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En reiteradas ocasiones fue
invitada Carmen Martín Gaite a presentar su candidatura a un puesto
en la Academia de la Lengua. Siempre la rechazó: "La Academia
para los lingüistas, yo sólo soy una escritora". A mí
siempre me dolió esta ausencia, que en un principio achaqué a la
proverbial misoginia de la "Casa", porque siempre pensé
que si alguna mujer en España merecía un sillón en aquel recinto,
era ella. Y me escocía aquel sillón vacío. Pero a ella este
asunto parecía importarle mucho menos, como tantas otras cosas.
La palabra ventana va a
ser pues una de las claves de estas páginas que hoy deseo dedicar a
la gran maestra, a la gran amiga con la que nunca intercambié una
palabra. A través de la ventana, CMG nos asoma a la realidad, la
realidad de su juventud, de su edad madura, del país en que le tocó
vivir y de las diversas etapas que este atravesó. A veces esta
ventana puede convertirse en un espejo e, invirtiendo su función,
nos conducirá, como a la heroína de Lewis Carrol, al mundo
interior de las heroinas, nos llevará al mundo de sus sueños, al
de los sueños de tantas mujeres, y también al de sus frustraciones
e incluso al de su desesperación. El hecho de que la novela que le
valió el Premio Nadal lleve por título Entre visillos y su
colección de ensayos publicada en 1987, Desde la ventana, no
es pura casualidad. Una de las reproducciones que ilustran este
libro es el conocido cuadro de Dalí donde aparece Gala de espaldas
acodada a una ventana abierta, mirando al mar y leemos en páginas
contiguas: "Los caminos o paisajes entrevistos desde la
ventana por una mujer siempre llevan a una aventura soñada".
Asomarse va a ser de esta manera un verbo clave también. La
luz de la luna convertirá a estas mujeres ventaneras en
mujeres luneras. O sea, mujeres asomadas al mundo de los sueños.
La protagonista de "Un alto en el camino" (Cuentos
completos, Alianza) sueña desde su soledad con la vida
existente detrás de las ventanas que ve desde el tren. Muy a
menudo, como ella, los personajes de Martín Gaite sueñan con el
calor y la intimidad evocados por las ventanas vislumbradas en la
noche. Pero también la libertad puede entrar a través de una
ventana abierta: "Tenemos la ventana abierta, que entre el
frío, es una sensación incomparable de libertad" (El
cuarto de atrás", Ed. Destino, pg. 100)
En mi relación personal con la
escritora, mi relación de lectora, la ventana es también
para mí un símbolo del espacio que rodeaba a C.M.G. Vivía en mi
barrio de Madrid. Si lo pongo entre comillas es porque no resido
habitualmente en él, ni siquiera en Madrid, pero lo considero mi
barrio y es en él donde aterrizo cuando llego a esa ciudad que fue
la de mi infancia, mi adolescencia, los primeros amores, la
universidad, los amigos y tantas cosas entrañables. La calle de
Doctor Esquerdo, donde ella vivía desde siempre, quedaba a una
manzana de la mía y muchas veces, cuando salía de casa sin
prisas, me sorprendía a mí misma haciendo un desvío para situarme
justo enfrente de su edificio, con los ojos fijos en el ático que
conocía casi de memoria por sus descripciones en El cuarto de
atrás. Sus ventanas permanecían obstinadamente cerradas y en
la alta azotea nunca parecía asomarse ni curiosear nadie.
"Estará en el Palace", me decía yo para
consolarme y el helor del invierno mesetario o la solana en el
asfalto del verano acababan por desanimarme, relegando mi búsqueda
al viaje siguiente. Nunca la vi. Las ventanas de Doctor Esquerdo la
protegieron hasta el final de la mirada curiosa de su ávida
lectora. Las otras ventanas sin embargo, las de sus libros,
estuvieron siempre abiertas de par en par y a través de ellas he
podido alimentarme desde que la descubrí siendo estudiante, y lo
que he podido contemplar y absorber a través de sus paisajes forma
parte intrínseca de lo que hoy pienso, de lo que hoy siento, de lo
que hoy soy.
Es difícil separar la dimensión
lectora de la dimensión escritora, porque es
indiscutible que un escritor es alguien que ha leído enormemente
antes de ponerse a escribir. Intentaré deslindar, así y todo, la
visión de la lectora, de la visión de la escritora, basándome en
el poso que haya podido dejar CMG en mí, por el hecho de haber
escrito sobre hechos que también han sido para mí decisivos y
marcantes; de haber seguido la evolución de mi generación como una
entomóloga; de haber descrito lugares y seres que hubieran podido
ser mi ciudad y mi familia; de haber denunciado las mismas
injusticias que me marcaron y de haberse reído de las mismas
situaciones que me parecieron ridículas. En sus Usos amorosos de
la posguerra española podemos reconstituir los años 40, 50 y
60 con sus ritos, sus tabúes y sus frustraciones, el
enclaustramiento de sus mujeres, la injusticia social y la grisura
reinante. Cuando abordamos un libro, buscamos frecuentemente el
"efecto-espejo". El lector, mejor dicho en este caso la
lectora, al leer a CMG se siente identificada con la manera de
vestir, de expresarse, de declarar el amor, de silenciar el amor y
sobre todo, de soñar; todo ello a través de un auténtico culto de
los objetos y de los espacios: cuartos traseros, muebles, tejidos,
rumores, papeles, gestos, espejos y ventanas.
1.
Destacaré en primer lugar, el factor testimonio :
Emma Martinell (Carmen Martin Gaite, ICI, Semana del autor,
Ed. de Emma Martinell, 1993), una de las estudiosas que mejor
conocen su obra en España afirma: En "Usos amorosos de la
posguerra" recurre al archivo de su propia memoria para
relacionar el paso de la historia por el mundo de sus sueños de
adolescente de posguerra y para darnos su imagen de lo que fueron
para ella y para las chicas de su generación aquellos años
cuarenta (...) años en que la conducta social de los jóvenes
estaba condicionada por lo político, lo religioso, lo económico y
lo moral". Ante esta labor de cronista, CMG se plantea una
pregunta fundamental: "¿Dónde está la frontera entre La
Historia y las historias?". Comparto con ella, como lectora
aún magullada por el pasado, el deseo de apertura y evasión de las
protagonistas de Entre Visillos enclaustradas detrás de sus
ventanas salmantinas.
2.
También como lectora, comparto igualmente su actitud ante
el paso del tiempo, percibido de una manera quizá más sensible
por las mujeres. Natalia y Elvira (Entre visillos) teenagers
salmantinas de los 50 se han convertido en Mariana y Sofía (Nubosidad
variable) cuarentonas liberadas e insatisfechas del Madrid de
los 90 , en la madre-separada-protagonista de El cuarto de
atrás o en Amparo (Irse de casa) que ronda los 50. Pero
este envejecimiento aparente de los personajes no es sino una
argucia, pues en una entrevista de "Babelia" (Xavier Moret,
El País-Babelia, 23-05-98) cuenta la autora que una amiga le ha
hecho el siguiente reproche: "Te has pasado al enemigo: en
tus novelas hay cada vez más jóvenes. Y ella responde: -Por
favor, nunca veo a los jóvenes como un enemigo. Me interesa cómo
son y lo que dicen, por eso escribo como ellos". A pesar de
su sorprendente (ojo, no he dicho "venerable") melena
blanca, siempre vi a la Gaite como una mujer joven, con una sonrisa
joven, una mirada joven, una coquetería joven, un contacto con los
demás joven y una visión del mundo joven.
3.
Me seducen asímismo como lectora la complicidad y
solidaridad que reina entre las mujeres de CMG, a menudo
presentadas en pareja: señora-criada, nieta-abuela; dos amigas de
infancia; madre-hija... Las mujeres, sobre todo en las primeras
novelas, viven en su gineceo, desde el que espían el mundo
exterior, o se escriben cartas en circuito cerrado, de cuyo secreto
nadie participa. Hermanas, primas, vecinas, amigas, chicas de luto,
chicas que no pueden ni deben salir a la calle, mujeres que deben
silenciar sus sentimientos por ser "políticamente
incorrectos", y que comparten su destino solidariamente, aunque
esta solidaridad y complicidad se vean a menudo enturbiadas por
envidias y celos.
Desde mi visión de escritora,
debo confesar que siempre me fascinaron:
A.
Su estricta independencia en relación a las
tendencias de la generación de novelistas a quienes se la asocia
tradicionalmente así como la supervivencia de su creatividad frente
a varias generaciones de escritores. Su ausencia voluntaria de
saraos y foros pseudoliterarios donde tantos pugnan por figurar.
B.
Su conocimiento de todos los registros de nuestra lengua,
su enamoramiento del idioma. Basta comparar la lengua coloquial que
hablan los jóvenes de Entre visillos con la que practica,
por ejemplo, Consuelo en Nubosidad variable" para
comprender que han pasado cuarenta años y que los españoles de los
90 no hablan como lo hacían los de los 50. Afirma John Kronick (Al
encuentro de CMG", Emma Martinell, Universidad de
Barcelona, Barcelona 1997, pp.27-38) "... Como escritora que
vuelve insistentemente sobre el tema del poder de la palabra, ha
sabido demostrarnos ese poder de la palabra y el placer de la
palabra que reside en sus propias narraciones."
C.
La autenticidad de sus personajes, tan difícil de
conseguir. Un personaje auténtico es un ente de ficción al que
podemos identificar con personas que conocemos, que existen e
incluso y sobre todo con nosotros mismos: nuestras actitudes,
nuestras reacciones, nuestros sentimientos y nuestras experiencias.
Personalmente, en diferentes etapas de mi vida, yo hubiera podido
ser Amparo Miranda, Julia o Elvira ("à tour de rôle"),
Mariana o Sofía ("à tour de rôle" también), la mujer
sola que escribe en El cuarto de atrás y hasta la Abuela de Caperucita
en Manhattan.
D.
Y en último lugar, su inigualable maestría en la
descripción de lo cotidiano: Los gestos, el vestido, el
mobiliario, los objetos, la comida, los movimientos, todo aparece
presentado con una precisión pictural, con una minuciosidad fotográfica
que nunca es tediosa, sino pintoresca, divertida y poética. Trascender
lo cotidiano es una de sus grandes destrezas, sublimar la
materialidad de las cosas. Transcribo, para poner el broche de oro,
una descripción de Nubosidad variable que me parece
altamente representativa: "... Era una cama de madera
antigua con incrustaciones de metal y procedía de un pueblo de
Teruel de donde era Eduardo (...) Era la primera vez que Eduardo me
llevaba allí, a principios de otoño. Yo acababa de terminar con
Guillermo y estaba muy triste. – Parece de película neorrealista
italiana, dije desde el umbral de la habitación. –Tú también
pareces de película neorrealista italiana, me respondió él. Habíamos
comido en un bar de la zona y lo último que se me podía ocurrir es
que tuviera la intención de acostarse conmigo. Pero algunas cosas
pasan así, por las buenas, sin que uno se dé cuenta ni se ponga en
guardia. El caso es que en aquella cama me quedé yo embarazada de
Encarna, que por eso fue el casarnos."
Se nos fue con la discreción y
elegancia que le eran habituales. Sin tambores ni alharacas, como la
gran señora que sabe permanecer en su lugar hasta el final, con su
boina ladeada y su cuello de encaje, como alguien que no le hace
concesiones a la enfermedad ni a la muerte. Nos dejó sus escritos,
su mundo, sus objetos, sus mujeres, su ventana... esa ventana a través
de la que tanto he aprendido y en cuyo alféizar tantas veces me
acodé, maravillada. La última vez que estuve en Madrid, en mi barrio,
en nuestro barrio, evité, haciendo irracionales desvíos, su
fachada, su azotea, su ventana. Esa vez sí que sabía que ella ya
no estaba.
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