Masaje sensual
(para despertar a Karina)
Aquella tarde, ella me pidió algo "simple":
que la despertara como mujer Desnuda, Karina se estremecía y gemía con una
excitación desconocida para ella. Y allí estaba yo, aún semivestido, tendido
sobre su pecho, abrazado por sus piernas y deliciosamente atrapado por la
turgencia de sus senos, el calor hirviente de su vulva me quemaba el estómago,
y aunque no me lo puedan creer... ¡yo no sabía qué hacer!…
Pero mejor… les cuento desde el principio:
Aquella tarde de primavera nos había encontrado, capuccino de por medio, en
un encantador café de Buenos Aires, no lejos de su casa. Karina me había
llamado la tarde anterior, preguntándome si podíamos charlar un rato.
Eramos amigos de muchos años. No precisamente "amigotes", de
vernos a cada rato, sino esa serena y clara amistad en la que uno sabe que el
otro es su compinche y está siempre allí, aunque no nos veamos muy seguido.
Cada vez que nos reencontrábamos sentíamos que podíamos continuar una
conversación, aunque hubieran pasado meses. Esa sensación de quienes se saben
amigos siempre, sin necesitar de gestos para demostrarlo.
Yo conocía tanto de su vida como ella de la mía. Teníamos una libertad
total para hablar de cualquier tema, en largas tardes de charla, y siempre me
decía cuánto apreciaba conversar conmigo. Aunque soy algo mayor que ella, ya
nos habíamos divertido aclarando que no me veía como una figura paternal (¡ni
yo iba a permitir que me pusiera en ese lugar!).
Eso era todo: grandes amigos, mucho cariño y admiración mutuas, pero nada más.
El aroma del capuccino se sumaba a los agradables perfumes de la primavera de
Buenos Aires. Mientras sorbía mi café, me detuve a observarla unos instantes.
Karina es joven, dulce, cabello rubio-castaño, con esa belleza ingenua e
intrigante que saben portar esas mujeres que no parecen darse cuenta de cuántas
emociones pueden generar a su alrededor. Se viste de forma moderna, aunque no
precisamente provocativa. Tampoco lo necesita, porque su encanto natural de
mujer —del que creo que no es plenamente consciente— le da ese aire de
misterio y atracción a la vez, que tanto seduce.
Después de ponernos al día en cuanto a nuestras vidas, Karina fue
directamente al grano. Se sentía realmente mal. Acababa de terminar un noviazgo
que valoraba mucho, y como otras veces, volvía a sentir que era ella la
principal responsable del fracaso. Que su poco conocimiento, su dificultad para
sentir, su incapacidad de soltarse, en fin, lo que llamaba "mi pobre
respuesta sexual" habían tenido mucho que ver con la ruptura.
— Mmm… veamos, Kari… ¿las dificultades son con tu deseo, tu excitación,
tus orgasmos…? —ensayé un comienzo—.
—Todo eso, Norman… todo tiene que ver…
—A ver, muchacha —dije descorazonado—… pero ¿qué te pasa, qué sientes
cuando haces el amor?...
—Siento cosas, sí, pero no sé… Siempre creo que podría ser de otra
manera… que tendría que aprender cosas, que hay algo que no me resulta tan fácil
como a otras chicas…
—Es cierto, para la mujer el orgasmo siempre tiene matices que...
—Norman… ¿me creerías si te digo que ni siquiera estoy segura de saber lo
que es un orgasmo?...
— Claro que te creo, Karina, pero por lo que te conozco, nunca te ha faltado
suerte a la hora de encontrar pareja…
—Es cierto, pero cada vez que inicio una nueva relación, a la hora de hacer
el amor me encuentro atrapada en la necesidad de que todo salga bien, de
mostrarme con esa imagen espléndida que nos venden los medios, como mujer
segura, sensual, fatal, que disfruta y hace disfrutar a su pareja. Y no puedo
soltarme, no me animo a pedirle que me enseñe... no puedo ser yo…
—Entiendo, lo que te pasa es como que... algo así como… —me enredé
mientras sorbía el café—…
—... lo que me pasa —me interrumpió—, es que ya me cansé de fingir. Ya
no puedo soportarlo, Norman, por eso te llamé...
Mi orgullo de macho se sintió acariciado. ¡Karina confiaba en mi
experiencia para que le aconsejara qué hacer!, me apresuré a pensar. Pero
confieso que no estaba preparado para oír lo que dijo enseguida, mirándome
audaz a los ojos:
—Te he elegido para que me enseñes a sentir, Norman.
Casi me atraganto con el café, dudando de haber entendido bien lo que me
quería decir. Karina continuó, totalmente ajena a mi estupor:
—Sé que podrás entenderme, y creo que no lo tomarás a mal. Sabes que con
lo que aprecio tu amistad, no intentaría usarte. Pero eres la única persona a
quien puedo confiarle esto, porque no sólo sé que me podrás entender, sino
que creo que me podrías ayudar.
—Pero... soy sólo tu amigo… ¿por qué yo?…
—Por varias razones: porque valoro tu comprensión, tu calidez y... ¿la
verdad?… hay algo más —agregó con mirada pícara—… me tiene muy
intrigada ese masaje muy suave que sabes hacer y del que tanto me has hablado
(… y que nunca me animé a pedirte). Bueno, ahora tengo mucha curiosidad por
conocerlo.
—Eeee... bueno, está bien —balbuceé, pero ella no me dejó seguir—:
—Ante todo, y por lo mucho que aprecio nuestra amistad, quiero ser muy clara:
no te ilusiones, no te estoy pidiendo que me hagas el amor —hizo una pausa,
como para que la idea me llegara totalmente—. Aunque nos valoramos, nos
queremos y hasta podríamos desearlo, no serviría de nada. Me sentiría otra
vez en la misma situación: inquieta, presionada, como quien da un examen.
—Comprendo…
—¿Te parece que probar con algo así, un masaje suave, me permitiría
soltarme, podría ayudarme en algo? —preguntó, con aire ingenuo—.
—Seguramente que sí, aunque… —pero otra vez no me dejó terminar—:
—Bueno, eso es lo que quiero. Quiero confiarme a tus manos para recibir de un
hombre un contacto sensible pero sin presiones, y ver si me ayuda a sentir y
despertarme como mujer. Quiero descubrirme, conocer mi cuerpo, mis deseos y mis
reacciones, pero necesito que sea de manera no comprometida, sin temor, con
alguien en quien confío pero ante quien no tengo nada que demostrar, y menos aún,
fingir.
Estaba todo dicho. Mientras redondeaba la idea, creí percibir un destello
especial en su mirada. Y como para que no me quedaran dudas, bajo su camisa
blanca sus pezones parecieron hacerse presentes con una incipiente turgencia.
Karina la tenía muy clara, y estaba decidida a todo. Entendí por qué, al
llamarme por teléfono, había chequeado cuidadosamente cómo estaría mi agenda
para el día cuando pudiéramos encontrarnos: quería hacerlo esa misma tarde.
Una vez que estuvimos de acuerdo, pagué el café y me pidió que la pasara a
buscar en media hora. Como no queríamos comprometer nuestras vidas privadas,
cualquiera de nuestros respectivos domicilios quedaba descartado. Un hotel
agradable y discreto resultó el lugar elegido.
El atardecer sonreía cuando llegamos al lugar. Apenas entramos, pareció
darse cuenta de que hasta ese momento ella prácticamente había dirigido toda
la situación. En un sensible gesto (que valoré mucho) pareció adoptar
entonces una actitud entre mohína y temerosa, que me cedió la iniciativa.
Pedimos algo para tomar y, sin apuro, nos sentamos un rato a charlar.
—Bueno, Kari… contame cómo te estás sintiendo.
—Estaba algo nerviosa, pero ya me estoy sintiendo mejor. Es importante para mí
saberte incondicional —agregó, palméandome la mano con cariño—.
—¿Qué te parece si no buscamos nada específico, sino pasar un momento
agradable?…
—Bueno...
—... algo que, pase lo que pase, nos permita sentirnos cómodos, sin
presiones, sin juicios, sin expectativas... —propuse—.
—Buena idea...
—Pero quisiera pedirte que me releves de esa supuesta condición de
"maestro". No me considero maestro de nada, ni tampoco creo que
necesites que te "enseñe". En todo caso, si la situación se da, me
gustaría ayudarte a que te sueltes, a que te descubras. Conozcamos a esa otra
Karina que seguramente hay en tu interior.
—De acuerdo —sonrió—, creo que será lo mejor...
—No sé lo que te pasa, ni tampoco me pondré a opinar sobre un tema que no
domino… y quizá tampoco sea tan importante hacerlo. En cambio, simplemente me
gustaría tratarte como se trata a una mujer.
—Sí, me entusiasma…
—Bueno, entonces te propongo que comencemos con una ducha tibia para
distendernos, pero —aclaré riéndome, mientras me interrogaba con la
mirada—... no te hagas ilusiones: respetando nuestro acuerdo, te bañas sola y
luego me esperas en la cama mientras me baño.
Me sonrió, cómplice, y se metió a la ducha. El hielo estaba roto. Nos
cruzamos unos momentos después, cuando yo entraba y ella salía, relajada y
traviesa, enfundada en su toalla, pidiéndome que me duchara rápido. Cuando salí
del baño, la escena me enterneció: había bajado las luces y elegido una música
suave. Me llegaba su perfume, sensual aunque discreto, y me esperaba tendida
boca abajo sobre las sábanas, apenas en su delicada ropa interior rosada, que
había escogido breve y femenina, antes que sexy. Decidí que debía serenarme,
enfriar mi ánimo y concentrarme en hacerle pasar un buen momento.
Me acerqué sigilosamente a la cama, procurando que no me sintiera. Mis
manos, cálidas por el agua caliente, comenzaron un recorrido deslizante desde
sus pies hacia su cabeza, moviéndose apenas a un centímetro de su cuerpo,
recorriendo cada curva, pero sin tocarla. Ella percibió su calor, y sonrió
complacida.
Luego apoyé mis manos, sin moverlas, en varios lugares de su cuerpo,
procurando darle confianza. En cada punto que tocaba podía percibir un leve
estremecimiento. Sin decir palabra, desprendí su soutien para tener amplio
acceso a sus hombros, espalda y cuello. Su silencio me dio el permiso que
necesitaba, y en un gesto suave pero decidido terminé de sacárselo.
Vertí en mis manos el aceite perfumado que había llevado, y lo calenté
entre mis dedos. Comencé a esparcirlo suavemente por sus pies, sus piernas,
subiendo por sus glúteos, su espalda, sus hombros, sus brazos, sus manos. Noté
que la tensión se iba aflojando mientras insistía con mi suave caricia, que
por el momento sólo intentaba esparcir el aceite.
Me concentré entonces en amasar y trabajar los músculos que notaba tensos y
contracturados. Recordaba haber leído en Internet que la mayoría de las
dificultades sexuales —tanto de hombres como de mujeres— tienen que ver
fundamentalmente con el estrés, por lo que un masaje relajante —antes que erótico—
iba a ser mi primera apuesta.
Me tomé mi tiempo. Acariciaba, hacía giros y amasaba. En un momento hasta me
monté sobre sus muslos, aunque sin sentarme demasiado, y desde allí continué
amasando suavemente sus músculos tensos. Una vez que noté cómo toda su
espalda se aflojaba, cambié mi movimiento y lo transformé en caricia. Recorrí
lentamente cada centímetro cuadrado de su piel, rozando apenas, desde los dedos
de sus pies, sus piernas, cadera, espalda, hasta su cabeza, brazos, manos y
dedos, probando cuidadosamente la respuesta.
Sin usar palabras, sólo con mi contacto, empecé a dirigir su atención a la
sensibilidad y el placer que podían producir ciertas zonas poco conocidas, poco
tocadas, que habitualmente no solemos identificar como erógenas. Sentí que iba
por buen camino cuando la oí ronronear con deleite.
Después de un rato, con una maniobra muy sutil que había aprendido hacía
poco, suavemente la giré boca arriba. Sorprendida, llevó sus manos a sus
pechos intentando cubrirlos en pudoroso mohín, pero un momento después la vi
cerrar los ojos, confiada, y transformar el movimiento en una franca entrega:
sonriendo levemente, abrió sus brazos dejando expuesta la orgullosa desnudez de
sus jóvenes y dulces pechos, que yo contemplaba por primera vez.
Volví a sobrevolar su piel con el calor de mis manos, y después volví a
apoyarlas en lugares clave, para darle confianza. Mientras elongaba con suavidad
sus brazos y piernas y la acomodaba en la cama, mis manos tomaron decididamente
el borde de su tanguita y comencé a bajarla suavemente. Un suspiro me dio la
confirmación que necesitaba, y continué el movimiento hasta retirarla
totalmente. Otra vez, sus emociones la traicionaron por un instante, e intentó
un nuevo gesto de protección, tratando de cerrar sus piernas, hasta que de
nuevo pareció rendirse, y se distendió agradablemente.
Todo iba bien. Haciendo una pausa para poner más aceite en mis manos,
aproveché que mantenía sus ojos cerrados para contemplarla descaradamente.
Parecía frágil, delicadamente vulnerable, y sin embargo, extrañamente
confiada. Sus brazos abiertos invitaban, terminando en unas manos finas y
delicadas. Sus pechos medianos mostraban el encanto de sus aréolas rosadas,
coronadas por la firme turgencia de los altivos pezones. Sus bien formadas
piernas se mostraban delicadamente abiertas, y allí donde se unían, el
estremecedor encanto de su pubis. Apenas una leve matita de vello rubio cubría
su montecito, dejando a la vista sus depilados labios, rosados y definidos, que
ya comenzaban a entreabrirse, mostrando la humedad de su excitación.
Mientras respiraba hondo para aquietar mi espíritu, no pude evitar
preguntarme qué semejante torpe no podría despertar a una diosa como ella, que
a mis ojos parecía tan segura y sensual a la vez.
Colmadas de aceite perfumado, mis manos subieron otra vez, esparciendo el
aceite por sus piernas, cruzando levemente por sus ingles, delimitando su
cadera, siguiendo por su pancita, deteniéndose en su ombligo. Al llegar a sus
pechos, deliberadamente giré mis manos, rodeándolos y evitando tocarlos. Su
respiración comenzó a agitarse agradablemente. Era evidente que se sentía cómoda
entre mis manos.
Me dediqué a aflojar la tensión en sus hombros y el cuello, mientras ella
ronroneaba de alivio y placer. Volví a recorrer en una caricia continua todo su
cuerpo, pero ahora empecé a acortar distancia con las zonas más sensibles. En
cada pasada rozaba más de cerca sus pechos, sus caderas, el interior de sus
muslos. En la siguiente vez rocé claramente sus pezones. Ella dio un leve
respingo, pero mis manos ya se alejaban hacia abajo, cruzando por sus ingles y
pasando muy cerca de sus labios entreabiertos, en torturante crescendo.
Agregué más aceite para que el contacto fuera súper suave, subí por su
pancita y sin detenerme, ahora sí pasé francamente por sus pechos, que parecían
pequeños cuando los rodeaba con mis manos. Los apreté suavemente, los tomé
desde su base, giré mi mano en una caricia ascendente, hasta terminar coronando
sus pezones, soltándolos de golpe en un leve pellizco.
Su cuerpo empezaba a perder el control. Gemía y se movía sensualmente. En
ese momento me asaltó un pensamiento inquietante: había quedado en claro que
no haríamos el amor, pero… ¿hasta dónde llevaríamos la experiencia?
Comprendo que esto les puede sonar extraño, pero Karina mostraba ya una
excitación que sospecho nunca imaginó tener (y francamente, creo que yo
tampoco), y no quería hacer nada que pudiera herirla. Pensé preguntarle, pero
algo era evidente: a esa altura no parecían preocuparle esos pensamientos. Me
tranquilicé, pensando que ella me marcaría el camino.
Me detuve un instante y retiré mis manos de su cuerpo. Ella pareció
sorprenderse, pero no abrió sus ojos. Me coloqué entre sus piernas, soplé
levemente acercándome a su cuello, y le di un suave beso detrás de la oreja.
Le encantó. Seguí un rato con besos muy chiquitos, recorriendo todo su cuello,
el centro de su pecho, su pancita, volví rodeando el círculo de sus pechos, y
rocé apenas sus pezones con mis labios, aumentando su expectativa.
Ya su cuerpo se manejaba por sí mismo. Sus gemidos y movimientos eran
incontrolables, expresando un placer inmenso. Cuando volví a bajar con mis
pequeños besos por su ombligo, su cintura, su cadera, de pronto ella me abrazó
ardientemente, y las cosas se precipitaron. Allí fue cuando me encontré entre
sus piernas, tendido sobre ella y deliciosamente atrapado por la turgencia de
sus pechos, sintiéndola estremecerse en un paroxismo de placer, percibiendo el
calor hirviente de su vulva sobre mi estómago, y yo… ¡sin saber qué
hacer!…
Entonces ella hizo algo que me quitó todas las dudas: soltó mi toalla, que me
había dejado de la ducha, dejándome desnudo, me abrazó con increíble fuerza,
y me susurró entrecortadamente al oído:
—Ahora no me vas a poder dejar así, Norman... estoy sintiendo algo… muy
fuerte... Mmmhmmm... Necesito que sigas, Norman, mucho más… más… todo…
¡no te detengas, por favor!…
Fue suficiente. Recuperé la iniciativa que había suspendido por unos
momentos, y dejé que mi propia excitación se despertara con todas sus ganas. Y
sin embargo, no quise apresurarme todavía. Me prometí darle la mejor tarde de
su vida. Había tiempo.
Me incorporé un poco y seguí recorriendo su cuerpo con mis manos y mis besos, buscando excitarla aún más, si es que eso era posible. Pero Karina no podía contenerse.
Cuando besé francamente sus pezones, sus piernas se abrieron sensualmente,
como si tuvieran vida propia, ofreciéndome su excitado monte. Mejoré la posición
ubicando mis rodillas bajo sus muslos, abriéndola dulcemente, mientras exponía
con orgullo los pétalos de su depilada flor, que se abría poco a poco,
ofreciendo sus labios rosados, finos y húmedos.
Acerqué mis labios a su delicado montecito, rocé su vello rubio, aspiré su
aroma de mujer, y dejé que sintiera el calor de mi respiración. Lamí los
costados de sus labios mayores, haciéndola estremecer una vez más. Exploré
entonces cada milímetro de sus labios menores, buscando los puntos más
sensibles, hasta culminar en su botoncito de placer, que me dediqué a besar y
lamer con ansias.
Sin perder el contacto de mi lengua con su clítoris, acerqué lentamente mi
mano, acariciando levemente sus labios menores, y penetré con uno de mis dedos,
suave, lenta pero decididamente, en el interior de esa gruta encantada. Su
respiración pareció detenerse, estremecida en un gemido de agradable sorpresa.
Me detuve un instante, sin perder sus señales. Aumenté levemente la presión
haciendo un leve giro con mi dedo, explorando el lugar. Seguí moviéndome hasta
que su cuerpo se arqueó súbitamente, sorprendido por sensaciones nuevas,
estremecido por un orgasmo que hacía mucho no sentía. Supe que había llegado:
el infernal punto G.
Insistí. Acaricié, toqué, lamí, apreté, besé, chupé, una y mil veces,
dulce pero intensamente. Quería que sintiera (¿para qué explicarle?) que difícilmente
una mujer pueda tener problemas con el placer si se logra llevarla a un primer
orgasmo, aun antes de ser penetrada.
— Mmmhmmm... Norman... no puedo más... Mmmhmmm... te necesito adentro,
Norman… penetrame, Norman, por favor… ¡penetrame!…
Ahora sí, ya no perdí más tiempo. Me acerqué, la tomé y entré, sí,
entré hasta el fondo, con suavidad pero viril, con la sensación de que me iba
la vida en satisfacer a Karina. Me movía con suavidad, entrando lentamente y
saliendo sin apuro, alternando movimientos suaves con un último empujón algo más
fuerte, hasta llegar al fondo.
Pero ella pedía más, con más urgencia. Me pareció entonces que le iba a
gustar mi maniobra secreta. Me retiré unos momentos, dejándola inquieta y
ansiosa. Luego volví a acercar el glande, jugando delicadamente entre sus
labios rosados, aumentando más y más su agitación. Mientras, pasé mis brazos
abrazando toda su espalda, abrí sus piernas al máximo, y ubiqué mis rodillas
de modo de tener buen apoyo. Entonces, en un solo movimiento la penetré
mientras me incorporaba, alzándola en vilo con mis brazos y acompañando con un
súbito envión de mi pelvis. La elevé, montada en la punta de mi pene… y la
dejé caer implacablemente, hundiéndose hasta el fondo.
La penetración fue profunda, intensa y tierna a la vez. Quedó sin aliento
unos instantes, clavada en mi pene, casi sin poder creer, por inesperado y súbito,
el placer que estaba sintiendo. Había logrado sorprenderla. Abrió sus ojos y
su boca, nos miramos y quedamos los dos inmóviles, como flotando, unos
instantes que parecieron eternos. Me estremecí al percibirla sostenida sólo
por mi pene, hondamente enfundado en ella, llenando hasta el fondo su interior.
—Có… cómo me entraste, Norman… qué bien, cómo te metiste… ¡qué
placer!… ¡cómo te estoy sintiendo…!
La abracé con fuerza, estrechando sus tiernos globos desnudos contra mi
pecho, sintiendo el alocado latido de su corazón. Y entonces comencé a hacerla
girar despacio, haciendo eje en mi pene, mientras la subía y bajaba lentamente.
Su cuerpo perdió el control. La sentí estremecerse incontrolablemente y allí,
a centímetros de mi oído, me regaló, me gritó, sollozó su orgasmo, que le
llegaba con una intensidad increíble.
Repetimos estos encuentros varias veces más, hasta comienzos del verano. Me
contaba de sensaciones que le duraban mucho tiempo, a veces toda la noche, como
un orgasmo continuo. Aprendía muy rápido , y disfrutaba mucho su despertar. A
veces, cuando terminaba tumbada sobre mi pecho, podía sentir que le corrían un
par de lágrimas de alegría.
La ayudé a descubrir sus rincones secretos, a manejar sus propios ritmos, a
dirigir su cuerpo para recibir el mayor estímulo sobre su punto G. Y cuando
aprendió a usar su "músculo del amor", descubrió una gama completa
de nuevas sensaciones, que no sólo la hacían una excelente compañera sexual,
sino que le aseguraban un placer inmenso.
Recuerdo muy bien la última vez. ¡Aaah!… una fiesta de placer. Pasamos
horas juntos. Primero se dejó seducir y me dejó hacerle todo lo que la hacía
disfrutar, guiándome sólo con sus gemidos. Y luego empezó a susurrarme al oído
esas palabras que me volvían loco:
—Ahora, Norman, te necesito ahora… quiero que entres ya… necesito
sentirte… penetrame profundamente… ¡sí!…
Esta vez intentaría que mi invasión coincidiera con su primer orgasmo.
Cuando estuvo bien excitada, lentamente tomé posición, acercándome a su flor,
que se abría jugosa, rosada y tierna, palpitante de excitación. Con mi pene
comencé a acariciar los sonrosados labios de esa delicada cuevita, rozando su
vello rubio.
Tomé con delicadeza sus tobillos y elevé sus piernas sobre mis hombros.
Pareció interrogarme con la mirada, viéndose vulnerable y expuesta. Pero no
había temor en sus ojos. Sabía que podía confiar en mí. Observó con atención
cómo mi pene se ubicaba delicadamente, entreabriendo los labios de su vulva.
Cuando rocé de nuevo su clítoris, se estremeció una vez más, sus ojos
ardientes de anticipación y deseo.
—Vamos, Norman, ahora… con fuerza… así, varonil… no te demores…
penetrame…
Seguí hablándole dulcemente, como para distraerla, y súbitamente, de un
solo golpe entré y salí rápidamente. Quedó sin aliento, pero su mirada me
decía que le había encantado, y pedía más.
—Sí… así… dame más, así… fuerte…
Mientras le hablaba tiernamente, de golpe volví a entrar y salir. Esta vez
dio un gritito, y me pareció que le había gustado más que antes. La siguiente
vez llegué hasta el fondo, y rápido como un rayo me retiré. Ella ya no podía
más. La abracé con ternura, me ubiqué de nuevo y entré, esta vez suave y
lento, pero firme y seguro, y no me detuve hasta llegar al fondo. Allí me quedé,
sin moverme, notando cómo su cuerpo se estremecía en un crescendo
impresionante. Sólo tuve que moverme un poco más en su interior para ver
llegar a Karina una y otra vez en orgasmos interminables, apretando mi pene.
Nos quedamos en silencio largo rato. Por un momento pareció como que eso era
todo. Pero estaba equivocado. En un instante, tomó resueltamente la iniciativa,
giró ágilmente y se puso sobre mí. Ahora era ella la que llevaría el
control. La sentí tomar mi pene y buscar con él la entrada de su ardiente
gruta, y cerrando los ojos encendidos de deseo, dejarse caer, hundiéndose hasta
el fondo. Noté cómo se movía instintivamente, con un lento y sensual giro de
sus caderas por cada rincón de su profundidad, ubicándose como para sentir al
máximo su punto G.
Se quedó quieta un instante, que aproveché para contemplarla. Hermosa,
desnuda, libre, los ojos entrecerrados, lamiéndose los labios, el rostro
arrebolado, sus turgentes pechos oscilando levemente, las aréolas inflamadas,
los pezones insolentes y erguidos. Y mi pene entre su escaso vello rubio mojado,
profundamente insertado en su ardiente vagina.
Aproveché ese instante de breve quietud para hacer latir mi pene en su
interior, dos o tres veces, haciéndolo tocar su punto G. Lo sintió… ¡y cómo
lo sintió! Sorprendida, alzó sus brazos y se echó hacia atrás, sus manos
estrujaron sus cabellos, y comenzó a cabalgarme alocadamente, ofreciéndome el
cimbrear de su cuerpo, su rostro encendido, el oscilar increíble de sus pechos
adolescentes. Su boca se abrió en un largo grito de placer y triunfo a la vez,
y así llegamos juntos, en un paroxismo salvaje y tierno, derrumbándose luego
sobre mi pecho.
Sonreí. Era el gran final, totalmente dirigido y ejecutado por ella. Me
pareció que me lo dedicaba, como una suerte de "examen", que rendía
con la mejor calificación.
Quedamos exhaustos después de no sé cuántos orgasmos, ella derrumbada sobre
mi pecho, abrazándome tiernamente, mi pene aún profundamente insertado en su cálida
cuevita, y nuevamente, un par de lágrimas traviesas que corrían. Mientras le
acariciaba la espalda con ternura, nos quedamos hablándonos suavemente al oído
por más de una hora.
Y allí, con serenidad y de común acuerdo, decidimos que esa sería la última
vez. No hubo necesidad de explicar demasiado. La gratitud era mutua, y sentíamos
que ambos habíamos dado y recibido algo importante. No hacía falta nada más.
Hace poco volvimos a encontrarnos en una fiesta de amigos. Estaba con su
reciente pareja, y se la veía radiante, con ese fulgor de mujer que parece
decir a todos que no sólo se siente amada, sino francamente satisfecha.
Nuestras miradas se cruzaron entre la multitud. Le hice un guiño apenas
perceptible, y ella me regaló una sonrisa cómplice. Era un mensaje silencioso,
que sólo ella y yo podíamos entender.
Asentí con la mirada. Los dos guardaríamos el secreto.
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Fotos
Voyeur
PD.: Si eres una mujer de entre 20 y 45 años y vives en Argentina, si has
tenido poca, ninguna o mala experiencia sexual, si el despertar de Karina te
hace sentir que todavía hay cosas que podrías descubrir, toma nota de mi mail.
No intentaré comprometerte. Puedo respetar tu deseo y tan sólo mostrarte cómo
un masaje suave y cálido puede ayudarte a descubrir a la mujer sensual que
intuyes hay en tu interior.
Espero tu mail. Me gustaría despertarte… y sorprenderte…
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