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El salmón
lo está pasando mal con la globalización. Corre peligro de
perder sus orígenes de agua dulce. Cada vez retorna menos a los
pozos del Eo. Las ruidosas y cristalinas aguas a las que se
retiraba para nacer, son un sueño acosado por pesadillas de
sobrepesca marítima, la contaminación y los ensayos transgénicos
que engordarán las barrigas de sus peores enemigos: los
hombres.
Cuando al salmón salvaje se le retrata como
un mito (los que filmó Gutiérrez Aragón en Lugo parecían
ballenas de cebadero y no tuvieron éxito), se le quiere dedicar
homenajes y museos (como el previsto en A Pontenova, el antiguo
paraíso) o se le rodea de alta tecnología (aparatos de
infrarrojos para contar los que vienen y van por las escalas,
aparte de costosos procesos para reproducirlos en cautividad y
repoblar los cauces), es que su mundo va mal y está seriamente
amenazado. Quienes luchan por él afirman que está en peligro
de extinción.
Cierto es que el salmón siempre fue un
trofeo para el sistema, una especie de maquis acuático en mitad
del terror del sistema. Y no lo decimos sólo por Franco, a
quien se los acorralaban en Pé de Viña para su deleite,
creyendo el dictador que los pescaba porque los engañaba con
sus señuelos
Galicia era en los años 20 y 30 del siglo
pasado la principal región salmonera de la península, con unas
12.000 capturas anuales (este año se pescaron 164 en total) y sólo
el Eo rendía en 1975 más de seiscientos salmones a los
pescadores deportivos (en esta temporada fueron 126 pero hubo años
catastróficos como 1998, con 12). Pero antes de la llegada de
la democracia ya se había desencadenado la orgía de los
pantanos y los kilovatios, una época negra entre los años 50 y
setenta, tan nefasta que muchos consideran que el daño del
desarrollismo hidroeléctrico es ya irrecuperable para el salmón.
Desastre ecológico
Se calcula que menos de un 30% del cauce
total de los ríos gallegos es accesible para él. Los
investigadores Francisco Hervella y Caballero estiman que sólo
en la cuenca del Miño se perdieron 3.000 kilómetros fluviales.
Un desastre ecológico de los gordos. Lo malo es que la libertad
política que por fin llegó, lejos de una mayor sensibilidad,
llevó a convertir a este pez en especie amenazada.
Se amurallaron sus cauces y se le expulsó de
donde fielmente su instinto lo traía año tras año a desovar,
desde lugares tan lejanos como Islandia o Terranova. Ahora de lo
que se trata es de recuperarlo.
En el Miño de poco le valía al salmón del
Atlántico su capacidad para saltar hasta 3,7 metros y remontar
contracorriente más de 6 kilómetros al día. Ante paredes como
la de Frieira no hay nada que hacer. Ahora, Medio Ambiente está
a punto de recibir la obra de un ascensor allí instalado.
Porque se necesita un auténtico ascensor para que cualquier
bicho con aletas pueda moverse de un lado a otro. Es un gesto
que no se sabe si aplaca o enciende más a los ecologistas,
financiado con fondos europeos.
El Miño viene dando 1 ó 2 salmones al año
a la caña. Por poner algo en las estadísticas. Pero aunque no
hubiera presas, el caldo que baja por su cauce también se lo
hubiera puesto difícil.
Tantos son los obstáculos, que los técnicos
de Medio Ambiente empeñados en recuperar la especie, como Suso
Latas, están preocupados por el bajo porcentaje de retorno en
los miles de ejemplares repoblados. Este año hay mucha cría en
los ríos. Al menos en el caudal del Eo.
Pero ¿cuántos volverán una vez sean
liberados? Muchos mueren sin poder llegar al mar y en la ría de
Ribadeo caen como moscas en las fauces de predadores de los
estuarios como los róbalos.
Javier Lombardero (lugo)
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