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Aquí puedes leer algunos de los discursos escritos y leídos por el poeta Tulio Mendoza Belio en diferentes actos culturales.
Imagen
DISCURSO DE AGRADECIMIENTO del poeta Tulio Mendoza Belio
con motivo de recibir la
Condecoración Medalla Santa Cruz de Triana
I. Municipalidad de Rancagua
[Rancagua, jueves 10 de noviembre de 2005]

Sr. Osvaldo Pontigo, Alcalde de Rancagua (s), Autoridades presentes, amigos poetas y escritores:

Sean estas palabras mías, un gesto de agradecimiento a la I. Municipalidad de Rancagua, en la persona del Sr. Alcalde, don Carlos Arellano Baeza y a todo el Honorable Concejo Municipal, integrado por son Edison Ortiz González, don Nicolás Díaz Sánchez, don Manuel Villagra Astorga, don Danilo Jorquera Vidal, don Arturo Jara Carrasco, don Eduardo Soto Romero, doña Pamela Medina Schultz y don Alexis Valenzuela Van Treek, quienes han tenido a bien otorgarme este reconocimiento tan querido y valorado por los hijos de esta tierra rancagüina, la Condecoración Medalla Santa Cruz de Triana, máxima distinción que el Municipio otorga a aquellos ciudadanos que, por su trayectoria y merecimientos y por representar, de un modo u otro, a esta histórica ciudad, se han hecho acreedores de tan prestigioso galardón.

Vaya también mi gratitud a la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), Filial Rancagua, en la persona de su presidenta, Sra. Ligia Uribe Casanueva, quien propuso mi nombre ante la instancia respectiva. Ligia Uribe, entusiasta y dinámica gestora cultural de la región, a la cual debemos tantos encuentros de escritores y actos relacionados con el libro y la literatura, siempre piensa, desinteresadamente, que es tiempo de valorar a sus pares. Agradezco, pues, su compromiso con la cultura.

Del mismo modo, mi reconocimiento al Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Sexta Región, en la persona de su Director, don Héctor Henríquez Tobar y quienes colaboran con él para hacer de la cultura un bien de primera necesidad: don Jaime Herrera, Ximena Burón, Paola Bórquez, Néstor Vargas y Mirta Moya.

Esta significativa medalla que hoy yo recibo con emoción y nostalgia, con humildad y alegría; casi con cierto temor y prudencia (como hay que recibir esta clase de honores en vida), porque hace mucho tiempo que comprendí con Jorge Luis Borges, el mágico y docto poeta ciego, que “la gloria es estrépito y ceniza” [1] y con Octavio Paz, el brillante poeta de “Piedra de sol”, que “la palabra éxito me produce bochorno; no pertenece al vocabulario de la literatura sino al de los negocios y el deporte.” [2] Y es verdad, uno hace lo que hace por una necesidad imperiosa, vital, esa que nos señaló Rilke [3], y no por el aplauso fácil ni por buscar la vitrina; el resto, cuando se merece, se da por añadidura.

Unir el reconocimiento y la memoria y celebrar la amistad, me parece un acto muy humano de justicia en medio del ajetreo de la competitividad y el oportunismo, de lo pragmático y lo mezquino de los tiempos que corren. Quiero reafirmar aquí, el profundo sentido que para mí tienen la amistad y el agradecimiento: “Afecto o cariño entre las personas”; “Afinidad, conexión”, nos señala el Diccionario. [4] Y si estamos aquí reunidos los que estamos y otros que nos acompañan a través del misterioso hilo que ata ausencia con presencia, es porque sentimos afecto y cariño entre nosotros, porque a pesar de las posibles diferencias, propias de todo diálogo inteligente y creativo, hay afinidades sutiles y conexiones invisibles que nos unen y alimentan y nos mantienen aún con fe en esta raza humana que el poeta Fernando González-Urízar resumiera magistralmente en dos rotundos e intensos sintagmas: “podredumbre feliz, belleza desdichada.” [5]

La Amistad lleva consigo, como en un río perdurable, otros bellos y significativos vocablos que dignifican a quien los ponga en práctica: lealtad, agradecimiento, nobleza, sinceridad, justicia, entrega, franqueza, tranquilidad. Recordar y celebrar, unen la nostalgia con la dicha y sostienen nuestra efímera condición de seres humanos. Esto es lo que estamos celebrando, pues: ustedes reconociéndome, es decir, sabiendo quién soy y honrándome por ello, y yo agradeciéndoles: dos bellas formas de entendimiento entre seres civilizados y en una comunidad culta que respeta y valora a tiempo a sus hijos más distinguidos para alejar cada vez más ese fantasma real llamado “el pago de Chile”: hay que ser profeta en su tierra, sólo así se puede hacer ciudad y país, construir ese tejido social pleno de significados en el que nadie sobra porque todos estamos llamados a cumplir con nuestras tareas particulares, con nuestra visión de mundo, con nuestro oficio, con nuestra vocación solidaria de entregarnos por completo a aquello en lo cual creemos, “no importando qué soles nos calcinen o qué tormentas intenten congelarnos”, como afirma mi amiga poeta Margarita Kurt. [6]

Como todo acto cultural, esta ceremonia constituye un gesto y como tal, irradia múltiples significados: es un estímulo para seguir creciendo, para continuar una trayectoria que hace 32 años iniciamos justamente aquí, en esta ciudad, la tierra que me vio nacer un 24 de agosto de 1957 y en la cual transcurrió ese plazo precioso que es la infancia para todo poeta y que uno no logra nunca abandonar: el poeta que deja de ser niño, deja de ser poeta. Aquí, donde hicieron su vida mis entrañables abuelas Raquel Baharlía Salario y Corina Araya Ramírez; aquí donde mis padres, Estela y Tulio, me dieron la posibilidad de ser (en su doble acepción: la de existir y la de formarme); aquí donde crecí junto a mi hermana Vivian; aquí donde realicé mis estudios básicos y medios: la entonces Escuela N°3 de la calle Estado, el Rancagua College y el querido Instituto O’Higgins de los Hermanos Maristas, donde viví ocho intensos años de religioso y severo asombro; aquí donde aprendí la magia del juego y los mundos inventados, pero tan reales de la niñez y de la adolescencia: la plazuela de los enamorados con su pileta, sus árboles llenos de pájaros y ese pino ya desaparecido que, a nuestra edad, nos parecía un verdadero gigante; aquí donde aprendí los primeros poemas a la luz de Oscar Castro Zúñiga, Gabriela Mistral y Pablo Neruda y los poetas españoles de la generación del 27 con García Lorca como una antorcha de verdad en la noche más oscura; aquí donde ensayé mis primeros pasos por el difícil arte de la poesía; aquí, donde don Héctor González Valenzuela, Director del Diario “El Rancagüino” [7], gentilmente recibía y publicaba mis primeros artículos de crítica literaria y comentario de libros; aquí donde comencé a aprender mi siempre amada lengua francesa con Simone Badouin y Fresia Vigueras; aquí donde aprendí a amar el cine, la ópera y el tango; aquí donde fui profesor a los 17, en el entonces Liceo Nocturno, y a los 18 en el entonces Liceo de Niñas y en el Instituto Chileno-Francés de Cultura que funcionaba donde ahora está la Casa de la Cultura; aquí donde una mañana negra, a los 16, se me descompuso el alma; aquí también donde intimé con la palabra amor o lo que yo creía que era el amor; aquí, en fin, donde uno vuelve casi siempre, ya sea física o mentalmente, porque como en el poema de Edmond Haraucourt, “partir es morir un poco”, porque uno deja algo de sí cada vez que parte, “en toda hora y en todo lugar” [8], y es necesario volver, entonces, a buscar los fragmentos y recomponer la historia, sobre todo si ella es agradable, dichosa y querida, aunque, al decir de Neruda, nosotros los de entonces ya no seamos los mismos [9], ni la ciudad, ni sus calles, ni sus rostros, pero ya me estoy poniendo nostálgico y parafraseando a Eugenio Montale y a mi Gonzalo Rojas, la nostalgia no es mi fuerte o no debería serlo. Por eso el poeta proyecta su historia vivida y padecida, la proyecta hacia el futuro, él mismo es ya tiempo venidero, esperanza y resurrección de la palabra, iconoclasta irreverente, “una flecha dirigida al corazón del cielo” [10], como canta Eduardo Peralta, porque goza y ha gozado el instante y ha consagrado su plenitud y quiere seguir siempre escribiendo, es decir, frecuentando la luz de la tormenta como el albatros de Baudelaire y la oscura intimidad de los que sueñan, para que este mundo, como dice Luis Antonio de Villena, que ni nos cumple ni nos sacia como verdaderamente quisiéramos, no nos resulte más extraño todavía. [11]

Cada ciudad tiene sus poetas, sus artistas, todas quieren o quisieran tenerlos, algunas los reclaman, otras los inventan. El inolvidable poeta Fernando González-Urízar, nació en Bulnes, en la VIII Región del Bío-Bío, en 1922, a los 7 años, lo llevaron a Chillán y en 1933, a los 11, se trasladó definitivamente a Santiago. ¿A la capital? A decir verdad, nuestro poeta nunca dejó su tierra natal y por esta razón, en 1995, a los 74 años, las ciudades de Bulnes y Chillán lo declararon Hijo Ilustre, sólo entonces volvió físicamente a sentir esa “lluvia que aún estila de las tejas de Bulnes” [12]: yo estuve ese día con él y llovía copiosamente. Y qué decir de Gabriela Mistral o Pablo Neruda, de Claudio Arrau o Roberto Matta, de Claudio Bravo o Alejandro Jorodowsky: chilenos, sí, pero del mundo.

En Concepción me dicen, “poeta penquista nacido en Rancagua” y aquí, “poeta rancagüino avecindado en Concepción”; tendría que agregar, además, las ciudades de Viña del Mar y Valparaíso, del mismo modo tan queridas para mí. ¿Y el mundo? Anduvimos por París, Venecia, Río, Madrid, Bruselas, Londres. ¿Pero dónde está la verdadera patria del poeta, sino en su lengua materna? Nótese que decimos materna, no paterna. Somos palabra hecha carne, como un cuerpo que nace y en palabra nos convertiremos. Por eso, reitero, entonces, desde y con esta magnífica lengua española o castellana que “se me dio por el simple hecho de nacer en su seno” [13], mis agradecimientos a las autoridades de esta Ilustre Municipalidad de Rancagua, presidida por mi ex-compañero de curso, Carlos Arellano Baeza, al Honorable Concejo Municipal, a la ciudad toda, por este significativo galardón que recibo en diálogo con mi obra, conmigo mismo y con mis amigos poetas y que ahora comparto, plural y feliz, con todos ustedes. Muchísimas gracias.

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NOTAS:

[1] Jorge Luis Borges. Poema “El Gaucho” (sexta estrofa).
[2] Paz, Octavio. CORRIENTE ALTERNA, Siglo XXI, México, 1981, p.42.
[3] Rilke, Rainer Maria. CARTAS A UN JOVEN POETA. Colofón, S.A., México, 1996, p. 14.
[4] Diccionario Manual Ilustrado Larousse, Larousse, S.A., México, 1995, p.41.
[5] González-Urízar, Fernando. DOMINGO DE PÁJAROS, Editorial Pedro de Valdivia, Santiago de Chile, 1977. Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Santiago, 1978. Poema “¡Qué somos, Dios, qué somos? p.137.
[6] Kurt, Margarita. SERÁ LLAMADA VARONA. Ediciones Etcétera, Concepción, Chile, 1990, p.7.
[7] “El Rancagüino”, El Diario de la Sexta Región. Fundado el 15 de agosto de 1915 por don Miguel González Navarro.
[8] Haraucourt, Edmond. Poema “Rondel de l’adieu”: “On laisse un peu de soi-même/ en toute heure et dans tout lieu.” (fragmento).
[9] Neruda, Pablo. Poema 20: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.”
[10] Peralta, Eduardo. Canción “El hombre es una flecha”.
[11] de Villena, Luis Antonio. COMO A LUGAR EXTRAÑO. Visor de Poesía N°260, Madrid, España, 1990, p.7.
[12] González-Urízar, Fernando. QUIÉN ES QUIÉN EN LAS LETRAS CHILENAS, Agrupación Amigos del Libro, Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1977.
[13] González-Urízar, Fernando. “El mundo poético de Javier Vergara Huneeus”, Discurso de Incorporación de Fernando González-Urízar a la Academia Chilena de la Lengua, el 25 de septiembre de 1978. Instituto de Chile, Academia Chilena de la Lengua, Editorial Universitaria, 1981. p.6.


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