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OPINIÓN
Los políticos independientes

Desde hace unos meses viene hablándose en la Prensa de una idea o propósito que consistiría en dar entrada en el juego político -parlamentario y gubernamental- a personas independientes, es decir no ligadas a formaciones políticas ni sometidas a disciplina alguna de partido.

El diario «ABC», en un editorial publicado a finales de febrero, se expresaba a este respecto en los siguientes términos: «Los independientes pueden constituir un contrapunto crítico que contrapese el abstencionismo y la inhibición. Pueden articular una fórmula flexible más próxima al liberalismo que al colectivismo, capaz quizás de movilizar algunos millones de votos». Los independientes podrían contar -añade el periódico- con el apoyo de «asociaciones familiares, sindicatos profesionales, funcionarios públicos, concejales y empresarios» para intentar «sacar a la democracia española de la difícil situación presente».



Sin embargo la cosa no es tan simple como esto que acabamos de decir. Por encima de todo propósito subterráneo la incorporación a la política de hombres sin partido podría ser efectivamente útil en este momento, contribuyendo a moderar los enfrentamientos entre los partidos y a mejorar, desde un punto de vista técnico, la acción política propiamente dicha.

Los especialistas de la «Sociología de los partidos» mantienen una neta diferenciación entre las actuales «democracias de partidos» y los «regímenes liberales» de otros tiempos. La diferencia principal entre estos dos modelos consistiría precisamente en la estructura de los partidos políticos y en el papel que se les pueda atribuir en uno y otro caso a los políticos independientes.

La monarquía actual se halla constituída como una democracia de partidos. La monarquía alfonsina fue, en cambio, un régimen liberal. En la política de la Restauración había sin duda partidos políticos; pero éstos eran muy distintos que los actuales: se hallaban mucho menos institucionalizados que éstos y ejercían sobre el conjunto de la sociedad una presión mucho menor que la que los partidos ejercen ahora. Con raras y conocidas excepciones los partidos de la época alfonsina no eran otra cosa que uniones circunstanciales entre prohombres políticos, los cuales se rodeaban a su vez de amigos y protegidos, estructura patriarcal que, evidentemente, nada tiene que ver con los actuales partidos de masa.

La intervención de personas sin partido en el quehacer político podría producir ahora una especie de liberación de la democracia, perfectamente compatible con la plena autenticidad de ésta. Este modo de proceder vendría justificado por las dificultades de los partidos para encontrar hombres de Gobierno y por la necesidad que los mismos experimentan de arropar su acción sobre una base social más extensa que la que le proporcionan sus propios militantes.


¿Liberalizar la democracia? Por muchas que sean las dificultades y problemas que un proyecto de este género presente parece que la participación de los independientes en la política podría aportar en la coyuntura actual una bocanada de aire fresco a la máquina política, un tanto resecada.

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