervendría salvo que Perú y Chile se lo solicitaran en conjunto, como amable mediador.

 

Argentina en 1875 y 1895 había tenido graves problemas de frontera con Chile que los pusieron al borde de la guerra. Los chilenos siempre maniobraron para no verse envueltos en dos frentes y cuando ya se consideraban sin problemas con Argentina, endurecían su comportamiento con el Perú.

 

El Gobierno de Romaña quiso saber hasta qué punto los consejos de Garland que el diario “El Comercio” respaldaba, podían servir y con tal fin envió una comisión confidencial presidida por el parlamentario piurano Víctor Eguiguren a Buenos Aires a fin de conocer el criterio de ese gobierno, en el sentido de dar un apoyo más decidido y directo en el campo diplomático al Perú, para presionar a Estado Unidos.

 

En aquel año, estaba al frente de la República Argentina don Carlos Pellegrini, que recibió muy bien a nuestra delegación, pero a nada concreto se llegó.

 

El otro país en el que el Perú tenía alguna esperanza era Colombia, pero Chile nos ganó. Por aquel tiempo Colombia tenía problemas fronterizos con Venezuela y siempre temía que en caso de una guerra verse atacada por el norte por los venezolanos y en la parte sur por Ecuador. Además, la provincia de Panamá en donde se estaba abriendo un canal interoceánico, estaba nuevamente reclamando sus derechos federales. Para ganarse a Colombia, le ofreció Chile ceder un crucero y firmar con Ecuador un tratado secreto y tripartitito de ayuda. De esa forma se evitaba a Colombia una sorpresa por el sur. También daría Chile  ayuda para el caso de alguna rebelión separatista o federalista de Panamá. Por su parte, el Gobierno de Bogotá se comprometía a no permitir con su voto y oposición a que el asunto de Tacna y Arica fuera llevado a la Conferencia Interamericana que se celebraba en esos momento en México.

 

Total, de todos modos Colombia perdió Panamá porque al sublevarse, de inmediato los Estados Unidos lo reconocieron como país independiente.

 

Esa era pues la situación en el resto de América y era difícil pensar que se pusiera interés en solucionar los problemas del Perú cuando cada uno tenía el suyo.

 

La vía crucis del Ministro Belaúnde

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El gabinete de Riva Agüero había renunciado el 24 de agosto de 1900 y en su lugar el presidente López de la Romaña nombra como Presidente del Consejo de Ministros y ministro de Gobierno al ingeniero Félix Coronel Zegarra.

 

Nunca imaginó el nuevo premier los graves problemas que se iban a producir con el ex-Ministro de Hacienda Mariano Andrés Belaúnde La Torre.

  Como buen piurano, el Primer Ministro buscó a un paisano para que lo secundara al frente de la prefectura de Lima, era este Oswaldo Seminario Arámburu, que se vio obligado a dejar momentáneamente su curul parlamentario.

 

Era Belaúnde un rico agricultor-comerciante de Arequipa, exportador con lavaderos de oro al norte de Puno, con zonas donde se explotaba el caucho de Madre de Dios y con sólidas conexiones comerciales en Londres y París, plazas sobre las que giraba con frecuencia letras comerciales de prestigio, gozando además de un sólido prestigio bancario. Por el año 1900 Belaúnde era además diputado por Arequipa.

 

En marzo del mencionado año de 1900 se resolvió que con el impuesto a la sal se hiciera una importante compra de armamento a Europa, operación que debía ser secreta.

 

La remesa a las legaciones peruanas en Francia e Inglaterra, las hizo Belaúnde por intermedio del ministro de Hacienda del que era titular sin intervención del ministerio de Guerra.

 

El 6 de julio se decide el envío de 400,000 soles a Europa y Belaúnde canjeó parte de ese dinero por letras que giró contra clientes suyos en Europa, usando como intermediario al Banco Internacional. De esta forma -según criterio de Belaúnde- la transacción parecería de carácter comercial y se ocultaría la compra de armas.

 

El monto de las letras llegaba a 200,000 soles, pero para mala suerte de Belaúnde la casa francesa (Puertas) que debió pagar las letras, por cuanto los productos peruanos que le había vendido Belaúnde (cueros) habían sufrido bruscamente una gran baja en el precio y la misma Casa Puertas, estaba al borde de la bancarrota. La operación de la compra de armas, no llegó a culminarse.

 

Belaúnde pensó que los acaudalados arequipeños Goyeneche, residentes en París le podían prestar esa suma y pidió el apoyo del presidente de la República en la gestión, pero éste se alarmó y convocó al Consejo de Ministros presidido por Félix Coronel Zegarra, el que actuando en forma precipitada y sin investigar mayormente los hechos, buscó de salvar responsabilidades, informando a su vez al Congreso.

 

Entonces el escándalo estalló y los hechos se desfiguraron y magnificaron, envolviendo todo en la pasión política.

 

El Congreso se fue por los extremos, autorizando el procesamiento y la prisión del ex-Ministro, así como el embargo de sus bienes. El problema pasó a las calles y grupos de gente, azuzadas por políticos interesados, se apostaban frente a la residencia de Belaúnde que temiendo por su vida se refugió en la Embajada de Bolivia.

 

El 29 por la noche una gran muchedumbre se congregó  frente a Palacio y pidió a gritos que saliera el presidente, a lo que éste accedió y habló a la gente desde los balcones de Desamparados, haciendo conocer que el caso estaba en manos del Poder Judicial.

 

Tras una serie de conversaciones, el prefecto de Lima Oswaldo Seminario, acompañó a Belaúnde el día 30 a la 1 y 30 p.m. de la Embajada de Bolivia al Cuartel de Santa Catalina. La gente quería tener la certeza que Belaúnde estaba preso y Oswaldo Seminario aceptó que una delegación hiciera esa comprobación. Mientras tanto la multitud se dirigió otra vez a Palacio, nuevamente el presidente salió y habló pero menudearon los gritos hostiles.

 

Querían les fuera entregado el ex-Ministro para lincharlo. Comenzaron a tirar piedras contra el balcón donde estaba el Presidente de la República con algunos ministros, y entonces el Escuadrón de Caballería N° 13 que estaba cerca, cargó contra la multitud. Parte de la gente huyó por Polvos Azules y otros por Puente Piedra perseguidos a sablazos por los soldados. El escuadrón decidió retornar a la plaza de armas. Al tratar de desalojar de revoltosos el Palacio Municipal, el capitán Bazo, Jefe del Piquete de Caballería, resultó gravemente herido por una piedra. Una nueva batalla campal se realizó en la plaza de armas entre nuevos grupos, contra la policía y caballería. Hubo mucha violencia como el caso del sastre Aurelio Peralta que fue arrojado desde los balcones del Municipio a la calle por los soldados resultando con varias fracturas. Se intentó atacar la Intendencia, pero los revoltosos fueron rechazados con muchas pérdidas. A las 9 de la noche la tranquilidad había retornado a la plaza de armas, pero había 250 detenidos, 29 heridos de cuidado y varios muertos, según versión oficial. Entre los militares se informó 57 entre heridos y contusos.

 

A las 11 de la noche un grupo apedreó el edificio de La Colmena donde trabajaba Piérola, siendo disuelto a sablazos por el Torata N° 11. A la misma hora, otro escuadrón de caballería cargó contra manifestantes en el jirón de La Unión. En ambos casos hubo más heridos.

 

Al día siguiente, lunes, una gran cantidad de elementos de tropa custodiaba Palacio, la plaza de armas y calles adyacentes.

 

El 22 de octubre de 1900, el senado aprobó la acusación contra Belaúnde, contando con el voto de la representación piurana. Sólo se opuso el ex-presidente Francisco García Calderón. Fue sin duda un voto solitario y de honor, porque no se dejó influenciar por las presiones políticas. El proceso fue largo y culminó en diciembre de 1904, cuando a pesar de reconocerse que no existía acción dolosa y mal intencionada, de todos modos se había cometido una malversación. Belaúnde estuvo preso hasta mayo de 1903 en al cárcel de Guadalupe en que estalló una epidemia de peste bubónica y ante el temor de ser infectado se le liberó. Perdió su curul parlamentaria, se le incautaron sus bienes, se mancilló su honra, se dejó en la pobreza a la familia y todo el imperio económico que había levantado a costa de esfuerzo, se derrumbó.

 

Tuvieron que pasar muchos años; para ser más precisos hasta 1914 cuando ya las cosas se miraban desapasionadamente, cuando se volvió a revisar el proceso y se comprobó que se había cometido una monstruosa injusticia, imposible de reparar. Era como el caso Dreyffus peruano.

 

Uno de los que más empeño puso en la revisión del proceso fue el senador Félix Coronel Zegarra, que catorce años antes había sido su principal acusador. Era sin duda meritorio que Coronel Zegarra reconociera su error, pero se había hecho ya tanto daño, que no había poder humano que pudiera reparar lo irreversible.

 

Cuando el asunto pasó a la Cámara de Diputados para ser visto por la comisión correspondiente, el dictamen de ésta fue también  favorable a Belaúnde. Miembro importante de esta comisión fue el diputado por Apurímac Rafael Grau Cabero, hijo del Gran Almirante Grau, el mismo que años más tarde fuera vilmente asesinado en ese departamento.

 

El 7 de noviembre de 1914 se dio la Ley 2,004 rehabilitando a Belaúnde y fue el ingeniero Félix Coronel Zegarra uno de los que más se empeñó en lograrla.

 

Se dispuso que el Agente Fiscal de Arequipa en representación del Fisco, concurriese a la rehabilitación comercial de la víctima, se le declaró exento de tacha legal para el ejercicio de cargos judiciales, se dispuso que el Ejecutivo le confiriese un cargo con una renta que estuviera de acuerdo a su anterior jerarquía de ministro, del Ministerio de Fomento. Se  debía dar preferencia a sus solicitudes sobre concesiones, pero por otro lado Belaúnde debía de renunciar a enjuiciar al Estado ni solicitarle indemnizaciones.

 

Belaúnde cuando salió de la prisión en 1903 hasta 1911 estuvo empleado en un modesto cargo de la Compañía Recaudadora de Impuestos, con lo que mantuvo precariamente a su familia. Nunca volvió a reconstruir su fortuna y los tres años de injusta prisión, así como el oprobio de que se vio cubierto sin razón: no lograron sin embargo quebrar su férrea voluntad, aún cuando la mellaron enormemente.

 

En Piura el caso Belaúnde se siguió paso a paso con mucha vehemencia porque fueron muchos los personajes piuranos que jugaron papel preponderante en el drama y contribuyeron en mayor o menor grado a hundir a ese ministro.

 

La muerte de Ignacio García León

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El doctor Ignacio García León era senador suplente. Como el ingeniero Félix Coronel Zegarra que era senador titular pasó a ocupar una cartera ministerial primero y más tarde a presidir el Gabinete del presidente López de la Romaña, el doctor Ignacio García se dirigió a Lima a ocupar la curul vacante.

 

Poco tiempo estuvo en el cargo parlamentario, porque sintiéndose mal, retornó de inmediato a Piura, su tierra natal, en donde al poco tiempo expiró. Era el 21 de diciembre de 1900.

 

Don Ignacio era hermano del coronel Francisco García. Antes había sido diputado en diversas oportunidades y prefecto de Piura. Desempeñó por cuenta del gobierno peruano comisiones en el extranjero. Secundó al contralmirante Montero cuando éste creó en Cajamarca un gobierno durante la guerra con Chile y posteriormente fue tomado preso por el enemigo al igual que su hermano y conjuntamente con el presidente García Calderón confinados en Chile en donde estuvieron hasta el fin de la guerra.

 

La caída del Gabinete Coronel Zegarra

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El escándalo que suscitó el caso Belaúnde, motivó en el parlamento fuerte reacciones contra el Gabinete Ministerial que presidía Félix Coronel Zegarra y el 1 de octubre de 1900 fueron presentadas dos mociones de censura contra los ministros, en la Cámara de Diputados.

 

Eso fue suficiente para que Coronel Zegarra y sus ministros presentaran la renuncia. Al día siguiente fue nombrado ministro de Hacienda y Presidente del Concejo de Ministros don Domingo Almenara.

 

Como ministro de Gobierno se nombró al coronel Ernesto Zapata que el año anterior había sido prefecto de Piura.

 

El gabinete era de tendencia civilista, pero se aseguraba que Piérola, el caudillo demócrata había consentido en él. Sin embargo, el de  Coronel Zapata, se decía que era más demócrata que  el mismo Piérola.

 

Piérola se encontraba por entonces al frente de la Sociedad Anónima “La Colmena” que se dedicaba a la construcción de fincas y a la explotación de las azufreras de Bayovar en Piura. Por tal motivo hacía frecuentes viajes a este departamento en donde conoció mucha gente, partidarios suyos, haciendo buenos amigos. El itinerario del Califa era: por mar hasta Paita y del puerto a Piura por ferrocarril.

 

Luego a caballo, pasaba por Catacaos, Sechura y por fin se internaba en el desierto, tras cabalgar diez horas. En Sechura se hospedaba en casa de Ruperto Zapata. Don José Vicente Rázuri, cuenta una sabrosa anécdota que le pasó con un muy conocido peluquero paiteño, José Oballe más conocido como “Patache”, que por hablantín como todo fígaro despotricaba contra Piérola sin saber que el parroquiano al que rasuraba era el mismísimo Caudillo,.él que pagó generosamente al parlanchín y asombrado peluquero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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