LA ESFINGE

Francis Bacon.

 Cuenta la leyenda que la Esfinge era un monstruo con rostro y 
 voz de virgen, alas de pájaro y garras de grifo. Moraba en la
 cresta de una montaña próxima a Tebas y descendía a los caminos
 para tender emboscadas a los viajeros. Les atacaba de
 improviso, se apoderaba de ellos y, una vez subyugados, les
 planteaba oscuros y complejos enigmas cuyo conocimiento, según
 se decía, había adquirido de las Musas. Si los desdichados
 cautivos no podían resolverlos de inmediato, la cruel Esfinge
 los despedazaba sin misericordia mientras permanecían sumidos
 en la confusión y la duda. Como quiera que no se veía fin a
 esta terrible desgracia, los tebanos ofrecieron la soberanía de
 su ciudad al hombre que lograra descifrar los enigmas de la
 Esfinge, único medio de conseguir su destrucción definitiva. 

 La magnitud de la recompensa impulsó a Edipo a aceptar el reto.
 Hombre de gran sabiduría y capacidad de discernimiento, aunque
 cojo debido a graves heridas sufridas en sus pies, Edipo
 presentóse ante la Esfinge lleno de aplomo y presencia de
 ánimo. Al preguntarle ésta qué animal nacía con cuatro patas,
 pasaba luego a tener dos y más tarde tres, para, por fin
 terminar de nuevo con cuatro, respondió sin dilación que se
 trataba del hombre. En efecto, al nacer y durante su primera
 infancia, el hombre se apoya sobre sus cuatro extremidades, con
 las que, tras esforzados intentos, logra andar a gatas, más
 adelante, camina sobre los pies, en la vejez se apoya en un
 bastón, que viene a ser como una tercera pierna, y, finalmente,
 en los últimos momentos de su vida, acosado por la decrepitud y
 sin fuerza en las articulaciones, se convierte de nuevo en un
 cuadrúpedo obligado a permanecer en el lecho. Al descifrar el
 enigma, Edipo pudo dar muerte a la Esfinge, cuyo cuerpo cargado
 sobre el lomo de un asno, recorrió las calles de Tebas entre
 los vítores y la alegría del pueblo que aclamaba al héroe como
 su nuevo rey. 

 Esta bella y juiciosa fábula fue concebida, al parecer, como
 alusión a la ciencia y, en particular, a su aplicación en la
 vida práctica. Dado que la ciencia provoca la más profunda
 perplejidad en las gentes ignorantes y sin formación, bien
 puede comparársela con un monstruo. Haciendo referencia a la
 enorme variedad de cuestiones de las que se ocupa, se
 representa con figura y aspecto multiformes. Se dice que tiene
 el rostro y la voz de una mujer, por su belleza y su facilidad
 de palabra. Se le añaden alas porque la ciencia y sus
 descubrimientos se difunden al instante por todo el mundo,
 siendo la comunicación de los conocimientos similar en su
 inmediatez a la transmisión del fuego entre una vela encendida
 y otra apagada. En una imagen de gran elegancia, se la presenta
 también con garras curvas y afiladas porque los axiomas y
 argumentos de la ciencia penetran con tal poder subyugador en
 la mente humana que no hay posibilidad alguna de huida o
 escapatoria. Ya lo dijo el sagrado filósofo: “Las palabras de
 los sabios son como garras y aguijones que se clavan
 profundamente”. 
 
 También podemos imaginar que el saber habita en las cumbres de
 las montañas, porque se considera, con todo fundamento, que es
 una cosa sublime y grandiosa que contempla a la ignorancia
 desde las alturas y goza de una espaciosa perspectiva como la
 que se disfruta de la cima de una colina. Al igual que la 
 Esfinge, asalta a los hombre en los caminos, pues en cada recodo
 que describe el discurrir de la vida humana salen al encuentro
 el motivo y la ocasión para el estudio. La Esfinge propone
 también al hombre una multiplicidad de difíciles enigmas cuyo
 conocimiento le ha sido otorgado por las Musas. Mientras tales
 enigmas no abandonan el dominio de las Musas es improbable que
 encierren crueldad alguna, ya que, en tanto que el objeto de la
 meditación y la búsqueda intelectual no es otro que el
 conocimiento, el entendimiento no se siente forzado ni oprimido
 por su consecución, sino que puede vagar con libertad y
 expansionarse, encontrando incluso cierto placer en la misma
 inseguridad de la conclusión y en la diversidad de opciones a
 su alcance. Pero cuando los enigmas se trasladan del dominio de
 las Musas al de la Esfinge, es decir, cuando abandonan el campo
 de la contemplación para entrar en el de la realidad práctica,
 donde acucian las necesidades de acción, elección y decisión,
 aquellos oscuros secretos se transforman en algo cruel ypenoso
 y, a menos que se encuentre su respuesta y se dominen, no dejan
 de atormentar y obsesionar la mente, arrastrándola ora en esta
 direcciòn, ora en aquélla, hasta provocar su fatiga y
 desfallecimiento. 
 
 Por lo demás, los enigmas de la Esfinge comportan siempre una
 doble posibilidad: el aturdimiento y laceración del
 entendimiento si no se logra su resolución o, por el contrario,
 la generosa recompensa de un reino si el éxito acompaña a quien
 a ellos se enfrenta. Y es que aquel que comprende los problemas
 que aborda e investiga es dueño de su esclarecimiento, de la
 misma forma que el que trabaja reina sobre sus obras. 
 
 Los enigmas de la Esfinge son de dos clases: los relativos a la
 naturaleza de las cosas y los que se refieren a la naturaleza
 del hombre. También a dos tipos distintos pertenecen los reinos
 que se ofrecen como recompensa por su resolución: en un caso se
 reina sobre la naturaleza y en el otro sobre el hombre. El
 dominio de la primera –de los cuerpos, de las sustancias
 curativas, de las fuerzas mecánicas y de una infinidad de otras
 cosas, factores y fenómenos de similar esencia- es el objetivo
 propio y último de la verdadera filosofía natural, por mucho
 que la filosofía escolástica, satisfecha con sus hallazgos y
 henchida de retórica, pueda desdeñar e incluso rechazar la
 investigación de la realidad y sus causas. Sin embargo, el
 enigma que se le planteó a Edipo y cuya solución le convirtió
 en rey de Tebas se refería a la naturaleza del hombre, y es que
 quienquiera que goce de un profundo conocimiento de la
 naturaleza humana puede moldear su destino casi a su entera
 voluntad, tal hombre habrá nacido para el poder y la gloria. Ya
 se decía en relación con los atributos del mundo romano: 

 Sea tuyo el arte, 
 oh Roma, con gobierno para dominar a las naciones, 
 y para saber a quien perdonar y a quien condenar, 
 y establecer la condición del mundo. 

(be thine the art , O Rome, with government to rule the nations,
 and to know whom to spare and whom to abate, and settle the    
 condition of the world.) 

 Y fue un acontecimiento fliz que, por voluntad o por mero azar,
 César Augusto hiciera grabar un Esfinge en su sello. Y, en
 verdad, nadie aventajó sus excelencias en el arte de la
 política, en el curso de su existencia logró descifrar, con
 prodigioso acierto, infinidad de enigmas tocantes a la
 naturaleza humana, y, ciertamente, de no haber hallado la
 respuesta con gran destreza y no menor prontitud, más de una
 vez se habría enfrentado a un inminente peligro de destrucción.
 Con gracia y hondo sentido de la oportunidad, añade la fábula
 que, cuando la Esfinge cayó abatida, su cuerpo fue depositado
 en el lomo de un asno. Tal parece, en efecto, que no hay nada
 tan sutil y enmarañado que, una vez esclarecido y divulgado, no
 pueda ser comprendido por la más obtusa de las inteligencias.
 Hay por último, otro punto que no puede pasarse por alto, yes
 que fue un hombre cojo, un lisiado, quien logró vencer a la
 Esfinge, ya que, en general, los hombres abordan con excesiva
 precipitación y apresuramiento los enigmas de la Esfinge, por
 lo que ésta les vence y, en vez de alcanzar la soberanía a
 través de las causas y sus efectos, no hacen más que ocupar y
 distraer sus mentes en vanas disputas.