Una de las pocas cosas que los mexicanos recuerdan de la guerra de 1847 -aparte, por supuesto de los "niños héroes"-, lo es sin duda la heroica conducta de los soldados del batallón de San Patricio. Sin embargo, a pesar de que forman parte ya del imaginario popular, enaltecidos hasta la altura de los próceres que conforman nuestro panteón cívico, casi nada en realidad es lo que se conoce de esos hombres fuera de que eran de origen irlandés, de que desertaron del ejército norteamericano invasor y pelearon a favor de México, de que fueron capturados en la batalla de Churubusco y que al final, al perderse la guerra, ellos perdieron la vida, ejecutados por los invasores, muriendo por una causa por la que sintieron simpatía debido a sus convicciones religiosas, pues tan católicos eran ellos como los mexicanos a los que quisieron defender.
Los irlandeses y sus compañeros fueron asignados al ejército al mando del general Taylor, a quien se confió las primeras operaciones militares en contra de México, invadiendo la franja fronteriza en Tejas. Situado el ejército invasor frente a Matamoros, en Tamaulipas, a principios del año de 1846, comenzó la deserción de los irlandeses. Poco a poco fueron escapando de las filas estadounidenses y se presentaban ante los oficiales mexicanos, que gustosamente los recibían en nuestro ejército. La pregunta obligada es porqué desertaron y porqué se unieron a México, a luchar por una causa que desde un principio se veía perdida dada la enorme diferencia entre la tecnología militar de una nación y otra.
Una de las respuestas es la siguiente: los generales mexicanos al mando de las tropas que guarnecían la frontera, se percataron de la enorme cantidad de irlandeses y europeos católicos que nutrían al ejército de los Estados Unidos, e iniciaron una campaña de publicidad para informar a esos soldados primero de la afinidad religiosa que los mexicanos teníamos con ellos; segundo, les hicieron saber que en México encontrarían también posibilidades de asentarse definitivamente y obtendrían por ello buena paga y tierras al final de la contienda; y tercero, apelaron a su sentido patriótico, demostrando que México, al igual que Irlanda, sufría por el acoso y la hostilidad de una nación protestante, los Estados Unidos, así como su isla natal padecía también la animadversión y la brutalidad conquistadora de Inglaterra, la madre patria de los estadounidenses. El amor propio de los irlandeses, que recordaban las persecuciones sufridas por parte de los ingleses, despertó para apoyar lo que ellos consideraron como una causa justa: la causa de México, la defensa de una nación católica invadida injusta y arteramente por su poderoso vecino, guiado por su afán expansionista. Un puñado de irlandeses y de otros inmigrantes europeos, que llegaron a ser casi cuatrocientos a lo largo de toda la contienda, decidieron pasarse al lado mexicano y combatir por esa nación católica, aún a sabiendas de que la deserción, como en todos los países sucedía, está castigada con penas severísimas, incluso con la muerte.
Su historia comenzó menos de dos años antes, en abril de 1846. En esa época- poco antes de que Estados Unidos invadiera a México- un irlandés de nombre John Riley había organizado a un grupo de 48 irlandeses en Matamoros, la mayoría desertores como él del Ejército norteamericano, para formar parte de la Legión de Extranjeros en el Ejército Mexicano. Exhortando a sus connacionales que reconcieran las similitudes entre el pueblo mexicano y el irlandés, así como la existencia del enemigo común que tenían en los opresores anglo-protestantes (ya sea en Gran Bretaña o en Estados Unidos). Riley logró que dentro de cuatro meses la "Legión de Extranjeros" se convertiera en un batallón con más de 200 miembros, formando dos compañías de artillería; y entonces el Capitán Riley cambió el nombre de la Legión al de "Batallón de San Patricio". La mayoría eran irlandeses y católicos, aunque también formaban parte de los San Patricios algunos ciudadanos mexicanos y varios europeos no-irlandeses. Riley también mandó a hacer una bandera para el Batallón: de seda verde, tenía de un lado la imágen de San Patricio y por el otro un harpa y un trébol, así como las palabras Erin go bragh - Irlanda para siempre.
Debe tomarse en cuenta que ésta fue la época de la migración masiva de irlandeses a los Estados Unidos, gracias a la Gran Hambruna provocada por las políticas de Inglaterra con la isla verde. Esos años vieron la muerte de un millón de irlandeses por hambre y el éxodo de otros dos millones a Estados Unidos, muchos de los cuales, sufriendo discriminación y maltrato tanto por su religión católica como por su nacionalidad, entraron al Ejército como fuente de trabajo. Así que cuando los Estados Unidos -país protestante, racista y anglo-sajón, como Inglaterra - decidió evocar su "destino manifiesto" para intentar apoderarse de tierras mexicanas, una buena parte de la tropa norteamericana consistía ya de inmigrantes irlandeses; y muchos de éstos no se sentían cómodos con las justificaciones de la invasión ("es que son católicos" decía la prensa gringa, mientras en el Congreso decían "es que el destino de la raza anglo-sajona es apoderarse de todo el continente"). Entonces, cuando Riley comenzó a escribir volantes de propaganda para los soldados irlandeses norteamericanos, pidiéndoles que cambiaran de lado por razones de raza, religión o simplemente por la justicia, muchos acudieron a la llamada, aún cuando sabían que a lo mejor México iba a perder la guerra.
El Batallón de San Patricio no solamente vió combate en todas las batallas importantes de la guerra hasta agosto de 1847, sino también contaba con el equipo de artillería máss experto en cualquier de los dos ejércitos, y sus soldados estaban determinados a pelear hasta la muerte. La última batalla de los San Patricios ocurrió el d'a 20 de agosto de 1847, en el convento de Churubusco bajo el comando de los Generales Manuel Rincón y Pedro Anaya. Fue la batalla más ensangrentada de toda la guerra. Como es sabido por la historia, los yanquis eventualmente lograron la victoria, pero fue por nada más que una simple cuestión de superioridad numérica: pues aunque llegaron con tres veces más soldados que los defensores, sufrieron cuatro veces más bajas, y muchas de éstas fueron gracias a los tiros de los San Patricios.
El historiador Michael Hogan cuenta que cuando se les acabaron las municiones, uno de los defensores del convento alzó una bandera blanca. Pronto fue arrebatado por el Capitán Patrick Dalton, de la compañía de irlandeses cuando el General Anaya ordenó que siguiera la batalla. En el transcurso de la tarde, mientras los defensores del convento peleaban con nada más que las manos y sus bayonetas, apareció dos veces más la bandera blanca; y dos veces más un San Patricio la arrancó de la asta. Fue finalmente un capitán del ejército norteamericano quien decretó el cese de fuego, cuando se dio cuenta que los defensores no tenían con que disparar, y no obstante parecían dispuestos a pelear mano a mano, hasta el último hombre. Los San Patricios perdieron dos tenientes, cuatro sargentos, seis cabos, y 23 soldados en esa su última y más valiente batalla. Más de 80 lograron escapar, y muchos de éstos lograron reincorporarse al ejército mexicano después de la guerra. De los 85 que cayeron presos, 72 habían desertado de las filas norteamericanas, y fueron puestos ante un tribunal de guerra para ser juzgados por traición y deserción en tiempos de guerra. Los que habían desertado antes del comienzo de la guerra - como su fundador, John Riley -no podían, según los reglamentos de guerra, ser ejecutados; así que fueron condenados a ser torturados y humillados públicamente, y posteriormente encarcelados. Cuarenta y seis otros fueron ahorcados, todos por haber decidido abandonar las filas de la injusticia y pelear en su contra.
Este Día de San Patricio - reconocido en la conciencia popular simplemente como día del santo irlandés, del color verde, de los tréboles y de la cerveza Guinness - debemos recordar a esos honorables irlandeses, quienes hace 152 años se negaron a pelear por un ejército invasor, y siendo todo menos cobardes, entregaron la vida por la causa de México; y así demostraron lo que es el verdadero espíritu irlandes
ESTO ES ALGO QUE ESTADOS UNIDOS QUIERE OLVIDAR Y MEXICO JAMAS DEBE DE OLVIDAR