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Hacia el año
ochenta y seis yo me encontraba en una situación personal muy
delicada, pues estaba a punto de perder mi puesto de trabajo. Por
aquel entonces yo sólo conocía a Carmen de vista o, si se quiere,
a través de un trato rutinario. Ha de decirse que Carmen, aun
siendo cortés en sus maneras, podía parecer un tanto reservada. De
ahí que me sorprendiera enormemente que el mismo día en el que debía
abandonar mi empleo, se presentara en la empresa y, con un gran cariño,
me dijese: "Tú te vienes a casa conmigo". Quería que yo
fuera su secretaria, sin saber cuáles eran mis conocimientos ni qué
es lo que yo podía hacer. Así se inició nuestra relación, una
relación que me resisto a llamar "profesional".
Desde aquel
instante Carmen comenzó a transmitirme sus múltiples cualidades.
Si debo evocarlas, tengo que hablar de humildad, de ganas inmensas
de vivir, de alegría y de optimismo, de dedicación al trabajo, de
generosidad con todos los que la vida le ponía a su lado. Porque
Carmen sabía demostrar esa generosidad tanto con las personas más
insignificantes como con aquellas que supuestamente poseían
relevancia pública. Mi amiga –porque no puedo llamarla de otro
modo— tenía además el don de hacer que todo a su alrededor fuera
mágico. Y así, por paradójico que parezca, ella, que tanto habló
de la rutina en sus novelas (y en alguno de sus cuentos), tenía la
virtud de desterrar de su entorno cualquier forma de rutina para
llenar el día de sorpresas.
Cuando se produjo
su muerte, el pasado veintitrés de julio, no podía creérmelo, y
eso que conocía bien la enfermedad que padecía. Supongo que me
resistía a imaginar muerta a una persona tan vital. Eso sí que era
para mí una verdadera paradoja.
Lo que Carmen me ha
dejado es una colección de experiencias, una comunicación
frecuente que tiene mucho de personal e intransferible. Lo que
Carmen nos ha dejado a todos es su obra, en la que nos invita, y nos
seguirá invitando, a ser su interlocutor buscado.
Mª Ángeles
Solsona
Madrid, agosto de 2000
Nota: Emma Martinell ha comunicado a la sra. Lluch el deseo
de que este texto tuviera un lugar en la página web de Carmen Martín
Gaite, y ni a ella ni a quien lo ha escrito les ha parecido mal.
También ha pedido a Ángeles Solsona que explique algo más, algo
que sólo ella ha conocido de cerca. Muchas gracias por aceptar
darle forma escrita.
II. La mirada
del "escudero"
Describir con
palabras o por escrito, la sensación que operaba en mí, mezcla de
emoción e impaciencia, cada vez que Carmen Martín Gaite me mandaba
fotocopiar una tarjeta postal. Tarjeta que había sido seleccionada
por ella, con esmero, y que casi siempre provenía de su
correspondencia personal. Era un síntoma inequívoco de que a
partir de ese momento y en los próximos meses, Doña Carmen —como
yo la llamaba—, se iba a aventurar a escribir un nuevo libro.
Todo el que haya
seguido la trayectoria personal y profesional de Carmen Martín
Gaite habrá percibido la personalidad tan arrolladora que poseía.
Pero yo me voy a centrar en la parte profesional, para sacar a flote
dicha personalidad.
Si ya de por sí es
un privilegio ir viendo crecer día a día una historia que luego
finalmente terminará en manos de un lector en forma de libro, el
privilegio era doble en mi caso, ya que tengo que reconocer que
Carmen Martín Gaite era muy generosa —en esto y en todo— porque
me dejaba ir viendo crecer un proyecto en el cual me permitía dar
mi punto de vista.
Pero tengo que
hacer un pequeño inciso y explicar la forma que iba tomando esta
historia en los cuadernos que Carmen Martín Gaite utilizaba para
escribir. Ya que esto era norma de la casa, es decir, escribir toda
la historia a mano en unos cuadernos que nada más abrirlos te decían
que la persona que estaba haciendo uso de sus páginas amaba su
profesión. Empezaba poniendo con una letra impecable desde el título
del capítulo hasta algún dibujo que tuviera similitud con lo que
en esa hoja se estaba diciendo, aparte de poner alguna pegatina que
había cortado y pegado en sitios estratégicos de dicho cuaderno.
La sensación al abrirlos era siempre de sorpresa por lo que he
dicho anteriormente. Y también por identificarlo con algo, como
cuando ves un cuadro por primera vez y te empiezan a llamar la
atención todos los objetos que forman parte de él y, en conjunto,
es una obra que te deja sorprendida.
Retomando la creación
y forma que ya iba tomando el libro, también hay que destacar (y
forma parte de la personalidad de Carmen Martín Gaite) que nadie se
enteraba de este proyecto hasta que casi estaba terminado —cuando
me refiero a "nadie" quiero decir que ni tan siquiera su
editor lo sabía— y esto me hacía sentir mucho más privilegiada.
Eso sí, tanto el
lector como el editor y todas las personas que estábamos detrás de
este proyecto siempre le agradecíamos y le agradeceremos cada
libro.
Dicen que las
personas no se mueren si seguimos acordándonos de ellas. Por eso
Carmen Martín Gaite siempre estará viva en todos los que lean un
libro suyo y en todos los que hemos tenido la inmensa suerte de
conocerla.
Gracias, Carmen
Martín Gaite, por todo lo que has aportado a mi vida.
¡Gracias! ¡¡Gracias!!
¡¡¡Gracias!!!
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