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ESTE MISTERIO SANTO
Este misterio santo:
Interpretación de la Iglesia Metodista Unida del sacramento de la Santa Comunión
Traducción por Horacio Ríos
Índice
Nota editorial: Este Índice no consta en el documento oficial adoptado por la Conferencia General, pero se incluye para facilitar el uso de su contenido.
Primera parte: HAY ALGO MÁS EN ESTE MISTERIO 2
Nombres que se dan a este sacramento 3
Trasfondo histórico 4
La herencia metodista unida 5
El metodismo primitivo 5
Las raíces de la Iglesia Evangélica y los Hermanos Unidos 5
El metodismo estadounidense 5
La doctrina de la gracia y los medios de gracia 6
La teología de los sacramentos 7
El significado de la Santa Comunión 8
Hacia una vida sacramental más abundante 9
Segunda parte: CRISTO ESTÁ PRESENTE -VIVIR EL MISTERIO 11
La presencia de Cristo 11
Cristo es quien invita 13
La invitación a la Mesa del Señor 13
La preocupación de sentirse “indigno/a” 17
Modelo básico del culto: Orden del Culto de la Palabra
y Santa Comunión 18
La comunidad de creyentes reunida 19
La comunidad en pleno 19
La oración de Acción de Gracias 20
La comunidad se expande 22
El ritual de la iglesia 22
Los siervos/as de la mesa 24
Ministros/as oficiantes del sacramento:
presbíteros/as y pastores/as locales 24
Ministros/as asistentes de este ministerio:
diáconos/as y laicos/as 25
Preparación de la mesa 27
La mesa de la Santa Comunión 27
Los elementos sacramentales de la Santa Comunión 28
Reglas de aseo y preparación de la mesa 31
Extender la mesa 32
La Santa Comunión y la evangelización 32
La Santa Comunión y las normas cristianas del discipulado 35
La Santa Comunión y la unidad en la iglesia 35
APÉNDICES
Miembros del comité 39
Notas al documento 39
Petición para adoptar Este misterio santo 40
Primera parte: HAY ALGO MÁS EN ESTE MISTERIO
Se cuenta la historia de una niña que al estar en la iglesia pasó con sus padres para recibir la Comunión. Desilusionada por el pedacito de pan que le dieron para sumergir en la copa dijo en voz alta, “¡Yo quiero más, yo quiero más!” Los padres se sintieron apenados, pero al pastor y a la congregación les pareció divertido porque la reacción de la niña expresaba el sentir de muchos de los miembros de la Iglesia Metodista Unida. Pues verdaderamente, ¡queremos más! Queremos algo más de lo que aparentemente recibimos al pasar a tomar la Santa Comunión como acostumbramos hacerlo en nuestras iglesias.
Según el resultado de una encuesta realizada por la Junta General de Discipulado antes de la Conferencia General del año 2000, hay un profundo interés acerca de la importancia que debe tener el sacramento de la Santa Comunión en la vida del creyente y la vida de la Iglesia. Lamentablemente carecemos de una comprensión sana de la práctica y teología de este sacramento. Los miembros de la iglesia saben que la gracia y el poder de Dios por medio del sacramento están a su alcance pero se sienten incapaces de recibir su efecto. Muchos laicos/as se quejan de la informalidad con que se administra en algunas iglesias, de la deficiencia de interpretación teológica y de la falta de instrucción pastoral. Pastores/as y laicos/as reconocen la urgencia apremiante de ofrecer una mejor preparación a los pastores/as en cuanto a la teología y práctica de este sacramento. Esta preocupación por mejorar su educación y preparación exige la responsabilidad de los obispos/as, los superintendentes de distrito, los oficiales de las conferencias anuales y de la iglesia, de responsabilizarse por la preparación pastoral y la responsabilidad que deben asumir por la instrucción, práctica y teología de este sacramento. Muchas de las personas que participaron en la encuesta expresaron su preocupación por la deficiencia de dirección pastoral en estos aspectos. Esto no sólo debe preocuparnos, sino que también debe motivar a la iglesia a una reflexión seria para formularse un compromiso nuevo. Los datos que demostró esta encuesta son un serio reto y desafío pues revelan el deseo profundo de los miembros de la iglesia por recibir la gracia de una relación más íntima con Jesucristo y los demás creyentes por medio de la Santa Comunión.
Estos datos demuestran también el deseo de reavivar la fe para hacerla más relevante en nuestras vidas. ¿Cómo puede la iglesia responder favorablemente a la sed que hay por este “santo misterio”? (Véase “El Sacramento de la Santa Comunión II”, Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 14).
Compartimos con otras denominaciones un interés creciente sobre el estudio y celebración de los sacramentos. En las últimas décadas hemos procurado con diligencia recuperar y despertar el aprecio por los sacramentos del Santo Bautismo y la Santa Comunión. Los órdenes de culto vigentes del Pacto Bautismal y la Santa Comunión (Baptismal Covenant and Word and Table) son resultado de un largo proceso que se inició en los años 60 y culminó con su adopción por la Conferencia General de 1984 y después fueron incluidos en The United Methodist Hymnal [Himnario Metodista Unido, versión inglesa] cuya publicación fue aprobada en 1988. La colocación de las páginas de la liturgia de los sacramentos de las páginas posteriores del himnario al frente, se hizo con el propósito de dar realce a su importancia en la vida congregacional.
La Conferencia General de 1996 aprobó el documento By Water and the Spirit: A United Methodist Understanding of Baptism (Por el agua y el Espíritu. Un entendimiento metodista unido sobre el bautismo) como documento oficial de interpretación e instrucción para la iglesia. El presente documento Este misterio santo: Interpretación de la Iglesia Metodista Unida del sacramento de la Santa Comunión se presentó a la Conferencia General del año 2004 con el mismo propósito. Ambos documentos son testimonio del esfuerzo de la denominación por rescatar su herencia sacramental y ubicarla dentro del movimiento ecuménico en su práctica y teología.
Este misterio santo se distingue por su intención de no pecar de rigidez o indiferencia. Ninguna de estas dos posturas son fieles a nuestra herencia, ni son fieles al Espíritu que dirige a la iglesia en su tarea de guiar a los miembros a la experiencia de una nueva creación. Este documento consta de dos partes. La introducción titulada “Primera parte: Hay algo más en este misterio”, describe el desarrollo temático, las raíces históricas y tradicionales, y la teología sacramental. La “Segunda parte: Cristo está presente – Al vivir este misterio”, se expone en varios puntos. En cada uno, la sección titulada “Trasfondo” ofrece una descripción del asunto y la sección titulada “Práctica” ofrece las directrices para la aplicación del “Principio”. Estos principios exponen en forma concisa los conceptos doctrinales. Dan fe de la centralidad histórica y ecuménica de la práctica y teología de la iglesia cristiana. El comité ha preparado la explicación de las secciones de “Trasfondo” sobre el fundamento teológico y práctico del pueblo cristiano en épocas pasadas y en el tiempo presente y en particular de los metodista unidos. La sección denominada “Práctica”, se refiere a la observancia y ejercicio sacramental de la iglesia dentro de los diversos contextos de la Iglesia Metodista Unida.
La iglesia es universal y única, católica y local, unida y diversa. Los metodistas unidos varían según su geografía, su etnia y su cultura. Este misterio santo invita a los miembros de la iglesia a compartir su entendimiento común de éste permitiendo a su vez su ejercicio propio y fiel. Algunas formas de celebrarlo en nuestras iglesias difieren de otras tradiciones cristianas. El reconocimiento de que estas diferencias existen, acredita los lazos y responsabilidad que tenemos con la iglesia en general, y nos hace conscientes de que Dios nos asiste en el reconocimiento particular que demos a estas observaciones y prácticas. En la Iglesia Metodista Unida y en las relaciones fraternales que tenemos con otras tradiciones confesionales, nos resistimos a cualquier actitud arrogante o condescendiente. Nos proponemos fortalecer los lazos de la unidad “hablando siempre la verdad en amor” (Efesios 4:15), con humildad y tolerancia, dando así a conocer nuestros principios, interpretamos sus fuentes y afirmamos su práctica.
Nombres que se dan a este sacramento
En épocas pasadas y hoy día este sacramento se conoce con diversos nombres. En este documento algunos de estos nombres se usan más que otros, pero todos son muy parecidos. La Cena del Señor nos recuerda que es Jesús el que preside y que nosotros participamos respondiendo a su invitación. Este nombre sugiere que participamos de una cena llamada a veces Santa Cena y pensamos en las múltiples comidas que Jesús compartió con gentes diversas antes de morir y después de su resurrección. El nombre de Última Cena no es un término aceptable para referirse al sacramento, pero nos ayuda a recordar la Última Cena que Jesús compartió con sus discípulos antes de ser entregado. Este nombre tiene un significado particular en relación con el Jueves Santo. Cuando los primeros cristianos hablaban del
sacramento decían “el partimiento del pan” (Hechos 2:42).
La frase Santa Comunión evoca en nosotros la imagen de un Dios que siendo santo se da a sí mismo y hace del acto sacramental un acto de gracia y santidad de nuestra participación con Dios y unos con otras. Eucaristía es una palabra de origen griego que significa acción de gracias, recordándonos que el sacramento es un acto de acción de gratitud a Dios por los dones de la creación y de la salvación. La palabra misa se usa en la Iglesia Católica Romana y proviene de la palabra Latina missio que significa enviar, indicando que al llegar al final de la celebración del sacramento se termina el culto, y los fieles son enviados con la bendición de Dios para vivir como su pueblo en el mundo. La Liturgia divina es nombre que se le da en la tradición Ortodoxa Oriental. Cada uno de estos nombres se refieren a lo mismo: el acto de comer y beber el pan y el vino consagrados en la comunidad de fe.
Trasfondo histórico
Desde aquella primera experiencia el día de la resurrección de Jesús, camino hacia Emaús, narrada en Lucas 24:13-35, los cristianos han reconocido la presencia de Jesucristo al partir el pan. La costumbre del pueblo judío de tomar el pan, bendecirlo, dar gracias a Dios y partirlo, dándolo unos a otros, adquirió un nuevo significado. Al reunirse los seguidores de Cristo en el nombre de Jesús; el partir el pan y compartir la copa era la manera de recordar su vida, muerte y resurrección. Era encontrarse de nuevo con el Cristo vivo. Celebraban de nuevo la presencia del Señor resucitado y recibían el sustento para vivir como sus discípulos. Conforme la iglesia primitiva se organizaba y crecía, la costumbre de celebrar la Santa Comunión vino a ser el acto central de la adoración.
A través de los siglos se han desarrollado varias interpretaciones y maneras de celebrar la Comunión. La Iglesia Católica Romana enseña que el pan y el vino se transforman (aunque no materialmente) en el cuerpo y la sangre de Cristo (fenómeno llamado transubstanciación, o sea, la conversión del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo). En el siglo XVI los líderes de la Reforma Protestante descartaron esta interpretación doctrinal aunque algunos de ellos se guardaban opiniones distintas.
Los luteranos sostienen que la sangre y el cuerpo de Cristo están presentes en el pan y el vino de la celebración (nombrándola erradamente consubstanciación, o presencia corporal)
El reformador suizo Ulrich Zwingli, era de la opinión que el ritual de la Cena del Señor era un acto conmemorativo como recuerdo del sacrificio de Cristo, una afirmación de fe, un signo de fraternidad cristiana. Aunque su nombre no es ampliamente conocido en las iglesias evangélicas, su opinión aun tiene aceptación.
Las iglesias de tradición de la Reforma que observan los preceptos de Juan Calvino, sostienen que aunque el cuerpo de Cristo está en el cielo, al recibir la Santa Comunión con fe, el poder del Espíritu Santo alimenta a los comulgantes.
La Iglesia Anglicana sostiene un argumento parecido en su Catecismo y Artículos de Religión. Estos conceptos (explicados aquí sencillamente) sugieren la variedad de interpretaciones disponibles a los hermanos Carlos y Juan Wesley y a los primeros metodistas.
La herencia metodista unida
El metodismo primitivo
El movimiento metodista del siglo dieciocho en Inglaterra fue un movimiento de evangelización que integraba el aprecio renovado por los sacramentos. Los hermanos Wesley reconocían la mediación del poder de Dios en la Cena del Señor y animaban a sus seguidores a valerse de él, comulgando con frecuencia del sacramento. El efecto de la gracia divina, en y por mediación del sacramento, actuaba por convicción el arrepentimiento y conversión, el perdón y la santificación. Juan Wesley definía la Cena del Señor como el gran conducto por donde se impartía la gracia de su Espíritu a las almas de todos los hijos de Dios (véase el Sermón 26, “Sobre el Sermón de nuestro Señor en la montaña —Discurso Sexto,” Tomo II, pág.151, Obras de Wesley). En los primeros años de inicio y crecimiento del metodismo, Wesley participaba del sacramento cuatro a cinco veces por semana. En su sermón titulado
“El deber de la comunión constante”, Wesley menciona el provecho del sacramento en la vida del creyente y que tiene profundo significado para nosotros hoy día. Los hermanos Wesley escribieron y publicaron una colección de 166 himnos sobre la Cena del Señor cuya letra se usaba para cantar y para meditar. Los hermanos Wesley entendían y tenían un aprecio profundo por la naturaleza multifacética de la Cena del Señor. Ellos escribieron acerca del amor, la gracia, el sacrificio, el perdón, la presencia de Cristo, el misterio, la sanidad, el nutrirse espiritualmente, la santidad, y el pacto del cielo. Sabían que la Santa Comunión es un medio poderoso por el cual la gracia divina es dada al pueblo de Dios. Nuestra comprensión y práctica sacramental hoy día están fundamentadas en esta herencia espiritual.
Las raíces de la Iglesia Evangélica y los Hermanos Unidos
Los movimientos que vinieron a formar la Iglesia de los Hermanos Unidos y la Iglesia Evangélica se iniciaron a fines del siglo dieciocho y principios del siglo diecinueve en los Estados Unidos. Desde el principio, las relaciones entre estos dos grupos y los metodistas fueron fraternas y cordiales. Las creencias y prácticas de estas tres iglesias eran semejantes.
El metodista Francis Asbury y Philip William Otterbein de la Iglesia de los Hermanos Unidos fueron buenos amigos. Otterbein estuvo presente en la consagración de Asbury como Obispo de la Iglesia Metodista Episcopal. El diálogo sobre la unión de las dos iglesias empezó en 1809 y continuó hasta la unión oficial del año 1968 que dio vida a la Iglesia Metodista Unida.
Desafortunadamente, Otterbein y Martín Boehm—fundadores de los Hermanos Unidos—dejaron una documentación muy escasa. Lo mismo sucedió con el fundador de la Iglesia Evangélica, Jacobo Albright. Es por ello que las comparaciones que podemos hacer en cuanto a la teología y práctica de la Santa Comunión de estas iglesias son limitadas.
El Diario personal de Christian Newcomer († 1830), tercer obispo de los Hermanos Unidos menciona las numerosas ocasiones en que él administró y participó del sacramento y nos revela su importancia en la vida de la iglesia.
El metodismo estadounidense
Los primeros metodistas que empezaron a llegar por la década de 1760, al principio recibían los sacramentos en las iglesias anglicanas de las cuales se consideraban ser miembros. Pero esta situación cambió rápidamente y los metodistas empezaron a desligarse de la Iglesia de
Inglaterra. Conforme surgieron las tensiones políticas de las colonias del Nuevo Mundo con Inglaterra, que terminaron con la Guerra Revolucionaria, la mayoría de los sacerdotes anglicanos abandonaron el país. Para mediados de los años de 1770, la mayoría de los metodistas ya no recibían los sacramentos, los pastores/as misioneros que Juan Wesley enviaba eran laicos/as, lo mismo que los predicadores del continente americano, y no estaban autorizados para bautizar o administrar la Santa Comunión. Los metodistas estaban privados de recibir los sacramentos y esta razón motivó a Wesley a ordenar presbíteros a pastores/as laicos/as para oficiar en los Estados Unidos. En 1784 se organizó la Iglesia Metodista Episcopal y se ordenó presbíteros a varios pastores/as. Aun así, el número de presbíteros era demasiado reducido para poder administrar los sacramentos con la frecuencia suficiente debido al crecimiento rápido de los metodistas. Durante la época pionera de pastores de circuitos, la mayor parte de los metodistas tan sólo recibían la Santa Comunión una vez cada tres meses cuando el presbítero ordenado llegaba a su pueblo. Los cultos de avivamiento al aire libre de la época eran ocasiones para que un buen número de personas recibiera la Santa Comunión. Para fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte muchas de las iglesias metodistas ya tenían pastores ordenados pero la costumbre de celebrar la Santa Cena cada tres meses continuó.
Para los metodistas de los Estados Unidos la Santa Comunión era un acto solemne y sagrado. La característica del ritual sumamente penitencial, invitaba a la gente al arrepentimiento con un menor énfasis por expresar gracias a Dios. Durante los siglos diecinueve y veinte se perdió el firme aprecio que Wesley tenía por la Eucaristía, y el sacramento vino a ser solamente una celebración memorial de la muerte de Cristo. En muchas congregaciones los domingos en que se celebraba la Santa Comunión la asistencia era muy baja. Un aprecio renovado por la Santa Comunión surgió de nuevo en la Iglesia Metodista, la Iglesia Evangélica y los Hermanos Unidos a mediados del siglo veinte cuando estas iglesias decidieron restaurar esta herencia y elaborar nuevas liturgias.
Conforme el metodismo cundió por otros países, la liturgia y modo de celebrar el sacramento en los Estados Unidos fueron imitados. Sin embargo, con el paso de los años se han ido agregando influencias de otras tradiciones cristianas. Estas influencias son más evidentes en la forma de celebrar la Santa Comunión en las conferencias centrales (conferencias metodistas unidas en otras partes del mundo).
La doctrina de la gracia y los medios de gracia
Hoy en día el sacramento de la Santa Comunión debe considerarse dentro de este contexto teológico más amplio de la Iglesia Metodista Unida. De acuerdo con las enseñanzas cristianas y bíblicas, creemos que todos somos pecadores y por tanto estamos en necesidad constante de la gracia divina. Creemos que Dios es un Dios de gracia y amor, presto para brindarnos la gracia necesaria. La gracia es expresión del amor de Dios por nosotros, es un don gratuito e inmerecido. Se reconocen varias expresiones que describen la forma en que la gracia divina obra en nuestras vidas. La “gracia preveniente” es la que actúa por nuestro bien antes de que tomemos conciencia de ella y podamos hacer algo por nosotros mismos. Aunque todos vivimos expuestos al pecado, la gracia de Dios nos da la libertad suficiente para responderle. Realmente toda expresión de la gracia divina es preveniente—nosotros somos incapaces de acercarnos a Dios a menos que Dios primeramente se acerque a nosotros. Dios nos busca, nos persigue, nos invita a disfrutar de la relación de amor con Él para la cual fuimos creados. El dictamen de la gracia nos hace conscientes de nuestro pecado y nos llama al arrepentimiento.
La gracia justificadora nos perdona y nos ubica en una relación correcta con Dios. La gracia santificadora nos capacita para crecer continuamente en santidad de vida. La gracia perfeccionadora nos adapta a la persona de Cristo. La gracia de Dios está a nuestro alcance por medio de la vida, muerte y resurrección de Cristo y actúa en nosotros mediante el poder y la presencia del Espíritu Santo. Aunque la gracia divina obra en nosotros en cualquier momento y como a Dios le place, Dios ha dispuesto algunos medios por los cuales su gracia está a nuestro alcance y disposición inmediatos.
Juan Wesley explica los “medios de gracia” como: “señales exteriores, las palabras o acciones ordenadas e instituidas por Dios con el fin de ser los canales ordinarios por medio de los cuales pueda comunicar a la criatura humana su gracia anticipante, justificadora y santificadora“ (véase el Sermón 16, “Los medios de gracia, Tomo I, página 319, Obras de Wesley). En las “Reglas Generales”, Wesley menciona como medios de gracia: “El culto público a Dios; el ministerio de la Palabra, ya leída o explicada; La Cena del Señor. La oración privada y de familia; El escudriñamiento de las Escrituras. El ayuno o abstinencia” (Disciplina, ¶ 103; pág. 78). En otros documentos Wesley agregó el diálogo de las conferencias cristianas, por los que sugiere que se realicen con conversación edificante y en reuniones de apoyo y responsabilidad mutua. No deben entenderse estos medios de gracia como medios para obtener la salvación, pues ésta es un don inmerecido. Más bien son medios para recibir, vivir y crecer en la gracia de Dios. La tradición wesleyana continúa enfatizando la práctica de estos medios de gracia a lo largo del proceso de salvación de nuestra vida.
La teología de los sacramentos
El término en griego de uso en la iglesia primitiva para el sacramento es mysterion, que se traduce comunmente como misterio. Y, significa que por medio de los sacramentos, Dios nos revela acontecimientos que escapan al razonamiento humano. En latín la palabra es sacramentum que significa un juramento o promesa. Los sacramentos fueron instituidos por Cristo y dados a la iglesia. Jesucristo es la manifestación máxima de un sacramento. En la vida de Jesús de Nazareth, el propósito y la naturaleza de Dios fueron reveladas en un ser humano.
La iglesia cristiana también es un sacramento. Fue creada para continuar la obra redentora de Cristo en el mundo. La iglesia es el cuerpo visible de Cristo, por la cual Cristo sigue siendo manifestado y el plan divino de Dios sigue cumpliéndose. El Santo Bautismo y la Santa Comunión fueron escogidos y designados por Dios como medios por los cuales la gracia divina se allega a nosotros. El Santo Bautismo es el sacramento que nos inicia como miembros del cuerpo de Cristo: “mediante el agua y el Espíritu” (véase “Orden del Pacto Bautismal”, Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista Unido, pág. 21). La Santa Comunión es el sacramento que nos sustenta y alimenta en nuestra jornada de salvación. En un sacramento, Dios utiliza medios materiales y tangibles como instrumentos de su gracia. Wesley define lo que es un sacramento, de acuerdo con la tradición anglicana, como “un signo exterior de una gracia interior, y un medio que nos la confiere” (véase el Sermón 16, “Los medios de gracia, Tomo I, página 319, Obras de Wesley). Los sacramentos son símbolos y acción que incluyen palabras, actos y elementos materiales. Ambos expresan y comunican el amor gratuito de Dios. Hacen visible y efectivo el amor de Dios. Podríase decir que son medios tangibles por los cuales Dios nos transmite su realidad, para que en nuestro quebrantamiento y limitaciones humanas, podamos recibir y experimentar su gracia.
El significado de la Santa Comunión
En el Nuevo Testamento encontramos por lo menos seis conceptos importantes sobre la Santa Comunión: acción de gracias, fraternidad, acto memorial, sacrificio, la acción del Espíritu Santo, y la escatología. Un breve repaso a cada una de estas nos puede ayudar a entender mejor el significado del Sacramento.
La Santa Comunión es un acto eucarístico, un acto de acción de gracias. Los primeros cristianos lo disfrutaban: “partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo” (Hechos 2:46-47 a,). Al comulgar nosotros, expresamos gratitud y gozo por los poderosos hechos de Dios a través de la historia. Por la creación, su pacto, su redención y su santificación. La oración de Acción de Gracias (“La Santa Comunión I”, Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, págs. 11-13) es una recitación de la historia de salvación que culmina con la obra de Jesucristo y la obra latente del Espíritu Santo, y expresa nuestra gratitud por la bondad y el amor incondicionales de Dios por nosotros.
La Santa Comunión es en sí expresión de la comunión de la Iglesia—la comunidad de fieles reunida en su iglesia local y globalmente. Aunque es profundamente significativa para las personas que lo reciben, el sacramento es algo más que una experiencia personal. Todos los pronombres usados a través de la liturgia son en plural, nosotros, nuestro, etc., en 1ª Corintios 10:17 leemos que: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.” La liturgia de “La Santa Comunión I” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 13) usa este texto como una referencia explícita de la unidad cristiana en el cuerpo de Cristo. El acto de compartir y el lazo de unión que experimentamos al acercarnos a la mesa del Señor son ejemplo de la naturaleza de la Iglesia y un modelo del mundo que Dios quiere que sea.
La Santa Comunión es un acto de recuerdo, conmemoración y memorial, pero también es algo más que una simple remembranza. “Haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19; 1ª de Corintios 11:24-25) es anamnesis (la palabra del griego bíblico). O sea, un hecho dinámico que viene a ser representación poderosa de los actos de la gracia de Dios en el pasado como una revelación en el momento actual. Cristo ha resucitado y está presente, aquí y ahora, no es sólo un recuerdo de lo que pasó.
La Santa Comunión es un tipo de sacrificio. Es una nueva presentación, pero no es una repetición del sacrificio de Cristo. Hebreos 9:26 lo explica claramente: “ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado.”
La consumación de la vida, muerte y resurrección de Cristo hace accesible para nosotros la gracia de Dios. Nosotros también nos presentamos a Dios como sacrificio en unión con Cristo (Romanos 12:1; 1ª de Pedro 2:5) para ser usados por Dios en la obra de redención, de reconciliación y justicia. En la oración de Acción de Gracias, la iglesia ora: “Te rogamos aceptes este nuestro sacrificio de alabanza y acción de gracias como un sacrificio vivo y santo, en unión al sacrificio de Cristo por nosotros... (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 12).
La Santa Comunión es un medio de gracia por actuación del Espíritu Santo (Hechos 1:8), cuya acción se describe en Juan 14:26: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.” La epíclesis (llamar palabra griega) es parte de la oración de Acción de Gracias que invoca al Espíritu: “Derrama tu Santo Espíritu sobre los que estamos aquí reunidos y sobre estos dones de pan y vino; haz que sean para nosotros el cuerpo y la sangre de Cristo, para que seamos el cuerpo de Cristo para el mundo, redimidos por su sangre. Mediante el poder de tu Espíritu, haznos uno con Cristo, uno con los demás y uno en la obra del ministerio a todo el mundo. . . “ (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 12).
La Santa Comunión es escatológica, palabra cuyo significado apunta al final de los tiempos, el resultado del propósito de Dios para el mundo—“Cristo ha muerto; Cristo ha resucitado; Cristo vendrá otra vez” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 12). Comulgamos no solamente con los fieles que están presentes sino también con los santos del pasado que se unen con nosotros en el sacramento. Participar del sacramento es experimentar anticipación de lo futuro, promesa del cielo “hasta que Cristo venga en la victoria final y podamos todos participar en el banquete celestial” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 12). Cristo mismo anticipó esta ocasión y dijo a los discípulos: “desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mateo 26:29; Marcos 14:25; Lucas 22:18). Cuando comemos el pan y bebemos la copa participamos de la naturaleza divina en esta vida y para la vida eterna (Juan 6:47-58; Apocalipsis 3:20). Anticipamos aquel banquete celestial celebrando la victoria de Dios sobre el pecado, la maldad y la muerte (Mateo 22:1-14; Apocalipsis 19:9; 21:1-7). En medio del quebrantamiento personal y sistémico que vivimos, anhelamos la fraternidad duradera con Cristo y el cumplimiento final del plan divino. Alimentados por la gracia sacramental nos esforzamos por ser formados/as en la imagen de Cristo y en instrumentos para la transformación del mundo.
Hacia una vida sacramental más abundante
Como esa niña que quedó desilusionada por el trozo pequeño de pan que recibió, el pueblo metodista unido busca y espera algo más de la experiencia eucarística. Al avanzar a una vida sacramental que incluya el sacramento de la Santa Comunión semanalmente nos preguntamos, y ¿que beneficio espiritual recibiremos de él? ¿qué es lo que el amor y el poder divino obra en y por nosotros al participar del sacramento? La respuesta a estas preguntas incluyen: el perdón, el alimento, la sanidad, la transformación, el ministerio y misión, y la vida eterna.
Aceptamos la invitación de pasar a la mesa confesando nuestro pecado personal y comunitario, confiando en que “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1ª de Juan 1:9).
La expresión nuestra de arrepentimiento recibe su respuesta en las palabras de absolución en que el perdón nos es dado: “¡En el nombre de Jesucristo eres perdonado! (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 10). Esta certeza es don de Dios a los pecadores, permitiéndonos así continuar esforzándonos por vivir fielmente. Wesley afirmó: “De esta manera, la gracia que Dios nos da confirma el perdón de nuestros pecados, permitiéndonos abandonarlos” (Sermón 101, “El deber de la comunión constante”, Tomo VI.3, pág. 220, Obras de Wesley).
Somos alimentados espiritualmente mediante la Santa Comunión. La vida cristiana es una jornada difícil que nos desafía. El vivir en fidelidad continua y en crecimiento de santidad requiere cuidado constante. Wesley escribió: “Este es el alimento de nuestras almas: nos da fortaleza para cumplir nuestro deber, y nos conduce hacia la perfección” (Sermón 101, “El deber de la comunión constante”, Tomo IV.3, pág. 221, Obras de Wesley). Dios dispone tal alimento mediante el sacramento de la Eucaristía. En Juan 6:35, Jesús dice a las multitudes: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” Al allegarnos a la mesa una y otra vez, somos fortalecidos de nuevo. Y, nos retiramos de ella capacitados/as para vivir como fieles discípulos/as, conciliadores y testigos. En las palabras de la oración después de haber comulgado, oramos: “Concédenos que podamos vivir en el mundo con el poder de tu Espíritu y entregarnos al servicio de nuestro prójimo . . .” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 14).
En nuestro encuentro con Cristo en la Santa Comunión somos tocados por la gracia divina una y otra vez, y vamos siendo formados en la imagen de Cristo. Esto no se logra en un instante no importa cuan dramática sea nuestra experiencia. Es un proceso de por vida por el cual Dios propone hacer de nosotros una gente motivada por amor, capacitada y apasionada por participar en la misión de Cristo en el mundo. La identidad y el ministerio que Dios nos otorga en nuestro bautismo se cumple conforme vamos siendo transformados en discípulos que responden al amor de Dios, amándole a Él y a otros (Romanos 12:1-2).
Mediante la Eucaristía somos sanados/as y capacitados/as para ayudar a otras personas a sanar. Sozo, la raíz de la palabra griega usada en el Nuevo Testamento que significa sanidad, también se interpreta como salvación y plenitud. Gran parte de nuestra sanidad es espiritual, pero incluye también la sanidad de pensamientos, del estado de ánimo, de nuestra mente, de nuestro cuerpo, y nuestras relaciones y actitudes. La gracia recibida al acercarnos a la mesa del Señor puede restaurarnos. Como personas que constantemente estamos siendo redimidas, anhelamos también la sanidad de un mundo quebrantado. El Culto de Sanidad lo describe así: “La sanidad espiritual es la obra que Dios realiza al ofrecer a las personas equilibrio, armonía, y sanidad integral de cuerpo, mente, espíritu y relaciones, por medio de la confesión, el perdón y la reconciliación. Por medio de esta sanidad, Dios obra para efectuar la reconciliación entre Él y la humanidad, entre los individuos y las comunidades, dentro de las mismas personas y entre la humanidad y el resto de la creación” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 56). La Santa Comunión puede ser un factor poderoso en el Culto de Sanidad que encontramos en Mil Voces, para Celebrar, Himnario Metodista, páginas 56 y 57.
La gracia que nos es dada al pasar a la mesa del Señor nos auxilia en el cumplimiento de nuestro ministerio y misión en el mundo, en la obra de redención, de reconciliación, paz y justicia (2ª de Corintios 5:17-21). Al comulgar tomamos conciencia de las necesidades del prójimo y se nos recuerda esta responsabilidad. Expresamos por medio de actos de cuidado y bondad, la compasión misma de Cristo a las personas que tratamos a diario.
En nuestro pacto bautismal declaramos que aceptamos ”la libertad y el poder que Dios nos da para resistir el mal, la injusticia y la opresión en cualquier forma que se presenten (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 22). Pero en las palabras de confesión reconocemos nuestros fracasos: “…nos hemos rebelado contra tu amor, no hemos amado a nuestro prójimo y no hemos escuchado la voz del necesitado” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 15). Recordando la inconformidad de Jesús con las instituciones humanas de su tiempo se nos motiva a desafiar toda injusticia y sistemas que perpetúan la desigualdad y discriminación política, económica y social. (Mateo 23; Lucas 4:16-21; 14:7-11).
El Dios de amor que viene a nuestro encuentro al acercarnos a su mesa nos confiere el don de vida eterna. La referencia que Jesús hace de sí mismo como el pan espiritual de la vida en el relato eucarístico del evangelio de Juan 6:25-58 pone en claro este concepto: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (6:54). Esta vida en unión con Cristo es la vida eterna. No es sólo la promesa de estar con Cristo después de nuestra muerte. Es también la vivencia de una relación viviente con Cristo aquí y ahora. Es una vivencia que jamás termina porque está fundada en el amor eterno de Dios, que es nuestro en los sacramentos.
“Oh, Señor que el misterio de este pan
revelaste en Emaús,
vén, alimenta nuestras almas
y a tus siervos da palabra.
Carlos Wesley
The United Methodist Hymnal, 613
Segunda Parte: CRISTO ESTÁ PRESENTE: VIVIR EL MISTERIO
La presencia de Cristo
Punto fundamental:
Jesucristo quien es “la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1:3) está presente en la Santa Comunión. Mediante Cristo y por el poder del Espíritu Santo, Dios viene a nuestro encuentro al allegarnos a su mesa. Dios quien ha dado los sacramentos a su iglesia, obra en y por medio de la Santa Comunión. Cristo está presente con su pueblo reunido en su nombre (Mateo 18:20), por medio de la proclamación y el vivir de su Palabra y el compartir de los elementos de pan y de vino (1ª de Corintios 11:23-26). La divina presencia es real para los que comulgan y no solamente un recuerdo de la Última Cena y la crucifixión.
Trasfondo:
La presencia de Cristo en el sacramento es promesa hecha a la iglesia que no depende del reconocimiento personal de los miembros de la congregación. La Santa Comunión siempre nos manifiesta la gracia. Nos recuerda lo que Dios ha hecho por nosotros en el pasado, y sentimos lo que Dios hace en nosotros al participar anticipando lo que Dios hará en la obra futura de salvación.
“Esperamos el momento final de la gracia, cuando Cristo ha de venir victorioso final de las edades a fin de llevar a la gloria de esa victoria a quienes están en él” (The Book of Resolutions fo the United Methodist Church-2004, página 875. El texto en español está disponible en El bautismo: puerta de entrada a una nueva vida en Cristo. Derechos de autor © Discipleship Resources, 2004, pág. 85.), y nos unimos a la cena de las bodas del Cordero (Lucas 22:14-18; Apocalipsis 19:9).
La iglesia cristiana se ha esforzado, a través de los siglos, por entender cómo es que la presencia de Cristo se manifiesta en el sacramento. De esta preocupación han surgido muchos argumentos y divisones. La tradición wesleyana afirma que la presencia de Cristo es real, aunque no pretende explicarla por completo. Los 166 himnos escritos por Juan y Carlos Wesley sobre la Santa Cena son una rica fuente de estudio para nuestra apreciación y comprensión de la presencia de Cristo en la Eucaristía. Uno de estos himnos expresa bien su realidad y misterio: “O the Depth of Love Divine,” estrofas 1 y 4 [Oh, Profundidad de Amor Divino] (The United Methodist Hymnal, 627):
¡Oh, profundidad de amor divino,
inalcanzable es tu gracia!
¡Quién puede explicar cómo el pan y el vino
manifiesten al Dios vivo!
¡Cómo el pan su cuerpo imparte,
cómo el vino da su sangre
y llena el corazón de los fieles
con la persona propia de Dios!
Cierta y real la gracia es,
en forma desconocida
impártenos tu sentir
y haznos en perfecta unión.
Permítenos probar la fuerza celestial,
Nada más pedimos, Señor.
Para bendecirte solamente, y
nuestra admiración y adoración.
El Artículo XVI de los “Artículos de Religión” de la Iglesia Metodista define los sacramentos como “no sólo señales o signos de la profesión de los cristianos, sino más bien testimonios seguros de la gracia y buena voluntad de Dios para con nosotros, por los cuales obra El en nosotros invisiblemente, y no sólo aviva nuestra fe en El, sino que también la fortalece y confirma”(Disciplina, pág. 66). (Ver la sección “Los elementos sacramentales” de este documento para datos adicionales.)
El Artículo XVIII define la Cena del Señor como “sacramento de nuestra redención por la muerte de Cristo; de modo que, para los que digna y debidamente y con fe reciben estos elementos, el pan que partimos es una participación del cuerpo de Cristo, y así mismo la copa de bendición es una participación de la sangre de Cristo” (Disciplina, pág. 67). (Ver la sección “Los elementos sacramentales” de este documento para datos adicionales.)
El Artículo VI de la Confesión de Fe de la Iglesia Evangélica de los Hermanos Unidos dice algo semejante de los sacramentos: “Son medios de gracia a través de los cuales Dios obra invisiblemente en nosotros avivando, fortaleciendo y confirmando nuestra fe en él . . . Quienes con rectitud, dignidad y con fe comen el pan partido, y beben la copa bendita, participan del cuerpo y sangre de Cristo de una manera espiritual, hasta que él venga” (Disciplina, págs. 71-72).
Los metodista unidos conjuntamente con otras tradiciones cristianas han tratado de ofrecer una interpretación clara y fiel de la presencia de Cristo en la Santa Cena. Nuestra tradición afirma la presencia real, personal y viva de Jesucristo. Para los metodistas unidos, la Cena del Señor está fundada en el acontecimiento histórico de Jesús de Nazaret, pero no es principalmente un recuerdo o memorial. No reconocemos la doctrina medieval de la transubstanciación aunque consideramos que los elementos son medios tangibles por los cuales Dios obra. Entendemos la presencia divina en términos de relación y temporabilidad. En esta Santa Cena de la iglesia, el pasado, el presente y el futuro del Cristo resucitado están presentes por mediación del poder del Espíritu Santo para que recibamos y estemos en Cristo como don de salvación para todo el mundo.
Práctica:
Porque Jesucristo ha prometido venir a nuestro encuentro (1ª de Corintios 11:23-26), los cristianos nos acercamos a la mesa con expectativa y deseo, con admiración y humildad, celebración y gratitud.
Los pastores/as deben recibir preparación y formación (en el seminario, curso de estudios, certificación de estudio y estudios continuos) en teología, espiritualidad, historia, tradición de los sacramentos y de cómo hacer esta observación más efectiva, la liturgia, los gestos, las posturas y símbolos materiales, para comunicar más plenamente su significado.
Cristo es quien invita
Invitación a la mesa del Señor
Punto fundamental:
La invitación a la mesa proviene del Cristo resucitado y presente. Cristo invita a su mesa a quienes le aman, se arrepienten de sus pecados, y quieren vivir como discípulos/as suyos. La Santa Comunión es un don de Dios para la Iglesia, y un acto de la comunidad de fe. Al responder a esta invitación afirmamos y profundizamos nuestra relación con Dios por medio de Jesucristo y nuestro compromiso a servirle como miembros en la misión del cuerpo de Cristo.
Trasfondo:
La invitación a la Santa Comunión en el “Culto con el Sacramento de la Santa Comunión I” y en “El Sacramento de la Santa Comunión II” proclamamos: “Cristo nuestro Señor invita a su mesa a quienes le aman, a quienes sinceramente se arrepienten de sus pecados y procuran vivir en paz con los demás” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 14).
El párrafo tradicional antiguo dice: “Vosotros los que verdaderamente os arrepentís de vuestro pecado y estáis en caridad y amor con vuestro prójimo, e intentáis vivir una vida nueva, siguiendo los mandamientos de Dios, y caminando de hoy en adelante en sus santos caminos: Acercáos aquí con fe . . . (The United Methodist Hymnal, pág. 26). El orden para uso con los enfermos o personas que no pueden salir de su casa dice: “Cristo nuestro Señor invita a su mesa a quienes le aman, a quienes verdaderamente se arrepienten de sus pecados y procuran vivir en paz y amor con el prójimo (“Culto Breve de la Santa Comunión para uso en el Hospital o en un Hogar”, Fiesta Cristiana: Recursos para la Adoración, pág. 53).
Práctica:
Cuando celebremos la Santa Comunión es importante empezar siempre con las palabras de invitación, luego la confesión y el perdón. Si éstas se omiten, las personas no podrán entender que en la mesa del Señor son llamadas al arrepentimiento, perdón, sanidad y aceptación a una nueva vida en Cristo para todos/as.
La comunidad de fe es responsable por proveer la instrucción y educación apropiada sobre el sacramento de la Santa Comunión, según las edades de los congregantes. Los que reciben el bautismo en su infancia necesitan educación constante en su madurar de la fe. Quienes lo reciben como miembros en su mayoría de edad también requieren instrucción constante sobre el significado del sacramento en su vida, en la vida de la congregación y en la comunidad cristiana. Todos los que quieran vivir su discipulado necesitan formación de su espiritualidad sacramental.
Los obispos/as, presbíteros/as, diáconos/as, pastores/as, maestros/as de escuela dominical, padres y tutores, seminaristas, profesores, y otras personas son responsables por enseñar el significado y práctica de la Santa Comunión. La instrucción sobre los sacramentos debe reconocer la posición y práctica oficial metodista unida y animar a sus miembros a conocer y respetar las de otras tradiciones cristianas.
Punto fundamental:
Quienes responden con fe a la invitación son bien recibidos/as. El Santo Bautismo por lo común precede la participación de la Santa Comunión. La Santa Comunión es el alimento de la comunidad que vive en relación con Dios en Cristo. Así como la circuncisión fue signo del pacto de relación de Dios con el pueblo Hebreo, el bautismo es el signo del nuevo pacto para los cristianos (Génesis 17:9-14; Éxodo 24:1-12; Jeremías 31:31; Romanos 6:1-11; Hebreos 9:15).
Trasfondo:
El bautismo es un rito no repetible de iniciación del creyente en el cuerpo de Cristo, mientras que la Cena del Señor es un acto repetible frecuentemente al celebrar la comunión del cuerpo de Cristo.
En los primeros años de la era cristiana, la iglesia hacía una distinción entre el culto de adoración en la Liturgia de la Palabra en que todos participaban, y en la Liturgia de los Fieles, la cual era la celebración de la Santa Comunión. A las personas que no habían sido bautizadas se les despedía antes de la celebración del sacramento (Dídaque 9; Justín Martir, Primera Apología, 66; Las Constituciones Apostólicas, Libro VIII; La Liturgia de San Basilio).
Juan Wesley enfatizaba que el bautismo es sólo un paso en el proceso de la salvación que debe ser seguido por la justificación por la fe y el compromiso personal con Cristo al llegar la persona a la edad de la discreción.
Wesley hablaba de la Santa Comunión como una “ordenanza de conversión” (Diario, 1º de Noviembre de 1739, al 3 de Septiembre de 1741; Viernes, 27 de Junio de 1740). En la Inglaterra del siglo 18, Wesley predicaba a personas que en su gran mayoría, aunque habían sido bautizadas en la etapa de infancia y poseían conocimientos de fe, no habían tenido la experiencia propia de su conversión. Es por eso que Wesley predicaba acerca de la transformación de la vida y la seguridad de salvación.
Después de efectuarse la unión de la Iglesia Evangélica y la de los Hermanos Unidos en Cristo, el Libro de la Disciplina del año de 1947 de la Iglesia Evangélica de los Hermanos Unidos dice: “Invitamos a [la Cena del señor] a todos los discípulos del Señor Jesucristo que le han confesado delante de los hombres y desean servirle con corazones sinceros” (pág. 447)
The United Methodist Book of Worship expresa que quienes se proponen vivir la vida cristiana, juntamente con sus hijos/as, se les invita a recibir el pan y el vino. En adición, menciona que los metodistas unidos no tienen una tradición que rechaza a quien se presente para recibirle (véase la pág. 29). Esta declaración indica que en la práctica hay pocas, si es que las hay, circunstancias en que algún pastor/a metodista unido niegue servir los elementos de la Santa Comunión a alguien que se acerque a recibirlos.
El documento Por el agua y el Espíritu declara: “Debido a que la mesa, alrededor de la cual nos reunimos pertenece a al Señor, ésta debe abrirse a quienes respondan al amor de Cristo, sin importar su edad o membresía eclesiástica. La tradición wesleyana siempre ha reconocido que la Santa Comunión puede ser una ocasión para recibir la gracia que nos convierte, justifica y santifica” (The Book of Resolutions fo the United Methodist Church, pág. 814. El texto en español está disponible en El bautismo: puerta de entrada a una nueva vida en Cristo. Derechos de autor © Discipleship Resources, 2004, pág. 84).
Práctica:
La invitación a participar de la Santa Comunión presenta una oportunidad evangélica de traer a la gente a una relación más completa con el cuerpo de Cristo. Como medio de gracia inmerecida, el Santo Bautismo y la Santa Comunión no deben considerarse obstáculos sino medios de guía. Los pastores/as y las congregaciones deben mantener un equilibrio de recibir que es grato y abierto, y en la enseñanza, mantener clara y fiel la plenitud del discipulado.
Las personas no bautizadas que responden en fe a la liturgia deben ser bien recibidas al acercarse a la mesa. Deberán ser instruidas en el Santo Bautismo como el sacramento de admisión a la comunidad de fe —acto que es único en la vida de cada persona— y de la Santa Comunión como el sacramento de sustento para la jornada de fe y el desarrollo espiritual —que es necesario y recibido con frecuencia. “A las personas no bautizadas que reciben la Comunión, se les debe alimentar espiritualmente y aconsejar que se bauticen tan pronto como sea” (The Book of Resolutions fo the United Methodist Church, página 814. El texto en español está disponible en El bautismo: puerta de entrada a una nueva vida en Cristo. Derechos de autor © Discipleship Resources, 2004, pág. 84).
Punto fundamental:
A niguna persona se le negará la mesa por razón de edad o “con impedimentos mentales, físicos, de desarrollo o sicológicos” (Disciplina, ¶ 162.G, pág. 115), o alguna otra condición que limite su comprensión o estorbe su habilidad para recibir el sacramento.
Trasfondo:
Conforme al documento Por el agua y el Espíritu:
Los cultos sobre pactos bautismales concluyen apropiadamente con la Santa Comunión; rito por medio del cual la unión del nuevo miembro con el cuerpo de Cristo se expresa a cabalidad. La Santa Comunión es una comida sagrada en la cual la comunidad de fe, en el simple hecho de comer el pan y beber el vino, proclama y participa en todo lo que Dios ha hecho, está haciendo y continuará haciendo por nosotros(as) en Cristo. Al celebrar la Eucaristía, recordamos la gracia que se nos ha dado en nuestro preservar y hacer cumplir las promesas de salvación (The Book of Resolutions of the United Methodist Church-2004, pág. 873. El texto en español está disponible en El bautismo: puerta de entrada a una nueva vida en Cristo. Derechos de autor © Discipleship Resources, 2004, pág. 84).
Las rúbricas finales del órden de la liturgia indican claramente que esto es relevante para las personas de toda edad. El fundamento teológico del bautismo de infantes y de personas con diferentes capacidades se aplica también a su participación en la Santa Comunión:
Por medio de la Iglesia, Dios exige a infantes al igual que a adultos, que sean participantes en el pacto de la gracia del cual el bautismo es señal. Esta noción de cómo la gracia divina funciona, también se aplica a personas que, por razones de impedimentos físicos u otras limitaciones, sean incapaces de responder por sí mismas a las preguntas del rito del bautismo. Aún cuando no podamos comprender cómo Dios obra en las vidas de estas personas, nuestra fe nos enseña que la gracia de Dios es suficiente para sus necesidades y que, por lo tanto, son aptas para recibir el bautismo (The Book of Resolutions of the United Methodist Church-2004, pág. 868. El texto en español está disponible en El bautismo: puerta de entrada a una nueva vida en Cristo. Derechos de autor © Discipleship Resources, 2004, pág. 81).
Asímismo, la gracia que nos es dada en la Santa Comunión, se ofrece a toda la iglesia, incluyendo a aquellas personas que no pueden responder por sí mismas. Los niños/as como miembros de la comunidad de este pacto participan de la Santa Comunión.
Práctica:
Los niños/as y las personas incapacitadas pueden requerir tratamiento especial al administrar los elementos. Los pastores/as y las iglesias deberán anticipar sus necesidades para respetar su dignidad y afirmar su derecho a participar.
Los niños/as de todas las edades son bienvenidos a la mesa y deberán ser instruidos en su interpretación, aprecio y participación en la Santa Comunión. Deberá prepararse a los adultos para que ellos también expliquen el significado del sacramento a los niños/as.
Al construir o modificar las instalaciones de una iglesia se deberá tomar en consideración las vías de acceso a la mesa de la Comunión para estas personas.
Punto fundamental:
Al celebrar la Cena del Señor en las iglesias metodistas unidas se aceptará la participación de miembros metodistas unidos de otras iglesias y a los cristianos de otras denominaciones.
Trasfondo:
“Un miembro de cualquier Iglesia Metodista Unida local es miembro de la denominación Metodista Unida y de la iglesia católica (universal)” (Disciplina, ¶ 215. pág. 143).
La Iglesia Metodista Unida es una de varias denominaciones que constituyen la comunidad de cristianos. A pesar de las diferencias denominacionales, todos los cristianos son bienvenidos a la mesa del Señor.
Práctica:
En las instrucciones dadas antes de hacer la invitación, en nuestras iglesias se acostumbra hacer la indicación que todos los cristianos son invitados a participar del sacramento.
La respuesta es voluntaria y se debe tener cuidado de no causar la impresión de presionar a nadie que no sienta el deseo de comulgar.
Cuando la Santa Comunión se celebre dentro de la ceremonia nupcial o en un culto memorial: “Es tradición nuestra invitar a todos los cristianos presentes a la mesa del Señor; la invitación se hace extensiva a todos evitando incomodar a quien por alguna razón prefiera no comulgar” (The United Methodist Book of Worship, pág. 152). No es propio en un acto nupcial administrar el sacramento solamente a la pareja o a los miembros de la familia que participen.
La preocupación de sentirse “indigno/a”
Punto fundamental:
Toda persona que responde en fe a la invitación es digna, por medio de Cristo, de participar de la Santa Comunión: “Cristo nuestro Señor invita a su mesa a quienes le aman, a quienes verdadera y sinceramente se arrepienten de sus pecados y procuran vivir en paz y amor con el prójimo” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 10). Los fieles se acercan a la mesa del Señor con sentimiento de gratitud por la misericordia de Cristo hacia los pecadores. No participamos de la Comunión porque seamos merecedores de ella, no hay nadie que lo sea. Nos acercamos a la mesa por tener hambre de recibir el amor de Dios, para recibir su perdón y sanidad.
Trasfondo:
Algunas personas que son fieles a la Iglesia Metodista Unida vacilan o se niegan a tomar la Santa Comunión porque no se creen dignas de recibir el sacramento. Esto se debe probablemente a una intepretación equivocada o a temores infundados. En la Iglesia Metodista Unida las personas que participan del sacramento escuchan palabras de confirmación del perdón de sus pecados y perdón al responder a la Invitación y participar en la oración de confesión del pecado.
Las palabras de amonestación de Pablo en 1ª de Corintios 11:27-32 han sido palabras que causan preocupación y confusión. Algunas personas temen comulgar indignamente, y a veces por un verdadero sentir de humildad creen que el participar es impropio. Juan Wesley alude a esto en su Sermón 101, “El deber de la comunión constante”: “Dios te ofrece una de las mayores misericordias que existan de este lado del cielo y te ordena aceptarla. ¿Porqué no aceptas esa misericordia obedeciendo su mandato? …Eres indigno de recibir cualquier misericordia de Dios. ¿Es esa la razón para rehusar toda misericordia?” (Tomo IV, pág. 225, Obras de Wesley).
Wesley continúa diciendo que el inmerecimiento no se refiere a las personas que comulgan, sino a la manera en que los elementos de la comunión se consumen: “Aquí no se habla de ser indigno dice palabra de ser indigno de comer o beber. Se habla de comer y beber indignamente, lo que es cosa totalmente diferente —como él mismo [Pablo] nos lo ha dicho. En este mismo capítulo se nos dice que comer y beber indignamente quiere decir tomar el santo sacramento en forma tan desconsiderada y desordenada que uno tiene hambre y el otro se embriaga” [1ª de Corintios 11:21] (véase el Sermón 101, “El deber de la comunión constante”, Tomo IV, pág. 226, Obras de Wesley).
Las palabras de 1a de Corintios 11:29, son palabras de juicio al “que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo”. Una anotación al pie de este pasaje en la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (NVI, 1999), explica que “discernir el cuerpo” es una referencia al “cuerpo del Señor” (pág. 1200). Pablo se refiere a aquellas personas que desconocen a la iglesia —el cuerpo de Cristo— como una comunidad de fe en que los cristianos se relacionan unos a otros con el afecto de Cristo.
Práctica:
Los pastores/as y laicos/as pueden ayudar a disminuir la preocupación de las personas por creerse indignas, por medio de asesoramiento, enseñanzas y oración para que puedan sanarse de esta preocupación. Estos esfuerzos pueden basarse en el estudio del pasaje de 1ª de Corintios, ya citado, en que se da una explicación clara de su significado original en el primer siglo y su significado hoy día.
Modelo básico del culto: Orden del culto de la Palabra y Santa Comunión
Punto fundamental:
El orden básico de la liturgia de adoración para el culto en el día del Señor, es el orden del “Culto con el Sacramento de la Santa Comunión” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 6) en que el evangelio se proclama en Palabra y Sacramento. Estas no son dos actividades distintas, sino que se complementan una a la otra, y dan integridad al acto de la adoración. El hacer distinción entre ellas resta a la experiencia de integridad espiritual que es nuestra, por fe en Cristo Jesús.
Trasfondo:
En Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, páginas 2-4, tenemos la interpretación del culto de adoración con datos de sus raíces históricas judías.
La entrada, junto con la proclamación y respuesta —a menudo llamadas el culto de la Palabra o culto de predicación— son una adaptación cristiana del antiguo servicio de la sinagoga. La acción de gracias y comunión, comúnmente llamada la Cena del Señor o Santa Comunión, es una adaptación cristiana del culto judío durante las comidas familiares . . . Al producirse la ruptura entre la sinagoga y la iglesia a causa de la predicación y enseñanza de los cristianos sobre Jesús, éstos adaptaron el culto de la sinagoga y partían el pan cuando se reunían el primer día de la semana. Este culto combinado de Palabra y Mesa se describe en Hechos 20:7.
La iglesia cristiana desde los primeros años celebraba semanalmente la Cena del Señor, en el día del Señor. La Dídaque, (documento apostólico escrito a finales y principio del primer y seg
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