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EL
DISCURSO FEMENINO DEL DESCUBRIMIENTO EN NUBOSIDAD VARIABLE
IÑAKI
TORRE FICA
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Nubosidad
variable1 supone, al cabo de un
paréntesis de catorce años consagrados al ensayo y a
la historia, la culminación de todo un itinerario novelístico
que va perfilando sus técnicas narrativas y trabaja con
profundidad e insistencia idénticos temas y motivos: la
búsqueda de identidad por medio de la palabra -de la
creación literaria- y la comparecencia de un
interlocutor que complete y remate nuestras
credenciales. De este modo se insinuaba en Ritmo
lento (1963) para adquirir plena carta de naturaleza
en Retahílas (1974) y, muy particularmente, en El
cuarto de atrás (1978). Con todo, dos nuevos títulos
del género ensayístico vienen a añadirse al caudaloso
equipaje textual de esta escritora: El cuento de
nunca acabar (1983) y Desde la ventana
(1987). Del primero, cala teórica en los entresijos de
la narración y las motivaciones del decir, el contar y
el inventar de las que, obviamente, no puede
escamotearse la figura del interlocutor, y el segundo,
indagación en el peculiar modo de decir y de
representarse el mundo las mujeres, frente a los
prototipos femeninos levantados, con mayor o menor
acierto, por la literatura masculina.
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Todas estas
obras han suministrado la savia que nutre Nubosidad
variable: autobiografismo, exploración psicológica,
confesión en diálogo trascendente con "el
otro", metanovela, testimonio de la condición
femenina en nuestra sociedad. Pero, sobre todo, ejemplo,
a través de ese "serse" en la escritura, del
bildungsroman femenino: indagar en las coordenadas
existenciales, meditar acerca de la propia identidad
lleva a las mujeres, en este proceso de concienciación,
a rastrear en su pasado para comprender su presente y
roturar cauces de afirmación y de identidad en el
futuro. El Bildungsroman atañe, por lo tanto, a
una conciencia despierta en un momento de tambaleo de la
identidad (encorsetada en unos patrones patriarcales que
la oprimen y falsean la vivencia interior del
"serse como mujer") y la novela se abandona
entonces a los zigzagueos de un proceso de formación
con base autobiográfica. Nubosidad variable, ya
desde su perspectiva narrativa y, con ella, los símbolos
concitados en esa construcción de la identidad, atrae
unas determinadas técnicas escriturarias que responden
a varias pautas de autobiografía específicamente
femenina2. En las páginas que
siguen, nos detendremos en dos de ellas, las más
sobresalientes: los juegos especulares carta-diario,
narrador-narratario, muestra cuajada de
multiperspectivismo cervantino y del espejo psicoanalítico;
y la constatación de la identidad fragmentada y
fragmentaria que se construye en virtud de la
deconstrucción del espejismo patriarcal.
1. La
fertilidad metafórica del espejo
Nubosidad
variable, lo hemos dicho, nace de dos escrituras, en
una curiosa y fructífera variante del género
epistolar. Tanto el diario de Sofía como las cartas de
Mariana reflejan al alimón conflictos y anhelos
interiores, registran escrupulosamente cada esquirla de
identidad disuelta que destilan sus respectivas plumas.
Pero ya no son únicamente el interlocutor callado e
implícito en toda narración escrita, conforme lo
dilucidado en su artículo "La búsqueda de
interlocutor". En él, Martín Gaite traza las
diferencias entre la narración oral y escrita, que podrían
reducirse, a fin de cuentas, a la presencia o ausencia
de interlocutor. En el segundo caso, la necesidad de ser
escuchado lleva a inventarlo. La autora lo expresa como
sigue: "nunca habría existido invención literaria
alguna si los hombres, saciados totalmente en su sed de
comunicación, no hubieran llegado a conocer, con la
soledad, el acuciante deseo de romperla [...] se escribe
y siempre se ha escrito desde una experimentada
incomunicación y al encuentro de un oyente utópico
[apelativo que Martín Gaite utiliza a menudo con
preferencia, lo hemos visto, al de
"interlocutor"3]". En
la novela que nos ocupa, este oyente utópico ya no
necesita ser ideado, y no obstante se escribe
indefectiblemente para él. Sofía y Mariana no dejan de
tenerse presentes en sus respectivos escritos. Así
consta, por ejemplo, en los de Sofía
los
escribo para ella, por gusto, y porque le pueden ayudar
a entender cosas que a las dos nos atañen" (p.
301)
Y, por su lado,
Mariana comenta
No
sabes lo bien que me está sentando pensar en ti como la
única destinataria posible de esta carta, que es a su
vez mi única tabla de salvación" (p. 56)
Sofía y Mariana
se turnan, por lo tanto, en su doble función de emisor
y receptor de los mensajes que ambas escriben pensando
en la otra pero que, sin embargo, jamás se envían. El
juego especular que ya habíamos adivinado en Retahílas,
donde Eulalia y Germán se relevaban en los papeles de
locutor y de interlocutor, con pleno éxito en ambos, se
completa en Nubosidad variable, y llega
incluso a una identificación total entre sendos
escritos, aboca el desdoblamiento narrador-narratario a
una sorprendente empatía epistolar. Mariana lo
describe con estos términos en su última carta
puede
ser un intercambio precioso éste de tus cuadernos y mis
cartas [...]. Porque además, ahora que lo pienso,
seguro que hablamos de las mismas cosas en más de una
ocasión y con un tratamiento diferente. No sé si verías
Rashomon, aquella película japonesa que contaba
la misma historia desde el punto de vista de tres
testigos, interesantísimo este asunto de las versiones
múltiples. (p. 339)
Este logrado
juego de espejos se retuerce y complica debido al
trasvase y confusión que a veces detectamos (y junto
con nosotros Francisco Javier Higuero en un completo y
minucioso artículo4) en el hibridismo
de géneros literarios, que trasviste las tipologías
textuales elegidas por las protagonistas. Sofía
deconstruye el carácter intimista de su diario al
proyectarlo pragmáticamente hacia la figura
presente-ausente de un destinatario: Mariana. Y ésta
subvierte a su vez su propia correspondencia epistolar
al negarse a enviar dichas cartas a su destinataria
original: Sofía.
Mariana escribe
un total de ocho cartas, de las cuales sólo las tres
primeras llevan fecha. Poco a poco, sus textos van
tomando el pulso a sus contradicciones más íntimas y
la escritura ("mi patria", p. 143) se
transforma en confesión (atiéndase igualmente al
desdoblamiento psiquiatra-paciente). En esa liza consigo
misma, su personalidad se bifurca, en un espejo de doble
azogue, entre la doctora León (doctora Jekyll
León afirma en otro lugar; p. 315) y la Mariana mujer;
así, como testigo de ese desdoblamiento personal, el
estilo epistolar se trasmuta gradualmente en
una
especie de diario desordenado, sin un antes y un
después demasiado precisos, escrito a partir de
sensaciones de extrañeza, jugando con el contraste de
emociones inesperadas, con la corriente alterna de los
humores dispares que transforman insensiblemente a una
misma persona (p. 228. Todas las cursivas son nuestras).
Y estas cartas
llamadas a ser un diario podrían, en un nuevo y
sorprendente arrojo técnico, transformarse en novela,
en una novela que resulta ser, al fin y al cabo, su
propia historia, cuyo argumento central desarrollaría
la
progresiva desintegración psicológica de Mariana León,
aquejada de manía persecutoria (p. 261).
Sofía muda
asimismo su técnica tras recibir el primer -y único-
envío de Mariana (rellena un total de tres cuadernos,
el último mediado y sin concluir), y comienza a dar
cuerpo a una carta, pero cuando se dispone a contar la
historia de Guillermo (amor de juventud, chico del que
se enamoraron simultáneamente Sofía y Mariana, y que
acabó por distanciarlas), avisa de que deja el estilo
epistolar ya que no va a mandar lo que escriba. Es
consciente de que está creando
La
historia de Guillermo no puede quedar reflejada en versión
única y de cuerpo entero [...]. Se merece otro
tratamiento, que iré inventando [la cursiva
esnuestra] porque más que contarla lo que quiero es
investigarla, proyectar la perplejidad que me producen
sus fisuras, sus quiebras y sus trompe-l'oeil.
Usaré la técnica del collage y un cierto vaivén en la
cronología (pp. 152-153).
El espejo de la
escritura (mediante la técnica del narrador homodiegético
y de la focalización interna5) al que
tanto Mariana como Sofía se entregan, por petición
mutua, convierte el "strip-tease solitario"6
en un vicio compartido: el buen espejo7
del interlocutor deseado y propicio, aquel que sabe
escuchar nuestras confesiones y nos da pie para seguir
contándoselas, armoniza y justifica ese juego especular
que es de por sí la escritura autobiográfica. El
pluriperspectivismo focal y el diestro manejo, por parte
de las protagonistas, de la retórica de los espejos
(con unas imágenes refractadas en azogues dúctiles y
tornadizos) obedecen a la atomización de la
personalidad, de unos "entes en formación"8
que necesitan reflejarse en multitud de enfoques para así
cobrar conciencia de su propia identidad. La
maleabilidad de las tipologías textuales implicadas van
fraguando distintas impresiones que la persona tiene
sobre sí misma y, si la carta y el diario acarrean
todavía una imagen autobiográfica referencial (en ese
pacto con el lector que sella la verosimilitud de los
acontecimientos y de las imágenes que de sí mismas nos
ofrece este doble narrador, estos es, la realidad dentro
de la ficción autobiográfica que es la novela), Nubosidad
variable, en una vuelta de tuerca maestra, recuerda
el discurso cervantino de la 'ficción dentro de la
ficción' y así, la primera cobra visos de realidad
frente a la segunda.
El juego de
espejos tan sabiamente manipulado por Cervantes aflora
en este texto gaiteano. Mariana, después de haber
echado mano de la carta para convocar a Sofía como
interlocutor, siente la acuciante necesidad de hacer de
ese género epistolar un refugio a su laceración
interior, y así la carta se transforma paulatinamente
en diario. Pero la pirueta estilística va más allá:
sus deseos de escribir una novela en la que su propia
vida fuera la materia de narración apuntala
definitivamente la referencialidad de sus textos
anteriores y, como ocurre con la lectura del Curioso
impertinente, los personajes congregados en la
venta, al leer la novelita intercalada en mitad de la crónica
de las hazañas de Don Quijote, trasponen el ámbito de
la ficción para ingresar en el de la vida9.
Algo semejante acontece con la narración de Sofía
cuando se enfrenta con el relato de su primer encuentro
con Guillermo, en el que se condensa la morfología del
cuento diseñada por Vladimir Propp -hada madrina,
calabaza y filtro mágico incluidos (pp. 235-255). Esta
pendulación constante entre realismo e irrealidad viene
ya pronosticada, no sólo por el halo onírico que
envuelve muchas de las indagaciones interiores de Sofía
y de Mariana (estudiaremos más adelante la importancia
del sueño en la gestación de la identidad,
especialmente femenina), sino por la afirmación de cuño
unamuniano y de claras reminiscencias cervantinas (Martín
Gaite es una apasionada y perenne lectora del Quijote)
que cierra la primera carta-cuaderno de Sofía, tras
haber coincidido aquella tarde, en un local rebosante de
famosos, con su amiga de la adolescencia Mariana León:
"¿te encontré en persona o en personaje?"
(p. 19).
Mediante este
truco de espejos y de narraciones que coquetean con la
tenue frontera que separa lo soñado o anhelado de lo
vivido, la sensación de estar representando ciertos
personajes de novela o de querer, sencillamente, que la
escritura transforme la precariedad de las experiencias
vitales, casi siempre decepcionantes frente al vuelo de
la fantasía, se esboza el proyecto secreto de toda
autobiografía: el arte pone orden en la vida10.
La carta y el diario y, como descendiente de ellos, la
novela (tanto la que pretende escribir Mariana siguiendo
el patrón de la novela rosa -en la que el velo blanco y
la flor de azahar siempre acaban cerrando el relato-
como aquel cuento de hadas que embellecía los recuerdos
de Sofía y su primera noche con Guillermo), dan pábulo
a la capacidad narrativa por tanto tiempo atrofiada
frente a episodios demasiado vulgares, bullen, como
hemos venido demostrando a lo largo del segundo capítulo,
con el hervidero de emociones y de sueños inexpresados,
amordazados por el mutismo impuesto a la mujer por el
patriarcado.
Martín Gaite y,
con ella, Sofía y Mariana, han dado salida al poder
heurístico de la narración; las dos narradoras desean
convertirse en nuevas heroínas románticas para
quienes, como antaño aconteció con Emily Brontë
(abundan las referencias a Cumbres borrascosas,
es el libro-talismán, el lazo de unión entre Sofía y
Mariana), la literatura actúa a modo de sucedáneo de
los amores fallidos, les permite emborracharse en el
rapto y el estado de trance que les empuja a escribir de
un tirón. Como reactivo a ese silencio y a la
insatisfacción de las dos mujeres, ambas aciertan a
investirse de unas facultades extraordinarias, al
conjuro de las cuales crean una vida que las satisface más;
pero lo más importante, como señala Martín Gaite en
su tan citado "La búsqueda de interlocutor",
es "que no la crean para vivirla sino para
contarla". Transcribimos un párrafo del artículo
que lo explica muy lúcidamente
Cuando
vivimos, las cosas nos pasan; pero cuando contamos, las
hacemos pasar. Y es precisamente en ese llevar las
riendas el propio sujeto donde radica la esencia de toda
narración, su atractivo y también su naturaleza
heterogénea en cuanto a los acontecimientos o emociones
a que alude. No se trata, pues, solamente del deseo de
prolongar por algún tiempo más las vivencias demasiado
efímeras, trascendiendo su mero producirse, sino de
hacerlas durar en otro terreno y de otra manera: se
trata, en suma, de transformarlas. El sujeto, en
efecto, como si se rebelara contra la contingencia de lo
ocurrido, al narrárselo, no se limita casi nunca a
elegir una ordenación particular, a preferir unos
detalles y dejar otros en la sombra, sino que recoge
también de otros terrenos que no son el de la realidad
-lecturas, sueños, invenciones- nuevo material
con que moldear y enriquecer su historia. Y así, los
epsiodios vividos, antes de ser guardados en el arca de
la memoria, de la cual sabe Dios cuándo volverán a
salir, son sometidos (no siempre, pero sí a veces, de
igual manera que unos muertos se embalsaman y otros no)
a un proceso de elaboración y de recreación particular
donde, junto a lo sucedido, raras veces se dejará de
tener presente lo que estuvo a punto de suceder, o lo
que se habría deseado que sucediera11
(la cursiva es nuestra).
Sofía y
Mariana, mujeres noveleras y brillantes interlocutoras,
se aprestan a contarse su propia vida; a contársela
mutuamente pero sobre todo, y han de empezar por ahí, a
contársela a sí mismas. Es el inicio de lo que Carmen
Martín Gaite denomina "la narración egocéntrica"12,
estrechamente emparentada con el psicoanálisis.
Toda la novela
se articula en torno a los mecanismos de desdoblamiento
e interlocución de sus protagonistas si bien aquéllos,
como ya hemos dicho, no revierten tanto en la idea del
"otro" como un alter ego sino, tal y
como demostró Ortega, un alter tu: el encuentro
con el prójimo me hace caer en la cuenta de mí mismo13.
Pero esta alteridad conlleva simultáneamente diferencia
y semejanza, de ahí la imagen recurrente del espejo. La
introducción en la obra de una contrafigura, de un
doble del mismo sexo, cataliza un proceso de
concienciación encarrilado hacia el triunfo de la
comunicación. No podría darse de otra manera desde el
momento en que las circunstancias vitales que amputan la
expansión de Sofía y de Mariana, reducidas aquéllas a
la carencia de amor y, por lo tanto, de interlocutor,
instauran entre las dos una comunión ontológica o de género
que supera cualquier lazo amistoso: la necesidad de una
lucha conjunta por recuperar sus señas de identidad
arraiga de ese mal que ha venido aquejando a la mitad
femenina de la especie y cuyo origen se pierde en la
noche de los tiempos: la desazón, la incapacidad, tras
siglos y siglos de concebirse como espejo y apéndices
de varón, de "aguantarse a sí mismas"14.
Sofía y Mariana, nuevas mujeres insatisfechas, nuevas
Emma Bovary y Ana Ozores, asaltadas por la misma tentación
en que ellas habían caído de contarse su vida como una
novela, hallan en el diálogo y la interlocución la única
tabla de salvación a la que pueden agarrarse para hacer
frente a la soledad y aguantarla, para encontrar nuevos
cauces de concienciación.
Este proceso de
concienciación vivido de consuno arrima dos escrituras
y dos espejos con clara vocación psicoanalítica15.
La técnica del bildungsroman femenino echa mano
con frecuencia de procedimientos propios del psicoanálisis
a la hora de edificar una identidad que va descubriéndose
gracias a la introspección y el uso catártico de la
palabra16. La filiación que guarda la
figura del interlocutor con el escucha psicoanalítico
ha sido ya suficientemente puesta de manifiesto con
relación al misterioso hombre de negro que visita a la
protagonista de El cuarto de atrás en una
tormentosa noche de insomnio. La filiación más
enjundiosa, que invocamos aquí, es la que hermana,
siguiendo las investigaciones de Jacques Lacan17,
el psicoanálisis con la palabra. La introspección, el
descubrimiento de voces y deseos reprimidos, aflora en
la confesión, en un tú a tú con el
interlocutor-espejo, que en Nubosidad variable no
es exclusivamente detonante del diálogo sino que su
función de escucha se desdobla en filtro:
mantiene encendida la palabra, echa pan al ''cuento de
nunca acabar'': Sofía y Mariana se necesitan mutuamente
como espejo e interlocutor, la confesión únicamente
puede fluir _y ser fluida_ si la comparecencia del otro
está reclamando la nuestra al mismo tiempo, y las
confidencias recorren senderos de ida y vuelta.
escuchar
al otro no sólo va a servir para recomponer su
rompecabezas, sino también para encontrar algunas
piezas perdidas del mío (p. 372).
Pero
es porque tú existes, Sofía _escribe Mariana en su última
carta_ [...] por eso lo que escribo se vuelve como un túnel
excavado a ciegas, y yo un topo avanzando por esa galería
subterránea de plabras sin más guía que el deseo de
dar contigo para pedirte socorro y ofrecértelo [...]
(p. 314)
Por espacio de
ese intercambio (transfert freudiano) catártico-simbiótico,
el sujeto paciente (o 'analizando', en términos
psicoanalíticos) se desprende de su persona (en
el sentido griego de careta, tal y como la emplea
Jung), de su "yo social", y se autocrea por
medio de la palabra, de una palabra que se reconstruye
siempre para el otro: el conocimiento de sí mismo se
adquiere a través de la exposición que destina a su
interlocutor. Lacan insiste en que este autoconocimiento
se encamina a desbrozar la verdad y no tanto la
realidad; la verdad rescatada de su raíz etimológica alétheia,
esto es, descubrimiento, manifestación, patencia,
desvelamiento. Ahondar en la verdad más recóndita e
inconfesada implica 'quitar los velos' (así,
'des-velar', 'des-cubrir') que emboscan una realidad
oculta o latente.
Y el buceo,
eslabonado de epifanías-alétheias que irrumpen
al arropo de la narración egocéntrica, hasta esa otra
realidad, más verdadera, que toma su harina del costal
de las lecturas, los sueños y las invenciones (de la
vida que la mujer, como buena "novelera", se
cuenta a sí misma), le hace tomar conciencia,
precisamente porque el interlocutor-espejo da pasto a
esa palabra, de que su identidad procede igualmente de
las versiones brindadas desde diferentes ángulos por
quienes nos vieron de tal o cual manera y nos
devolvieron esa imagen reflejada en su lente. El espejo
psicoanalítico adquiere, a los ojos de Martín Gaite y
de sus protagonistas, una función que rebasa la mera
proyección de un requerimiento compulsivo de audiencia:
él posee trozos de nuestra identidad, se le hace partícipe
de la narración que nos autodescubre, su misma narración
debe ayudarnos a completar y comprender la nuestra. La
personalidad se le revela como esencialmente fragmentada
y a la deriva, necesita anclajes psicológicos que
descubre dispersos en los añicos de espejo.
2. Ejercicios
de collage
En este proceso
de gestación de la conciencia femenina y de la
"escritura mujer", haz y envés de la misma
moneda, concurre nuevamente la metáfora del espejo,
pero esta vez a modo de añicos dispersos que deben ser
recopilados y reconstruidos. Las claves interpretativas
de la novela se cifran, a nuestro entender, en la imagen
del espejo fragmentado que atraviesa sus páginas y que
obliga, al margen de la 'solución' final, a leer la
obra como una permanente refracción de imágenes,
discursos, personajes y, sobre todo, identidades en
construcción. La cita portical de Natalia Ginzburg
aglutina las claves exegéticas que van a vertebrar el
discurso de Sofía y de Mariana, esencialmente
deconstruccionista.18
Cuando
he escrito novelas, siempre he tenido la sensación de
encontrarme en las manos con añicos de espejo, y sin
embargo conservaba la esperanza de acabar por recomponer
el espejo entero. No lo logré nunca, y a medida que he
seguido escribiendo, más se ha ido alejando la
esperanza. Esta vez, ya desde el principio no esperaba
nada. El espejo estaba roto y sabía que pegar los
fragmentos era imposible. Que nunca iba a alcanzar el
don de tener ante mí el espejo entero. (Natalia
GINZBURG. Preámbulo a La città e la casa)
El juego
especular desmontado en el epígrafe anterior alerta ya
acerca de lo que aquí se pone claramente de manifiesto:
las identidad personal se desdobla en multitud de
identidades, el yo nunca será uno sino añicos de
espejo. Las sucesivas atalayas narrativas adoptadas por
Sofía y por Mariana, que se turnan en los papeles de
emisor-receptor, protagonista de su propia novela o
lector de la novela escrita por otro para él, en la que
se reconoce sin impedimentos, y aquel malabarismo estilístico
consistente en trastocar las categorías inviolables que
divorciaban la literatura/ficción de la vida/realidad,
van minando la pseudouniversalidad y el monolitismo del
yo racional cartesiano. Frente a este ego sexuado
en masculino, el yo femenino se tiende a conocer como
irremediablemente plural, escindido en múltiples
identidades que desmienten ostensiblemente la función
estetizante del espejo asociada a la mujer (cada vez que
ella se contempla en él a modo de refrendo de una
identidad asumida desde fuera y sometida al canon
externo) y desenmascaran la falacia del espejo
narcisista masculino, de la identidad autocomplaciente
y, en el fondo, inexplorada, mendaz, subyugada ante la
mirada de falsos interlocutores, de "malos
espejos". La galería de personajes secundarios que
desfilan por la novela trascienden la mera función de
comparsa para instigar los procesos de concienciación
de sus protagonistas, como muy bien ha puesto de relieve
Josefa Báez Ramos19. Aquéllos no actúan
exclusivamente a modo de espejos contrastantes; cada uno
de ellos guarda la pieza del mosaico descabalado, sus añicos
de espejo contruibirían a recomponer el azogue entero.
El personaje de
Eduardo, marido de Sofía, aun a riesgo de convertirse
en un cúmulo de tópicos20, surge ya
desde los umbrales de la novela como el máximo
exponente del espejo narcisista ("últimamente se
compra mucha ropa, entre lujosa e informal, creo que va
a la sauna y se peina con gomina [...] se ha convertido
en una especie de pared que no deja resquicios para que
se cuele ningún problema de los que no se pueden zanjar
a base de dinero", p. 15). Pero este espejo, del
que reniegan sus hijos (Encarna, Lorenzo y Amelia, que
viven ya fuera de casa salvo esta última, la pequeña,
si bien, debido a su profesión de azafata, pasa largas
temporadas alejada del hogar), parece sofocar en Sofía
todo conato de rebeldía: la educación burguesa
recibida, principalmente por vía materna, apuntala la
hegemonía masculina en la relación matrimonial y en
los restantes ámbitos de la vida social así como se
esfuerza en subrayar la sumisión de la esposa.
La identidad inicial
de Sofía, apresada en unos moldes que constriñen una
personalidad que pugna por afianzarse y por encontrar
asideros psicológicos fuera del régimen patriarcal,
dibuja ya irreparables hendiduras en los espejos
postizos que pretenden imponérsele, consciente de sus
"más que discutibles capacidades como madre y
esposa" (p. 12). La evasión por la vía de los sueños21,
levadura inconsciente de nuestra identidad (acaso donde
sedimenta el poso más auténtico de nuestro ser,
liberado de las ataduras de lo racional, entendido éste
como represión por un orden jerárquicamente superior y
allanador de las diferencias) y del diálogo con el
interlocutor soñado (imaginado y propicio, invocado por
la sola fuerza de la voluntad), preferentemente femenino
-es una cuestión de "buenos espejos"...-,
alborea nuevas posibilidades de construcción de la
identidad.
El fracaso de la
institución matrimonial espolea en Sofía la necesidad
de buscar sus señas de identidad en otros espejos, en
aquellos que guarden la memoria de su auténtica
personalidad y que le permitan recomponer los añicos de
espejo que tal institución ha acumulado en sus manos;
abre una brecha que resquebraja paulatinamente el orden
simbólcio patriarcal que fabrica el "tú
mujer" en los radios externos (comportamientos
sociales subalternos de madre y esposa) e internos (psicología
que se vive como amputada, reducida a esencialismos y a
roles apendiciales) y le ciega la posibilidad de
erigirse en sujeto.
Esta construcción
deconstruccionista propicia la técnica narrativa del collage.
Precisamente, en uno de los capítulos más
significativos en lo que respecta a la identidad de la
propia Sofía ("Se inician los ejercicios de
collage", pp. 35-50), se crea una situación que
multiplica los espejos y suministra las pautas de
concienciación femenina a través del vínculo maternal22.
Sofía no reniega de su función de madre y, para ella,
como para Carmen Martín Gaite, el espejo de las
generaciones contiene esos añicos que su matrimonio con
Eduardo ha acabado por diseminar e incluso eliminar del
todo. El capítulo se abre con la inesperada llegada de
su hija Amelia (como insospechado fue también el
encuentro Mariana-Sofía)23 justamente
en el momento en que su madre estaba componiendo un collage
que muy reveladoramente titula "Gente en un cóctel".
En esta unidad icónica microsemántica se aglutinan, a
modo de desdoblamiento y de espejo a su vez, los
patrones narrativos que van a guiar las reflexiones
metanovelísticas ("metaconciencísticas") de
Sofía, plasmadas en sucesivos cuadernos: el conejo que
simboliza "la liebre en el erial" y los
trocitos de espejo ("recortados del forro de
Winston"), ambos testigos de la comunicación y de
la memoria recuperadas.
El encuentro
imprevisto entre Sofía y Mariana, relatado en las
primeras páginas de Nubosidad variable,
introduce un código secreto y personal entre ambas que
se reitera a lo largo de la obra en forma de leitmotiv
y aparece como el saludo a trueque del cual Mariana
se da a conocer (en un reconocimiento mutuo ) a Sofía:
"La sorpresa es una liebre, y el que sale de caza
nunca la verá dormir en el erial". Esta expresión,
que Sofía había escrito en uno de sus primeros diarios
de juventud, encierra toda una "filosofía de la
sorpresa" de marcado carácter deconstruccionista
frente a la rutina cotidiana y a las identidades
prefijadas, e insufla un tono esperanzador y optimista
en el intercambio de escrituras entre las dos
protagonistas. Así, a pesar de la enajenación y del
malestar que comparten, se abre en ellas una ranura de
esperanza y supone el pasadizo secreto mediante el cual
adentrarse por el terreno pragmático de la comunicación.
A su vez, la
sorpresa se convertirá en objeto de intercambio dialógico
entre Sofía y su hija Amelia, que aparece en idénticas
circunstancias (Sofía permanece despierta, aquejada de
insomnio, y se dedica a reconstruir el primer y fructífero
encuentro). Se teje entre ambas situaciones un cordón
umbilical que anuda la identificación Amelia/Mariana,
reforzada por el nuevo guiño lingüístico entre madre
e hija: "las cosas se pudren metidas en un cajón, tú
lo dices siempre" (p. 35. La cursiva es
nuestra). El sortilegio de la comunicación (que se
pudre si se guarda en el cajón de la indiferencia, como
ha ocurrido entre Sofía y Eduardo) ha nacido al calor
del encuentro inesperado y de la resurrección de un
olvidado código lingüístico, ha conseguido pegar las
imágenes, las impresiones recibidas y el significado
oculto ("la liebre en el erial") de sendos
encuentros, los trocitos de espejo que habían empezado
a amontonarse y a cobrar un sentido a partir del momento
en que se restablece el vínculo amistoso e
interlocutivo entre Mariana y Sofía.
Este primer
juego especular desencadena una serie de desdoblamientos
que completa gradualmente la identidad de Sofía y que
atrae nuevas técnicas narrativas basadas principalmente
en el collage y la fragmentación, las notas
discursivas predominantes en las escrituras paralelas de
las dos narradoras. La insistencia por fijar esa
causalidad mágica24 que ha presidido
el encuentro en el cóctel se desdobla en un nuevo
intento por cristalizar la felicidad de ese nuevo
encuentro madre-hija. Amelia saca una cámara fotográfica
del bolso y retrata a su madre, sentada junto a la mesa
en mitad de los útiles de papelería y los fragmentos
iconográficos sacados de aquí y de allá para componer
el collage. La fotografía resultante fija gráficamente
-igual que la letra escrita permite recrear aquel primer
encuentro- ese instante, instante eternizado, atemporal,
como pretenden serlo los recuerdos rescatados en común
y captados para la posteridad en los cuader
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Todas estas
obras han suministrado la savia que nutre Nubosidad
variable: autobiografismo, exploración psicológica,
confesión en diálogo trascendente con "el otro",
metanovela, testimonio de la condición femenina en nuestra
sociedad. Pero, sobre todo, ejemplo, a través de ese
"serse" en la escritura, del bildungsroman
femenino: indagar en las coordenadas existenciales, meditar
acerca de la propia identidad lleva a las mujeres, en este
proceso de concienciación, a rastrear en su pasado para
comprender su presente y roturar cauces de afirmación y de
identidad en el futuro. El Bildungsroman atañe, por lo
tanto, a una conciencia despierta en un momento de tambaleo de
la identidad (encorsetada en unos patrones patriarcales que la
oprimen y falsean la vivencia interior del "serse como
mujer") y la novela se abandona entonces a los zigzagueos
de un proceso de formación con base autobiográfica. Nubosidad
variable, ya desde su perspectiva narrativa y, con ella,
los símbolos concitados en esa construcción de la identidad,
atrae unas determinadas técnicas escriturarias que responden
a varias pautas de autobiografía específicamente femenina2.
En las páginas que siguen, nos detendremos en dos de ellas,
las más sobresalientes: los juegos especulares carta-diario,
narrador-narratario, muestra cuajada de multiperspectivismo
cervantino y del espejo psicoanalítico; y la constatación de
la identidad fragmentada y fragmentaria que se construye en
virtud de la deconstrucción del espejismo patriarcal.
1. La
fertilidad metafórica del espejo
Nubosidad
variable, lo hemos dicho, nace de dos escrituras, en una
curiosa y fructífera variante del género epistolar. Tanto el
diario de Sofía como las cartas de Mariana reflejan al alimón
conflictos y anhelos interiores, registran escrupulosamente
cada esquirla de identidad disuelta que destilan sus
respectivas plumas. Pero ya no son únicamente el interlocutor
callado e implícito en toda narración escrita, conforme lo
dilucidado en su artículo "La búsqueda de
interlocutor". En él, Martín Gaite traza las
diferencias entre la narración oral y escrita, que podrían
reducirse, a fin de cuentas, a la presencia o ausencia de
interlocutor. En el segundo caso, la necesidad de ser
escuchado lleva a inventarlo. La autora lo expresa como sigue:
"nunca habría existido invención literaria alguna si
los hombres, saciados totalmente en su sed de comunicación,
no hubieran llegado a conocer, con la soledad, el acuciante
deseo de romperla [...] se escribe y siempre se ha escrito
desde una experimentada incomunicación y al encuentro de un oyente
utópico [apelativo que Martín Gaite utiliza a menudo con
preferencia, lo hemos visto, al de "interlocutor"3]".
En la novela que nos ocupa, este oyente utópico ya no
necesita ser ideado, y no obstante se escribe
indefectiblemente para él. Sofía y Mariana no dejan de
tenerse presentes en sus respectivos escritos. Así consta,
por ejemplo, en los de Sofía
los
escribo para ella, por gusto, y porque le pueden ayudar a
entender cosas que a las dos nos atañen" (p. 301)
Y, por su
lado, Mariana comenta
No
sabes lo bien que me está sentando pensar en ti como la única
destinataria posible de esta carta, que es a su vez mi única
tabla de salvación" (p. 56)
Sofía y
Mariana se turnan, por lo tanto, en su doble función de
emisor y receptor de los mensajes que ambas escriben pensando
en la otra pero que, sin embargo, jamás se envían. El juego
especular que ya habíamos adivinado en Retahílas,
donde Eulalia y Germán se relevaban en los papeles de locutor
y de interlocutor, con pleno éxito en ambos, se completa en Nubosidad
variable, y llega incluso a una identificación total
entre sendos escritos, aboca el desdoblamiento narrador-narratario
a una sorprendente empatía epistolar. Mariana lo
describe con estos términos en su última carta
puede
ser un intercambio precioso éste de tus cuadernos y mis
cartas [...]. Porque además, ahora que lo pienso, seguro que
hablamos de las mismas cosas en más de una ocasión y con un
tratamiento diferente. No sé si verías Rashomon,
aquella película japonesa que contaba la misma historia desde
el punto de vista de tres testigos, interesantísimo este
asunto de las versiones múltiples. (p. 339)
Este logrado
juego de espejos se retuerce y complica debido al trasvase y
confusión que a veces detectamos (y junto con nosotros
Francisco Javier Higuero en un completo y minucioso artículo4)
en el hibridismo de géneros literarios, que trasviste las
tipologías textuales elegidas por las protagonistas. Sofía
deconstruye el carácter intimista de su diario al proyectarlo
pragmáticamente hacia la figura presente-ausente de un
destinatario: Mariana. Y ésta subvierte a su vez su propia
correspondencia epistolar al negarse a enviar dichas cartas a
su destinataria original: Sofía.
Mariana
escribe un total de ocho cartas, de las cuales sólo las tres
primeras llevan fecha. Poco a poco, sus textos van tomando el
pulso a sus contradicciones más íntimas y la escritura
("mi patria", p. 143) se transforma en confesión
(atiéndase igualmente al desdoblamiento psiquiatra-paciente).
En esa liza consigo misma, su personalidad se bifurca, en un
espejo de doble azogue, entre la doctora León (doctora
Jekyll León afirma en otro lugar; p. 315) y la Mariana
mujer; así, como testigo de ese desdoblamiento
personal, el estilo epistolar se trasmuta gradualmente en
una
especie de diario desordenado, sin un antes y un después
demasiado precisos, escrito a partir de sensaciones de extrañeza,
jugando con el contraste de emociones inesperadas, con la
corriente alterna de los humores dispares que transforman
insensiblemente a una misma persona (p. 228. Todas las
cursivas son nuestras).
Y estas
cartas llamadas a ser un diario podrían, en un nuevo y
sorprendente arrojo técnico, transformarse en novela, en una
novela que resulta ser, al fin y al cabo, su propia historia,
cuyo argumento central desarrollaría
la
progresiva desintegración psicológica de Mariana León,
aquejada de manía persecutoria (p. 261).
Sofía muda
asimismo su técnica tras recibir el primer -y único- envío
de Mariana (rellena un total de tres cuadernos, el último
mediado y sin concluir), y comienza a dar cuerpo a una carta,
pero cuando se dispone a contar la historia de Guillermo (amor
de juventud, chico del que se enamoraron simultáneamente Sofía
y Mariana, y que acabó por distanciarlas), avisa de que deja
el estilo epistolar ya que no va a mandar lo que escriba. Es
consciente de que está creando
La
historia de Guillermo no puede quedar reflejada en versión única
y de cuerpo entero [...]. Se merece otro tratamiento, que iré
inventando [la cursiva esnuestra] porque más que
contarla lo que quiero es investigarla, proyectar la
perplejidad que me producen sus fisuras, sus quiebras y sus trompe-l'oeil.
Usaré la técnica del collage y un cierto vaivén en la
cronología (pp. 152-153).
El espejo de
la escritura (mediante la técnica del narrador homodiegético
y de la focalización interna5) al que tanto
Mariana como Sofía se entregan, por petición mutua,
convierte el "strip-tease solitario"6
en un vicio compartido: el buen espejo7
del interlocutor deseado y propicio, aquel que sabe escuchar
nuestras confesiones y nos da pie para seguir contándoselas,
armoniza y justifica ese juego especular que es de por sí la
escritura autobiográfica. El pluriperspectivismo focal y el
diestro manejo, por parte de las protagonistas, de la retórica
de los espejos (con unas imágenes refractadas en azogues dúctiles
y tornadizos) obedecen a la atomización de la personalidad,
de unos "entes en formación"8 que
necesitan reflejarse en multitud de enfoques para así cobrar
conciencia de su propia identidad. La maleabilidad de las
tipologías textuales implicadas van fraguando distintas
impresiones que la persona tiene sobre sí misma y, si la
carta y el diario acarrean todavía una imagen autobiográfica
referencial (en ese pacto con el lector que sella la
verosimilitud de los acontecimientos y de las imágenes que de
sí mismas nos ofrece este doble narrador, estos es, la
realidad dentro de la ficción autobiográfica que es la
novela), Nubosidad variable, en una vuelta de tuerca
maestra, recuerda el discurso cervantino de la 'ficción
dentro de la ficción' y así, la primera cobra visos de
realidad frente a la segunda.
El juego de
espejos tan sabiamente manipulado por Cervantes aflora en este
texto gaiteano. Mariana, después de haber echado mano de la
carta para convocar a Sofía como interlocutor, siente la
acuciante necesidad de hacer de ese género epistolar un
refugio a su laceración interior, y así la carta se
transforma paulatinamente en diario. Pero la pirueta estilística
va más allá: sus deseos de escribir una novela en la que su
propia vida fuera la materia de narración apuntala
definitivamente la referencialidad de sus textos anteriores y,
como ocurre con la lectura del Curioso impertinente,
los personajes congregados en la venta, al leer la novelita
intercalada en mitad de la crónica de las hazañas de Don
Quijote, trasponen el ámbito de la ficción para ingresar en
el de la vida9. Algo semejante
acontece con la narración de Sofía cuando se enfrenta con el
relato de su primer encuentro con Guillermo, en el que se
condensa la morfología del cuento diseñada por Vladimir
Propp -hada madrina, calabaza y filtro mágico incluidos (pp.
235-255). Esta pendulación constante entre realismo e
irrealidad viene ya pronosticada, no sólo por el halo onírico
que envuelve muchas de las indagaciones interiores de Sofía y
de Mariana (estudiaremos más adelante la importancia del sueño
en la gestación de la identidad, especialmente femenina),
sino por la afirmación de cuño unamuniano y de claras
reminiscencias cervantinas (Martín Gaite es una apasionada y
perenne lectora del Quijote) que cierra la primera
carta-cuaderno de Sofía, tras haber coincidido aquella tarde,
en un local rebosante de famosos, con su amiga de la
adolescencia Mariana León: "¿te encontré en persona o
en personaje?" (p. 19).
Mediante este
truco de espejos y de narraciones que coquetean con la tenue
frontera que separa lo soñado o anhelado de lo vivido, la
sensación de estar representando ciertos personajes de novela
o de querer, sencillamente, que la escritura transforme la
precariedad de las experiencias vitales, casi siempre
decepcionantes frente al vuelo de la fantasía, se esboza el
proyecto secreto de toda autobiografía: el arte pone orden
en la vida10. La carta y el diario y,
como descendiente de ellos, la novela (tanto la que pretende
escribir Mariana siguiendo el patrón de la novela rosa -en la
que el velo blanco y la flor de azahar siempre acaban cerrando
el relato- como aquel cuento de hadas que embellecía los
recuerdos de Sofía y su primera noche con Guillermo), dan pábulo
a la capacidad narrativa por tanto tiempo atrofiada frente a
episodios demasiado vulgares, bullen, como hemos venido
demostrando a lo largo del segundo capítulo, con el hervidero
de emociones y de sueños inexpresados, amordazados por el
mutismo impuesto a la mujer por el patriarcado.
Martín Gaite
y, con ella, Sofía y Mariana, han dado salida al poder heurístico
de la narración; las dos narradoras desean convertirse en
nuevas heroínas románticas para quienes, como antaño
aconteció con Emily Brontë (abundan las referencias a Cumbres
borrascosas, es el libro-talismán, el lazo de unión
entre Sofía y Mariana), la literatura actúa a modo de sucedáneo
de los amores fallidos, les permite emborracharse en el rapto
y el estado de trance que les empuja a escribir de un tirón.
Como reactivo a ese silencio y a la insatisfacción de las dos
mujeres, ambas aciertan a investirse de unas facultades
extraordinarias, al conjuro de las cuales crean una vida que
las satisface más; pero lo más importante, como señala Martín
Gaite en su tan citado "La búsqueda de
interlocutor", es "que no la crean para vivirla sino
para contarla". Transcribimos un párrafo del artículo
que lo explica muy lúcidamente
Cuando
vivimos, las cosas nos pasan; pero cuando contamos, las
hacemos pasar. Y es precisamente en ese llevar las riendas el
propio sujeto donde radica la esencia de toda narración, su
atractivo y también su naturaleza heterogénea en cuanto a
los acontecimientos o emociones a que alude. No se trata,
pues, solamente del deseo de prolongar por algún tiempo más
las vivencias demasiado efímeras, trascendiendo su mero
producirse, sino de hacerlas durar en otro terreno y de otra
manera: se trata, en suma, de transformarlas. El
sujeto, en efecto, como si se rebelara contra la contingencia
de lo ocurrido, al narrárselo, no se limita casi nunca a
elegir una ordenación particular, a preferir unos detalles y
dejar otros en la sombra, sino que recoge también de otros
terrenos que no son el de la realidad -lecturas, sueños,
invenciones- nuevo material con que moldear y enriquecer
su historia. Y así, los epsiodios vividos, antes de ser
guardados en el arca de la memoria, de la cual sabe Dios cuándo
volverán a salir, son sometidos (no siempre, pero sí a
veces, de igual manera que unos muertos se embalsaman y otros
no) a un proceso de elaboración y de recreación particular
donde, junto a lo sucedido, raras veces se dejará de tener
presente lo que estuvo a punto de suceder, o lo que se habría
deseado que sucediera11 (la cursiva es
nuestra).
Sofía y
Mariana, mujeres noveleras y brillantes interlocutoras, se
aprestan a contarse su propia vida; a contársela mutuamente
pero sobre todo, y han de empezar por ahí, a contársela a sí
mismas. Es el inicio de lo que Carmen Martín Gaite denomina
"la narración egocéntrica"12,
estrechamente emparentada con el psicoanálisis.
Toda la
novela se articula en torno a los mecanismos de desdoblamiento
e interlocución de sus protagonistas si bien aquéllos, como
ya hemos dicho, no revierten tanto en la idea del
"otro" como un alter ego sino, tal y como
demostró Ortega, un alter tu: el encuentro con el prójimo
me hace caer en la cuenta de mí mismo13.
Pero esta alteridad conlleva simultáneamente diferencia y
semejanza, de ahí la imagen recurrente del espejo. La
introducción en la obra de una contrafigura, de un doble del
mismo sexo, cataliza un proceso de concienciación encarrilado
hacia el triunfo de la comunicación. No podría darse de otra
manera desde el momento en que las circunstancias vitales que
amputan la expansión de Sofía y de Mariana, reducidas aquéllas
a la carencia de amor y, por lo tanto, de interlocutor,
instauran entre las dos una comunión ontológica o de género
que supera cualquier lazo amistoso: la necesidad de una lucha
conjunta por recuperar sus señas de identidad arraiga de ese
mal que ha venido aquejando a la mitad femenina de la especie
y cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos: la desazón,
la incapacidad, tras siglos y siglos de concebirse como espejo
y apéndices de varón, de "aguantarse a sí mismas"14.
Sofía y Mariana, nuevas mujeres insatisfechas, nuevas Emma
Bovary y Ana Ozores, asaltadas por la misma tentación en que
ellas habían caído de contarse su vida como una novela,
hallan en el diálogo y la interlocución la única tabla de
salvación a la que pueden agarrarse para hacer frente a la
soledad y aguantarla, para encontrar nuevos cauces de
concienciación.
Este proceso
de concienciación vivido de consuno arrima dos escrituras y
dos espejos con clara vocación psicoanalítica15.
La técnica del bildungsroman femenino echa mano con
frecuencia de procedimientos propios del psicoanálisis a la
hora de edificar una identidad que va descubriéndose gracias
a la introspección y el uso catártico de la palabra16.
La filiación que guarda la figura del interlocutor con el
escucha psicoanalítico ha sido ya suficientemente puesta de
manifiesto con relación al misterioso hombre de negro que
visita a la protagonista de El cuarto de atrás en una
tormentosa noche de insomnio. La filiación más enjundiosa,
que invocamos aquí, es la que hermana, siguiendo las
investigaciones de Jacques Lacan17, el
psicoanálisis con la palabra. La introspección, el
descubrimiento de voces y deseos reprimidos, aflora en la
confesión, en un tú a tú con el interlocutor-espejo, que en
Nubosidad variable no es exclusivamente detonante del
diálogo sino que su función de escucha se desdobla en filtro:
mantiene encendida la palabra, echa pan al ''cuento de nunca
acabar'': Sofía y Mariana se necesitan mutuamente como espejo
e interlocutor, la confesión únicamente puede fluir _y ser
fluida_ si la comparecencia del otro está reclamando la
nuestra al mismo tiempo, y las confidencias recorren senderos
de ida y vuelta.
escuchar
al otro no sólo va a servir para recomponer su rompecabezas,
sino también para encontrar algunas piezas perdidas del mío
(p. 372).
Pero
es porque tú existes, Sofía _escribe Mariana en su última
carta_ [...] por eso lo que escribo se vuelve como un túnel
excavado a ciegas, y yo un topo avanzando por esa galería
subterránea de plabras sin más guía que el deseo de dar
contigo para pedirte socorro y ofrecértelo [...] (p. 314)
Por espacio
de ese intercambio (transfert freudiano) catártico-simbiótico,
el sujeto paciente (o 'analizando', en términos psicoanalíticos)
se desprende de su persona (en el sentido griego de careta,
tal y como la emplea Jung), de su "yo social", y se
autocrea por medio de la palabra, de una palabra que se
reconstruye siempre para el otro: el conocimiento de sí mismo
se adquiere a través de la exposición que destina a su
interlocutor. Lacan insiste en que este autoconocimiento se
encamina a desbrozar la verdad y no tanto la realidad; la
verdad rescatada de su raíz etimológica alétheia,
esto es, descubrimiento, manifestación, patencia,
desvelamiento. Ahondar en la verdad más recóndita e
inconfesada implica 'quitar los velos' (así, 'des-velar',
'des-cubrir') que emboscan una realidad oculta o latente.
Y el buceo,
eslabonado de epifanías-alétheias que irrumpen al
arropo de la narración egocéntrica, hasta esa otra realidad,
más verdadera, que toma su harina del costal de las lecturas,
los sueños y las invenciones (de la vida que la mujer, como
buena "novelera", se cuenta a sí misma), le hace
tomar conciencia, precisamente porque el interlocutor-espejo
da pasto a esa palabra, de que su identidad procede igualmente
de las versiones brindadas desde diferentes ángulos por
quienes nos vieron de tal o cual manera y nos devolvieron esa
imagen reflejada en su lente. El espejo psicoanalítico
adquiere, a los ojos de Martín Gaite y de sus protagonistas,
una función que rebasa la mera proyección de un
requerimiento compulsivo de audiencia: él posee trozos de
nuestra identidad, se le hace partícipe de la narración que
nos autodescubre, su misma narración debe ayudarnos a
completar y comprender la nuestra. La personalidad se le
revela como esencialmente fragmentada y a la deriva, necesita
anclajes psicológicos que descubre dispersos en los añicos
de espejo.
|
2. Ejercicios de
collage
En este proceso de
gestación de la conciencia femenina y de la "escritura
mujer", haz y envés de la misma moneda, concurre nuevamente la
metáfora del espejo, pero esta vez a modo de añicos dispersos que
deben ser recopilados y reconstruidos. Las claves interpretativas de
la novela se cifran, a nuestro entender, en la imagen del espejo
fragmentado que atraviesa sus páginas y que obliga, al margen de la
'solución' final, a leer la obra como una permanente refracción de
imágenes, discursos, personajes y, sobre todo, identidades en
construcción. La cita portical de Natalia Ginzburg aglutina las
claves exegéticas que van a vertebrar el discurso de Sofía y de
Mariana, esencialmente deconstruccionista.18
Cuando
he escrito novelas, siempre he tenido la sensación de encontrarme
en las manos con añicos de espejo, y sin embargo conservaba la
esperanza de acabar por recomponer el espejo entero. No lo logré
nunca, y a medida que he seguido escribiendo, más se ha ido
alejando la esperanza. Esta vez, ya desde el principio no esperaba
nada. El espejo estaba roto y sabía que pegar los fragmentos era
imposible. Que nunca iba a alcanzar el don de tener ante mí el
espejo entero. (Natalia GINZBURG. Preámbulo a La città e la
casa)
El juego especular
desmontado en el epígrafe anterior alerta ya acerca de lo que aquí
se pone claramente de manifiesto: las identidad personal se desdobla
en multitud de identidades, el yo nunca será uno sino añicos de
espejo. Las sucesivas atalayas narrativas adoptadas por Sofía y por
Mariana, que se turnan en los papeles de emisor-receptor,
protagonista de su propia novela o lector de la novela escrita por
otro para él, en la que se reconoce sin impedimentos, y aquel
malabarismo estilístico consistente en trastocar las categorías
inviolables que divorciaban la literatura/ficción de la
vida/realidad, van minando la pseudouniversalidad y el monolitismo
del yo racional cartesiano. Frente a este ego sexuado en
masculino, el yo femenino se tiende a conocer como irremediablemente
plural, escindido en múltiples identidades que desmienten
ostensiblemente la función estetizante del espejo asociada a la
mujer (cada vez que ella se contempla en él a modo de refrendo de
una identidad asumida desde fuera y sometida al canon externo) y
desenmascaran la falacia del espejo narcisista masculino, de la
identidad autocomplaciente y, en el fondo, inexplorada, mendaz,
subyugada ante la mirada de falsos interlocutores, de "malos
espejos". La galería de personajes secundarios que desfilan
por la novela trascienden la mera función de comparsa para instigar
los procesos de concienciación de sus protagonistas, como muy bien
ha puesto de relieve Josefa Báez Ramos19. Aquéllos
no actúan exclusivamente a modo de espejos contrastantes; cada uno
de ellos guarda la pieza del mosaico descabalado, sus añicos de
espejo contruibirían a recomponer el azogue entero.
El personaje de
Eduardo, marido de Sofía, aun a riesgo de convertirse en un cúmulo
de tópicos20, surge ya desde los umbrales de la
novela como el máximo exponente del espejo narcisista ("últimamente
se compra mucha ropa, entre lujosa e informal, creo que va a la
sauna y se peina con gomina [...] se ha convertido en una especie de
pared que no deja resquicios para que se cuele ningún problema de
los que no se pueden zanjar a base de dinero", p. 15). Pero
este espejo, del que reniegan sus hijos (Encarna, Lorenzo y Amelia,
que viven ya fuera de casa salvo esta última, la pequeña, si bien,
debido a su profesión de azafata, pasa largas temporadas alejada
del hogar), parece sofocar en Sofía todo conato de rebeldía: la
educación burguesa recibida, principalmente por vía materna,
apuntala la hegemonía masculina en la relación matrimonial y en
los restantes ámbitos de la vida social así como se esfuerza en
subrayar la sumisión de la esposa.
La identidad inicial
de Sofía, apresada en unos moldes que constriñen una personalidad
que pugna por afianzarse y por encontrar asideros psicológicos
fuera del régimen patriarcal, dibuja ya irreparables hendiduras en
los espejos postizos que pretenden imponérsele, consciente de sus
"más que discutibles capacidades como madre y esposa" (p.
12). La evasión por la vía de los sueños21,
levadura inconsciente de nuestra identidad (acaso donde sedimenta el
poso más auténtico de nuestro ser, liberado de las ataduras de lo
racional, entendido éste como represión por un orden jerárquicamente
superior y allanador de las diferencias) y del diálogo con el
interlocutor soñado (imaginado y propicio, invocado por la sola
fuerza de la voluntad), preferentemente femenino -es una cuestión
de "buenos espejos"...-, alborea nuevas posibilidades de
construcción de la identidad.
El fracaso de la
institución matrimonial espolea en Sofía la necesidad de buscar
sus señas de identidad en otros espejos, en aquellos que guarden la
memoria de su auténtica personalidad y que le permitan recomponer
los añicos de espejo que tal institución ha acumulado en sus
manos; abre una brecha que resquebraja paulatinamente el orden simbólcio
patriarcal que fabrica el "tú mujer" en los radios
externos (comportamientos sociales subalternos de madre y esposa) e
internos (psicología que se vive como amputada, reducida a
esencialismos y a roles apendiciales) y le ciega la posibilidad de
erigirse en sujeto.
Esta construcción
deconstruccionista propicia la técnica narrativa del collage.
Precisamente, en uno de los capítulos más significativos en lo que
respecta a la identidad de la propia Sofía ("Se inician los
ejercicios de collage", pp. 35-50), se crea una situación que
multiplica los espejos y suministra las pautas de concienciación
femenina a través del vínculo maternal22. Sofía
no reniega de su función de madre y, para ella, como para Carmen
Martín Gaite, el espejo de las generaciones contiene esos añicos
que su matrimonio con Eduardo ha acabado por diseminar e incluso
eliminar del todo. El capítulo se abre con la inesperada llegada de
su hija Amelia (como insospechado fue también el encuentro
Mariana-Sofía)23 justamente en el momento en que
su madre estaba componiendo un collage que muy
reveladoramente titula "Gente en un cóctel". En esta
unidad icónica microsemántica se aglutinan, a modo de
desdoblamiento y de espejo a su vez, los patrones narrativos que van
a guiar las reflexiones metanovelísticas ("metaconciencísticas")
de Sofía, plasmadas en sucesivos cuadernos: el conejo que simboliza
"la liebre en el erial" y los trocitos de espejo
("recortados del forro de Winston"), ambos testigos de la
comunicación y de la memoria recuperadas.
El encuentro
imprevisto entre Sofía y Mariana, relatado en las primeras páginas
de Nubosidad variable, introduce un código secreto y
personal entre ambas que se reitera a lo largo de la obra en forma
de leitmotiv y aparece como el saludo a trueque del cual
Mariana se da a conocer (en un reconocimiento mutuo ) a Sofía:
"La sorpresa es una liebre, y el que sale de caza nunca la verá
dormir en el erial". Esta expresión, que Sofía había escrito
en uno de sus primeros diarios de juventud, encierra toda una
"filosofía de la sorpresa" de marcado carácter
deconstruccionista frente a la rutina cotidiana y a las identidades
prefijadas, e insufla un tono esperanzador y optimista en el
intercambio de escrituras entre las dos protagonistas. Así, a pesar
de la enajenación y del malestar que comparten, se abre en ellas
una ranura de esperanza y supone el pasadizo secreto mediante el
cual adentrarse por el terreno pragmático de la comunicación.
A su vez, la
sorpresa se convertirá en objeto de intercambio dialógico entre
Sofía y su hija Amelia, que aparece en idénticas circunstancias
(Sofía permanece despierta, aquejada de insomnio, y se dedica a
reconstruir el primer y fructífero encuentro). Se teje entre ambas
situaciones un cordón umbilical que anuda la identificación
Amelia/Mariana, reforzada por el nuevo guiño lingüístico entre
madre e hija: "las cosas se pudren metidas en un cajón, tú
lo dices siempre" (p. 35. La cursiva es nuestra). El
sortilegio de la comunicación (que se pudre si se guarda en el cajón
de la indiferencia, como ha ocurrido entre Sofía y Eduardo) ha
nacido al calor del encuentro inesperado y de la resurrección de un
olvidado código lingüístico, ha conseguido pegar las imágenes,
las impresiones recibidas y el significado oculto ("la liebre
en el erial") de sendos encuentros, los trocitos de espejo que
habían empezado a amontonarse y a cobrar un sentido a partir del
momento en que se restablece el vínculo amistoso e interlocutivo
entre Mariana y Sofía.
Este primer juego
especular desencadena una serie de desdoblamientos que completa
gradualmente la identidad de Sofía y que atrae nuevas técnicas
narrativas basadas principalmente en el collage y la
fragmentación, las notas discursivas predominantes en las
escrituras paralelas de las dos narradoras. La insistencia por fijar
esa causalidad mágica24 que ha presidido el
encuentro en el cóctel se desdobla en un nuevo intento por
cristalizar la felicidad de ese nuevo encuentro madre-hija. Amelia
saca una cámara fotográfica del bolso y retrata a su madre,
sentada junto a la mesa en mitad de los útiles de papelería y los
fragmentos iconográficos sacados de aquí y de allá para componer
el collage. La fotografía resultante fija gráficamente
-igual que la letra escrita permite recrear aquel primer encuentro-
ese instante, instante eternizado, atemporal, como pretenden serlo
los recuerdos rescatados en común y captados para la posteridad en
los cuader
|
Todas estas obras han
suministrado la savia que nutre Nubosidad variable: autobiografismo,
exploración psicológica, confesión en diálogo trascendente con
"el otro", metanovela, testimonio de la condición femenina en
nuestra sociedad. Pero, sobre todo, ejemplo, a través de ese
"serse" en la escritura, del bildungsroman femenino:
indagar en las coordenadas existenciales, meditar acerca de la propia
identidad lleva a las mujeres, en este proceso de concienciación, a
rastrear en su pasado para comprender su presente y roturar cauces de
afirmación y de identidad en el futuro. El Bildungsroman atañe,
por lo tanto, a una conciencia despierta en un momento de tambaleo de la
identidad (encorsetada en unos patrones patriarcales que la oprimen y
falsean la vivencia interior del "serse como mujer") y la novela
se abandona entonces a los zigzagueos de un proceso de formación con base
autobiográfica. Nubosidad variable, ya desde su perspectiva
narrativa y, con ella, los símbolos concitados en esa construcción de la
identidad, atrae unas determinadas técnicas escriturarias que responden a
varias pautas de autobiografía específicamente femenina2.
En las páginas que siguen, nos detendremos en dos de ellas, las más
sobresalientes: los juegos especulares carta-diario, narrador-narratario,
muestra cuajada de multiperspectivismo cervantino y del espejo psicoanalítico;
y la constatación de la identidad fragmentada y fragmentaria que se
construye en virtud de la deconstrucción del espejismo patriarcal.
1. La fertilidad metafórica
del espejo
Nubosidad variable,
lo hemos dicho, nace de dos escrituras, en una curiosa y fructífera
variante del género epistolar. Tanto el diario de Sofía como las cartas
de Mariana reflejan al alimón conflictos y anhelos interiores, registran
escrupulosamente cada esquirla de identidad disuelta que destilan sus
respectivas plumas. Pero ya no son únicamente el interlocutor callado e
implícito en toda narración escrita, conforme lo dilucidado en su artículo
"La búsqueda de interlocutor". En él, Martín Gaite traza las
diferencias entre la narración oral y escrita, que podrían reducirse, a
fin de cuentas, a la presencia o ausencia de interlocutor. En el segundo
caso, la necesidad de ser escuchado lleva a inventarlo. La autora lo
expresa como sigue: "nunca habría existido invención literaria
alguna si los hombres, saciados totalmente en su sed de comunicación, no
hubieran llegado a conocer, con la soledad, el acuciante deseo de romperla
[...] se escribe y siempre se ha escrito desde una experimentada
incomunicación y al encuentro de un oyente utópico [apelativo que
Martín Gaite utiliza a menudo con preferencia, lo hemos visto, al de
"interlocutor"3]". En la novela que nos
ocupa, este oyente utópico ya no necesita ser ideado, y no obstante se
escribe indefectiblemente para él. Sofía y Mariana no dejan de tenerse
presentes en sus respectivos escritos. Así consta, por ejemplo, en los de
Sofía
los
escribo para ella, por gusto, y porque le pueden ayudar a entender cosas
que a las dos nos atañen" (p. 301)
Y, por su lado, Mariana
comenta
No
sabes lo bien que me está sentando pensar en ti como la única
destinataria posible de esta carta, que es a su vez mi única tabla de
salvación" (p. 56)
Sofía y Mariana se
turnan, por lo tanto, en su doble función de emisor y receptor de los
mensajes que ambas escriben pensando en la otra pero que, sin embargo, jamás
se envían. El juego especular que ya habíamos adivinado en Retahílas,
donde Eulalia y Germán se relevaban en los papeles de locutor y de
interlocutor, con pleno éxito en ambos, se completa en Nubosidad variable,
y llega incluso a una identificación total entre sendos escritos, aboca
el desdoblamiento narrador-narratario a una sorprendente empatía
epistolar. Mariana lo describe con estos términos en su última
carta
puede
ser un intercambio precioso éste de tus cuadernos y mis cartas [...].
Porque además, ahora que lo pienso, seguro que hablamos de las mismas
cosas en más de una ocasión y con un tratamiento diferente. No sé si
verías Rashomon, aquella película japonesa que contaba la misma
historia desde el punto de vista de tres testigos, interesantísimo este
asunto de las versiones múltiples. (p. 339)
Este logrado juego de
espejos se retuerce y complica debido al trasvase y confusión que a veces
detectamos (y junto con nosotros Francisco Javier Higuero en un completo y
minucioso artículo4) en el hibridismo de géneros
literarios, que trasviste las tipologías textuales elegidas por las
protagonistas. Sofía deconstruye el carácter intimista de su diario al
proyectarlo pragmáticamente hacia la figura presente-ausente de un
destinatario: Mariana. Y ésta subvierte a su vez su propia
correspondencia epistolar al negarse a enviar dichas cartas a su
destinataria original: Sofía.
Mariana escribe un total
de ocho cartas, de las cuales sólo las tres primeras llevan fecha. Poco a
poco, sus textos van tomando el pulso a sus contradicciones más íntimas
y la escritura ("mi patria", p. 143) se transforma en confesión
(atiéndase igualmente al desdoblamiento psiquiatra-paciente). En esa liza
consigo misma, su personalidad se bifurca, en un espejo de doble azogue,
entre la doctora León (doctora Jekyll León afirma en otro
lugar; p. 315) y la Mariana mujer; así, como testigo de ese
desdoblamiento personal, el estilo epistolar se trasmuta gradualmente en
una
especie de diario desordenado, sin un antes y un después demasiado
precisos, escrito a partir de sensaciones de extrañeza, jugando con el
contraste de emociones inesperadas, con la corriente alterna de los
humores dispares que transforman insensiblemente a una misma persona (p.
228. Todas las cursivas son nuestras).
Y estas cartas llamadas a
ser un diario podrían, en un nuevo y sorprendente arrojo técnico,
transformarse en novela, en una novela que resulta ser, al fin y al cabo,
su propia historia, cuyo argumento central desarrollaría
la
progresiva desintegración psicológica de Mariana León, aquejada de manía
persecutoria (p. 261).
Sofía muda asimismo su técnica
tras recibir el primer -y único- envío de Mariana (rellena un total de
tres cuadernos, el último mediado y sin concluir), y comienza a dar
cuerpo a una carta, pero cuando se dispone a contar la historia de
Guillermo (amor de juventud, chico del que se enamoraron simultáneamente
Sofía y Mariana, y que acabó por distanciarlas), avisa de que deja el
estilo epistolar ya que no va a mandar lo que escriba. Es consciente de
que está creando
La
historia de Guillermo no puede quedar reflejada en versión única y de
cuerpo entero [...]. Se merece otro tratamiento, que iré inventando
[la cursiva esnuestra] porque más que contarla lo que quiero es
investigarla, proyectar la perplejidad que me producen sus fisuras, sus
quiebras y sus trompe-l'oeil. Usaré la técnica del collage y un
cierto vaivén en la cronología (pp. 152-153).
El espejo de la escritura
(mediante la técnica del narrador homodiegético y de la focalización
interna5) al que tanto Mariana como Sofía se entregan,
por petición mutua, convierte el "strip-tease solitario"6
en un vicio compartido: el buen espejo7 del
interlocutor deseado y propicio, aquel que sabe escuchar nuestras
confesiones y nos da pie para seguir contándoselas, armoniza y justifica
ese juego especular que es de por sí la escritura autobiográfica. El
pluriperspectivismo focal y el diestro manejo, por parte de las
protagonistas, de la retórica de los espejos (con unas imágenes
refractadas en azogues dúctiles y tornadizos) obedecen a la atomización
de la personalidad, de unos "entes en formación"8
que necesitan reflejarse en multitud de enfoques para así cobrar
conciencia de su propia identidad. La maleabilidad de las tipologías
textuales implicadas van fraguando distintas impresiones que la persona
tiene sobre sí misma y, si la carta y el diario acarrean todavía una
imagen autobiográfica referencial (en ese pacto con el lector que sella
la verosimilitud de los acontecimientos y de las imágenes que de sí
mismas nos ofrece este doble narrador, estos es, la realidad dentro de la
ficción autobiográfica que es la novela), Nubosidad variable, en
una vuelta de tuerca maestra, recuerda el discurso cervantino de la 'ficción
dentro de la ficción' y así, la primera cobra visos de realidad frente a
la segunda.
El juego de espejos tan
sabiamente manipulado por Cervantes aflora en este texto gaiteano.
Mariana, después de haber echado mano de la carta para convocar a Sofía
como interlocutor, siente la acuciante necesidad de hacer de ese género
epistolar un refugio a su laceración interior, y así la carta se
transforma paulatinamente en diario. Pero la pirueta estilística va más
allá: sus deseos de escribir una novela en la que su propia vida fuera la
materia de narración apuntala definitivamente la referencialidad de sus
textos anteriores y, como ocurre con la lectura del Curioso
impertinente, los personajes congregados en la venta, al leer la
novelita intercalada en mitad de la crónica de las hazañas de Don
Quijote, trasponen el ámbito de la ficción para ingresar en el de la vida9.
Algo semejante acontece con la narración de Sofía cuando se enfrenta con
el relato de su primer encuentro con Guillermo, en el que se condensa la
morfología del cuento diseñada por Vladimir Propp -hada madrina,
calabaza y filtro mágico incluidos (pp. 235-255). Esta pendulación
constante entre realismo e irrealidad viene ya pronosticada, no sólo por
el halo onírico que envuelve muchas de las indagaciones interiores de Sofía
y de Mariana (estudiaremos más adelante la importancia del sueño en la
gestación de la identidad, especialmente femenina), sino por la afirmación
de cuño unamuniano y de claras reminiscencias cervantinas (Martín Gaite
es una apasionada y perenne lectora del Quijote) que cierra la
primera carta-cuaderno de Sofía, tras haber coincidido aquella tarde, en
un local rebosante de famosos, con su amiga de la adolescencia Mariana León:
"¿te encontré en persona o en personaje?" (p. 19).
Mediante este truco de
espejos y de narraciones que coquetean con la tenue frontera que separa lo
soñado o anhelado de lo vivido, la sensación de estar representando
ciertos personajes de novela o de querer, sencillamente, que la escritura
transforme la precariedad de las experiencias vitales, casi siempre
decepcionantes frente al vuelo de la fantasía, se esboza el proyecto
secreto de toda autobiografía: el arte pone orden en la vida10.
La carta y el diario y, como descendiente de ellos, la novela (tanto la
que pretende escribir Mariana siguiendo el patrón de la novela rosa -en
la que el velo blanco y la flor de azahar siempre acaban cerrando el
relato- como aquel cuento de hadas que embellecía los recuerdos de Sofía
y su primera noche con Guillermo), dan pábulo a la capacidad narrativa
por tanto tiempo atrofiada frente a episodios demasiado vulgares, bullen,
como hemos venido demostrando a lo largo del segundo capítulo, con el
hervidero de emociones y de sueños inexpresados, amordazados por el
mutismo impuesto a la mujer por el patriarcado.
Martín Gaite y, con
ella, Sofía y Mariana, han dado salida al poder heurístico de la narración;
las dos narradoras desean convertirse en nuevas heroínas románticas para
quienes, como antaño aconteció con Emily Brontë (abundan las
referencias a Cumbres borrascosas, es el libro-talismán, el lazo
de unión entre Sofía y Mariana), la literatura actúa a modo de sucedáneo
de los amores fallidos, les permite emborracharse en el rapto y el estado
de trance que les empuja a escribir de un tirón. Como reactivo a ese
silencio y a la insatisfacción de las dos mujeres, ambas aciertan a
investirse de unas facultades extraordinarias, al conjuro de las cuales
crean una vida que las satisface más; pero lo más importante, como señala
Martín Gaite en su tan citado "La búsqueda de interlocutor",
es "que no la crean para vivirla sino para contarla".
Transcribimos un párrafo del artículo que lo explica muy lúcidamente
Cuando
vivimos, las cosas nos pasan; pero cuando contamos, las hacemos pasar. Y
es precisamente en ese llevar las riendas el propio sujeto donde radica la
esencia de toda narración, su atractivo y también su naturaleza heterogénea
en cuanto a los acontecimientos o emociones a que alude. No se trata,
pues, solamente del deseo de prolongar por algún tiempo más las
vivencias demasiado efímeras, trascendiendo su mero producirse, sino de
hacerlas durar en otro terreno y de otra manera: se trata, en suma, de transformarlas.
El sujeto, en efecto, como si se rebelara contra la contingencia de lo
ocurrido, al narrárselo, no se limita casi nunca a elegir una ordenación
particular, a preferir unos detalles y dejar otros en la sombra, sino que
recoge también de otros terrenos que no son el de la realidad -lecturas,
sueños, invenciones- nuevo material con que moldear y enriquecer su
historia. Y así, los epsiodios vividos, antes de ser guardados en el arca
de la memoria, de la cual sabe Dios cuándo volverán a salir, son
sometidos (no siempre, pero sí a veces, de igual manera que unos muertos
se embalsaman y otros no) a un proceso de elaboración y de recreación
particular donde, junto a lo sucedido, raras veces se dejará de tener
presente lo que estuvo a punto de suceder, o lo que se habría deseado
que sucediera11 (la cursiva es nuestra).
Sofía y Mariana, mujeres
noveleras y brillantes interlocutoras, se aprestan a contarse su propia
vida; a contársela mutuamente pero sobre todo, y han de empezar por ahí,
a contársela a sí mismas. Es el inicio de lo que Carmen Martín Gaite
denomina "la narración egocéntrica"12,
estrechamente emparentada con el psicoanálisis.
Toda la novela se
articula en torno a los mecanismos de desdoblamiento e interlocución de
sus protagonistas si bien aquéllos, como ya hemos dicho, no revierten
tanto en la idea del "otro" como un alter ego sino, tal y
como demostró Ortega, un alter tu: el encuentro con el prójimo me
hace caer en la cuenta de mí mismo13. Pero esta
alteridad conlleva simultáneamente diferencia y semejanza, de ahí la
imagen recurrente del espejo. La introducción en la obra de una
contrafigura, de un doble del mismo sexo, cataliza un proceso de
concienciación encarrilado hacia el triunfo de la comunicación. No podría
darse de otra manera desde el momento en que las circunstancias vitales
que amputan la expansión de Sofía y de Mariana, reducidas aquéllas a la
carencia de amor y, por lo tanto, de interlocutor, instauran entre las dos
una comunión ontológica o de género que supera cualquier lazo amistoso:
la necesidad de una lucha conjunta por recuperar sus señas de identidad
arraiga de ese mal que ha venido aquejando a la mitad femenina de la
especie y cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos: la desazón,
la incapacidad, tras siglos y siglos de concebirse como espejo y apéndices
de varón, de "aguantarse a sí mismas"14. Sofía
y Mariana, nuevas mujeres insatisfechas, nuevas Emma Bovary y Ana Ozores,
asaltadas por la misma tentación en que ellas habían caído de contarse
su vida como una novela, hallan en el diálogo y la interlocución la única
tabla de salvación a la que pueden agarrarse para hacer frente a la
soledad y aguantarla, para encontrar nuevos cauces de concienciación.
Este proceso de
concienciación vivido de consuno arrima dos escrituras y dos espejos con
clara vocación psicoanalítica15. La técnica del bildungsroman
femenino echa mano con frecuencia de procedimientos propios del
psicoanálisis a la hora de edificar una identidad que va descubriéndose
gracias a la introspección y el uso catártico de la palabra16.
La filiación que guarda la figura del interlocutor con el escucha
psicoanalítico ha sido ya suficientemente puesta de manifiesto con relación
al misterioso hombre de negro que visita a la protagonista de El cuarto
de atrás en una tormentosa noche de insomnio. La filiación más
enjundiosa, que invocamos aquí, es la que hermana, siguiendo las
investigaciones de Jacques Lacan17, el psicoanálisis
con la palabra. La introspección, el descubrimiento de voces y deseos
reprimidos, aflora en la confesión, en un tú a tú con el
interlocutor-espejo, que en Nubosidad variable no es exclusivamente
detonante del diálogo sino que su función de escucha se desdobla en filtro:
mantiene encendida la palabra, echa pan al ''cuento de nunca acabar'': Sofía
y Mariana se necesitan mutuamente como espejo e interlocutor, la confesión
únicamente puede fluir _y ser fluida_ si la comparecencia del otro está
reclamando la nuestra al mismo tiempo, y las confidencias recorren
senderos de ida y vuelta.
escuchar
al otro no sólo va a servir para recomponer su rompecabezas, sino también
para encontrar algunas piezas perdidas del mío (p. 372).
Pero
es porque tú existes, Sofía _escribe Mariana en su última carta_ [...]
por eso lo que escribo se vuelve como un túnel excavado a ciegas, y yo un
topo avanzando por esa galería subterránea de plabras sin más guía que
el deseo de dar contigo para pedirte socorro y ofrecértelo [...] (p. 314)
Por espacio de ese
intercambio (transfert freudiano) catártico-simbiótico, el sujeto
paciente (o 'analizando', en términos psicoanalíticos) se desprende de
su persona (en el sentido griego de careta, tal y como la
emplea Jung), de su "yo social", y se autocrea por medio de la
palabra, de una palabra que se reconstruye siempre para el otro: el
conocimiento de sí mismo se adquiere a través de la exposición que
destina a su interlocutor. Lacan insiste en que este autoconocimiento se
encamina a desbrozar la verdad y no tanto la realidad; la verdad rescatada
de su raíz etimológica alétheia, esto es, descubrimiento,
manifestación, patencia, desvelamiento. Ahondar en la verdad más recóndita
e inconfesada implica 'quitar los velos' (así, 'des-velar', 'des-cubrir')
que emboscan una realidad oculta o latente.
Y el buceo, eslabonado de
epifanías-alétheias que irrumpen al arropo de la narración egocéntrica,
hasta esa otra realidad, más verdadera, que toma su harina del costal de
las lecturas, los sueños y las invenciones (de la vida que la mujer, como
buena "novelera", se cuenta a sí misma), le hace tomar
conciencia, precisamente porque el interlocutor-espejo da pasto a esa
palabra, de que su identidad procede igualmente de las versiones brindadas
desde diferentes ángulos por quienes nos vieron de tal o cual manera y
nos devolvieron esa imagen reflejada en su lente. El espejo psicoanalítico
adquiere, a los ojos de Martín Gaite y de sus protagonistas, una función
que rebasa la mera proyección de un requerimiento compulsivo de
audiencia: él posee trozos de nuestra identidad, se le hace partícipe de
la narración que nos autodescubre, su misma narración debe ayudarnos a
completar y comprender la nuestra. La personalidad se le revela como
esencialmente fragmentada y a la deriva, necesita anclajes psicológicos
que descubre dispersos en los añicos de espejo.
2. Ejercicios de collage
En este proceso de
gestación de la conciencia femenina y de la "escritura mujer",
haz y envés de la misma moneda, concurre nuevamente la metáfora del
espejo, pero esta vez a modo de añicos dispersos que deben ser
recopilados y reconstruidos. Las claves interpretativas de la novela se
cifran, a nuestro entender, en la imagen del espejo fragmentado que
atraviesa sus páginas y que obliga, al margen de la 'solución' final, a
leer la obra como una permanente refracción de imágenes, discursos,
personajes y, sobre todo, identidades en construcción. La cita portical
de Natalia Ginzburg aglutina las claves exegéticas que van a vertebrar el
discurso de Sofía y de Mariana, esencialmente deconstruccionista.18
Cuando
he escrito novelas, siempre he tenido la sensación de encontrarme en las
manos con añicos de espejo, y sin embargo conservaba la esperanza de
acabar por recomponer el espejo entero. No lo logré nunca, y a medida que
he seguido escribiendo, más se ha ido alejando la esperanza. Esta vez, ya
desde el principio no esperaba nada. El espejo estaba roto y sabía que
pegar los fragmentos era imposible. Que nunca iba a alcanzar el don de
tener ante mí el espejo entero. (Natalia GINZBURG. Preámbulo a La
città e la casa)
El juego especular
desmontado en el epígrafe anterior alerta ya acerca de lo que aquí se
pone claramente de manifiesto: las identidad personal se desdobla en
multitud de identidades, el yo nunca será uno sino añicos de espejo. Las
sucesivas atalayas narrativas adoptadas por Sofía y por Mariana, que se
turnan en los papeles de emisor-receptor, protagonista de su propia novela
o lector de la novela escrita por otro para él, en la que se reconoce sin
impedimentos, y aquel malabarismo estilístico consistente en trastocar
las categorías inviolables que divorciaban la literatura/ficción de la
vida/realidad, van minando la pseudouniversalidad y el monolitismo del yo
racional cartesiano. Frente a este ego sexuado en masculino, el yo
femenino se tiende a conocer como irremediablemente plural, escindido en múltiples
identidades que desmienten ostensiblemente la función estetizante del
espejo asociada a la mujer (cada vez que ella se contempla en él a modo
de refrendo de una identidad asumida desde fuera y sometida al canon
externo) y desenmascaran la falacia del espejo narcisista masculino, de la
identidad autocomplaciente y, en el fondo, inexplorada, mendaz, subyugada
ante la mirada de falsos interlocutores, de "malos espejos". La
galería de personajes secundarios que desfilan por la novela trascienden
la mera función de comparsa para instigar los procesos de concienciación
de sus protagonistas, como muy bien ha puesto de relieve Josefa Báez
Ramos19. Aquéllos no actúan exclusivamente a modo de
espejos contrastantes; cada uno de ellos guarda la pieza del mosaico
descabalado, sus añicos de espejo contruibirían a recomponer el azogue
entero.
El personaje de Eduardo,
marido de Sofía, aun a riesgo de convertirse en un cúmulo de tópicos20,
surge ya desde los umbrales de la novela como el máximo exponente del
espejo narcisista ("últimamente se compra mucha ropa, entre lujosa e
informal, creo que va a la sauna y se peina con gomina [...] se ha
convertido en una especie de pared que no deja resquicios para que se
cuele ningún problema de los que no se pueden zanjar a base de
dinero", p. 15). Pero este espejo, del que reniegan sus hijos
(Encarna, Lorenzo y Amelia, que viven ya fuera de casa salvo esta última,
la pequeña, si bien, debido a su profesión de azafata, pasa largas
temporadas alejada del hogar), parece sofocar en Sofía todo conato de
rebeldía: la educación burguesa recibida, principalmente por vía
materna, apuntala la hegemonía masculina en la relación matrimonial y en
los restantes ámbitos de la vida social así como se esfuerza en subrayar
la sumisión de la esposa.
La identidad inicial
de Sofía, apresada en unos moldes que constriñen una personalidad que
pugna por afianzarse y por encontrar asideros psicológicos fuera del régimen
patriarcal, dibuja ya irreparables hendiduras en los espejos postizos que
pretenden imponérsele, consciente de sus "más que discutibles
capacidades como madre y esposa" (p. 12). La evasión por la vía de
los sueños21, levadura inconsciente de nuestra
identidad (acaso donde sedimenta el poso más auténtico de nuestro ser,
liberado de las ataduras de lo racional, entendido éste como represión
por un orden jerárquicamente superior y allanador de las diferencias) y
del diálogo con el interlocutor soñado (imaginado y propicio, invocado
por la sola fuerza de la voluntad), preferentemente femenino -es una
cuestión de "buenos espejos"...-, alborea nuevas posibilidades
de construcción de la identidad.
El fracaso de la
institución matrimonial espolea en Sofía la necesidad de buscar sus señas
de identidad en otros espejos, en aquellos que guarden la memoria de su
auténtica personalidad y que le permitan recomponer los añicos de espejo
que tal institución ha acumulado en sus manos; abre una brecha que
resquebraja paulatinamente el orden simbólcio patriarcal que fabrica el
"tú mujer" en los radios externos (comportamientos sociales
subalternos de madre y esposa) e internos (psicología que se vive como
amputada, reducida a esencialismos y a roles apendiciales) y le ciega la
posibilidad de erigirse en sujeto.
Esta construcción
deconstruccionista propicia la técnica narrativa del collage.
Precisamente, en uno de los capítulos más significativos en lo que
respecta a la identidad de la propia Sofía ("Se inician los
ejercicios de collage", pp. 35-50), se crea una situación que
multiplica los espejos y suministra las pautas de concienciación femenina
a través del vínculo maternal22. Sofía no reniega de
su función de madre y, para ella, como para Carmen Martín Gaite, el
espejo de las generaciones contiene esos añicos que su matrimonio con
Eduardo ha acabado por diseminar e incluso eliminar del todo. El capítulo
se abre con la inesperada llegada de su hija Amelia (como insospechado fue
también el encuentro Mariana-Sofía)23 justamente en el
momento en que su madre estaba componiendo un collage que muy
reveladoramente titula "Gente en un cóctel". En esta unidad icónica
microsemántica se aglutinan, a modo de desdoblamiento y de espejo a su
vez, los patrones narrativos que van a guiar las reflexiones metanovelísticas
("metaconciencísticas") de Sofía, plasmadas en sucesivos
cuadernos: el conejo que simboliza "la liebre en el erial" y los
trocitos de espejo ("recortados del forro de Winston"), ambos
testigos de la comunicación y de la memoria recuperadas.
El encuentro imprevisto
entre Sofía y Mariana, relatado en las primeras páginas de Nubosidad
variable, introduce un código secreto y personal entre ambas que se
reitera a lo largo de la obra en forma de leitmotiv y aparece como
el saludo a trueque del cual Mariana se da a conocer (en un reconocimiento
mutuo ) a Sofía: "La sorpresa es una liebre, y el que sale de caza
nunca la verá dormir en el erial". Esta expresión, que Sofía había
escrito en uno de sus primeros diarios de juventud, encierra toda una
"filosofía de la sorpresa" de marcado carácter
deconstruccionista frente a la rutina cotidiana y a las identidades
prefijadas, e insufla un tono esperanzador y optimista en el intercambio
de escrituras entre las dos protagonistas. Así, a pesar de la enajenación
y del malestar que comparten, se abre en ellas una ranura de esperanza y
supone el pasadizo secreto mediante el cual adentrarse por el terreno
pragmático de la comunicación.
A su vez, la sorpresa se
convertirá en objeto de intercambio dialógico entre Sofía y su hija
Amelia, que aparece en idénticas circunstancias (Sofía permanece
despierta, aquejada de insomnio, y se dedica a reconstruir el primer y
fructífero encuentro). Se teje entre ambas situaciones un cordón
umbilical que anuda la identificación Amelia/Mariana, reforzada por el
nuevo guiño lingüístico entre madre e hija: "las cosas se pudren
metidas en un cajón, tú lo dices siempre" (p. 35. La
cursiva es nuestra). El sortilegio de la comunicación (que se pudre si se
guarda en el cajón de la indiferencia, como ha ocurrido entre Sofía y
Eduardo) ha nacido al calor del encuentro inesperado y de la resurrección
de un olvidado código lingüístico, ha conseguido pegar las imágenes,
las impresiones recibidas y el significado oculto ("la liebre en el
erial") de sendos encuentros, los trocitos de espejo que habían
empezado a amontonarse y a cobrar un sentido a partir del momento en que
se restablece el vínculo amistoso e interlocutivo entre Mariana y Sofía.
Este primer juego
especular desencadena una serie de desdoblamientos que completa
gradualmente la identidad de Sofía y que atrae nuevas técnicas
narrativas basadas |